Sensaciones del cuerpo

Sensaciones del cuerpo

Sitúate en una posición que te resulte cómoda y relajante. Cierra los ojos.

Voy a pedirte que te hagas consciente de determinadas sensaciones corporales que sientes en estos momentos, pero de las que no te das cuenta de manera refleja… Cae en la cuenta del roce de tu ropa en tus hombros…

Ahora del contacto que se produce entre tu ropa y tu espalda, del contacto de tu espalda con el respaldo de la silla en la que estás sentado… Percibe la sensación de tus manos cuando se juntan o reposan en tu regazo…

Hazte consciente de la presión que tus muslos y nalgas ejercen sobre la silla… Cae en la cuenta de la sensación de tus pies al tocar los zapatos… Ahora hazte consciente reflejamente de la postura en la que estás sentado…

De nuevo: tus hombros… tu espalda… tu mano derecha… tu mano izquierda… tus muslos… tus pies… la posición en que estás sentado…

Otra vez: hombros… espalda… mano derecha… mano izquierda… muslo derecho… muslo izquierdo… pie derecho… pie izquierdo… tu posición en la silla…

Continúa girando en tomo a ti mismo, pasando de una parte de tu cuerpo a otra. Procura no detenerte en cada parte durante más de dos minutos, hombros, espalda, muslos, etc. Pasa continuamente de uno a otro…

Puedes concentrarte en las partes del cuerpo que yo he mencionado o en aquellas otras que tú desees.

Cabeza, cuello, brazos, tórax, estómago… Lo verdaderamente importante es que llegues a captar el sentir, la sensación de cada parte; que la sientas durante uno o dos segundos y que pases a otra parte del cuerpo…

Cuando hayan pasado cinco minutos, te invitaré a que abras los ojos despacio y pondremos fin al ejercicio.

Este ejercicio sencillo produce en la mayoría de las personas una sensación inmediata de relajación. En bastantes grupos, cuando propuse por primera vez este ejercicio, algunas personas se relajaron de tal manera que cayeron en un sueño profundo.

Uno de los enemigos más poderosos de la oración es la tensión nerviosa. Este ejercicio trata de ayudarte a dominarla. La fórmula es muy sencilla: te relajas cuando llegas a tus sentidos; cuando tomas conciencia lo más plenamente posible de las sensaciones de tu cuerpo, de los sonidos o ruidos que te rodean, de tu respiración, del sabor de lo que tienes en la boca.

La inmensa mayoría de las personas viven excesivamente en sus cabezas:

Tienen en cuenta los pensamientos y fantasías que emergen en ella pero son muy poco conscientes de la actividad de sus sentidos. Por esta forma de proceder, rara vez viven en el momento presente. Se sitúan casi siempre en el pasado o en el futuro. En el pasado lamentando viejos errores, sintiéndose culpables de antiguos pecados, complaciéndose en triunfos pasados, recordando injurias que alguna persona les causó. O en el futuro temiendo posibles calamidades y desgracias, anticipando futuras alegrías o soñando con acontecimientos venideros.

Recordar el pasado para aprovechar sus lecciones o para gozamos de nuevo, anticipar el futuro para planificar de forma realista, es válido a condición de que no nos mantenga alejados del presente durante demasiado tiempo. Para tener éxito en la vida de oración es decisivo desarrollar la capacidad de entrar en contacto con el presente y de permanecer en él. Y el mejor método que yo conozco para permanecer anclado en el presente es abandonar la cabeza y volver a los sentidos.

Siente el calor o el frío de la atmósfera que nos rodea. Percibe la brisa que acaricia tu cuerpo. El calor cuando el sol entra en contacto con tu piel. El tejido y temperatura del objeto que tocas… y nota la diferencia. Observa cómo retornas a la vida a medida que te insertas en el presente

Cuando hayas dominado esta técnica de tener en cuenta los sentidos, te sorprenderás de los cambios que se producen en ti si eres de las personas que sienten frecuentemente tristeza frente al futuro o culpabilidad frente al pasado.

Una palabra sobre el «salir de la cabeza»:

La cabeza no es buen lugar para hacer oración… Pero no es un mal sitio para comenzar. Si tu oración permanece durante demasiado tiempo en la cabeza y no pasa al corazón, se tomará árida y se convertirá en algo tedioso y desalentador. Debes aprender a salir del campo del pensamiento y de la locución y emigrar a los dominios de los sentimientos, de las sensaciones, del amor, de la intuición. Ese es el lugar donde la contemplación nace y donde la oración se convierte en poder transformante y en fuente inagotable de felicidad y de paz.

Es muy posible que algunas personas -muy pocas- sientan, como resultado de este ejercicio, no relajamiento y paz, sino aumento de tensión. Si te sucede esto, toma conciencia de tu tensión nerviosa. Observa cuál de las partes de tu cuerpo se halla en tensión. Percibe con exactitud las características de la misma. Hazte consciente de que eres tú quien produce la tensión en ti mismo y observa cuidadosamente cómo lo haces.

Cuando empleo la palabra observar…

No me refiero a la reflexión, sino a las sensaciones y a los sentimientos. No puedo repetir en cada línea que en este ejercicio se trata de sentir, no de pensar. Existen personas que, cuando se les dice que sientan sus brazos o sus piernas o sus manos, no las sienten realmente. Se limitan a reproducir mentalmente alguno de esos miembros. Conocen dónde están situados y se limitan a tomar nota de ese conocimiento. Pero no llegan a sentir realmente los miembros. Mientras que otras personas son capaces de sentir, éstas no. A lo sumo, logran una reproducción mental.

El medio más adecuado para superar este defecto (y para asegurar que no tomas una reproducción mental por la experiencia de un sentimiento) es tratar de captar el mayor número posible de sensaciones en cada uno de estos miembros: hombros, espalda, muslos, manos, pies. Esto te ayudará, además, a sintonizar con personas que no sienten sus miembros. Descubrirás probablemente que sólo una parte mínima de la superficie de tus miembros produce sensaciones al principio. No percibirás sensación alguna en áreas amplias de tu cuerpo. Esto se debe a que tu sensibilidad ha quedado adormecida por vivir demasiado en tu cabeza.

La superficie de tu piel está cubierta con trillones de reacciones bioquímicas a las que llamamos sensaciones y, mira por dónde, a ti te cuesta trabajo encontrar unas pocas.

Has endurecido tu capacidad para sentir, quizás como consecuencia de algún daño emocional o de un conflicto que has olvidado hace mucho tiempo. Y tu percepción, tu consciencia, tu poder de concentración y de atención están sin cultivar, subdesarrollados.

En otro lugar expondré la relación que existe entre este ejercicio y la oración. Indicaré también cómo, para muchas personas, este ejercicio en sí mismo es una forma de contemplación. Por el momento, bástenos recordar que es una preparación para la oración y contemplación, un medio para relajamos y conseguir la quietud, condiciones imprescindibles para orar.

Cierra de nuevo los ojos. Entra en contacto con las sensaciones que se producen en diversas partes de tu cuerpo.

Lo ideal sería que no pensases en las diversas partes de tu cuerpo concibiéndolas como manos, piernas o espalda, sino que pasases de una sensación a otra sin etiquetar ni nombrar los miembros u órganos que sientes.

Si adviertes un impulso a moverte o a cambiar de posición, no consientas. Limítate a tener en cuenta esa incitación y la molestia corporal que origina, quizás, ese impulso.

Realiza este ejercicio durante algunos minutos. Sentirás crecer la calma en tu cuerpo. No te solaces en esa tranquilidad. Continúa en tu ejercicio y deja que la calma se cuide de sí misma.

Si te distraes en un momento determinado, vuelve a la percepción de las sensaciones del cuerpo, pasando de una a otra, hasta que tu cuerpo recobre de nuevo la calma, tu mente participe de la calma de tu cuerpo y seas capaz de sentir esa tranquilidad que reporta paz y sabor anticipado de la contemplación y de Dios. En cualquier caso, vuelvo a repetido, no acampes de manera refleja en la tranquilidad.

¿Por qué no conviene detenerse en la calma que sentirás, probablemente, durante este ejercicio?

Pararse en ella puede ser relajante e incluso placentero, pero si consientes en detenerte en ella corres el peligro de provocar un estado hipnótico leve o un vacío mental y permanecer en ese trance que no conduce en modo alguno a la contemplación. Esta situación se asemejaría de alguna manera a una autohipnosis, que nada tiene que ver con la profundización de la consciencia o de la contemplación.

Por consiguiente, es importante que no busques deliberadamente producir la calma o el silencio dentro de ti ni te detengas en ellos cuando se produzcan. Deberás buscar que se agudice tu consciencia, no el adormecimiento de ella, resultado de un trance aunque sea leve. Así, en vez de la calma y dentro de ella, debes esforzarte en ejercitar tu percepción y dejar que la calma se cuide de sí misma.

Habrá momentos en los que la calma o el vacío sean tan intensos que te impidan totalmente realizar cualquier ejercicio o esfuerzo. En tales momentos no eres tú quien busca la tranquilidad; la calma toma posesión de ti y te inunda. Cuando se produzca una situación de este tipo, será conveniente y saludable que abandones todo esfuerzo, (que, por otra parte, sería imposible), que te rindas a la calma abrumadora que anida dentro de ti.

Anthony de Mello

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

La riqueza del silencio

La riqueza del silencio

«El silencio es la gran revelación”, dijo Lao-tse. Estamos acostumbrados a considerar la Escritura como la revelación de Dios. Y así es. Con todo, quisiera que, en este momento, descubrierais la revelación que aporta el silencio. Para recibir la revelación de la Escritura tenéis que aproximaros a ella; para captar la revelación del Silencio, debéis primero lograr silencio. Y ésta no es tarea sencilla.

Vamos a intentarlo en este primer ejercicio.

Que cada uno de vosotros busque una postura cómoda.

Cerrad los ojos…

Voy a invitaros a guardar silencio durante diez minutos. Intentaréis, en primer lugar, hacer silencio, el silencio más total, tanto de corazón como de mente. Cuando lo hayáis conseguido, quedaréis abiertos a la revelación que trae consigo el silencio.

Al final de los diez minutos os invitaré a que abráis los ojos y a que compartáis con el resto, si así lo deseáis, lo que habéis hecho y experimentado en este tiempo.

Para compartir con el resto lo que habéis hecho y lo que os ha ocurrido, que cada uno cuente los intentos que hizo para lograr el silencio y en qué medida lo ha conseguido. Que describa ese silencio, si es capaz. Que cuente algo de lo que ha pensado y sentido durante este ejercicio.

Las experiencias de la gente que se somete a este ejercicio son infinitamente variadas. Muchos descubren, para sorpresa suya, que el silencio es algo a lo que no están acostumbrados en absoluto. Hagan lo que hagan, son incapaces de detener el constante vagar de su mente y de acallar el alboroto emocional que sienten dentro de su corazón. Otros, por el contrario, se sienten cercanos a las fronteras del silencio. En ese momento sienten pánico y huyen. El silencio puede ser una experiencia aterradora.

Con todo, no existe motivo para desanimarse…

Incluso esos pensamientos alocados pueden ser una revelación. ¿No es una revelación sobre ti mismo el hecho de que tu mente divague? Pero no basta con saberlo. Debes detenerte y experimentar ese vagabundeo. El tipo de dispersión en que tu mente se sumerge, ¿no es acaso revelador?

En este proceso hay algo que puede animarte: el hecho de que hayas podido ser consciente de tu dispersión mental, tu agitación interior o tu incapacidad de lograr silencio, demuestra que tienes dentro de ti al menos un pequeño grado de silencio, el grado de silencio suficiente para caer en la cuenta de todo esto.

Cierra los ojos de nuevo y percibe tu mente dispersa durante dos minutos…

Siente ahora el silencio que te hace posible concienciar la dispersión de tu mente…

En los ejercicios que vienen a continuación iremos construyendo este silencio mínimo que tienes dentro de ti. A medida que crezca te revelará más y más cosas sobre ti mismo. Esta es su primera revelación: tu propia identidad. En esta revelación, y a través de ella, alcanzarás cosas que el dinero no puede comprar, tales como sabiduría, serenidad, gozo, Dios.

Para alcanzar estas realidades a las que no se puede poner precio no basta con reflexionar, hablar, discutir. Es preciso actuar. Poner manos a la obra ahora mismo.

Cierra los ojos. Busca el silencio durante otros cinco minutos.

Cuando termines este ejercicio, trata de ver si los esfuerzos que has realizado en estos últimos minutos han sido más o menos positivos que los anteriores.

Observa si el silencio te ha revelado ahora algo que no habías percibido anteriormente.

No pretendas encontrar algo sensacional en la revelación que el silencio te regala: luces, inspiraciones, perspectivas. Limítate a observar. Trata de recoger todo lo que se presenta a tu conciencia. Todo, aunque sea trivial y ordinario, lo que te sea revelado.

Quizás toda la revelación se reduzca a caer en la cuenta de que tus manos están húmedas, a hacerte cambiar de postura o a tomar conciencia de que estás preocupado por tu salud. No importa. Es realmente valioso que hayas caído en la cuenta de todo esto.

Es más importante la calidad de tu toma de conciencia que sus contenidos. A medida que mejore la calidad, tu silencio será más profundo. Y a medida que tu silencio se profundice experimentarás un cambio. Y descubrirás, para satisfacción tuya, que revelación no es conocimiento racional. Revelación es poder; un poder misterioso que transforma.

Anthony de Mello

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

 

Los enfoques incorrectos

Uno de los grandes impedimentos para hallar la comprensión real y la serenidad son los enfoques incorrectos, que distorsionan los hechos e inducen a actitudes y procederes inoportunos. Es como si no operasen correctamente los «conectores» de la mente y entonces nos informasen de una manera equivocada, con lo que la visión se estrecha y la información obtenida no es certera.

A menudo nos falla el discernimiento

Y nuestro entendimiento, al no resultar lúcido, nos impide decidir con sabiduría, distinguir con precisión y adoptar el adecuado proceder.

Muchas veces el empañamiento de la visión deriva de una falta de atención y ecuanimidad, o de un desmesurado egocentrismo, de tendencias muy marcadas al apego o al odio, emociones negativas, códigos y esquemas u otros factores.

El esclarecimiento de la visión es uno de los logros que debemos proponemos y para ello hay que trabajar necesariamente con el discernimiento para ir recuperando la sabiduría discriminativa.

La visión oscurecida provoca innecesarias querellas, discordia, opiniones equivocadas, dogmatismos, fanatismo y dolor.

Los antídotos para la visión perturbada y demasiado coloreada por el egocentrismo y las opiniones son:

– La ejercitación del entendimiento.

– La comprensión intelectiva.

– La duda constructiva.

– La investigación rigurosa.

– La apreciación de otros puntos de vista.

– El saludable dominio del pensamiento.

Y, por supuesto, la meditación como disciplina.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

Ejercitar la mente

«La mente es la precursora de todos los estados. Ella es su fundamento y todos ellos son creados por la mente. Si uno habla o actúa con una mente impura, entonces el sufrimiento le sigue del mismo modo que la rueda sigue a la pezuña del buey. Si uno habla o actúa con una mente pura, entonces la felicidad le sigue como una sombra que nunca le abandona».

De acuerdo con cómo se encuentra la mente, los acontecimientos resultan más gratos o ingratos y se pueden o no instrumentalizar para seguir aprendiendo y desarrollándose.

La mente siempre está con nosotros

Incluso en sueños siguen funcionando sus deseos y temores.

Es fuente de alegría y de tristeza, de fuerza y de debilidad, de amor y de odio.

Cuando en la mente hay ansiedad, zozobra y confusión, ni lo más deleitoso puede apreciarse; todo pierde su brillo, su energía, su vitalidad (…). La persona deprimida, víctima de una mente abatida y sin energía, no está capacitada para disfrutar de nada y en toda situación o lugar se siente mal.

Es esencial, por ello, cultivar, ordenar y ejercitar la mente

«La ejercitación de la mente consiste en poseer un espíritu alegre y tranquilo, suave, en cultivar el silencio, el dominio de uno mismo y la purificación de las pasiones».

El demonio de la mente, una vez despierto, causa sufrimiento. Para experimentar el infinito gozo, es preciso aquietarla enérgicamente.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

 

Despojarse del pasado

El pasado…

Hay dos tipos de memoria: la psicológica y la factual o de datos. La segunda es absolutamente deseable y necesaria; la primera, si nos dejamos anegar y abatir por ella, es sumamente condicionante, sombrea el presente y nos impide vivir en la frescura del momento.

Memoria

La memoria trae al presente los acontecimientos, vivencias y reacciones del pasado, y es como una densa interferencia entre el observador y lo observado. No se ve con ojos nuevos la realidad inmediata, sino velada por todo tipo de memorias que están cargadas de sentimientos.

Hay personas que viven atormentadas o desesperadas por sus recuerdos que, inexorablemente, traen a la mente situaciones del pasado que fueron dolorosas o traumáticas, pero, además, las memorias (que incluyen códigos, esquemas, modelos y filtros socioculturales y familiares) se imponen de manera inconsciente al individuo y le roban su libertad interior, creando tendencias que no son consciente y libremente elegidas, sino que vienen impulsadas por las impregnaciones de esas memorias.

Saber soltar

Hay que saber despojarse del fardo de muchas experiencias o circunstancias del pasado, para poder estrenar la mente cada mañana y no sabotear con nuestras memorias psicológicas la serenidad y la certidumbre.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

Imitación

Imitación

Imitación

La mayoría de las personas se vuelven «copistas», imitadores, con lo que pierden su propia identidad y siguen los modelos y patrones de otros que, muchas veces, aprovechan esa debilidad humana para apuntalar su ego y explotar a los demás.

En la imitación nunca puede haber ni belleza ni frescura, ni creatividad ni espontaneidad, en suma, ninguna potenciación de los propios recursos vitales.

La imitación convierte al ser humano en autómata, deficitario psíquico, siervo.

En una sociedad donde priman los intereses económicos y donde se trata de producir deseos ficticios, no resulta en absoluto fácil escapar de la sugestión colectiva y las tendencias miméticas, que han sido perversamente delineadas.

Cuando la persona imita continua e inconscientemente modelos, mutila sus más preciadas energías y deviene adicta a esos modelos y esquemas, que son los que le procuran una artificial «coherencia» sin la cual se encuentra como sobre arenas movedizas; es decir, no sabe cómo pensar, hablar y proceder por sí misma y tiene que hacerla por los fáciles y automáticos cauces que se le marcan.

La visión de la persona está muy enturbiada por los modelos que imita en ocasiones con apasionado fervor y que la inducen incluso a identificarse con toda suerte de «valores» y proyectos totalmente ajenos a ella, pero que llega a sentir como si fueran propios.

Este proceso de mimetismo se convierte en una irreparable calamidad para la psique de la persona, que le impide manifestar sus mejores energías y que convierte al sujeto en un número más en uniformada suma de individuos cuya orientación no tratan de hallar en sí mismos, sino en los cánones y modelos imperantes.

La vida entonces no constituye un arte y mucho menos un aprendizaje…

… Sino una simple e incluso grotesca caricatura de lo que en sí misma debe ser. El que imita de manera sistemática (casi siempre desde la inconsciencia, llegando a creer que la iniciativa parte de él), permanece emocional y psicológicamente larvado, viviendo la vida de acuerdo con códigos que no son los suyos e incapaz de complementar la ley externa con su propia ley interior.

Entonces el juicio, el raciocinio y la inteligencia primordial de la persona están inoperantes y ésta, en lugar de afirmar su ser, vive para obedecer, sin investigar ni cuestionarse, a los modelos que se le ofrecen como idóneos y que raramente lo son.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

 

La búsqueda

Búsqueda

Vemos de acuerdo con nuestro grado de entendimiento.

Comprendemos según la apertura de nuestra mente y nuestro corazón.

Se nos escapan las realidades más evidentes porque nuestros juicios y prejuicios, creencias y expectativas las velan.

La misma orilla

En la mayoría de los seres humanos se produce, además, un fenómeno que los sabios denominan de «superposición», en cuanto tendemos a superponer nuestras creencias y condicionamientos a lo que contemplamos, distorsionándolo, como la persona que tropieza con una cuerda y se espanta tomándola por una serpiente venenosa.

A menudo buscamos muy lejos lo que está muy cerca. Damos la vuelta alrededor del mundo para llegar a nosotros mismos…, si llegamos. Subimos y bajamos por la misma orilla y no cruzamos a la opuesta, o bien vivimos dando vueltas a la circunferencia y no acertamos a llegar a su punto central.

Es rara la persona que con clara comprensión sepa poner correctamente «los conectores» de su mente y, por tanto, «conectar» bien. Por efecto engañoso de la ilusión mental, tomamos lo relativo como absoluto, lo inesencial como esencial, lo insustancial como sustancial.

La mente vaga de un lado para otro y el intelecto no tiene la pureza necesaria para análisis certeros, sometido a todo tipo de tendencias, pasiones y emociones.

Las fuerzas psíquicas más poderosas se malogran porque las invertimos incorrectamente.

No se trata de dejar de ser activos, pero sí de comprender que la conciencia de ser puede ser desarrollada viajando muy lejos o sin salir nunca de la aldea que nos vio nacer.

Es una búsqueda hacia dentro, aunque a veces la motivemos o inspiremos con una búsqueda hacia fuera.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

 

Matar el tiempo

Tiempo…

Un hombre estaba sujetando en sus brazos una cabra para que ésta comiera de un arbusto. Pasó por allí otro hombre y le preguntó:

– Pero ¿se puede saber qué haces sujetando esa cabra para que coma, si ella puede hacerlo sin que la sostengas? ¡Vaya pérdida de tiempo, amigo!

– Sí, pero a la cabra no le importa.

Matar el tiempo

La mente es impaciente y se achicharra en sus inútiles urgencias, ansiedades y precipitaciones. No es precisamente el mejor enfoque o actitud para desarrollar sosiego ni ecuanimidad, y tampoco para amar, porque para amar se necesita entregar tiempo y sensibilidad.

Con demasiada frecuencia la mente se vuelve una máquina utilitarista, empeñada en evaluar, calcular, invertir, sacar rentabilidad de todo, incluso del tiempo. La gran paradoja: decimos «estoy matando el tiempo», cuando es el tiempo el que nos mata.

Incluso las personas que gozan de paciencia, aplomo y serenidad exasperan a las que son inquietas e impacientes, que llegan a criticar su actitud de equilibrio y sosiego.

En una sociedad basada en la productividad y donde todo está orquestado para no poder parar, no se comprende o incluso se menosprecia a aquellos que sabiamente se toman su tiempo, se relajan, no se tensan y no tienen una mente de contabilidad y sumandos.

El tiempo no es sólo un fenómeno exterior, sino interior

El tiempo del sosegado, el paciente, el que disfruta con cualquier actividad por sencilla que sea, el que hace de cada momento un instante supremo y de cada actividad un glorioso acontecimiento, nada tiene que ver con el tiempo del que está ansioso, siempre quiere llegar a ninguna parte, se extravía en actividades de todo tipo y no valora la situación presente.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

Cuatro tipos de relaciones

Hay cuatro tipos de relaciones interpersonales; los tres primeros a los que haremos referencia engendran vínculos afectivos insanos y no cooperan en el progreso interior.

Aislacionismo

Hay personas que se relacionan desde lo que podríamos denominar el «aislacionismo», incluso si tienen un gran don de gentes y son aparentemente muy comunicativas.

No se abren más que en la apariencia, no comparten, no se comunican de corazón a corazón; en su interior, están atrincheradas psicológicamente, se acorazan y nunca se entregan.

Sus relaciones, por ello mismo, son tan superficiales como insustanciales. Aunque la persona no se aperciba de ello, hay miedos, inseguridades y carencias en lo profundo de su psique que le impiden la sana interdependencia, la comunicación genuina y la entrega incondicional.

Son individuos que interiormente viven aislados y si consiguen algún tipo de sosiego o equilibrio, son artificiales y, por tanto, precarios.

Dominio

Otros seres humanos se relacionan desde el afán de poder y la necesidad compulsiva de dominar, manipular y someter a los demás, a veces incluso buscando falaces autoengaños como por ejemplo un exacerbado paternalismo, o argumentando su conducta mediante la excusa de que quieren ayudar y proteger.

Estas personas, cuando se les contraría, pueden llegar a ser muy violentas o muy ladinas; aun cuando aparentan suavidad, su voluntad de dominio está al acecho.

Dependencia

Hay otra categoría de individuos que actúan desde la docilidad excesiva y el sometimiento, y pueden llegar a la obediencia ciega e incluso a la abyección. Son personas con una notoria minoría de edad emocional, mórbidamente dependientes, que necesitan la luz ajena para gravitar en sí mismas.

Los líderes políticos, sociales y religiosos se sirven de manera habitual de ellas, que tienen una tendencia a la indiscriminada admiración, a entronizar al líder y a entrar incluso en servidumbre con respecto a él. En lugar de tratar de salir de su cárcel interior, duplican su prisión: la propia y la persona a la que rinden pleitesía.

No puede haber crecimiento interno de este modo, ni sosiego, ni libertad mental. Una persona afirma su ego en detrimento de la otra; apuntala su enfermiza personalidad explotando emocionalmente a la otra.

Cooperación

Pero hay individuos que entablan relaciones afectivas que se fundamentan en un vínculo sano y, por tanto, genuino y capaz de cooperar en el crecimiento de aquellos que configuran la relación.

Son relaciones de fecunda interdependencia, donde están ausentes las actitudes de «aislacionismo», dominio y dependencia.

El vínculo sano se basa en la cooperación, la libertad, la entrega sin dependencias, la sólida comunicación, la atención consciente, el sosiego y la tolerancia.

En la medida en que la persona se va completando y consiguiendo madurez psíquica y serenidad, está más capacitada, por supuesto, para tallar vínculos afectivos sanos y genuinos.

Del mismo modo que «así como pensamos, así somos», podríamos asegurar que «así como sentimos, así nos relacionamos».

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

 

Desprendimiento

Desprendimiento…

Poco tenía, pero menos iba a tener. Había hallado la paz en la simplicidad de la vida, aunque había sido hacía ya mucho tiempo una persona acaudalada. Se lo había dejado todo a sus hijos y se había instalado en una casita en el campo. Dedicaba los últimos años de su vida a meditar. Tenía todo lo necesario: algún mueble, un jergón, unos utensilios para cocinar y poco más. Paulatinamente había ido reduciendo sus necesidades y se sentía más sereno y contento que nunca. Una mañana salió a pasear y, al volver a su casa, vio a un ladrón que estaba cargando las pocas cosas que había encontrado para robarlas. El hombre le echó una mano al ladrón en su tarea, hasta que dejaron la casa totalmente vacía. El ladrón se dejó ayudar de buen grado y luego preguntó:

– ¿Y quién eres tú? ¿Otro ladrón?

– No -dijo el hombre con ecuanimidad, sin perder su proverbial calma -, soy el propietario, pero, claro, la casa no te la puedes llevar en la carreta – sonrió. El ladrón se asustó.

– No te preocupes – dijo el hombre -. Nada traje a este mundo y nada podré llevarme. Vete en paz. Que lo disfrutes.

La avidez

La avidez es uno de los grandes oscurecimientos de la mente humana. No tiene límites si no se trabaja para refrenada y mitigarla. Genera ansiedad, demanda neurótica de seguridad, miedo, apego intenso y desdicha. Sus antídotos, obviamente, son el desprendimiento, la generosidad y el amor.

Se trata de una raíz insana que se instala en lo más profundo de la mente humana y que las sociedades competitivas y productivas aún afianzan en mayor grado.

Engendra rivalidades, envidias, desigualdades y falta de verdadera compasión.

Puede convertirse en una fea y nociva ponzoña mental.

Se contamina la visión mental y el individuo sólo opera en función de su desenfrenada codicia.

La avidez, además, puede extenderse tanto a objetos materiales como inmateriales. Es un afán desmedido de acumular, poseer, retener con aferramiento. La persona avara difícilmente puede ganar la serenidad. Se sentirá amenazada y pondrá muchas de sus energías en conservar lo acumulado.

Muchas personas avaras lo son porque en el trasfondo de su psique hay buen número de carencias, inseguridad y falta de confianza en sus posibilidades, que tienen que apuntalar acumulando y poseyendo, e incluso en el peor de los casos haciendo ostentación de lo poseído. Se compensan así sentimientos de inferioridad y otros déficits psíquicos.

La sociedad competitiva contribuye de modo enfermizo a ello, porque de todos es bien sabido que se resume la cuestión en «tanto tengo, tanto valgo». El ego se afirma mediante la posesividad, llegando incluso a la actitud más miserable o mezquina.

Ni que decir tiene que si todas las energías se destinan al poseer, no podrán disponerse para tomar una dirección de autoconocimiento y autodesarrollo.

El otro polo

Diametralmente opuesta a ese carácter ávido y egoísta, hallamos a la persona que el Bhagavad Gita describe como la que puede aspirar al contento interior y la liberación de la mente, declarando: «Alcanza mi amor (el amor a lo Absoluto) quien no es egoísta ni conoce el “yo” y “lo mío”, quien es piadoso y amigo de todos los seres, quien no odia a ningún ser, quien mantiene tranquilo su ánimo en la prosperidad y en la desgracia, quien es paciente y lleno de misericordia, quien está satisfecho, quien ha dominado su yo, su voluntad y tiene la firme resolución del yogui…, quien no desea nada, quien es puro, quien no rehuye el dolor ni se aflige con él, quien no distingue entre sucesos felices y desgraciados, quien considera del mismo modo al amigo y al enemigo, la gloria y la infamia, el placer y el dolor, la alabanza y la injuria, la desgracia y la felicidad, el calor y el frío, quien está contento de cualquier cosa…».

Existe una notable diferencia entre poseer funcionalmente y ser poseído por lo que se posee; entre disfrutar con desprendimiento y saber soltar, y acumular mórbidamente sin saber compartir. La avidez crea adicción al objeto del deseo y, por tanto, servidumbre y falta de libertad interior.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

 

Las patrañas de la mente

La mente…

El monarca estaba cada día más triste. Aunque todo iba bien, algo le apenaba obsesivamente: era muy aficionado a la arquería y había adquirido una notable destreza en la misma, pero sus súbditos , y cortesanos eran muy deficitarios en este arte: el rey no tenía con quién competir. Eso le causaba pesadumbre y se sentía desgraciado. Entonces pensó que tal vez pudiera traerle algún consuelo un sabio que vivía retirado en el bosque. Le mandó llamar y le contó lo que le sucedía.

– Y cada día estoy más alicaído, porque es una lástima que ninguno de los que me rodean sea un buen tirador de arco y pueda medirme con él.

– Majestad -dijo el sabio -, deberías sentirte muy afortunado.

– ¿Por qué? – preguntó intrigado y un poco molesto el monarca.

– Porque si hubiera excelentes arqueros en el reino, entonces estarías muy preocupado intentando enfrentarte a ellos con éxito y obsesionado por saber si podrías superarlos o no. En lugar de triste, estarías agitado y atormentado. Ésa es la naturaleza de la mente, Majestad.

Comentario

A menudo la mente valora más lo que no tiene que lo que tiene. Vive más en la idea y la expectativa, que en lo que es. Hay algunas sugerencias que pueden ser útiles para lograr sosiego interior:

– Aprecia más lo que es, en lugar de lo que puede o no llegar a ser.

– Reconcíliate con tu mente, aunque tiene múltiples y particulares rarezas, pero puedes aprovechar su insatisfacción para trabajar sobre ti mismo y autodesarrollarte. «Lo que te ha estimulado a buscar la verdad y la paz es la agitación de tu mente, que nunca se ha conformado con una temporal quietud… Debes considerar que, en este sentido, la mente te ha hecho un gran favor. La agitación de tu mente es una valiosa cualidad, ya que ha alimentado tu interés por la meditación».

– Abandona el apego y el odio, para aprender en apertura a cada momento, con la mente más armónica.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

Dar, libre de ego

Dar, libre de ego

Vivía en una ermita en los Himalayas. Había cobrado fama de serenidad, desprendimiento y santidad. Por ello, con frecuencia, venían gentes de las localidades de los alrededores a visitarle y recibir sus bendiciones. Los más acaudalados le llevaban sustanciosos regalos de todo tipo, pero el hombre los cogía y tiraba detrás de él sin echarles siquiera un vistazo. De vez en cuando, asía al azar alguno de los caros presentes recibidos y se lo entregaba a los que eran pobres y nada poseían. Tomaba y daba sin reparar en ello, alegremente, como si todo aquello no fuera con él. Extrañados, sus más cercanos discípulos le preguntaron sobre el porqué de esa forma de actuar. Sosegadamente respondió:

– Porque, queridos míos, yo no estoy ni en el dar ni en el tomar.

Comentario

Jesús lo dijo magníficamente: «Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda». Los yoguis dicen que al obrar retiremos nuestro ego de la acción. «Renunciando tanto a la victoria como a la derrota, los pacíficos viven felices». Como aconsejan los maestros, «vive para servir a los demás». Pero en ese servicio no puede interferir el mezquino ego. La acción ego céntrica no conduce a la apertura amorosa ni al sosiego.

Hay una historia muy bonita

Un maestro ayudó a salvar la vida de una mujer. El marido de ésta vino a agradecérselo, pero el mentor le reprendió diciéndole: «Nunca digas que yo lo he hecho».

Otro maestro tenía algunas cualidades curativas y sanaba a algunas personas, pero cuando se lo agradecían, reprendía a los que así lo hacían diciéndoles: «Una visión incorrecta os induce a pensar que yo soy el que hago. ¡Cuán equivocados estáis! La energía hace por mí».

Cuando el destino o el azar o como queramos decido pone en nuestras manos dar o tomar, no podemos inmiscuir al ego impostor, porque el curso de los acontecimientos también sigue sus leyes.

Lo que hacemos muchas veces es que nos equivocamos asumiendo el protagonismo de muchas acciones y nos declaramos sus hacedores, y eso es como cuando en la base de un rascacielos vemos una escultura de adorno que finge soportar el edificio y creemos que realmente lo sostiene.

En la sociedad desmedidamente codiciosa en la que estamos inmersos creemos que el que recibe debe sentirse agradecido, pero hay otro enfoque mucho más sabio y hermoso: el que da tiene que estar agradecido al que recibe, porque éste le ha dado la preciosa oportunidad de poder dar y elevar su espíritu.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

 

Perdonar con inteligencia

Perdonar

La indulgencia no es debilidad sino, por el contrario, una energía muy poderosa.

El perdón no es falta de firmeza ni mucho menos de entereza, sino generosidad.

En el camino hacia la paz interior hay obstáculos que necesariamente deben salvarse, como el resentimiento, el rencor, el odio o el afán de venganza. Estos obstáculos alteran a la persona y le roban su paz interna.

Hemos de asociamos con personas sabias y nobles, si tal es posible, y no dejamos alcanzar por individuos aviesos o insensibles.

En nuestro hogar mental no debemos dejar que partícula tras partícula de rencor vayan amontonándose, sino que, por el contrario, hemos de estar libres de máculas de venganza y resentimiento, porque al que dañan es a aquel que las padece, impidiéndole el sosiego, la lucidez y la buena relación consigo mismo.

Nuestras intenciones puras no deben verse desviadas por las intenciones impuras de los otros.

Hay que ejercitarse para que el estado de serenidad no se vea perturbado por tendencias de odio o resentimiento.

La mejor receta para ello es perdonar, pero no dar lugar a que la persona perdonada siga provocándonos dolor o malestar. No sólo es la actitud más noble, sino la más inteligente.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

Adicción a las ideas

Ideas

Un hombre que se tenía por muy aventajado espiritualmente fue a visitar al maestro y le dijo:

– Estoy espiritualmente muy avanzado, pero necesito alguna última instrucción metafísica para acceder al supremo conocimiento. Acéptame como discípulo. El maestro le miró por unos instantes, en silencio, y luego le preguntó:

– Ya que has obtenido tanto avance espiritual, ¿qué es para ti lo real?

– Es obvio, maestro. Todo es fenoménico y, por tanto, insustancial y vacuo. La última realidad es el vacío. En ese momento el mentor propinó una bofetada al hombre que, encolerizado, se abalanzó hacia él para golpearle.

– Serénate, buen hombre – dijo el maestro en tono conciliador -. Si todo es vacío, ¿de dónde surge este ataque de cólera?

El hombre se quedó abochornado, sin saber qué responder.

Comentario

Nadie libera su mente de la ofuscación, la avidez y el odio, y halla la paz interior, mediante conceptos e ideas.

Nadie sacia su sed mediante la idea del agua, sino bebiendo directamente este líquido. Pero todos tenemos una rara adicción a las ideas, los conceptos y las discusiones metafísicas. Todo ello forma también parte del autoengaño.

Hablamos de serenidad desde la inquietud; nos referimos al amor desde el rencor; nos deleitamos hablando de tolerancia y somos intransigentes.

Si el mentor de nuestra historia pudiera someter a dicha prueba a muchos de los denominados maestros de masas o floridos predicadores, también éstos serían desenmascarados. Nada tienen que ver la erudición y la habilidad intelectual o el sabio manejo del idioma con la experiencia interior transformadora.

Unos dicen que tienen sabiduría y carecen de ella; otros no afirman tenerla, pero la poseen.

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

Mente lúcida, corazón tierno

Mente, corazón

Hay una ley eterna: el odio nunca podrá acabar con el odio; el odio engendra más odio.

Hay otra ley eterna: la desgracia seguirá a los que destruyen como la sombra al cuerpo.

No logrará hacer la paz dentro de sí mismo: el que daña gratuitamente; hiere a cualquier criatura; ejerce malevolencia o crueldad; explota a los otros o los denigra; trafica con armas, sustancias tóxicas o personas; mata por diversión; roba sin necesidad y maltrata a los demás, es corrupto e innoble, y aprovecha las desgracias ajenas para sí mismo.

El virtuoso ya tiene mucho conquistado en la senda hacia el sosiego interior. No necesita someter a nadie ni jactarse de sus triunfos, ni apuntalar su ego humillando a los otros. «La virtud máxima no hace ostentación, ni tiene intereses personales que servir». «Conociendo lo equivocado como equivocado y lo acertado como acertado: esos seres, adoptando la visión correcta, alcanzan un estado de felicidad».

El ser humano debe aprender a trabajar sobre su mente y sobre su corazón.

Mente lúcida, corazón tierno

La claridad mental, cuando es tal, conduce al desarrollo de la compasión, es decir, la identificación con el sufrimiento de las otras criaturas y el ejercicio noble de tratar de aliviar dicho sufrimiento.

La vida se convierte en una ejercitación, donde los senderos de la mente y los del corazón coinciden y se complementan.

La emoción sin mente puede conducir a la sensiblería o la pusilanimidad; la mente sin emoción puede arrastrar al insensitivismo y la frialdad.

Mente y corazón son las dos alas de un ave que remonta el vuelo hacia el sosiego y la sabiduría

Ramiro Calle

Infórmate sobre nuestros servicios y consulta aquí la programación de retiros, cursos y talleres.

Abierto el plazo de inscripción
Post recientes
Suscríbete al blog

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

Comparte en tus redes sociales
Close

CONTACTA CON NOSOTROS

Refuerza tu poder personal y el de tu organización

  • Suscríbete al blog por correo electrónico

    Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

    Únete a otros 2.794 suscriptores

  • Subscribe error, please review your email address.

    Close

    You are now subscribed, thank you!

    Close

    There was a problem with your submission. Please check the field(s) with red label below.

    Close

    Your message has been sent. We will get back to you soon!

    Close

    Uso de cookies

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies