Poder / Agresividad. Amor, poder y serenidad (II)

Poder / Agresividad. Amor, poder y serenidad (II)

En la segunda categoría encontramos al buscador de poder. Esta persona piensa que el poder y la independencia respecto de los demás resolverá todos los problemas. Este tipo, al igual que los otros, puede presentar muchas variaciones y subdivisiones. Puede ser predominante o estar subordinado a una o a las otras dos actitudes.

¿Fuerte e invulnerable…?

En este caso el niño en crecimiento cree que la única manera en la que podrá estar seguro es volviéndose tan fuerte e invulnerable, tan independiente y carente de emociones, que nada ni nadie podrá tocarlo. El siguiente paso consiste en suprimir todas las emociones humanas. Pero cuando, a pesar de todo, salen a la luz, el niño se siente profundamente avergonzado y considera que son un signo de debilidad, ya sea real o imaginaria. El amor y la bondad también serían considerados como debilidad e hipocresía, no sólo en sus formas distorsionadas como en el caso del tipo sumiso, sino también en su forma real y sana.

La calidez, el afecto, la comunicación y la generosidad son todos considerados como algo despreciable y siempre que surge la sospecha de un impulso de ese tipo, el tipo agresivo se siente tan avergonzado como el tipo sumiso se siente avergonzado del resentimiento y de las cualidades autoafirmativas que merodean en su interior.

¿Cómo se manifiesta la orientación hacia el poder y la agresividad?

La orientación hacia el poder y la agresividad se pueden manifestar de muchas formas y en muchas áreas de la vida y de la personalidad. Puede que se dirija principalmente hacia los logros, en este caso la persona con orientación hacia el poder compite siempre tratando de ser mejor que todos los demás. Cualquier competencia la resiente como una afrenta a la exaltada posición que se necesita en esta solución particular.

O puede ser una actitud más general y menos definida en todas las relaciones humanas. Un cultivo artificial de cierta rudeza no menos falsa que el suave desamparo de la persona sumisa, hace del tipo orientado hacia el poder una persona igualmente deshonesta e hipócrita, ya que también ella necesita del calor humano y del afecto, y sin ellos sufre por el aislamiento. Como no admite el sufrimiento, este tipo es tan deshonesto como los otros.

Exigencia de extrema independencia

Esta autoimagen idealizada especial dicta estándares de perfección cuasi divina en lo que se refiere a la independencia y el poder. Dado que cree en la total autosuficiencia, esa persona no siente la necesidad de nadie, contrariamente a los simples seres humanos que sí la sienten. Tampoco reconoce la importancia del amor, de la amistad y de la ayuda. El orgullo de esta imagen es muy obvio, pero la deshonestidad es más difícil de detectar, pues este tipo se esconde detrás de la racionalización de lo hipócrita que es el tipo «bonachón».

Objetivos «imposibles»… inevitables sensaciones de «fracaso»

Ya que esta autoimagen idealizada exige un poder y una independencia respecto de los sentimientos y de las emociones humanas que ningún ser humano es capaz de tener, constantemente se hace evidente que la persona no puede vivir de acuerdo con los estándares de este ser ideal. Semejante «fracaso» sume a la persona en momentos de depresión y autodesprecio que, una vez más, tienen que ser proyectados hacia la demás con el fin de permanecer ajeno al dolor que implica esta forma de autocastigo.

La incapacidad para ser lo que exige la autoimagen idealizada tiene este efecto. Si se analizan detenidamente las exigencias de cualquier autoimagen idealizada encontraremos siempre la omnipotencia.

Sin embargo, estas reacciones emocionales son tan sutiles y escurridizas y se encuentran tan cubiertas por conocimientos racionales que sólo necesita una mirada muy dolorosa sobre cierta sentimientos, en ciertas ocasiones, para alcanzar la conciencia de toda esta situación. Sólo el trabajo espiritual puede mostrar la forma en que estas actitudes existen dentro de ti. Son mucho más fáciles de encontrar cuando hay un tipo especialmente dominante dentro de uno. En la mayoría de los casos, sin embargo, las actitudes están más ocultas y en conflicto con las de los otros dos tipos.

Lo malo que son el mundo y la gente

Otro síntoma importante del tipo agresivo, quien piensa que el poder es la solución, es una visión artificialmente cultivada de «Lo malo que son el mundo y la gente». La persona que busca pruebas de esa visión negativa encuentra confirmaciones abundantes y se siente orgullosa de ser «objetiva» y lo contrario de crédula —lo cual le sirve como razón para que nadie le guste.

En este caso la imagen idealizada dicta que el amor está prohibido. Amar o, en ciertas ocasiones, mostrar su propia naturaleza auténtica es una grave violación de la autoimagen idealizada y conlleva una profunda vergüenza.

En el caso opuesto, el tipo sumiso se enorgullece de amar a todo el mundo y de considerar que todos los seres humanos son buenos. Esa visión es necesaria para mantener y desarrollar la actitud sumisa. En realidad, la persona de ese tipo no se preocupa en lo más mínimo de si los demás son buenos o malos mientras lo amen, aprecien, aprueben y protejan. Toda evaluación de los demás depende de eso, sin importar si es posible «explicarlo». Dado que toda la gente tiene tanto virtudes como defectos se puede identificar a estas dos visiones de acuerdo con la actitud prevaleciente de la otra persona frente a quien es sumiso.

Quien busca el poder nunca puede fallar

Quien busca el poder nunca puede fallar en nada. Al contrario de la persona sumisa quien valoriza el fracaso, pues es el medio para probar el desamparo con el cual fuerza a los otros a darle amor y protección, el que busca el poder se enorgullece de nunca fallar en nada.

En ciertas combinaciones de las pseudosoluciones el fracaso puede estar permitido porque en un área determinada la actitud prevaleciente puede ser la de sumisión. Igualmente, el tipo sumiso puede en ciertos casos recurrir a la solución del poder. Ambos son igualmente rígidos, irrealistas e irracionales. Cualquiera de estas «soluciones» es una fuente constante de dolor y de desilusión en relación al ser y, por ende, conlleva una enorme falta de respeto por uno mismo.

Amar y ser amado por todos al tiempo que se les domina

Antes dije que siempre se encuentra una mezcla de las tres «soluciones» en una persona, aunque una sea predominante. Así pues, la persona no puede ni siquiera obedecer completamente a los dictados de la solución escogida.

Aun si fuera posible no fallar nunca o amar a todo el mundo, o ser completamente independiente de los demás, eso se vuelve cada vez más imposible cuando los dictados de la imagen idealizada de uno mismo, simultáneamente, exigen amar y ser amado por todos al tiempo que se les domina. Para alcanzar esa meta se tiene que ser agresivo y a menudo despiadado. Una autoimagen idealizada puede entonces exigir simultáneamente que una persona sea, por un lado, siempre generosa, con el fin de obtener amor y, por el otro lado, que sea completamente indiferente y distante de todas las emociones humanas para no ser molestada.

¿Puedes imaginar el tamaño del conflicto que esto implica para el alma? ¡Cuán desgarrada debe estar esa alma! Cualquier cosa que haga está mal y provoca culpa, vergüenza, imperfección y, por lo tanto, frustración y autodesprecio.

Eva Pierrakos & Donovan Thesenga

Poder / Agresividad. Amor, poder y serenidad (II)