El arte de mirar (Dogen)

El arte de mirar

Cuando vemos la forma y el color de las cosas no sólo con la vista, sino con todo el cuerpo y la mente, o cuando escuchamos los sonidos no sólo con el oído, sino con el cuerpo y la mente enteros, nuestro modo de conocer ya no es como cuando se reflejan imágenes en un espejo o la luna en el agua. Más bien estamos identificados con las cosas, y la diferencia entre la realidad absoluta y su epifanía en los reflejos no es más que la de un anverso a la luz y un reverso en la sombra.

Para aprender el camino de la iluminación hay que conocerse a sí mismo. Para conocerse a uno mismo hay que olvidarse de sí. Olvidarse de sí es hacerse transparente a todo y dejarse iluminar por todas las cosas.

Hacerse transparente a todo y dejarse iluminar por todas las cosas es despegarse de todo apego al cuerpo y a la mente, tanto propios como ajenos. Para ello hay que desprenderse incluso del apego a la iluminación, a la vez que se busca realizarla en cada momento.

Todos los que buscan la verdad se extravían al principio por sus alrededores. Se asienta tranquilamente en la verdad quien se percata de que se le ha trasmitido ya directamente y que la tiene dentro de sí.

El navegante

Si el navegante fija la vista en la costa, recibe la impresión de que la playa se aleja. Pero si vuelve la vista a su alrededor, se da cuenta de que es el barco el que se mueve.

Cuando tratamos de ver todas las cosas a partir de nuestro propio cuerpo y mente, pero sin conocer correctamente lo auténtico de nuestro propio cuerpo y mente, caemos en la ilusión de creer que éstos son algo inmutable. Pero si reflexionamos a fondo sobre nuestra vida cotidiana y retornamos a lo que hay en el reverso de ella, a lo absoluto dentro del presente, entonces comprendemos la verdad profunda de la íntima interdependencia de todas las cosas.

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