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La Glándula Pineal

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La Glándula Pineal

La glándula pineal o epífisis es una pequeña formación ovoidea y aplanada (mide unos cinco milímetros de diámetro), que descansa sobre la lámina cuadrigémina, en el tercer ventrículo cerebral, justo a la altura del punto intermedio entre ambos ojos.

Se encarga de tareas como regular los ciclos de día y noche o segregar melatonina (se vende en farmacias para tomarla cuando se hacen viajes y cambia el horario) y constituye un antioxidante muy potente.

Igualmente, dado que se une a la retina, se considera parte de las vías visuales, con la función de convertir la información lumínica en secreción hormonal.

En este marco, éstas son las principales funciones que se le suelen reconocer a la glándula pineal:

– Controla el inicio de la pubertad.

– Armoniza el sistema vegetativo con el medio ambiente, a través de la vista, y probablemente también del resto de los sentidos;
– Induce al sueño.

– Probablemente, regula los ritmos circadianos.

– Es un interruptor que modula la intensidad de funcionamiento de todos los centros neuroendocrinos hipotalámicos. 

– Previene una calificación prematura en la infancia, al evitar las síntesis esteroideas, favoreciendo el crecimiento óseo por este mecanismo, indirecta y directamente a través de la DA y GH.

No obstante, sus funcionalidades van mucho más allá

Las funcionalidades de la glándula pineal se asocian a lo que René Descartes intuyó, cuando afirmó que es el lugar donde el alma se une al cuerpo. Las antiguas culturas la conocían como el chakra del tercer ojo (por ejemplo, en diferentes tradiciones hindúes, la concentración en meditación se hace sobre este punto preciso del cuerpo), ligado al hecho de que la pineal es una auténtica antena de radio-frecuencia instalada estratégicamente en la parte superior del cráneo para recibir y emitir.

Además, la pineal convierte ondas electromagnéticas en estímulos neuroquímicos, como comprobaron los científicos Vollrath y Semm, que tienen artículos publicados al respecto en la revista Nature en 1988.

Esto permite que la interacción entre el cerebro de la cabeza y la glándula pineal, junto con las funciones asociadas la glándula pituitaria, configure un espléndido sistema de comunicación hacia el interior del cuerpo y hacia el exterior que, entre otras cosas, permite al ser humano disponer de potencialidades mayoritariamente desconocidas. Verbigracia:

– Facultades psíquicas como la intuición, la premonición o la telequinesia;

– Capacidades de comunicación con su biología interior (órganos, sistemas, aparatos, tejidos, células,…) y de auto-sanación hacia toda ella;

– Poder de transmisión energética (sanación incluida) hacia sus congéneres y toda la Naturaleza, que puede ser aplicado tanto mediante el contacto físico (abrazos, caricias, manos,…) como a distancia (por medio de la meditación y la visualización)

– Notabilísimas funcionalidades de conexión e intercambio de información con los demás seres humanos (telepatía); la Humanidad en su conjunto (a través de los campos mórficos y morfogenéticos y de la red consciencial humana); y el planeta Tierra, el sistema solar y el Cosmos en su conjunto (con acceso – canalizaciones, inspiraciones, descargas de información durante el sueño nocturno,…- a los que algunos denominan la Internet Cósmica).

Por tanto, la operatividad fundamental del cerebro de la cabeza no radica en el tratamiento de la información, que corresponde al cerebro-corazón, sino en ser un sensacional sistema de comunicación interior y exterior.

Para ello, la conjunción con la pineal es crucial. Esta glándula no podría desarrollar por sí sola tamaña funcionalidad, como simplemente los ojos no explican la visión. Se pueden puede tener los ojos perfectos, pero se precisa de un área cerebral que interprete la imagen. Es como un ordenador: se pueden disponer de todos los programas, pero si la pantalla no funciona, no se ve nada.

La pineal capta el campo electromagnético, como si fuese un teléfono móvil, pero la comunicación tiene que ser interpretada en áreas cerebrales, como por ejemplo, el cortex frontal.

Emilio Carrillo

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