Los cuatro ingredientes del Amor

Los cuatro ingredientes del Amor

Además del elemento de dar, el amor implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas del amor. Esos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

Cuidado

Que el amor implica cuidado es especialmente evidente en el amor de una madre por su hijo. Ninguna declaración de amor por su parte nos parecería sincera si viéramos que descuida al niño, si deja de alimentarlo, de bañarlo, de proporcionarle bienestar físico; y creemos en su amor si vemos que cuida al niño. Lo mismo ocurre incluso con el amor a los animales y las flores. Si una mujer nos dijera que ama las flores, y viéramos que se olvida de regarlas, no creeríamos en su «amor» a las flores.

El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos.

Cuando falta tal preocupación activa, no hay amor.

Se ama aquello por lo que se trabaja, y se trabaja por lo que se ama.

Responsabilidad

El cuidado y la preocupación implican otro aspecto del amor: el de la responsabilidad. Hoy en día suele usarse ese término para denotar un deber, algo impuesto desde el exterior. Pero la responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto enteramente voluntario, constituye mi respuesta a las necesidades, expresadas o no, de otro ser humano.

Ser «responsable» significa estar listo y dispuesto a «responder». La persona que ama, responde. La vida de su hermano no es sólo asunto de su hermano, sino propio. Siéntese tan responsable por sus semejantes como por sí mismo. Tal responsabilidad, en el caso de la madre y su hijo, atañe principalmente al cuidado de las necesidades físicas. En el amor entre adultos, a las necesidades psíquicas de la otra persona.

Respeto

La responsabilidad podría degenerar fácilmente en dominación y posesividad, si no fuera por un tercer componente del amor, el respeto.

Respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz de la palabra (respicere = mirar), la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única.

Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. De ese modo, el respeto implica la ausencia de explotación. Quiero que la persona amada crezca y se desarrolle por sí misma, en la forma que les es propia, y no para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con ella tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso.

Es obvio que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar ni explotar a nadie. El respeto sólo existe sobre la base de la libertad: ” l’amour est l’enfant de la liberté», dice una vieja canción francesa; el amor es hijo de la libertad, nunca de la dominación.

Conocimiento

Respetar a una persona sin conocerla, no es posible; el cuidado y la responsabilidad serían ciegos si no los guiara el conocimiento. El conocimiento sería vacío si no lo motivara la preocupación.

Hay muchos niveles de conocimiento; el que constituye un aspecto del amor no se detiene en la periferia, sino que penetra hasta el meollo. Sólo es posible cuando puedo trascender la preocupación por mí mismo y ver a la otra persona en sus propios términos. Puedo saber, por ejemplo, que una persona está encolerizada, aunque no lo demuestre abiertamente; pero puedo llegar a conocerla más profundamente aún; sé entonces que está angustiada, e inquieta; que se siente sola, que se siente culpable. Sé entonces que su cólera no es más que la manifestación de algo más profundo, y la veo angustiada e inquieta, es decir, como una persona que sufre y no como una persona enojada.

El amor, un camino para conocer el «secreto del hombre».

Pero el conocimiento tiene otra relación, más fundamental, con el problema del amor. La necesidad básica de fundirse con otra persona se vincula, de modo íntimo, con otro deseo específicamente humano, el de conocer el «secreto del hombre».

Si bien la vida en sus aspectos meramente biológicos es un milagro y un secreto, el hombre, en sus aspectos humanos, es un impenetrable secreto para sí mismo -y para sus semejantes-.

Nos conocemos y, a pesar de todos los esfuerzos que podamos realizar, no nos conocemos. Conocemos a nuestros semejantes y, sin embargo, no los conocemos, porque no somos una cosa, y tampoco lo son nuestros semejantes. Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la meta del conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de sentir el deseo de penetrar en el secreto del alma humana, en el núcleo más profundo que es «él».

Un camino para conocer «el secreto» es el amor. El amor es la penetración activa en la otra persona, en la que la unión satisface mi deseo de conocer. En el acto de fusión, te conozco, me conozco a mí mismo, conozco a todos -y no «conozco» nada-. Conozco de la única manera en que el conocimiento de lo que está vivo le es posible al hombre -por la experiencia de la unión- no mediante algún conocimiento proporcionado por nuestro pensamiento. El amor es la única forma de conocimiento, que, en el acto de unión, satisface mi búsqueda.

En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre.

La única forma de alcanzar el conocimiento total consiste en el acto de amar: ese acto trasciende el pensamiento, trasciende las palabras. Es una zambullida temeraria en la experiencia de la unión.

Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes. Constituyen actitudes que se encuentran en el amor de la persona madura.

Erich Fromm

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El amor entre padres e hijos

El amor entre padres e hijos

Al nacer

Al nacer, el infante sentiría miedo de morir si un gracioso destino no lo protegiera de cualquier conciencia de la angustia implícita en la separación de la madre y de la existencia intrauterina.

Aun después de nacer, el infante es apenas diferente de lo que era antes del nacimiento; no puede reconocer objetos, no tiene aún conciencia de sí mismo, ni del mundo como algo exterior a él. Sólo siente la estimulación positiva del calor y el alimento, y todavía no los distingue de su fuente: la madre. La madre es calor, es alimento, la madre es el estado eufórico de satisfacción y seguridad.

La realidad exterior, las personas y las cosas, tienen sentido sólo en la medida en que satisfacen o frustran el estado interno del cuerpo. Sólo es real lo que está adentro; lo exterior sólo es real en función de mis necesidades -nunca en función de sus propias cualidades o necesidades-.

Cuando el niño crece

Cuando el niño crece y se desarrolla, se vuelve capaz de percibir las cosas como son; la satisfacción de ser alimentado se distingue del pezón, el pecho de la madre. Eventualmente, el niño experimenta su sed, la leche que le satisface, el pecho y la madre, como entidades diferentes. Aprende a percibir muchas otras cosas como diferentes, como poseedoras de una existencia propia: En ese momento empieza a darles nombres.

Al mismo tiempo aprende a manejarlas; aprende que el fuego es caliente y doloroso, que el cuerpo de la madre es tibio y placentero, que la mamadera es dura y pesada, que el papel es liviano y se puede rasgar.

Aprende a manejar a la gente; que la mamá sonríe cuando él come; que lo alza en sus brazos cuando llora; que lo alaba cuando mueve el vientre. Todas esas experiencias se cristalizan o integran en la experiencia: me aman.

Me aman porque soy el hijo de mi madre. Me aman porque estoy desvalido. Me aman porque soy hermoso, admirable. Me aman porque mi madre me necesita. Para utilizar una fórmula más general: me aman por lo que soy, o quizá más exactamente, me aman porque soy.

Tal experiencia de ser amado por la madre es pasiva. No tengo que hacer nada para que me quieran -el amor de la madre es incondicional-. Todo lo que necesito es ser -ser su hijo-.

El amor de la madre es incondicional

El amor de la madre significa dicha, paz, no hace falta conseguirlo, ni merecerlo. Pero la cualidad incondicional del amor materno tiene también un aspecto negativo. No sólo es necesario merecerlo, mas también es imposible conseguirlo, producirlo, controlarlo. Si existe, es como una bendición; si no existe, es como si toda la belleza hubiera desaparecido de la vida -y nada puedo hacer para crearla-.

Los niños entre los 8 y los 10 años

Para la mayoría de los niños entre los ocho y medio a los diez años el problema consiste casi exclusivamente en ser amado – en ser amado por lo que se es-. Antes de esa edad, el niño aún no ama; responde con gratitud y alegría al amor que se le brinda. A esa altura del desarrollo infantil, aparece en el cuadro un nuevo factor: un nuevo sentimiento de producir amor por medio de la propia actividad.

Por primera vez, el niño piensa en dar algo a sus padres, en producir algo -un poema, un dibujo, o lo que fuere-. Por primera vez en la vida del niño, la idea del amor se transforma de ser amado a amar, en crear amor. Muchos años transcurren desde ese primer comienzo hasta la madurez del amor.

Los adolescentes

Eventualmente, el niño, que puede ser ahora un adolescente, ha superado su egocentrismo; la otra persona ya no es primariamente un medio para satisfacer sus propias necesidades. Las necesidades de la otra persona son tan importantes como las propias; en realidad, se han vuelto más importantes. Dar es más satisfactorio, más dichoso que recibir; amar, aún más importante que ser amado.

Al amar, ha abandonado la prisión de soledad y aislamiento que representaba el estado de narcisismo y autocentrismo. Siente una nueva sensación de unión, de compartir, de unidad. Más aún, siente la potencia de producir amor -antes que la dependencia de recibir siendo amado- para lo cual debe ser pequeño, indefenso, enfermo -o «bueno»-.

El amor infantil sigue el principio: «Amo porque me aman.» El amor maduro obedece al principio: «Me aman porque amo.» El amor inmaduro dice: «Te amo porque te necesito.» El amor maduro dice: «Te necesito porque te amo.»

El paso de la madre al padre

En estrecha relación con el desarrollo de la capacidad de amar está la evolución del objeto amoroso. En los primeros meses y años de la vida, la relación más estrecha del niño es la que tiene con la madre. Esa relación comienza antes del nacimiento, cuando madre e hijo son aún uno, aunque sean dos.

El nacimiento modifica la situación en algunos aspectos, pero no tanto como parecería. El niño, si bien vive ahora fuera del vientre materno, todavía depende por completo de la madre. Pero día a día se hace más independiente: aprende a caminar, a hablar, a explorar el mundo por su cuenta; la relación con la madre pierde algo de su significación vital; en cambio, la relación con el padre se torna cada vez más importante.

Diferencias entre el amor materno y el amor paterno

Para comprender ese paso de la madre al padre, debemos considerar las esenciales diferencias cualitativas entre el amor materno y el paterno. Hemos hablado ya acerca del amor materno. Ese es, por su misma naturaleza, incondicional. La madre ama al recién nacido porque es su hijo, no porque el niño satisfaga alguna condición específica ni porque llene sus aspiraciones particulares.

El amor incondicional corresponde a uno de los anhelos más profundos, no sólo del niño, sino de todo ser humano; por otra parte, que nos amen por los propios méritos, porque uno se lo merece, siempre crea dudas; quizá no complací a la persona que quiero que me ame, quizás eso, quizás aquello -siempre existe el temor de que el amor desaparezca-. Además, el amor «merecido» siempre deja un amargo sentimiento de no ser amado por uno mismo, de que sólo se nos ama cuando somos complacientes, de que, en último análisis, no se nos ama, sino que se nos usa.

No es extraño, entonces, que todos nos aferremos al anhelo de amor materno, cuando niños y también cuando adultos. La mayoría de los niños tienen la suerte de recibir amor materno.

La relación con el padre

La relación con el padre es enteramente distinta. La madre es el hogar de donde venimos, la naturaleza, el suelo, el océano; el padre no representa un hogar natural de ese tipo. Tiene escasa relación con el niño durante los primeros años de su vida, y su importancia para éste no puede compararse a la de la madre en ese primer período. Pero, si bien el padre no representa el mundo natural, significa el otro polo de la existencia humana; el mundo del pensamiento, de las cosas hechas por el hombre, de la ley y el orden, de la disciplina, los viajes y la aventura. El padre es el que enseña al niño, el que le muestra el camino hacia el mundo.

En estrecha conexión con esa función, existe otra, vinculada al desarrollo económico-social. Cuando surgió la propiedad privada, y cuando uno de los hijos pudo heredar la propiedad privada, el padre comenzó a seleccionar al hijo a quien legaría su propiedad. Desde luego, elegía al que consideraba mejor dotado para convertirse en su sucesor, el hijo que más se le asemejaba y, en consecuencia, el que prefería. El amor paterno es condicional. Su principio es «te amo porque llenas mis aspiraciones, porque cumples con tu deber, porque eres como yo».

En el amor condicional del padre encontramos, como en el caso del amor incondicional de la madre, un aspecto negativo y uno positivo. El aspecto negativo consiste en el hecho mismo de que el amor paterno debe ganarse, de que puede perderse si uno no hace lo que de uno se espera. A la naturaleza del amor paterno débese el hecho de que la obediencia constituya la principal virtud, la desobediencia el principal pecado, cuyo castigo es la pérdida del amor del padre. El aspecto positivo es igualmente importante. Puesto que el amor de mi padre es condicional, es posible hacer algo por conseguirlo; su amor no está fuera de mi control, como ocurre con el de mi madre.

Amor incondicional y amor condicional

Las actitudes del padre y de la madre hacia el niño corresponden a las propias necesidades de ése. El infante necesita el amor incondicional y el cuidado de la madre, tanto fisiológica como psíquicamente. Después de los seis años, el niño comienza a necesitar el amor del padre, su autoridad y su guía. La función de la madre es darle seguridad en la vida; la del padre, enseñarle, guiarlo en la solución de los problemas que le plantea la sociedad particular en la que ha nacido.

En el caso ideal, el amor de la madre no trata de impedir que el niño crezca, no intenta hacer una virtud de la desvalidez. La madre debe tener fe en la vida, y, por ende, no ser exageradamente ansiosa y no contagiar al niño su ansiedad. Querer que el niño se torne independiente y llegue a separarse de ella debe ser parte de su vida.

El amor paterno debe regirse por principios y expectaciones; debe ser paciente y tolerante, no amenazador y autoritario. Debe darle al niño que crece un sentido cada vez mayor de la competencia, y oportunamente permitirle ser su propia autoridad y dejar de lado la del padre.

El amor maduro: conciencia marerna y conciencia paterna

Eventualmente, la persona madura llega a la etapa en que es su propio padre y su propia madre. Tiene, por así decirlo, una conciencia materna y paterna.

La conciencia materna dice: «No hay ningún delito, ningún crimen, que pueda privarte de mi amor, de mi deseo de que vivas y seas feliz.»

La conciencia paterna dice: «Obraste mal, no puedes dejar de aceptar las consecuencias de tu mala acción, y, especialmente, debes cambiar si quieres que te aprecie.»

La persona madura se ha liberado de las figuras exteriores de la madre y el padre, y las ha erigido en su interior. Sin embargo, y en contraste con el concepto freudiano del superyó, las ha construido en su interior sin incorporar al padre y a la madre, sino elaborando una conciencia materna sobre su propia capacidad de amar, y una conciencia paterna fundada en su razón y su discernimiento.

Además, la persona madura ama tanto con la conciencia materna como con la paterna, a pesar de que ambas parecen contradecirse mutuamente. Si un individuo conservara sólo la conciencia paterna, se tornaría áspero e inhumano. Si retuviera únicamente la conciencia materna, podría perder su criterio y obstaculizar su propio desarrollo o el de los demás.

Relaciones con los padres y salud mental

En esa evolución de la relación centrada en la madre a la centrada en el padre, y su eventual síntesis, se encuentra la base de la salud mental y el logro de la madurez. El fracaso de dicho desarrollo constituye la causa básica de la neurosis. Si bien está más allá de los propósitos de estas líneas examinar más profundamente este punto, algunas breves observaciones servirán para aclarar esa afirmación.

Una de las causas del desarrollo neurótico puede radicar en que el niño tiene una madre amante, pero demasiado indulgente o dominadora, y un padre débil e indiferente. En tal caso, puede permanecer fijado a una temprana relación con la madre, y convertirse en un individuo dependiente de la madre, que se siente desamparado, posee los impulsos característicos de la persona receptiva, es decir, de recibir, de ser protegido y cuidado, y que carece de las cualidades paternas -disciplina, independencia, habilidad de dominar la vida por sí mismo-.

Puede tratar de encontrar «madres» en todo el mundo, a veces en las mujeres y a veces en los hombres que ocupan una posición de autoridad y poder.

Si, por el contrario, la madre es fría, indiferente y dominadora, puede transferir la necesidad de protección materna al padre y a subsiguientes figuras paternas, en cuyo caso el resultado final es similar al caso anterior, o se convierte en una persona de orientación unilateralmente paterna, enteramente entregado a los principios de la ley, el orden y la autoridad, y carente de la capacidad de esperar o recibir amor incondicional.

Ese desarrollo se ve intensificado si el padre es autoritario y, al mismo tiempo, muy apegado al hijo. Lo característico de todos esos desarrollos neuróticos es el hecho de que un principio, el paterno o el materno, no alcanza a desarrollarse, o bien -como ocurre en muchas neurosis serias que los papeles de la madre y el padre se tornan confusos tanto en lo relativo a las personas exteriores como a dichos papeles dentro de la persona.

Un examen más profundo puede mostrar que ciertos tipos de neurosis, las obsesivas, por ejemplo, se desarrollan especialmente sobre la base de un apego unilateral al padre, mientras que otras, como la histeria, el alcoholismo, la incapacidad de autoafirmarse y de enfrentar la vida en forma realista, y las depresiones, son el resultado de una relación centrada en la madre.

Erich Fromm

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¿Qué es dar?

¿Qué es dar?

¿Qué es dar?

Por simple que parezca la respuesta, está en realidad plena de ambigüedades y complejidades.

Dar para el carácter receptivo

El malentendido más común consiste en suponer que dar significa «renunciar» a algo, privarse de algo, sacrificarse. La persona cuyo carácter no se ha desarrollado más allá de la etapa correspondiente a la orientación receptiva, experimenta de esa manera el acto de dar. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de recibir; para él, dar sin recibir significa una estafa.

La gente cuya orientación fundamental no es productiva, vive el dar como un empobrecimiento, por lo que se niega generalmente a hacerlo. Algunos hacen del dar una virtud, en el sentido de un sacrificio. Sienten que, puesto que es doloroso, se debe dar, y creen que la virtud de dar está en el acto mismo de aceptación del sacrificio. Para ellos, la norma de que es mejor dar que recibir significa que es mejor sufrir una privación que experimentar alegría.

Dar para el carácter productivo

Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.

Si aplicamos ese principio a diversos fenómenos específicos, advertiremos fácilmente su validez.

Dar en la esfera del sexo

Encontramos el ejemplo más elemental en la esfera del sexo. La culminación de la función sexual masculina radica en el acto de dar; el hombre se da a sí mismo, da su órgano sexual, a la mujer. En el momento del orgasmo, le da su semen. No puede dejar de darlo si es potente. Si no puede dar, es impotente.

El proceso no es diferente en la mujer, si bien algo más complejo. También ella se da; permite el acceso al núcleo de su feminidad; en el acto de recibir, ella da. Si es incapaz de ese dar, si sólo puede recibir, es frígida. En su caso, el acto de dar vuelve a producirse, no en su función de amante, sino como madre. Ella se da al niño que crece en su interior, le da su leche cuando nace, le da el calor de su cuerpo. No dar le resultaría doloroso.

Dar en la esfera de las cosas materiales

En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. El avaro que se preocupa angustiosamente por la posible pérdida de algo es, desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea. Quien es capaz de dar de sí es rico. Siéntese a sí mismo como alguien que puede entregar a los demás algo de sí. Sólo un individuo privado de todo lo que está más allá de las necesidades elementales para la subsistencia sería incapaz de gozar con el acto de dar cosas materiales.

La experiencia diaria demuestra, empero, que lo que cada persona considera necesidades mínimas depende tanto de su carácter como de sus posesiones reales. Es bien sabido que los pobres están más inclinados a dar que los ricos. No obstante, la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no sólo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.

Dar en la esfera de lo específicamente humano

Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él -da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio.

No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace a la vida se refleja a su vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da en cambio. Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambas comparten la alegría de lo que han creado. Algo nace en el acto de dar, y las dos personas involucradas se sienten agradecidas a la vida que nace para ambas.

Dar en la esfera del amor

En lo que toca específicamente al amor, eso significa: el amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir amor. Marx ha expresado bellamente este pensamiento:

«Supongamos -dice-, al hombre como hombre, y su relación con el mundo en su aspecto humano, y podremos intercambiar amor sólo por amor, confianza por confianza, etc. Si se quiere disfrutar del arte, se debe poseer una formación artística; si se desea tener influencia sobre otra gente, se debe ser capaz de ejercer una influencia estimulante y alentadora sobre la gente.

Cada una de nuestras relaciones con el hombre y con la naturaleza debe ser una expresión definida de nuestra vida real, individual, correspondiente al objeto de nuestra voluntad. Si amamos sin producir amor, es decir, si nuestro amor como tal no produce amor, si por medio de una expresión de vida como personas que amamos, no nos convertimos en personas amadas, entonces nuestro amor es impotente, es una desgracia».

Pero no sólo en lo que atañe al amor dar significa recibir. El maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula al actor, el paciente cura a su psicoanalista -siempre y cuando no se traten como objetos, sino que estén relacionados entre sí en forma genuina y productiva.

Apenas si es necesario destacar el hecho de que la capacidad de amar como acto de dar depende del desarrollo caracterológico de la persona. Presupone el logro de una orientación predominantemente productiva, en la que la persona ha superado la dependencia, la omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para confiar en su capacidad para alcanzar el logro de sus fines. En la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de darse, y, por tanto, de amar.

Erich Fromm

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Polaridad masculino-femenina

Polaridad sexual

La polarización sexual lleva al hombre a buscar la unión con el otro sexo. La polaridad entre los principios masculino y femenino existe también dentro de cada hombre y cada mujer. Así como fisiológicamente tanto el hombre como la mujer poseen hormonas del sexo opuesto, así también en el sentido psicológico son bisexuales. Llevan en si mismos el principio de recibir y de penetrar, de la materia y del espíritu. El hombre -y la mujer- sólo logran la unión interior en la unión con su polaridad femenina o masculina. Esa polaridad es la base de toda creatividad.

Creatividad interpersonal

La polaridad masculino-femenina es también la base de la creatividad interpersonal. Ello se evidencia biológicamente en el hecho de que la unión del esperma y el óvulo constituyen la base para el nacimiento de un niño. Y la situación es la misma en el dominio puramente psíquico; en el amor entre hombre y mujer, cada uno vuelve a nacer.

Idéntica polaridad entre el principio masculino y el femenino existe en la naturaleza; no sólo, como es notorio, en los animales y las plantas, sino en la polaridad de dos funciones fundamentales, la de recibir y la de penetrar. Es la polaridad de la tierra y la lluvia, del río y el océano, de la noche y el día, de la oscuridad y la luz, de la materia y el espíritu.

El gran poeta y místico musulmán, Rumi, expresó esta idea con hermosas frases:

“Nunca el amante busca sin ser buscado por su amada.

Si la luz del amor ha penetrado en este corazón, sabe que también hay amor en aquel corazón.

Cuando el amor a Dios agita tu corazón, también Dios tiene amor para ti.

Sin la otra mano, ningún ruido de palmoteo sale de una mano.

La sabiduría Divina es destino y su decreto nos hace amarnos el uno al otro.

Por eso está ordenado que cada parte del mundo se una con su consorte.

El sabio dice: Cielo es hombre, y Tierra, mujer. Cuando la Tierra no tiene calor, el Cielo se lo manda; cuando pierde su frescor y su rocío, el Cielo se lo devuelve. El Cielo hace su ronda, como un marido que trabaja por su mujer.

Y la Tierra se ocupa del gobierno de su casa: cuida de los nacimientos y amamanta lo que pare.

Mira a la Tierra y al Cielo, tienen inteligencia, pues hacen el trabajo de seres inteligentes.

Si esos dos no gustaran placer el uno del otro, ¿por qué habrían de andar juntos como novios?

Sin la Tierra, ¿despuntarían las flores, echarían flores los árboles?

¿Qué, entonces, producirían el calor y el agua del Cielo?

Así como Dios puso el deseo en el hombre y en la mujer para que el mundo fuera preservado por su unión.

Así en cada parte de la existencia planteó el deseo de la otra parte.

Día y noche son enemigos afuera; pero sirven ambos un único fin.

Cada uno ama al otro en aras de la perfección de su mutuo trabajo.

Sin la noche, la naturaleza del hombre no recibiría ganancia alguna, y nada tendría entonces el día para gastar.”

Erich Fromm

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Mindfulness: 6 ejercicios de atención a la respiración

Mindfulness: 6 ejercicios de atención a la respiración

Existen múltiples ejercicios de atención a la respiración, que se centran en el proceso respiratorio. La respiración debe ser sosegada y por la nariz, natural, sin ningún tipo de control o restricción.

1.- Atención a la sensación táctil del aire

Al entrar y salir el aire produce un toque o roce en algún lado de la nariz. Es la denominada «sensación táctil de la respiración». En este ejercicio se procede fijando la atención en la entrada de los orificios nasales, es decir, en las aletas de la nariz. Una vez detectada la sensación táctil, es necesario mantener la mente atenta en esa sensación. Si la mente se distrae, en cuanto te des cuenta de ello vuelve a fijar tu atención en la sensación táctil del aire.

Evita pensar sobre la sensación táctil; simplemente fija en ella tu atención pura y directa. Si en las primeras sesiones no sientes la sensación táctil, mantén fija tu atención en las aberturas de la nariz, y observa con concentración la entrada y la salida del aire, evitando reflexiones o divagaciones de cualquier tipo.

2.- La atención al punto de encuentro de la inhalación y la exhalación y viceversa

Desconéctate de todo para enfocarte firmemente sobre la respiración. Sigue, con mucha atención, el curso de la inhalación y la exhalación, pero presta todavía más atención, si cabe, para tratar de captar el fugaz momento en el que la inhalación confluye y se funde con la exhalación, y la exhalación con la inhalación. Libre de ideas y distracciones, sigue, pues, el curso del aire y trata de percibir con la mayor lucidez posible el punto de confluencia entre la inhalación y la exhalación.

3.- La atención a la respiración para tranquilizarse y aflojarse

Fija la atención mental en la respiración. Trata de hacer más lenta y larga la exhalación. Cada vez que inhales hazlo con mucha atención. Pero la importancia de este ejercicio descansa sobre todo en la exhalación. Al ir exhalando el aire, siente que te sueltas, te relajas, te sosiegas y abandonas agradablemente. Insiste en cultivar un estado de calma y laxitud; una sensación de relajación y sosiego, apoyándose en la exhalación del aire.

4.- Atención a la respiración contando

Para algunas personas con una mente muy distraída, éste puede ser durante un tiempo un método muy eficaz. Consiste en contar las exhalaciones en la medida en que se va acabando de expulsar el aire. Ahí, se toma con mucha atención el aire y al ir finalizando la exhalación, se cuenta 1; con la siguiente exhalación, 2…, y así sucesivamente hasta llegar a 10, para comenzar de nuevo entonces la cuenta por 1.

5.- Atención a la respiración con visualización de luz dorada

Enfoca la mente sobre tu respiración para efectuar este importante ejercicio de tranquilización. Durante miles de años muchos meditadores de Oriente han trabajado con la visualización de la agradable y relajante luz dorada. Imaginando que el aire que tomas es como apacible luz dorada, al inhalar siente que esta energía dorada te calma y pacifica, y al exhalar, mentaliza que esta luz dorada impregna todo tu cuerpo y te otorga un sentimiento profundo de paz, relajación y sosiego.

6.- Atención a la respiración para cultivar la cualidad de sosiego

Este ejercicio se puede realizar seleccionando cualquier cualidad positiva, por ejemplo elegimos la serenidad. Enfócate sobre la respiración y, al inhalar, siente que te saturas de una sensación de profundo sosiego, y al exhalar mentaliza que sueltas y te liberas de cualquier sensación de agitación o desasosiego.

Meditar, ¿para qué?

La meditación es una práctica excepcionalmente antigua, utilizada para transformar los estados mentales de confusión y desorden en estados de claridad y sabiduría. Es una ejercitación para cultivar metódica y armónicamente la atención, desarrollar la concentración, aprender a pensar y a dejar de pensar, y propiciar un estado anímico de sosiego y contento.

La meditación promueve la calma y la lucidez. Como la mente es desarrollable y perfeccionable, se la somete a estos ejercicios para que se desplieguen y estimulen los denominados «factores de autodesarrollo» o «iluminación», tales como la energía, la atención consciente, la ecuanimidad, la indagación de la realidad, el sosiego, el contento y la lucidez.

Ramiro Calle

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Vida, Belleza, Amor

Vida, Belleza, Amor

La Vida nos lleva de un lugar a otro; el Destino nos traslada de un punto a otro. Y nosotros, conducidos en vilo por estos dos gemelos, escuchamos voces temerosas y sólo vemos lo que se interpone como obstáculo en nuestro camino.

La Belleza se nos revela sentada en trono de gloria; pero nosotros nos acercamos a ella en nombre de la Lujuria, la despojamos de su corona de pureza y manchamos su vestidura con nuestra perversidad.

El Amor pasa junto a nosotros con un manto de mansedumbre; pero nosotros huímos de él por temor, o nos escondemos en las tinieblas; o también lo seguimos para hacer el mal en su nombre.

Hasta el hombre más sabio se inclina ante el peso imponente del Amor; pero en verdad es tan liviano como la brisa juguetona del Líbano.

La Libertad nos invita a su mesa para que participemos de sus sabrosos manjares y de su generoso vino; pero, cuando nos sentamos a ella, comemos vorazmente y nos atragantamos.

La Naturaleza extiende hacia nosotros sus brazos acogedores y nos invita a gozar de su belleza; pero nosotros tenemos miedo a su silencio y nos abalanzamos a las ciudades populosas, para cobijarnos en ellas cual ovejas que huyen del lobo feroz.

La Verdad nos visita, atraída por la risa alborozada e inocente de un niño, o por el beso de un ser querido; pero casi todos nosotros le cerramos las puertas del afecto y la tratamos como si fuese un enemigo.

Alma, Corazón

El corazón humano implora ayuda; el alma humana nos suplica que la liberemos; pero nosotros no escuchamos sus ruegos, ni la oímos ni entendemos. En cambio, llamamos loco al que oye y entiende, y huimos de él.

Así pasan las noches y vivimos en la inconsciencia; y los días nos saludan y abrazan. Pero estamos en temor constante día y noche.

Nos apegamos a la tierra cuando tenemos abiertas de par en par las puertas del Corazón del Señor. Pisoteamos el Pan de Vida, mientras el hambre roe nuestros corazones. ¡Qué buena es la Vida del Hombre, pero qué alejado está el Hombre de la Vida!

Khalil Gibran

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DIEZ RAZONES PARA SALIR DE TU ZONA DE CONFORT

Muchos piensan que la zona de confort está compuesta por todas aquellas situaciones agradables que nos rodean y que traen placer a la vida. La verdad es que no es así. La zona de confort la componen todas las situaciones, buenas y malas, a las que ya estamos acostumbrados y que diseñan una rutina. Esa rutina, así sea detestable, nos evita cuestionar, pensar, tomar decisiones. Por eso, es necesario que te atrevas a salir de tu zona de confort.

Ese es el único confort que nos procura: el de movernos por inercia. La zona de confort es como esa burbuja en la cual nos resguardamos para que todo siga igual. Aún si nos quejamos y nos parece insoportable, seguimos ahí por esos miedos y ese facilísimo que se convierten en hábito.

El precio es muy alto. No salir de la zona de confort es prácticamente renunciar a la vida, al crecimiento. Seguimos ahí, vegetando, mientras los años pasan y nuestra vida se empobrece cada vez más. Aquí hay diez buenas razones para que hagas algo importante por ti mismo: salir de tu zona de confort.

“La vida comienza donde termina tu zona de confort”.

-Anónimo-

1. Descubrirás potencialidades que no conocías

No es una frase de cajón. En realidad, es sorprendente todo lo que llegamos a descubrir acerca de nosotros mismos cuando nos atrevemos a hacer algo que se sale de lo habitual. Cuando nos decidimos a ir tras algún objetivo que no creíamos ser capaces de lograr. En cada ser humano hay muchas habilidades y destrezas que están ahí, dormidas, esperando una ocasión para manifestarse.

En la rutina se impone la ley del menor esfuerzo, porque precisamente para eso se diseña. Solo las situaciones excepcionales nos exigen lo mejor de nosotros mismos. Y ahí es cuando descubrimos que podemos hacer mucho más de lo que creíamos. Salir de la zona de confort significa adentrarse en un mundo nuevo.

2. Lograrás ser más flexible

Cuando te instalas en un solo punto de vista, sin darte cuenta, dejas de percibir muchos ángulos de la realidad, tal vez más provechosos o interesantes. Salir de tu zona de confort te permite aproximarte a nuevas formas de mirarte y de mirar tu vida.

Esto se traduce en una mayor flexibilidad en tus apreciaciones y en el modo en que vives. En otras palabras: te vuelves más adaptable. Y una mayor capacidad de adaptación se traduce en más habilidad para sortear cualquier situación difícil.

3. Adquirirás mayor confianza en lo que eres

Cuando descubres que lo único que te faltaba era decisión y que en realidad, eres capaz de hacer muchas más cosas de lo que creías, inmediatamente aumenta la confianza que tienes en ti mismo y comienzas a realizar todo aquello que en un principio tenías miedo.

La inseguridad se alimenta precisamente de no intentarlo. Si dejas de pensar tanto y más bien actúas, más temprano que tarde te das cuenta de que en verdad, puedes ir mucho más allá de lo que imaginabas. Y sentirás más aprecio por lo que eres.

4. Eliminarás muchos miedos

Los mayores miedos nacen de la indecisión y de la inercia. El miedo crea su propio círculo vicioso: como tienes miedo, entonces no lo intentas y te quedas donde estás. Y como no lo intentas, el miedo se enquista y crece.

“El miedo es la prisión del corazón”

-Anónimo-

La mayoría de las veces, por no decir que todas, el solo hecho de actuar disipa un miedo. Por lo general, el temor se va diluyendo a medida que se avanza. Lo único difícil es comenzar; si lo haces, notarás cómo muchos de esos grandes temores desaparecen.

5. Sentirás que tu vida es más emocionante

Atreverte es algo que le imprime una sensación de aventura y desafío a tu vida. Las rutinas llevan a una sensibilidad muy plana, en la que todo es predecible y, por lo mismo, frecuentemente aburrido. El cambio remueve el mundo emocional. Se desempolvan sensaciones muy agradables como la capacidad de sorpresa, la curiosidad y el afán de descubrir.

6. Se incrementará tu creatividad y tu inteligencia

Hasta las grandes inteligencias se estancan cuando no se les ofrecen estímulos permanentes. La inteligencia es como un músculo, que necesita ejercitarse para funcionar bien. La rutina apenas si te exige un uso mínimo de tus capacidades intelectuales.

Lo mismo pasa con la creatividad. Solo las situaciones nuevas provocan nuevas respuestas y nuevas soluciones. Salir de tu zona de confort es darle ocasión a tu creatividad y a tu inteligencia para que se manifiesten.

7. Crecerán tus ganas de vivir

Cuando la vida deja de ser una eterna repetición de lo mismo, se torna muchísimo más interesante y digna de ser vivida. Si te sientes más a gusto contigo mismo y poco a poco descubres que eres capaz de mucho más de lo que imaginabas, seguramente va a aumentar tu aprecio por la vida.

“Volví a sentir unas inmensas ganas de vivir cuando descubrí que el sentido de mi vida era el que yo le quisiera dar”

-Paulo Coelho-

8. Desarrollarás una mejor manera de relacionarte con los demás

Para poder tener buenas relaciones con otros, primero debemos tener una buena relación con nosotros mismos. Si no estás a gusto con lo que eres, o lo que haces, difícilmente podrías ser capaz de valorar lo bueno de todas las personas que te rodean.

Salir de la zona de confort, descubrirte, vencer miedos y sentirte más feliz de vivir es algo que redundará en una mejor relación con los demás.

Notarás cómo los conflictos disminuyen y tienes mayor capacidad para ver lo bueno de cada persona.

9. Experimentarás más intensamente el aquí y el ahora

Experimentar el aquí y el ahora es una forma de plenitud. Cuando los esfuerzos, la atención y el entusiasmo se concentran en el momento actual, es porque ese instante es un tiempo de realización personal. Salir de tu zona de confort no te deja espacio para otra cosa que no sea atender al presente. Necesitas toda tu atención y todo tu empeño para sortear esa situación novedosa que se extiende frente a ti.

10. Te harás más independiente

Al incrementar la confianza en tus propias posibilidades, sentirás que necesitas de los demás de una manera diferente. Son un complemento maravilloso de lo que eres, no tus bastones, ni tus refugios. Ser independiente, a la vez, afianza aún más la seguridad en lo que eres y te permite sentir con mayor fuerza el valor de la libertad.

Alcanza lo que mereces y llegará lo que necesitas

Cuando eres capaz de permitirte todo aquello que de verdad mereces, poco a poco va llegando lo que necesitas.

Edith Sánchez, en su blog “la mente es maravillosa”

Diez razones para salir de tu zona de confort

¿Cómo puedo saber si estoy progresando en el sendero?

Hay muchas señales.

La primera es una sensación de paz cuando ya no te perturban las condiciones mundanas. El mundo parece continuar. Comienzas a verlo como una imagen, una película. Empiezas a reconocer lo que realmente es el mundo, una expresión de tu propia mente. Y cuando puedes ver que el mundo nunca te hará daño de nuevo, perderá su poder sobre ti.

Entonces la acción divina correcta tiene lugar en tu vida y cada cosa se convierte en alegría. Todo se convierte en Amor. Sin que pienses en ello, sin deseo, sin necesidad, te sientes libre.

Otra manera de saber si estás progresando es que ya no te intranquiliza lo que sucede “ahí fuera”.

Es posible que pierdas tu trabajo, puedes perder a un familiar, puedes pasar por diversas experiencias, pero no estás decepcionado, porque sabes que “todo pasa” y puedes ver a través de la experiencia “el otro lado”. Y el otro lado es el cuarto estado de consciencia, además del sueño profundo, el sueño con sueños y la vigilia.

En el cuarto estado de consciencia – el estado del espíritu, del Ser – siempre hay felicidad, porque ése es el sustrato de todo lo que ves. Una vez más la elección es tuya. Tienes la libertad de identificarte con el mundo, o de identificarte con el Ser. No hay nadie, no hay ninguna cosa, que pueda hacerte daño o que te perturbe o moleste si centras la atención en el Ser (Dios, la Divinidad, la Fuente, Uno, Todo, el Universo o como lo desees llamar).

¿Cómo enfoco mi atención en el Ser?

Recordando Yo-soy.

Yo-soy es el primer nombre de Dios. Cuando piensas en Yo-soy estás invocando el nombre de Dios y estás enfocando tu atención en Dios.

Por lo tanto, cuando tienes algún tipo de problema o algo te molesta, si te sientes de mal humor, si crees que algo está mal, si la guerra te afecta, no tienes que apagar el televisor, o cambiar tu entorno, o cambiar tus circunstancias. Sólo tienes que girar hacia adentro, respirar conscientemente, e invocar el nombre de Dios, diciendo: ‘Yo-soy’.

¿Qué ocurre cuando haces esto?

Estás realmente diciendo, ‘Yo-soy la realidad absoluta, Yo-soy la conciencia pura, Yo-soy el nirvana, la vacuidad, la unidad final, Yo soy ser-conciencia-felicidad, Yo-soy la Vida, Yo-soy el Universo que respira a través de Mi”.

Todo esto sucede cuando dices simplemente: ‘Yo-soy’.

Es por ello que, en la meditación, la consciencia “Yo-soy” durante la respiración consciente es muy importante.

Cuando haces esto expulsas fuera todas tus falsas creencias, tus aventurados juicios sobre ti mismo y sobre tu realidad, y el resto de la “basura” que has ido acumulando, y entras en tu verdadera identidad.

Puedes saber si estás haciendo progresos por lo feliz que eres. Cuando ves que eres feliz, sin que ninguna condición te haga feliz, entonces sabes que algo está funcionando. La felicidad es tu verdadera naturaleza.

Todo lo que tienes que hacer es invocar Yo-soy, y ya estás ahí radiantemente feliz.

Deja de identificarte con las condiciones mundanas. Cada vez que surge algo, simplemente te dices a ti mismo: ‘Yo-soy’, y el Yo-soy iniciará el proceso por ti. El Yo-soy es como un interruptor. Cada vez que te quedes atrapado en el mundo simplemente enciende el interruptor, diciendo: ‘Yo-soy’, y de repente descubrirás que comienzas a perder lo que hasta ese momento creías que eta tu “identidad” y te fundes en tu propia consciencia.

Cuando digo que te fundes en tu consciencia no me refiero a que hay una consciencia por un lado y un tú por otro. Lo que quiero decir es que realmente Despiertas a tu Ser. Despiertas a tu verdadera naturaleza.

No hay una consciencia escondida en algún lugar y tienes que ir a encontrarla. La consciencia eres tú.

Basta con dejar de pensar. Aquieta tu mente y comenzarás a brillar. No planees las cosas. Olvídate de las metas. Olvídate de los deseos. Simplemente trabaja en aquietar tu mente.
Cuando tu voz se calma, cuando te quedas en silencio, entonces la realidad comienza a brillar por sí misma.

La mente trabaja con un conglomerado de pensamientos sobre el pasado y preocupaciones sobre el futuro.

Cuando empiezas a reconocer que el mundo es como un sueño, como una burbuja, la mente se vuelve cada vez más débil, y un día simplemente se disuelve. Realmente no se disuelve, ya que para empezar nunca estuvo ahí. Sin embargo, Despiertas. Lo llamamos un Despertar, y te das cuenta de que “Yo y Mi Padre somos Uno”. Acabas de convertirte en la unidad de toda existencia. Ya no hay ninguna diversidad. Te has convertido en el Ser imperecedero.

Una persona que está en el camino espiritual, gradualmente comienza a expandir su consciencia y la puerta se abre cada vez más.

Eres capaz de ver más claramente. Por lo tanto no te sientas perturbado porque las cosas no son como parecen. El resultado final es que no ocurre nada. Nunca nada comenzó, nada continúa, y nada acabará. Tú eres simplemente consciencia dichosa. Eres un ser divino espiritual. Nunca has nacido. Nunca puedes morir. Tu verdadera naturaleza es el Ser, y el Ser es el Ser de Todo, yTodo está bien.

Texto adaptado a partir del original de Robert Adams

Oración de la mañana hindú

ORACIÓN DE LA MAÑANA HINDÚ

Señor, aquí estoy,
de pie ante el nuevo día.
Inhalo y veo tu luz.
Te siento, pues Tú estás en mí
y yo en Ti.

Señor, mi ser se distiende en Ti.
Haz que soporte las tensiones
de este día:
las tensiones del alma,
las tensiones de la mente,
las tensiones del cuerpo.

Ante Ti me inclino
con toda reverencia.

Y me pongo en la línea de salida:
con el pie derecho,
con el pie izquierdo.

Mi camino, Señor,
es el camino de todo mortal,
hecho del polvo de la tierra.

Y al mismo tiempo es tu camino,
lleno de luz.

Puente quiero ser, Señor,
entre los hombres,
puente de Tu Presencia.

Para ello, Señor, dame tu palabra,
Te escucho.

Te ofrezco todo mi ser:
mis pies y mis piernas,
toma mi cuerpo,
mi corazón y mi aliento,
mi hablar y cantar,
mis ojos y oídos,
mi sentir y pensar.

Señor, en llama pura quiero
quemar hoy mis energías para Ti.

Señor, que yo difunda Tu Luz
como lámpara que brilla.

Señor, que sea todo mi ser
mano tuya, que bendice
el universo y lo que hay en él,
animales y plantas,
la tierra con sus minerales,
los hombres todos,
nacidos y por nacer,
y también los que ya murieron.

Señor, aquí estoy,
para hacer tu voluntad.

(Inspirada en la salutación hindú al sol, el Surynamaskar. Texto transmitido por el P. Sebastián Painadath, SJ)

CONSCIENCIA Y SOCIEDAD DISTÓPICA

CONSCIENCIA Y SOCIEDAD DISTÓPICA

Por si fuera de tu interés, se acaba de poner en marcha el Proyecto de investigación “Consciencia y Sociedad Distópica”.

La distopía ya no describe un futuro imaginario, sino que desvela el presente cierto. Es por esto que la humanidad vive, expresado metafóricamente, un huracán de magnitud aceleradamente creciente.

Ante ello, el Proyecto tiene dos objetivos fundamentales:

+Indagar y recabar información y datos sobre los perfiles, características connotaciones y efectos de la Sociedad Distópica en sus diferentes manifestaciones (sistema socioeconómico, estructuras políticas e institucionales, tendencias sociales, ecología, inteligencia artificial, bio y nanotecnologías, salud, educación, cultura…).

+Reflexionar y plantear propuestas prácticas sobre cómo afrontar y vivir con Consciencia, personal y colectivamente, la Sociedad Distópica, con la finalidad no de evitarla, cosa imposible, sino de, continuando con la metáfora, situarse en el centro del huracán, que es donde no hay viento, los cielos son claros y la temperatura es cálida.

En este enlace dispones de más sobre el Proyecto de investigación “Consciencia y Sociedad Distópica” y de cómo puedes colaborar con él:

https://emiliocarrillobenito.blogspot.com/2018/09/proyecto-de-investigacion-consciencia-y.html

La Verdad y la Mentira

La Verdad y la Mentira

Cuenta la leyenda, que un día la verdad y la mentira se cruzaron.

-Buen día. Dijo la mentira.

-Buenos días. Contestó la verdad.

-Hermoso día. Dijo la mentira.

Entonces la verdad se asomó para ver si era cierto. Lo era.

-Hermoso día. Dijo entonces la verdad.

-Aún más hermoso está el lago. Dijo la mentira.

Entonces la verdad miró hacia el lago y vio que la mentira decía la verdad y asintió.

Corrió la mentira hacia el agua y dijo…

-El agua está aún más hermoso! Nademos!

La verdad tocó el agua con sus dedos y realmente estaba hermosa y confió en la mentira.

Ambas se sacaron las ropas y nadaron tranquilas.

Un rato después salió la mentira, se vistió con las ropas de la verdad y se fue.

La verdad, incapaz de vestirse con las ropas de la mentira comenzó a caminar sin ropas y todos se horrorizaban al verla.

Es así como aún hoy en día la gente prefiere aceptar la mentira disfrazada de verdad y no la verdad al desnudo.

*Autor desconocido*

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