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Otra práctica espiritual

Otra práctica espiritual

Esta práctica radica en abandonar toda oposición o resistencia contra el momento presente y la forma y contenidos con las que aparece.

La práctica que ello conlleva es fácil de exponer: dejar de nombrar, etiquetar y clasificar todo lo que nos rodea y a nosotros mismos; cesar de interpretar y enjuiciar cada cosa del mundo de los objetos, cada persona que encontramos, cada situación o acontecimiento, cada acción propia o ajena, cada pensamiento…

Se trata de dejar de discutir con lo que es. Es una práctica elemental: es lo que hacen las plantas, los árboles o los animales. Y es una práctica espiritual: hace que aflore el Ser, el Yo profundo.

Conseguimos la alineación interior con el momento presente; aceptamos su forma, sus contenidos cualesquiera que sean, de manera abierta y amistosa. No polemizamos con lo que es y que no puede ser de otra manera que como ya es. Lo cual no supone ni resignación ni inacción.

Al contrario, hace la acción mucho más eficiente, pues se actúa alineado con la vida, no desde la negatividad del ego. Al no poner a otras personas en prisión mental, tampoco me meto en ella yo mismo. Y al no juzgar, siento y genero una paz que se convierte en bendición para cada persona que encuentro.

Comprobaremos que esta práctica, ejercitada de modo continuo en el presente, proporciona una gran sensación de libertad. No en balde, dejamos de estar atrapados en la pequeña historia del ego. Ya no hay piloto automático: El Ser toma el mando.

Emilio Carrillo

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Una sencilla práctica

Una sencilla práctica

Para vislumbrar lo que significa Ser sirve un sencillo ejercicio. Basta con dejar un lapso entre dos pensamientos de los que bullen en nuestra mente. Concentrémonos e intentemos que haya un instante, uno sólo, por pequeño que sea, entre ambos.

Cada uno de estos pensamientos es un objeto mental.

El lapso que conscientemente dejamos entre ellos es la presencia del Ser, el Yo verdadero. Los pensamientos van y vienen incluso cuando dormimos. En el lapso en el que los interrumpimos radica la consciencia: estar muy despierto sin nombrar o interpretar el momento. Simplemente, quietud en alerta.

Una quietud que está presente, igualmente, en el movimiento, en la acción. Para el Yo verdadero, la quietud es movimiento y el movimiento es quietud.

Y los seres humanos estamos en condiciones de lograr que en nuestra vida la consciencia que percibimos durante el referido lapso sea no sólo un corto instante entre dos pensamientos, sino que florezca e impregne toda ella, de modo que el Yo verdadero coja las riendas, en lugar del ego, y que la mente esté a nuestro servicio, no al revés.

En realidad todo consiste en ser consciente de que Yo soy, de que existo, y de que mi ser y existencia es tanto la dimensión subyacente del ahora –inmutable, inalterable- como el espacio en el que surge y se despliega la forma del momento presente –mutable, variable-.

Y con esta toma permanente de consciencia se produce la conexión entre nuestro Yo profundo –interior, eterno y situado más allá de la mente- y el mundo y circunstancias que nos rodean –exterior, efímero y mental-, que quedan así bajo el mando del Yo verdadero.

La nueva visión que esta toma de consciencia aporta es extraordinaria.

Yo Soy; y todo es y se desenvuelve porque Yo soy. Si Yo no fuera, nada sería. Yo soy es la razón de cuanto existe. Y, como veremos en próximos capítulos, mi Yo soy es idéntico al Yo soy del otro y sólo se explica y se sostiene en la Unidad del Ser Uno.

Emilio Carrillo

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Las dos dimensiones del momento presente

Las dos dimensiones del momento presente

El momento presente es el único sitio donde la vida existe. La vida llena y abundante es la eterna, la que no está sujeta al tiempo, un continuo momento presente en el que lo eterno se desenvuelve. Nuestra dimensión profunda se encuentra donde el ego nunca la buscaría: en el aquí y ahora.

El momento presente cuenta también con dos dimensiones: la superficial y cambiante; y la subyacente y fija.

La primera es la forma del momento presente, sus contenidos percibidos por nuestros sentidos. Y es cambiante. De un momento a otro varían los sonidos, silencios y ruidos; las luces y las sombras; la respiración y otras facetas corporales; las circunstancias personales y del entorno; las situaciones, lugares y paisajes; los estados de ánimo; la temperatura y la climatología; los olores y lo que el tacto toca; los pensamientos que transitan por la mente; los sentimientos y emociones; etcétera.

La segunda, la esencia subyacente por debajo de las formas, es la existencia, la vida misma, que siempre es ahora y nunca será no ahora. La existencia es “ser” y “ser” es ahora; no cuando fue, ni cuándo será; no es un pensamiento o un objeto mental. Es el ahora; es “Ser”; es lo “Real”.

El ego, en su pilotaje automático, transitando entre creaciones mentales, ni sabe en qué consiste la esencia subyacente del momento presente. Sólo reconoce su aspecto superficial, la forma del ahora, que muta cada día, cada hora, cada minuto e, incluso, cada segundo.

Por ello, el pequeño yo cree que es el propio momento presente el que se transforma de momento en momento. Casi ni existe, llega a pensar, dada su volatilidad, oscilando entre el momento que ya ha pasado y el que después vendrá.

Pero hay una esfera no superficial del momento presente que escapa a la comprensión del ego. Valga el ejemplo de un río, verbigracia el muy milenario Guadalquivir, el Baetis o Beitis de antes de los tartesios, que fluye desde tiempos remotos por tierras andaluzas. El falso yo, sentado a su orilla, sólo atiende a las formas y observa el curso de sus aguas, que en un punto concreto varía a cada momento o baja más o menos caudaloso. Es incapaz de entender que el río, por encima de tales cambios, es el río; que el Guadalquivir existe y es con independencia de las formas que adopte, más allá del discurrir de sus aguas, de las modificaciones de su caudal y del transcurrir del tiempo.

Lo mismo ocurre con el ser humano, que, como el momento presente, cuenta con una dimensión superficial, su forma percibida por los sentidos, y otra subyacente.

La primera es la persona temporal, cuya fisonomía y circunstancias mutan a cada momento y cuyo fin, al cabo de unas pocas décadas, se halla en el cementerio. Allí serán enterrados o quemados todos sus anhelos, dramas, temores, ambiciones, éxitos y fracasos; allí quedará su forma reducida a polvo o ceniza. Por el contrario, la esencia subyacente no sabe de variaciones ni de muertes. Es inalterable, es la existencia, es el ser; el verdadero Yo, no el falso y pequeño yo; lo único real.

Contemplar lo transitorio y efímero del momento presente -sea de un río o de un ser humano- es una buena manera no sólo de percibir la forma, sino, igualmente, de percatarse de la esencia subyacente: el ser; el ahora ajeno a las formas y sus modificaciones.

Se “es” en el ahora, en el momento presente. La forma de éste sí se transforma continuamente, pero sólo la forma. Por debajo del cambio hay algo que no tiene forma. Y ese algo no es “algo”; es sólo algo cuando pensamos en él y pretendemos llevarlo al mundo del ego. Pero, realmente, carece de forma, no es un objeto mental: es Ser, Existir, este momento, ahora.

No se puede ir más allá de este punto con el entendimiento. De hecho, ni hace falta ni es conveniente. Paramos el ajetreo incesante de los pensamientos, nos contemplamos a nosotros mismos y sentimos internamente que ser es existir y existir es ser. ¡Ya está! Ni más, ni menos. No necesitamos pensar en que existimos y somos. Se trata, sencillamente, de tomar consciencia de ser, de existir.

La mente está a nuestro servicio, no al revés; la mente está al servicio del ser, no a la inversa. Y ser conlleva atributos y potestades que pierden su esencia -se desnaturalizan- si son mentalmente tratados.

Ser, existir, no precisa de racionalización alguna.

Cuando intentamos situarlo al nivel del entendimiento lo convertimos mentalmente en “algo”, lo empaquetamos en un objeto mental; y desvirtuamos de modo lamentable su esencia y entidad. Si lo nombramos, clasificamos y etiquetamos, ya no es real, sino una interpretación mental que nada tiene que ver con lo real.

Emilio Carrillo

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No es verdad que seamos lo que somos

No es verdad que seamos lo que somos

La última mentira que aquí se va a destacar es una especie de corolario de las precedentes y el máximo exponente de las consecuencias del reducido nivel consciencial. Radica en el hecho de que cada uno está convencido de que vive su vida.

No puede ser de otra manera, nos decimos. Nos consideramos conscientes de lo que hacemos, de lo que queremos… de lo que somos. Pero tampoco esto es verdad.

No tenemos consciencia de nuestro ser real, el verdadero Yo, sino del piloto automático con el que nos identificamos; de un ser que nuestra mente, ante la ausencia de mando consciente, ha tenido que inventar por necesidades de supervivencia y actuación en la tridimensionalidad.

Hemos desarrollado una consciencia de los objetos: no somos lo que somos, sino lo que pensamos que somos; nos vemos a nosotros mismos como objetos mentales.

El ego forjado por los pensamientos ha sido creado como objeto mental: mi pequeño yo, mi pequeña historia, mis emociones. Y este objeto mental busca su felicidad en los objetos físicos y mentales: en las cosas materiales, en las creencias o teorías mentales y en las emociones estimulantes.

Sin duda, todas estas cosas tienen su lugar en este mundo, pero no para que nos identifiquemos con ellas. Es imposible que nos encontremos a nosotros mismos con objetos y formas ajenas a nuestro Ser. Pero lo hacemos. Y el resultado final es la frustración, la insatisfacción: la demencia derivada de la pérdida de conexión con una dimensión más profunda del ser humano, nuestro verdadero Yo.

Podemos activar tal conexión mediante la elevación del grado de consciencia. ¿Cómo conseguirlo?

Resulta de gran ayuda examinar nuestra dimensión profunda a través de su relación con el único sitio donde la vida realmente existe: el ahora. Vaya por delante que en esa dimensión no existe el tiempo; que nada tiene que ver con los pensamientos, conceptos, juicios y definiciones; y que no se identifica ni se llena con objetos materiales, mentales y emocionales.

Para adentrarnos en la dimensión profunda del ser humano y su relación con el ahora, es crucial que primero reconozcamos y desvelemos interiormente las mentiras que han sido sintetizadas y por las que ha discurrido nuestra vida. Este reconocimiento es la llave que abre el acceso a esa otra dimensión: adquiramos consciencia del contenido y consecuencias reales de las mentiras reseñadas y convirtamos esa consciencia en la llave que conduce a nuestra dimensión más profunda.

¿Cuál es la puerta en cuya cerradura hay que introducir la llave?

La puerta es la esencia subyacente del momento presente.

Emilio Carrillo

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No es verdad que vivamos en el presente

No es verdad que vivamos en el presente

Si a cualquier persona se le pregunta si vive en el antes, en el ahora o en el después, nos mirará con cara de sorpresa por la teórica imbecilidad de la pregunta y contestará de inmediato que en el ahora.

Es lógico, pues en nuestra carencia de consciencia estamos convencidos de que vivimos en el hoy; ni en el ayer, ni en el mañana, sino en el presente. Sin embargo, esto es mentira.

Ojalá fuera verdad que vivimos el presente, pero por el bajo grado de consciencia la mayoría de hombres y mujeres estiman en su fuero interno, aunque sea inconscientemente, que el momento próximo es más importante que el actual. Y pasan sus días en plena incapacidad para vivir en el único sitio donde la vida existe: el momento presente.

La razón es sencilla de entender. El ego es una creación mental surgida de la identificación con nuestros pensamientos. Como tal, se nutre y se recrea en las invenciones y objetos mentales, espantándole todo lo que sea real. Por eso anda siempre dando bandazos entre el pasado y el futuro, meros objetos mentales. Y por eso no le gusta el momento presente, que es lo único auténticamente real.

El falso yo vive en constante oposición al momento presente o, simplemente, lo niega. Ha convertido el momento presente en su enemigo. Para él nunca es suficiente. Rara vez hay algún momento que le guste. Y cuando esto ocurre, el momento presente pasa rápidamente y se queda en el mismo estado que antes.

Las quejas mentales son una manifestación de esta confrontación con el momento presente. El ego está instalado en un estado casi permanente de queja mental. Nada le agrada ni parece bastarle. Halla defectos y motivos de protesta hasta en lo más placentero o deseado. Es como se alimenta el falso y pequeño yo: posicionándose y reafirmándose contra lo que es, contra la vida.

Imponemos juicios y reducimos a las personas a un puñado de etiquetas y conceptos mentales. Y al encarcelar a los otros con los pensamientos, nosotros mismos entramos en la prisión mental.

El ego se percibe a sí mismo contra la vida, contra el Universo, contra el resto de lo que existe, que, en su labor como piloto automático, contempla cual amenaza. Es una colosal locura que aún se hace mayor debido a que el ego también necesita el mundo que le rodea para cumplir su misión y satisfacer sus aspiraciones.

El ego pasa sus días -y con él los seres humanos que con él se identifican- en el tremendo conflicto de rechazar el momento presente, lo único real, la vida. Y lo agudiza necesitando de un mundo que, a la par, estima una amenaza.

Emilio Carrillo

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No es verdad que exista el futuro

No es verdad que exista el futuro

¿Qué hacer ante el desasosiego? Pues como el ayer no nos satisface, miramos hacia el mañana. Se trata de una huida hacia adelante en toda regla. Sobre ella se construye otra falacia, otra gran mentira: el futuro.

Puenteando el presente, pasando por encima de él, proyectamos el pasado, con sus frustraciones y carencias, hacia el futuro.

Pero éste es sólo otra invención de la mente, otro objeto mental. El futuro sólo es real cuando ya no es un objeto mental, es decir, cuando deja de ser futuro y se transforma en el momento presente. Sin embargo, al observar el mundo que nos rodea, es fácil constatar que el futuro se ha convertido en una droga a la que se mantiene enganchada una ingente cantidad de personas.

La gente se aferra al futuro cual tabla de salvación –también muchos buscadores-. Lo consideran imprescindible para salir del agujero emocional en el que han caído, para experimentar nuevos sentimientos y sensaciones, para poseer los objetos que precisan o les ilusionan, para completarse, para ser felices.

Desde luego, el futuro es útil para las cosas prácticas, pero más allá no tiene ningún sentido. Está claro que cada cosa que hacemos requiere tiempo para completarse; y que hay acciones que han de ejecutarse hoy con la mirada en el mañana o que forman parte de una cadena de tareas que transcienden el ahora. Pero en lo que corresponda hacer en este ahora, no son futuro, sino presente. Y en éste me debo ocupar de lo que me tengo que ocupar, sean cuales sean sus implicaciones o consecuencias en el tiempo. Son las ocupaciones del momento presente, no las pre-ocupaciones por el mañana.

La realidad es que gastamos muchísima energía en las pre-ocupaciones, mientras que ponemos escasa atención en llevar a cabo las ocupaciones de la mejor manera posible. En lugar de diferenciar entre ocupaciones y pre- ocupaciones y centrarnos exclusivamente en las primeras, nos metemos en una cadena sin fin donde el pasado condiciona el futuro; y éste, cuando llega, se añade al pasado y vuelve a condicionar el futuro.

La droga del mañana nos tiene desquiciados.

El futuro no existe, excepto en la mente, como un pensamiento. El pequeño yo, el ego, está siempre esperando encontrarse a sí mismo en algo que hallará en el momento próximo; anda siempre en camino hacia lo que sea. Y esto, lógicamente, provoca estrés: la enfermedad mental más común y extendida en nuestra civilización.

Emilio Carrillo

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No es verdad que exista el pasado

No es verdad que exista el pasado

El absurdo no termina con identificarnos con esos pensamientos que campan a sus anchas, sino que es aquí donde empieza. Primero, porque no se trata de una voz en el interior de la cabeza, sino de muchas voces que pugnan y discuten entre sí, pues tenemos muchos pensamientos a menudo contradictorios y enfrentados. Y en segundo lugar, porque los pensamientos están condicionados no por el presente, sino por el pasado, por nuestras experiencias y recuerdos.

Esto nos introduce en un espectacular embrollo porque el pasado no existe ni existirá.

Creer en la existencia del pasado es la tercera gran mentira, asumida sin rechistar cuando es escaso el grado de consciencia sobre quién se es y lo que es real.

La memoria del pasado es algo que surge como forma mental en el momento presente; cuando pasó lo que pasó, lo hizo como presente y después dejó de ser real para configurarse en una creación u objeto mental.

Además, tal memoria ni siquiera es del todo certera, pues muchos sucesos del pasado los rememoramos desde la interpretación subjetiva de nuestra pequeña historia personal -sufrimientos y goces, éxitos y fracasos.-. Y ésta suele estar marcada por la insatisfacción, bien por no haber alcanzado lo deseado o porque, habiéndolo conseguido, inmediatamente aspiramos a algo más, a algo nuevo que haga nuestra vida más placentera, completa o genuina.

De este modo y aunque no nos percatemos del desatino, nuestra identidad, personalidad y sentido del yo quedan a merced de unos pensamientos contradictorios que responden a la interpretación subjetiva por parte del ego insatisfecho de un pasado inexistente.

Ante esto, no puede sorprendernos que nuestro sentido del yo se halle estrechamente ligado a una sensación de frustración o, al menos, de carencia de algo, de emociones o cosas. El piloto automático, a falta de dirección consciente, no da para más. Por lo que una gran parte de las personas notan que sus vidas no están llenas y cunde el desasosiego, configurado ya como santo y seña de la sociedad actual.

Emilio Carrillo

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El Corazón: nuestro cerebro principal

El Corazón: nuestro cerebro principal

Te lo digo desde el corazón

El cuerpo humano dispone de dos cerebros: el que todas las personas conocen y otro hasta ahora desconocido. ¿Cuál es éste? Se trata del cerebro – corazón. Y es mucho más potente y principal para el ser humano que el cerebro – mente de la cabeza.

Expresiones tan populares como “te lo digo desde el corazón”, “canta de corazón”, “con el corazón en la mano”, “de corazón a corazón”, etcétera están llenas de sentido, coherencia y significado. No en balde, el corazón dispone de un cerebro y el amor del corazón no es una emoción, es un Estado de Consciencia, ¡es Amor!

En la actualidad, son numerosas las indagaciones científicas que muestran la auténtica entidad y dimensión del corazón humano.

El cuerpo humano dispone de dos cerebros, el mental, radicado en la cabeza, y otro, que opera de forma bien distinta y sin ficciones mentales, ubicado en el corazón.

El cerebro – corazón es el principal de los dos y tiene capacidad para influir en el cerebro – mente de la cabeza, activando en éste centros superiores de percepción completamente nuevos que interpretan la realidad fuera de los límites del tiempo y del espacio, permitiendo un conocimiento inmediato e instantáneo y una percepción exacta de esa realidad.

Cuando el ser humano utiliza el cerebro del corazón crea un estado de coherencia biológico, todo se armoniza y funciona correctamente, es una inteligencia superior que se activa a través de las emociones positivas.

El corazón contiene un sistema nervioso independiente y bien desarrollado con más de 40.000 neuronas y una compleja y tupida red de neurotransmisores, proteínas y células de apoyo. Gracias a esos circuitos tan elaborados, el corazón puede tomar decisiones y pasar a la acción independientemente del cerebro ubicado en la cabeza; y puede aprender, recordar e incluso percibir.

El cerebro – corazón usa el lenguaje intuitivo; el cerebro-mente, el lenguaje discursivo. El lenguaje intuitivo utiliza la consciencia para relacionarse con el Aquí y Ahora, donde la mente discursiva no tiene lugar para actuar. El cerebro – corazón va proporcionando las herramientas para poder vivir en el momento presente, de instante en instante, con una visión cabal y una percepción de la realidad llena de ecuanimidad, aceptación y capacidad de fluir.

Si el ser humano es capaz de mantener la atención sostenida en el presente, el cerebro – corazón adquiere todo su protagonismo e ilumina todo el movimiento que genera la Vida.

Conocimientos que hay que interiorizar y llevar a la práctica de manera no mental, sino natural y espontánea, esto es, no desde el cerebro-mente, sino desde el cerebro – corazón. Y es que el potencial del cerebro-corazón se activa cultivando, precisamente, las cualidades del corazón y liberándose del miedo, el deseo y el ansia de dominio. Es tan sencillo como el latir rítmico y acompasado del corazón. Es tan simple como fluir, tan fácil como ¡Vivir!

Existen cuatro tipos de conexiones que parten del corazón y van hacia el cerebro de la cabeza:

La comunicación neurológica mediante la transmisión de impulsos nerviosos.

El corazón envía más información al cerebro-mente de la que recibe, es el único órgano del cuerpo con esa propiedad; y puede inhibir o activar determinadas partes del cerebro-mente según las circunstancias. Así, el corazón puede influir en nuestra percepción de la realidad y, por tanto, en nuestras reacciones.

La información bioquímica mediante hormonas y neurotransmisores.

Es el corazón el que produce la hormona ANF, la que asegura el equilibrio general del cuerpo: la homeostasis. Uno de sus efectos es inhibir la producción de la hormona del estrés y producir y liberar oxitocina, la que se conoce como Hormona del Amor.

La comunicación biofísica mediante ondas de presión.

A través del ritmo cardiaco y sus variaciones el corazón envía mensajes al cerebro – mente y al resto del cuerpo. Hay dos clases de variación de la frecuencia cardiaca: una es armoniosa, de ondas amplias y regulares, y toma esa forma cuando la persona tiene emociones y pensamientos positivos, elevados y generosos. La otra es desordenada, con ondas incoherentes. Aparece con las emociones negativas y con el miedo, la ira o la desconfianza. Pero hay más: las ondas cerebrales de la mente se sincronizan con estas variaciones del ritmo cardiaco; es decir, que el corazón arrastra a la cabeza. La conclusión es que el amor del corazón no es una emoción, es un estado de conciencia inteligente.

La comunicación energética: el campo electromagnético del corazón es el más potente de todos los órganos del cuerpo, 5.000 veces más intenso que el del cerebro.

Y se ha observado que cambia en función del estado emocional. Cuando tenemos miedo, frustración o estrés se vuelve caótico. Y el campo magnético del corazón se extiende alrededor del cuerpo entre dos y cuatro metros, es decir, que todos los que nos rodean reciben la información energética contenida en nuestro corazón.

El cerebro – corazón activa en el cerebro-mente centros de percepción completamente nuevos y crea un estado de coherencia biológico.

El cerebro del corazón activa en el cerebro mental o de la cabeza centros superiores de percepción completamente nuevos que interpretan la realidad sin apoyarse en experiencias pasadas. Este nuevo circuito no pasa por las viejas memorias, su conocimiento es inmediato, instantáneo, y por ello, tiene una percepción exacta de la realidad.

Cuando el ser humano utiliza el cerebro del corazón crea un estado de coherencia biológico, todo se armoniza y funciona correctamente, es una inteligencia superior que se activa a través de las emociones positivas.

El potencial del cerebro – corazón se activa cultivando las cualidades del corazón y liberándose del miedo, el deseo y el ansia de dominio.

Es un potencial no activado, pero empieza a estar accesible para un gran número de personas. Se puede activar cultivando precisamente las cualidades del corazón: la apertura hacia el prójimo, el escuchar, la paciencia, la cooperación, la aceptación de las diferencias,… Es la práctica de pensamientos y emociones positivas. En esencia, liberarse del espíritu de separación y de los tres mecanismos primarios: el miedo, el deseo y el ansia de dominio, mecanismos que están anclados profundamente en el ser humano porque nos han servido para sobrevivir millones de años.

El ser humano puede liberarse de ellos tomando la posición de testigos, observando nuestros pensamientos y emociones sin juzgarlos y escogiendo las emociones que nos pueden hacer sentir bien.

Emilio Carrillo

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La consciencia es una actividad fácil

La consciencia es una actividad fácil

Nuestro ser interior es Quietud y no necesita saberes, ni deberes, ni quereres, ni quehaceres, nada precisa ni requiere y la felicidad es su Estado Natural. Eso es lo que somos. Pero por algo estamos encarnados en Tercera Dimensión. Somos seres maravillosos y divinales y nuestra esencia es la Quietud, mas estamos aquí para desplegar el Movimiento en este Aquí y Ahora y traer el Cielo a la Tierra, transformando la Tierra en el Paraíso del que voluntariamente salimos para, precisamente, crearlo aquí.

Somos jardineros voluntarios de la realidad para que nuestra Quietud divinal llene y transforme de forma armoniosa esta realidad.

Pero nuestro Movimiento no debe degenerar en un repiqueteo descontrolado y desarmónico, sino que ha de ser permanentemente resplandor de la Quietud vamos a movernos con el movimiento que genera nuestra Quietud.

Lo que ha pasado hasta ahora con la Humanidad es que el movimiento que hemos generando no es el Movimiento de la Quietud, sino el movimiento del movimiento, del movimiento, del movimiento,…. No es el resplandor de lo que Somos, sino un repiqueteo que aturde y hace olvidar lo que Somos, llevándonos a ignorar nuestra verdadera dimensión divinal.

En estos preciosos momentos en los que se están cayendo todos los velos, donde basta con mirar para “ver”, en estos dulces instantes que estamos compartiendo Aquí y Ahora porque tenemos el privilegio de compartirlo, lo único que nos corresponde es movernos con un Movimiento que sea el resplandor de nuestra esencia divina, de nuestra Quietud.

Y esto que se está enunciando aquí de manera muy solemne y que a algunos les puede parecer una tarea herculeana, es lo que, consciente o inconscientemente, están haciendo ya millones de seres humanos. Personas que viven una vida sencilla y que, de forma natural, desarrollan su actividad familiar y laboral, comparten con sus amigos y viven el día a día desde una frecuencia de Amor. Ésta preside su espacio sagrado de libertad, su Aquí y Ahora, y, de instante en instante, generan actitudes plenas de ese mismo Amor.

Por tanto, tu Nueva Vida –y, con ella, tu aportación a una Nueva Humanidad y a un Nuevo Mundo- no dependen de nada exterior a ti mismo.

Tu vida la creas tú y sólo tú de instante en instante, en cada Aquí y Ahora, en tu espacio sagrado de libertad en el que generas, de momento presente en momento presente, la actitud ante cada estímulo, acontecimiento, suceso, estímulo o situación –los estimes mentalmente importantes o no- del día a día y de tu cotidianeidad.

Y para que el Amor presida y llene cada actitud ante el Aquí y Ahora no es preciso esfuerzo alguno, sino que basta con que enciendas la luz de la consciencia y te observes a ti mismo y cuanto te rodea de instante en instante y a lo largo del día.

El espejo de la consciencia

Sería suficiente, como afirma Anthony de Mello, con que te vieras reflejado en el espejo de la consciencia del mismo modo que ves tu rostro reflejado en un espejo de cristal, es decir, con fidelidad y claridad, tal como eres, sin la menor distorsión ni el menor añadido, y observaras dicho reflejo sin emitir juicio ni condena de ningún tipo, experimentarías los maravillosos cambios de toda clase que se producen en ti.

Lo que ocurre es que no puedes controlar dichos cambios, ni eres capaz de planificarlos de antemano ni de decidir cómo y cuándo tienen que producirse. Es esta clase de conciencia que no emite juicios la única capaz de sanarte, de cambiarte y de hacerte crecer. Pero lo hace a su manera y a su tiempo.

¿De qué debes ser consciente concretamente?, plantea Mello a renglón seguido. Pues de tus reacciones y de tus relaciones. Cada vez que estás en presencia de una persona (la que sea y en la situación en que sea), tienes toda clase de reacciones, positivas y negativas.

Estudia esas reacciones, observa cuáles son exactamente y de dónde provienen, sin reconvención o culpabilización de ningún tipo, incluso sin deseo alguno, y, sobre todo, sin tratar de cambiarlas. Eso es todo lo que hace falta para que brote la santidad.

Ahora bien, ¿no constituye la conciencia en sí misma un esfuerzo?

No, si la has percibido aunque no sea más que una vez. Porque entonces comprenderás que la conciencia es un placer: el placer de un niño que sale asombrado a descubrir el mundo; porque, incluso cuando la conciencia te hace descubrir en ti cosas que te desagradan, siempre ocasiona liberación y gozo. Y entonces sabrás que la vida inconsciente no merece ser vivida, porque está excesivamente llena de oscuridad y de dolor.

Si al principio sientes pereza en esta práctica, no te violentes. Sería un esfuerzo más. Limítate a ser consciente de tu pereza, sin juzgar ni condenar. Comprenderás entonces que la conciencia requiere el mismo esfuerzo que el que tiene que realizar un enamorado para acudir junto a su amada, o un hambriento para comer, o un montañero para escalar la montaña de sus sueños; tal vez haya que emplear mucha energía, tal vez sea incluso penoso, pero no es cuestión de esfuerzo; ¡es hasta divertido! En otras palabras, la consciencia es una actividad fácil.

Emilio Carrillo

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La actitud en el Aquí y Ahora

La actitud en el Aquí y Ahora

La vida está llena de estímulos, impactos, hechos y sucesos: cuando paseamos, conducimos, trabajamos, disfrutamos del ocio… Pero ante todas estas situaciones y circunstancias cotidianas, si nos mantenemos en conexión activa y consciente con nuestra divinidad, el Movimiento que desplegamos será el radiante resplandor de la divina “Quietud” que brilla en nuestra esencia. Y seremos plenamente conscientes de que el momento presente –el Aquí y Ahora- es un espacio sagrado de libertad donde, desde mi interior, genero –yo y sólo yo- la actitud con la que respondo a cada estímulo o impacto exterior.

La calidad de las actitudes que creo y aplico dependen sólo de mí, pertenecen en exclusiva a mi ámbito de libertad.

No debemos olvidar que las actitudes forjan las emociones y pensamientos que nos llevan, a su vez, a hacer acciones. Éstas, por su parte, terminan siendo repetitivas y se convierten en hábitos. Y son éstos, finalmente, los que modelan y forman nuestro carácter y nuestra visión del mundo, de las cosas, de la vida y de la muerte.

Pero todo tiene su origen en las actitudes que surgen antes los estímulos e impactos que acontecen de instante en instante. Y esas actitudes las generamos en ese espacio sagrado de libertad que es el Aquí y Ahora. Es ahí donde decidimos si respondemos al estímulo e impacto en consonancia con el ser divino que somos, de modo que nuestro Movimiento por la Vida sea resplandor de la Quietud que brilla en nuestro dimensión divinal, o a instancia de nuestro ego y nuestro pequeño yo, convirtiendo, así, el Movimiento en un incesante repiqueteo carente de armonía y Amor y lleno de desasosiego y estrés.

Observa, por tanto, el perfil de las actitudes que generas de instante en instante. Y si compruebas que no son de Amor, tampoco te preocupes, pues sólo con darte cuenta de ello, tus actitudes irán vibrando en clave de Amor, Armonía y Paz cada vez con mayor asiduidad y potencia.

Emilio Carrillo

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Ho´oponopono

Ho´oponopono

El ho´oponopono proviene de tradiciones indígenas del Pacífico, en general, y de la cultura hawaiana, en particular. Literalmente significa “acertar el paso” o “corregir el error”.

De acuerdo con arcaicas creencias, el error proviene de experiencias dañinas y pensamientos frustrantes desplegados en otras vidas y que se acumulan en la memoria donde almacenamos nuestra existencia –cadena de vidas-. Esta memoria trascendente, incluida la parte de la misma contaminada por tales experiencias y pensamientos faltos de Amor, aflora y se manifiesta en nuestra vida actual, reflejándose y explicando multitud de actos, sucesos y circunstancias que vivimos y nos rodean.

Ante esto, la práctica del ho´oponopono nos enseña a que conscientemente agradezcamos a nuestro Ser profundo las cosas bellas y hermosas que ahora vivimos -cual modo de subrayar y poner en valor la parte (archivos del disco duro) repleta de Amor que la memoria trascendente atesora- y reconozcamos y asumamos como responsabilidad propia la totalidad de las vivencias dolorosas del presente – cual forma de eliminar y borrar la parte (archivos del disco duro) carente de Amor que la misma memoria guarda-.

De esta manera, el ho´oponopono ofrece la posibilidad de revalorizar los archivos con Amor y eliminar los sin Amor, liberando la energía de experiencias y pensamientos cargados de daño y error que son causa y origen de desequilibrios, desasosiegos, insatisfacciones, enojos, enemistades y enfermedades.

¿Cómo hacerlo? Decidiendo que aceptamos al 100% la responsabilidad de nuestra vida. Esta aceptación posibilita que trabajemos en el archivo que haya generado la situación que nos afecta en la actualidad, en la idea de que todo en nuestra vida nos llega para que borremos energías perniciosas guardadas en la memoria trascendente o afiancemos los archivos llenos de Amor que también atesora.

Herramientas

Para su puesta en práctica debemos dejar a un lado la racionalidad y el intelecto, confiar en nuestra dimensión subyacente – Espíritu, Amor- y trabajar con las herramientas que el ho´oponopono ofrece. Son sencillas y directas. La más fructífera consiste en establecer una comunicación fluida y constante entre el Uhane o Consciente y el Aumakua o Ser profundo.

Así, para fijar y potenciar en la memoria los pensamientos y experiencias de Amor, es suficiente con que digamos “gracias” o “te quiero” a nuestro Ser interior ante las cosas hermosas de nuestra vida cotidiana. Y para borrar los pensamientos y experiencias sin Amor, basta con que digamos “lo siento, perdóname por la parte de mí que ha creado esto y lo ha traído aquí, lo ha puesto en mí o lo ha proyectado a otro o a los demás”.

Y recordando siempre que damos gracias o pedimos perdón a nosotros mismos, no a alguien o algo ajeno a mí. No hay nada fuera que nos traiga nada; no somos pecadores ni culpables; nadie nos juzga. Nuestro Espíritu sólo nos pide que desde el Consciente digamos “gracias” o “lo siento”.

Creas lo que crees; y si Yo lo he creado, Yo lo puedo cambiar. Esto es aceptar el 100% de responsabilidad de nuestra vida.

Ni siquiera tengo que pensar qué archivos del disco duro son los que deseo afianzar o borrar; sólo dar las gracias o pedir perdón ante los avatares, situaciones y contactos de la vida. Nuestro Espíritu o Aumakua conoce muy bien la parte de nuestra memoria que a continuación se debe poner en valor o limpiar.

No hay que saber ni pensar. Ho´oponopono es aceptar que hay una parte de mí que es más sabia.

Hay que aprender a confiar en uno mismo, en nuestro Ser interior; mientras mayor sea la confianza, más intensa será la toma de mando por parte del Yo verdadero. Y mejores resultados se obtendrán en el trabajo con nuestra memoria trascendente.

Y asumir la responsabilidad íntegra de nuestra vida implica, igualmente, aceptar la responsabilidad por los pensamientos y acciones de las demás personas que aparecen en ella.

Lo cual, lejos de ser una rémora agotadora, es una magnífica oportunidad, pues si soy responsable lo puedo cambiar. La gente que llega a nuestras vidas y con las que nos relacionamos de un modo más o menos familiar y estrecho no lo hace por casualidad, sino porque compartimos archivos con Amor, sin Amor o de ambos tipos.

Cuando son archivos dañinos, la otra persona dirá cosas que nos molestan, realizará actuaciones que nos causan dolor o padecerá enfermedades. Ante ello, lejos de contrariarnos y reaccionar defensivamente o con agresividad, seamos conscientes de que no es sino una proyección de mí y ocasión para borrar tales archivos. Así que digo “te quiero” o “lo siento, por la parte de mí que ha creado esto y lo ha traído aquí o a ti” para desactivar el archivo contaminado, que se eliminará no sólo para mí, sino también para el otro. Quien toma la responsabilidad es el que borra.

A muchos les parecerá increíble, pero el camino más fácil es asumir la responsabilidad completa de nuestra vida, incluidos todos los hechos, circunstancias y personas que nos rodean; los pensamientos y actos propios y los de aquéllos que se relacionan con nosotros.

En todo lo que llega y acontece hay que ver una preciosa oportunidad para que el Ser interior coja el mando y potencie o limpie los archivos (pensamientos, actos, experiencias,…) con o sin Amor, respectivamente, guardados en nuestra memoria trascendente.

La paz empieza en nosotros, por lo que decir “gracias, te amo” es el mejor regalo que podemos hacerle al mundo.

Ho’oponopono apoya la restauración del equilibrio y la armonía en la persona y, a través de ella, de la Creación. Ayuda a que el ser humano sea permanentemente consciente de su Ser profundo, desactivando el piloto automático del ego, generando paz y consiguiendo que nuestros actos se basen en la inspiración.

En este orden, hay que diferenciar bien entre intuición e inspiración. La primera procede de la memoria trascendente: algo que ya pasó puede volver a repetirse y la intuición nos avisa (los sueños premonitorios son un exponente de ello). La inspiración, en cambio, es algo nuevo, una guía que emana desde nuestro Yo verdadero y nos ofrece algo novedoso para nosotros y nuestra vida.

Ho´oponopono va más allá de la Ley de Atracción porque no es posible controlar todo lo que tenemos en el inconsciente, pero que, no obstante, estamos proyectando y plasmando en nuestras vidas. Con Ho´oponopono se atrae lo que se agradece, lo cual coloca al Amor Incondicional, Contra Resistencia, en primer lugar.

Emilio Carrillo

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Abro lo ojos y veo

Abro los ojos y veo

Mi vida y la realidad son mi creación

Abro y los ojos y veo que todo lo que llamo “mi vida” y todo lo que en ella acontece es mi creación. No hay excepciones.

Abro los ojos y veo que cada ser humano contempla, concibe y experiencia la vida y la realidad en función de su estado consciencial. De ahí que todo lo que denomino realidad es sólo, ni más ni menos, “mi realidad”, íntegramente creada por mí. Y mi realidad es intrínsecamente distinta a la de los demás, pues cada cual genera “su vida” y “su realidad”.

Abro los ojos y veo que “mi vida” y la realidad (“mi realidad”) son la manifestación y proyección de mi propio interior, de mi estado consciencial y frecuencia vibracional en cada momento presente. Por tanto, “mi vida” y la realidad (“mi realidad”) son un holograma proyectado desde mi interior (estado consciencial).

Abro los ojos y veo que exactamente lo mismo le ocurre a cada uno de mis congéneres: la vida (”su vida”) y la realidad (“su realidad”) son la manifestación y proyección de sus respectivos estados conscienciales.

Abro los ojos y veo que cada cual genera su holograma (su vida y la realidad tal como la concibe y experiencia) y que la globalidad de hologramas que coexisten en el Aquí y Ahora configuran una gigantesca Matriz Holográfica en la que todos interactúan sin merma para ninguno.

No existe una realidad objetiva y única y no hay un “mundo”

Abro y los ojos y veo que la pretendida y teórica realidad objetiva y única no existe, sino que es absolutamente subjetiva y radicalmente múltiple:

Es subjetiva porque nada existe en ella a parte de lo que cada cual genera y proyecta, desde el interior de uno mismo, hacia la gigantesca Matriz Holográfica. En esta Matriz interactúan todas proyecciones y “visiones” individuales de la vida, la muerte, las cosas, el mundo, la gente, Dios,…

Es múltiple porque existen muchas realidades, tantas como personas, cada una de las cuales crea su realidad desde su respectiva dimensión interior.

Aplicando lo anterior a lo que la Humanidad denomina “mundo” o “mundo exterior”, abro y los ojos y veo que tal mundo, como realidad única y objetiva, simplemente no existe: hay tantos mundos como seres humanos, exactamente uno por cada uno, pues lo que cada persona percibe y contempla como mundo exterior es ella misma, su propia manifestación y proyección desde su estado consciencial y frecuencia vibracional.

Mundo exterior y cambio interior

Abro los ojos y veo que cualquier cambio de la realidad y el mundo exterior pasa inexorablemente por “mi cambio interior”, es decir, por la transformación de mi estado consciencial y frecuencia vibracional que haga factible crear esa nueva realidad y ese nuevo mundo que deseo.

Abro los ojos y veo que el cambio interior es la llave del cambio exterior: ojos nuevos para un mundo nuevo.

Todo es verdad y nada es “Real”

Abro y los ojos y veo que, derivado de lo precedente, en el escenario de la Matriz Holográfica (el Gran Teatro del Mundo) todo es verdad y nada es Real:

Todo es verdad, porque la realidad creada por cada ser humano, con todo lo que implica, conlleva y representa, es ineludiblemente verdad para él (en el Gran Teatro del Mundo, cada uno se cree a pie juntillas, firme y hasta vehemente, el papel que decide en cada momento interpretar).

Nada es “Real”, pues la realidad creada por cada cual es, como se acaba de exponer, subjetiva y múltiple, no existiendo en la Matriz Holográfica ninguna realidad “Real”, sino multitud de realidades holográficas, la de cada uno, que interaccionan y configuran conjuntamente la Matriz Holográfica y el mundo exterior (en el Gran Teatro del Mundo, todo es pura manifestación holográfica y virtual de estados conscienciales interiores que varían y mutan -expansión consciencial- como consecuencia de las experiencias que cada persona vivencia en el contexto de la realidad por ella misma creada).

Consecuencia de mi decisión de ser: “yo soy”

Abro y los ojos y veo que todo lo que en mi vida y el mundo sucede, cualquier hecho, circunstancia, evento o situación, es mi creación. Todo es consecuencia de mi decisión de ser (“mi papel”: el papel que decido interpretar) y manifestación de lo que “yo soy” (mi yo y mis circunstancias derivados de “mi papel”) como consecuencia de esa decisión, haciendo que mi vida y todo lo que me rodea, sin excepción alguna, sean proyecciones, como espejos en los que me veo reflejado, de lo que yo soy porque lo he decidido ser.

¿Algunos ejemplos? Abro y los ojos y veo que:

Si mi decisión de ser es “ayudar a los demás”, ineludiblemente crearé a quienes precisen mi ayuda, a los “necesitados” de ella, dado que si estos no existieran, mi deseo de “ayudarlos” no podría plasmarse en la “realidad” por mi generada. De idéntica forma, crearé la “situación de necesidad o escasez (de lo que sea)” que provoca que precisen de mi ayuda y la “situación de disponibilidad y abundancia (de lo que sea)” que hace posible que yo se la ofrezca.

Si mi decisión de ser es “ser bueno”, inevitablemente crearé a quienes sean “malos”, pues si estos no existieran, mi deseo de ser “bueno” no podría plasmarse en la “realidad” por mi generada. Igualmente, crearé la “maldad” que lleva a los “malos” a serlo, así como la “bondad” que a mí me hace “bueno”.

Si mi decisión de ser es estar “despierto”, obligatoriamente crearé a los que estén “dormidos”, ya que si estos no existieran, mi deseo de estar “despierto” carecería de sentido en la “realidad” desde mi engendrada. Del mismo modo, crearé los motivos que hacen que los “dormidos” lo estén, así como las razones que provocan mi “despertar”.

Si mi decisión de ser es “ser un salvador”, forzosamente crearé tanto las “víctimas” a quienes pueda “salvar” como el “algo”, el “verdugo” o el “perseguidor” que hostiga a las “víctimas” y del que yo, “salvador”, les voy a “salvar”.

Cuando no decido, incluso cuando no decido ser: “Yo Soy”

Abro los ojos y veo que más allá de la vida (“mi vida”) y la realidad (“mi realidad”) hay algo que no puede ser pensado ni expresado y que es ajeno a cualquier Matriz Holográfica. Sé que siempre lo he sabido, aunque lo había olvidado entre hologramas y proyecciones virtuales. Y siento que se trata de la Vida en toda su Pureza.

Abro los ojos y veo la Vida que no es “mi vida” ni la de nadie en singular, y la Consciencia, que no es “consciencia” ni la de nadie en particular.

Abro los ojos y veo que lo que realmente Soy fluye de manera natural y espontánea cuando no se diluye el “yo soy” y cuando no decido nada, incluso cuando no decido ser.

Abro los ojos y me veo: Yo Soy Abro los ojos y me veo: Amor

Emilio Carrillo

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¡Conócete a ti mismo! Si, pero… ¿Cómo conseguirlo?

¡Conócete a ti mismo! Si, pero… ¿Cómo conseguirlo?

Primero

Deseándolo de verdad. Los que han alcanzado el conocimiento de sí mismos enseñan que no es una tarea tan ardua como parece, pero que sí exige la voluntad firme de lograrlo. Éste es el punto de partida: la voluntad de adquirir consciencia, de conocerse íntimamente.

Segundo

A partir de ahí, reconocer abiertamente nuestra condición de buscadores; asumir, entender, interiorizar y comprender que el ser humano es un ser en búsqueda; abrir la puerta y ser sensible a esa fuerza interior -anhelo, agitación, deseo, ansia, zozobra, necesidad de algo más- que tiene mucho de irracional -intuitiva, emotiva y sensitiva- y que nos empuja existencialmente desde nuestro fuero interno.

Para ello hace falta modestia, humildad. Y una franca disposición a ver qué causa tu sufrimiento; a formularte grandes y pequeñas preguntas que despierten tu consciencia y creen en ti novedosas formas de estar en el mundo; y a deshacerte de multitud de ideas y conceptos falsos, especialmente sobre ti mismo, impuestos por la falaz visión predominante.

La búsqueda pronto nos aportará nuevos conocimientos, reales y verdaderos, pero exigirá también que reverenciemos la verdad y nos deshagamos de nociones tan erróneas como arraigadas en nosotros. Lo nuevo ni puede ni debe ser construido sobre bases falsas o equivocadas.

Tercero

En tercer lugar, el deseo de despertar nos proporcionará libertad y dicha. Hay que disfrutar de la búsqueda y con la búsqueda. Se trata de una hermosa aventura -la aventura de la Vida- en la que hay que regocijarse y con la que nos debemos alegrar.

En palabras de Fred Alan Wolf, el verdadero secreto en la vida no es alcanzar el conocimiento, sino adentrarse en el misterio. Y tener muy presente que al buscar ya hemos logrado el “encuentro”; nos parecerá imposible antes de empezar la búsqueda o aún dentro de ella, pero ¡al buscar ya hemos logrado el encuentro! Es como si al empezar a buscar de forma inmediata se colocara ante nosotros el espejo a cuyo otro lado el encuentro nos espera.

Por tanto, no hay que obsesionarse con hallar lo buscado. De nada sirven las prisas; la búsqueda no es una carrera. Al comienzo, la visión imperante nos llevará a pensar en ella como una competición en la que hay que llegar al final cuanto antes, ser los primeros o estar entre ellos.

Pero esto es una estupidez en el contexto de la verdadera realidad que la nueva visión irá poniendo de manifiesto, de manera natural y sencilla, dentro de nosotros; las cosas no funcionan así en la nueva realidad y en el grado de consciencia en el que nos estaremos introduciendo.

Una vez que sintamos la auténtica realidad de las cosas, nos reiremos a carcajadas, literalmente, de cuando pensábamos que era importante ser los primeros o superiores en algo.

Y en la búsqueda, iremos pasando por sucesivos estados de consciencia que afrontaremos con entusiasmo en el convencimiento de que en cada uno se halla lo buscado. Mas no serán sino la puerta a uno nuevo con mayor capacidad de conocimiento y de hacernos vibrar interiormente.

El gran encuentro

Y un buen día, por expresarlo de algún modo, se plasmará el gran encuentro. Hay que insistir en que al buscar ya se ha producido el encuentro y que la adquisición de consciencia plena siempre está a nuestra disposición.

La única diferencia es que en algún momento tomamos consciencia y cruzamos al otro lado del espejo que hace tiempo teníamos delante. Vemos entonces nuestro genuino ser y la verdadera faz y sustancia de todas las cosas. El velo que los cubría cae ante la iluminación interior.

Es una experiencia tan maravillosa que no puede ser descrita con palabras, sino con Amor. Y lo mejor es que con ella nada acaba. Al contrario, será entonces cuando todo comience.

Emilio Carrillo

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Mentira 1: esa voz en la cabeza que habla sin parar

No es verdad que sea consustancial tener una voz en la cabeza que habla sin parar

Cuando el ego está al mando…

Basta con que se reflexione o medite un momento para constatar que los pensamientos acuden a la mente sin previo aviso, de manera espontánea y sin autorización por nuestra parte, sin que intervenga nuestra voluntad. Parecen obedecer al dictado de algo o alguien ajeno a nosotros mismos, como si estuviéramos poseídos por una entidad extraña con sus propios deseos y prioridades.

Nos cuesta enorme trabajo cortar ese flujo permanente y descontrolado de pensamientos. También resulta difícil concentrarse en uno concreto, pues enseguida otros pugnan por entrar en escena. Y su autonomía llega al extremo que ni siquiera podemos evitar aquéllos que nos desagradan; por más que nos fastidien, vuelven a aparecer cuando les viene en gana.

Es más, los pensamientos han logrado tal poder que aceptamos su dominio como lo más normal del mundo. Cada uno de nosotros y la  civilización y cultura vigentes, la visión imperante, estima lógico que no podamos poner coto a su ritmo incesante, centrarnos en uno específico o liberarse de los que nos disgustan.

Pero esto es una gran mentira:

No es un hecho consustancial al ser humano tener en el interior de la cabeza una especie de voz que habla sin parar y con autonomía y criterio propios.

Esto se produce cuando el referido piloto automático está encendido. Si el ser humano eleva su grado de consciencia, el piloto se desactiva y el Yo verdadero toma la dirección, teniendo capacidad sobrada para controlar la mente, ya sea para acallarla o para concentrarla en un tema o asunto concreto sin interferencias o injerencias de pensamientos no invitados.

Cuando aumentamos el nivel consciencial, los pensamientos están a nuestro servicio y no nosotros al servicio de ellos.

Emilio Carrillo

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La Glándula Pineal

La Glándula Pineal

La glándula pineal o epífisis es una pequeña formación ovoidea y aplanada (mide unos cinco milímetros de diámetro), que descansa sobre la lámina cuadrigémina, en el tercer ventrículo cerebral, justo a la altura del punto intermedio entre ambos ojos.

Se encarga de tareas como regular los ciclos de día y noche o segregar melatonina (se vende en farmacias para tomarla cuando se hacen viajes y cambia el horario) y constituye un antioxidante muy potente.

Igualmente, dado que se une a la retina, se considera parte de las vías visuales, con la función de convertir la información lumínica en secreción hormonal.

En este marco, éstas son las principales funciones que se le suelen reconocer a la glándula pineal:

– Controla el inicio de la pubertad.

– Armoniza el sistema vegetativo con el medio ambiente, a través de la vista, y probablemente también del resto de los sentidos;
– Induce al sueño.

– Probablemente, regula los ritmos circadianos.

– Es un interruptor que modula la intensidad de funcionamiento de todos los centros neuroendocrinos hipotalámicos. 

– Previene una calificación prematura en la infancia, al evitar las síntesis esteroideas, favoreciendo el crecimiento óseo por este mecanismo, indirecta y directamente a través de la DA y GH.

No obstante, sus funcionalidades van mucho más allá

Las funcionalidades de la glándula pineal se asocian a lo que René Descartes intuyó, cuando afirmó que es el lugar donde el alma se une al cuerpo. Las antiguas culturas la conocían como el chakra del tercer ojo (por ejemplo, en diferentes tradiciones hindúes, la concentración en meditación se hace sobre este punto preciso del cuerpo), ligado al hecho de que la pineal es una auténtica antena de radio-frecuencia instalada estratégicamente en la parte superior del cráneo para recibir y emitir.

Además, la pineal convierte ondas electromagnéticas en estímulos neuroquímicos, como comprobaron los científicos Vollrath y Semm, que tienen artículos publicados al respecto en la revista Nature en 1988.

Esto permite que la interacción entre el cerebro de la cabeza y la glándula pineal, junto con las funciones asociadas la glándula pituitaria, configure un espléndido sistema de comunicación hacia el interior del cuerpo y hacia el exterior que, entre otras cosas, permite al ser humano disponer de potencialidades mayoritariamente desconocidas. Verbigracia:

– Facultades psíquicas como la intuición, la premonición o la telequinesia;

– Capacidades de comunicación con su biología interior (órganos, sistemas, aparatos, tejidos, células,…) y de auto-sanación hacia toda ella;

– Poder de transmisión energética (sanación incluida) hacia sus congéneres y toda la Naturaleza, que puede ser aplicado tanto mediante el contacto físico (abrazos, caricias, manos,…) como a distancia (por medio de la meditación y la visualización)

– Notabilísimas funcionalidades de conexión e intercambio de información con los demás seres humanos (telepatía); la Humanidad en su conjunto (a través de los campos mórficos y morfogenéticos y de la red consciencial humana); y el planeta Tierra, el sistema solar y el Cosmos en su conjunto (con acceso – canalizaciones, inspiraciones, descargas de información durante el sueño nocturno,…- a los que algunos denominan la Internet Cósmica).

Por tanto, la operatividad fundamental del cerebro de la cabeza no radica en el tratamiento de la información, que corresponde al cerebro-corazón, sino en ser un sensacional sistema de comunicación interior y exterior.

Para ello, la conjunción con la pineal es crucial. Esta glándula no podría desarrollar por sí sola tamaña funcionalidad, como simplemente los ojos no explican la visión. Se pueden puede tener los ojos perfectos, pero se precisa de un área cerebral que interprete la imagen. Es como un ordenador: se pueden disponer de todos los programas, pero si la pantalla no funciona, no se ve nada.

La pineal capta el campo electromagnético, como si fuese un teléfono móvil, pero la comunicación tiene que ser interpretada en áreas cerebrales, como por ejemplo, el cortex frontal.

Emilio Carrillo

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