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Escuchar el cuerpo

“Practicar” la escucha

La palabra «práctica» significa generalmente «hábito». Debemos «practicar» únicamente en el sentido de llegar a conocer mejor el cuerpo y la mente.

Debemos ver que el cuerpo es el campo en el que aparece el temor, la ansiedad, la defensa y la agresión.

No obstante, el énfasis no debe ponerse en el cuerpo, sino en la presencia, en la escucha. Lo importante es llegar a estar familiarizado con este campo de tensiones y ver que la constante interferencia de la imagen del yo no está separada del citado campo, sino que, por el contrario, pertenece a él.

Cuando esto se percibe con claridad, la tensión no encuentra ningún cómplice, la percepción queda libre y las energías se integran en su totalidad.

El planteamiento tradicional consiste en escuchar el cuerpo, no en tratar de dominarlo. Dominar el cuerpo es hacerle violencia. Pero se puede barrer el suelo o fregar los platos y estar a la escucha. No hay diferencia.

Relajación

La exploración del cuerpo me llevó a una más profunda relajación y la relajación trajo consigo la cesación de esquemas repetitivos en el cuerpo y en la mente.

Aceptación

La aceptación del cuerpo me llevó a un mayor conocimiento de la sensación de «soltar»; así, de esta forma, el yoga intervino en el presentimiento de la realidad. Pero eso sólo me condujo a un estado en el que ya no ponía el énfasis en el objeto, en el cuerpo, sino en el sujeto último.

Yoga, cuerpo y mente

El yoga proporciona atención y tranquilidad, y un cuerpo tranquilo refleja una mente tranquila.

Pero, desde luego, puedes llegar a una plenitud de paz en el cuerpo y en la mente sin el yoga.

Jean Klein

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Limpia tu mente

Limpia tu mente

Y uno le preguntó:

-¿Cómo sabremos qué nos enseña el atardecer y cómo nos enseña la mañana y cómo nos trae conocimientos cualquier circunstancia?

Y él le dijo:

—Mira que cada cosa de fuera de ti es un espejo donde te contemplas. Si la nube de la angustia llena el horizonte de tu corazón, verás una nube de angustia en cada corazón. Si la calma viene a sentarse en medio de tu pecho, verás que cada uno también lleva sentada la calma en su pecho. Si tu cabeza es la guarida donde se esconden pensamientos de odio, de rencor o de envidia, cuando andes por las calles de la vida solo verás pasar por ellas al odio, y sentado en las terrazas verás al rencor, y parada en cada esquina a la envidia.

»Y dirás: «¡Desearía volar más allá de estas calles porque están contaminadas y querría ir más allá de los muros de esta casa para sentir el campo limpio de la pureza!».

»De verdad te digo: limpia tu mente, y todo se limpiará. Limpia tu corazón, y todo se limpiará. Limpia tu cuerpo, y todo estará limpio. Ignorante es aquel que, viendo lo de fuera sucio, no se da cuenta de su suciedad y dice: »Me adentraré en mi corazón para limpiar mi templo, porque su altar está sucio y su luz atenuada». Ignorantes son aquellos que desean limpiar su templo en el templo de los demás, y todos los días y todas las noches de su existencia piensan que el mal está fuera de ellos y no en su corazón.

»Mira los jilgueros, y mira los ruiseñores y mira el chamariz: ¿quién les diría: «Tu canto no es armónico?».

»Mira los almendros, los nogales y los chopos: ¿quién les diría: «Tu crecimiento no es armónico?». ¡Cómo, entonces, se diría esto del hombre!

»¿Cuánto aprendería un espíritu crítico si supiera que se está criticando en voz alta a sí mismo cuando critica a alguien?

»Cada cosa tiene su lugar y cada uno tiene su camino. Solo aquel que no lo conoce está siguiendo los caminos de otros hasta que encuentra el suyo.

»¡Bendito aquel día en que lo encuentra, porque ha nacido de nuevo! Solo a partir de ese día le dirán algo los atardeceres, le dirán algo las mañanas y le hablarán las flores. Empezará a andar con la naturaleza, y su lengua será como la de los pajarillos, y sus manos serán como los ríos, y sus ojos serán la vida que mira a la vida.

Autor: Cayetano Arroyo

Elimina grasa de tu mente

Imágínate…

Imagínate a una persona gordísima y grasienta. En algo así puede llegar a convertirse tu mente: en algo tan gordo y grasiento, tan pesado y lento, que sea incapaz de pensar, de observar, de explorar, de descubrir… Mira a tu alrededor y verás cómo la mayoría de las mentes están así: torpes, dormidas, protegidas por “capas de grasa”, deseando no ser molestadas ni sacudidas de su modorra.

Cuatro capas de grasa

¿Qué son esas “capas de grasa”? Son tus creencias, las conclusiones a que has llegado acerca de personas y cosas, tus hábitos y tus apegos. Tus años de formación deberían haberte servido para eliminar esas “capas” y liberar tu mente. En cambio, tu sociedad y tu cultura, que han recubierto tu mente con dichas adiposidades, te han enseñado a no verlas siquiera, a refugiarte en el sueño y a dejar que otras personas -los expertos: los dirigentes políticos, culturales y religiosos piensen por ti. De ese modo, han conseguido abrumarte con el peso de una autoridad y una tradición intangibles e incontestables. Veamos esas “capas” una por una.

Creencias

La primera son tus creencias. Si tu manera de vivir viene determinada por tu condición de comunista o de capitalista, de musulmán o de judío o de católico, estarás experimentando la vida de un modo parcial y sesgado; hay entre ti y la realidad una barrera, una “capa de grasa” que te impide ver y tocar directamente dicha realidad.

Ideas

La segunda “capa” la constituyen tus ideas. Si te aferras a una idea acerca de alguna persona, entonces ya no amas a esa persona, sino que amas tu idea acerca de ella. Cuando la ves hacer o decir algo, o comportarse de una determinada manera, le pones una etiqueta: “es tonta”, “es torpe”, “es cruel”, “es simpática”… Y entonces ya has puesto una pantalla, una “capa de grasa” entre ti y esa persona; y cuando vuelvas a encontrarte con ella, la verás en función de esa idea que te has formado, aun cuando ella haya cambiado. Observa cómo es precisamente esto lo que has hecho con casi todas las personas que conoces.

Hábitos

La tercera “capa” son los hábitos. El hábito o la costumbre es algo esencial en la vida humana. No podríamos caminar, hablar o conducir un auto si no tuviéramos el hábito de hacerlo. Pero los hábitos deben limitarse al ámbito de las cosas “mecánicas”, y no deberían invadir los terrenos del amor o de la visión.

A nadie le gusta ser amado “por costumbre”. ¿No te has sentado nunca a la orilla del mar, hechizado por la majestad y el misterio del océano? El pescador mira todos los días el océano sin caer en la cuenta de su grandeza. ¿Por qué? Por el efecto embotador de una “capa de grasa” llamada “hábito”.

Te has formado una idea estereotipada acerca de todas las cosas que ves y cuando tropiezas con ellas, no eres capaz de verlas en toda su cambiante novedad y frescor: lo único que ves es la misma idea insípida, espesa y aburrida que te has habituado a tener de ellas. Y así es como tratas y te relacionas con las personas y las cosas: sin frescor ni novedad de ningún tipo, sino de esa forma torpe y rutinaria generada por la costumbre.

Eres incapaz de mirar de una manera más creativa, porque, al haber adquirido el hábito de tratar con el mundo y con la gente, puedes activar el “piloto automático” de tu mente e irte a dormir.

Apegos y miedos

La cuarta “capa”, formada por tus apegos y tus miedos, es la más fácil de ver. Recubre con una espesa capa de apego o de miedo (y de aversión, por consiguiente) cualquier cosa o persona, y en ese mismo instante dejarás de ver a esa persona o cosa como realmente es. Y para comprobar cuán cierto es esto, basta con que recuerdes a algunas de las personas que te desagradan o temes, o a las que te sientes apegado.

Tu prisión

¿Ves ahora hasta qué punto estás encerrado en una prisión creada por las creencias y tradiciones de tu sociedad y tu cultura y por las ideas, prejuicios, apegos y miedos producidos por tus experiencias pasadas?

Hay una serie de muros que rodean tu prisión, de forma que te resulta casi imposible evadirte de ella y entrar en contacto con toda la riqueza de vida y de amor que hay en el exterior. Y, sin embargo, lejos de ser imposible, es realmente fácil y grato.

¿Qué hay que hacer?

Cuatro cosas:

Primera: reconoce que estás encerrado entre los muros de una prisión y que tu mente se ha quedado dormida. A la mayoría de las personas ni siquiera se les ocurre verlo, por lo que viven y mueren “encarceladas”. Y la mayoría también acaba siendo conformista y adaptándose a la vida de dicha prisión.

Algunos salen “reformadores” y luchan por unas mejores condiciones de vida en la prisión: una mejor iluminación, una mejor ventilación… Y casi nadie se decide a ser un rebelde, un revolucionario que eche abajo los muros de la prisión. Sólo podrás ser revolucionario cuando consigas ver, antes que nada, dichos muros.

Segunda: contempla los muros; emplea horas enteras simplemente en observar tus ideas, tus hábitos, tus apegos y tus miedos, sin emitir juicio ni condena de ningún tipo. Limítate a mirarlos, y se derrumbarán.

Tercera: emplea también algún tiempo en observar las cosas y personas que te rodean. Mira, como si lo hicieras por primera vez, el rostro de un amigo, una hoja, un árbol, el vuelo de un pájaro, el comportamiento y las peculiaridades de las personas que te rodean… Mira todas esas cosas de veras, y seguro que habrás de verlas tal como son en realidad, sin el efecto embotador y deformante de tus ideas y hábitos.

Cuarta (y más importante): siéntate tranquilamente y observa cómo funciona tu mente, de la que brota sin cesar un flujo de pensamientos, sensaciones y reacciones. Dedica largos ratos a observarlo todo ello del mismo modo en que contemplas un río o una película. No tardarás mucho tiempo en descubrir que es aún más interesante, vivificante y liberador. Después de todo, ¿acaso puedes afirmar que estás vivo si ni siquiera eres consciente de tus propios pensamientos y reacciones?

Vida

Se dice que la vida inconsciente no merece ser vivida.

Podría afirmarse que ni siquiera puede ser llamada “vida”, porque es una existencia mecánica, de “robot”; porque se parece más al sueño, a la falta de sentido, a la muerte… Y, sin embargo es esto lo que la gente llama “vida humana.

Así pues. mira, observa, examina, explora… y tu mente se hará viva, eliminará su “grasa” y se tornará perspicaz, despierta y activa. Los muros de tu prisión se desplomarán hasta que no quede piedra sobre piedra, y tú te verás agraciado con la visión nítida y sin obstáculos de las cosas tal como son, con la experiencia directa de la realidad.

Antony de Mello

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¿Cómo puedo controlar la mente?

¿Cómo puedo controlar la mente?

No hay ninguna mente que controlar si se realiza el Sí mismo. El Sí mismo brilla cuando la mente se desvanece. En el hombre realizado la mente puede estar activa o inactiva, pero sólo existe el Sí mismo, pues la mente, el cuerpo y el mundo no están separados del Sí mismo; y ellos no pueden permanecer aparte del Sí mismo. ¿Pueden ellos ser otros que el Sí mismo? Cuando se es consciente del Sí mismo ¿por qué debe uno preocuparse por estas sombras? ¿Cómo afectan ellas al Sí mismo?

Si la mente es meramente una sombra ¿cómo entonces ha de conocer uno al Sí mismo?

El Sí mismo es el Corazón, auto-luminoso. La iluminación surge del Corazón y alcanza el cerebro, que es la sede de la mente. El mundo es visto con la mente; así pues, usted ve el mundo por la luz reflejada del Sí mismo. El mundo es percibido por un acto de la mente. Cuando la mente es iluminada, es consciente del mundo; cuando no es iluminada, no es consciente del mundo.

Si la mente se vuelve hacia la Fuente de iluminación, el conocimiento objetivo cesa, y solo el Sí mismo brilla como el Corazón.

La luna brilla por el reflejo de la luz del sol. Cuando el sol se ha puesto, la luna es útil para mostrar los objetos. Cuando el sol ha salido, nadie necesita a la luna, aunque su disco es visible en el cielo. Así es con la mente y el Corazón. La mente se hace útil por su luz reflejada. Se usa para ver los objetos. Cuando se vuelve hacia dentro, se sumerge en la Fuente de iluminación que brilla por Ella misma, y la mente es entonces como la luna durante el día.

Cuando está oscuro, es necesaria una lámpara para dar luz. Pero cuando el sol ha salido, no hay ninguna necesidad de la lámpara; los objetos son visibles. Y para ver el sol, no es necesaria ninguna lámpara, es suficiente con que vuelva usted sus ojos hacia el sol auto-luminoso. Similarmente con la mente; para ver los objetos es necesaria la luz reflejada de la mente. Para ver el Corazón es suficiente que la mente se vuelva hacia él. Entonces la mente no cuenta y el Corazón es auto-fulgente.

¿Es suficiente recordarse a uno mismo constantemente «yo soy», mientras se trabaja?

Si usted fortalece la mente, esa paz continuara todo el tiempo. Su duración es proporcional a la fuerza de la mente adquirida por la práctica repetida. Y una mente tal es capaz de abarcar la corriente. En ese caso, se dé usted o no al trabajo, la corriente permanece inafectada e ininterrumpida. No es el trabajo lo que obstaculiza, sino la idea de que es usted quien lo está haciendo.

¿Es necesaria una meditación sentado para fortalecer la mente?

No, si usted tiene siempre la idea de que ella no es su obra. Al principio, el esfuerzo es necesario para que usted se acuerde de ella, pero después ella deviene natural y continua. El trabajo proseguirá por sí solo, y su paz permanecerá imperturbable.

La meditación es su verdadera naturaleza. Usted la llama meditación ahora, debido a que hay otros pensamientos que le distraen. Cuando estos pensamientos son disipados, solo queda usted —es decir, en el estado de meditación libre de pensamientos; y esa es su naturaleza real, que ahora usted está intentando obtener desechando otros pensamientos. Ese desechar otros pensamientos es llamado ahora meditación. Pero cuando la práctica deviene firme, la naturaleza real se muestra a sí misma como verdadera meditación.

¡Cuando uno intenta la meditación, otros pensamientos surgen con más fuerza!

Sí, en la meditación surgen todo tipo de pensamientos. Eso es correcto; puesto que lo que está oculto en ti sale fuera. A menos que salga, ¿cómo puede ser destruido? Los pensamientos surgen espontáneamente, por así decir, pero solo para ser extinguidos de la forma debida, fortaleciendo así la mente.

¿Cómo puede la mente rebelde ser hecha quiescente y calma?

O bien usted ve su fuente de modo que desaparezca, o bien usted se entrega de modo que se desmorone. La entrega de sí mismo es lo mismo que el conocimiento de sí mismo, y ambos implican necesariamente el control de sí mismo. El ego sólo se somete cuando reconoce el Poder Más Alto.

Bhagavan Sri Ramana

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