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Un minuto para el absurdo (I)

Un minuto para el absurdo (I)

Un minuto para el absurdo (I)

I

A un recién llegado al monasterio le dijo un discípulo más veterano:

 «Debo advertirte que no entenderás ni palabra de lo que diga el Maestro si no tienes la disposición apropiada» .

 «¿Y cuál es la disposición apropiada?»

«La de un estudiante que quiere aprender un idioma extranjero. Las palabras que el Maestro pronuncia te resultan familiares, pero no las comprendes: tienen un significado totalmente desconocido».

II

El Maestro podía ser enormemente crítico cuando pensaba que la crítica era necesaria. Pero, por sorprendente que pueda parecer, nadie tomaba a mal sus reprimendas. Cuando alguien le preguntó la razón de ello, el Maestro respondió:

«Todo depende de cómo lo haga uno. Los seres humanos son como las flores: abiertas y receptivas al manso rocío, pero cerradas y reacias al violento aguacero».

III

«Una buena manera de descubrir tus defectos -dijo el Maestro– consiste en observar qué es lo que te irrita de los demás».

Y contó cómo su mujer, que había dejado una caja de bombones en el estante de la cocina, descubrió una hora más tarde que la caja pesaba bastante menos: todos los bombones de la capa inferior habían desaparecido y habían ido a parar a una bolsa de papel que se encontraba encima de las pertenencias de la nueva cocinera.

Para no poner a ésta en una situación enojosa, la bondadosa mujer del Maestro, volvió a colocar los bombones en la caja y guardó ésta en una alacena, a fin de evitar posibles tentaciones.

Después de la cena, la cocinera anunció que dejaba su trabajo aquella misma noche.

«¿Por qué? ¿Qué sucede?», preguntó el Maestro.

«No quiero trabajar para personas que roban», fue su desafiante respuesta.

IV

Al día siguiente, el Maestro completó su lección con la historia del ladrón que encontró esta nota en la puerta de la caja fuerte que iba a reventar:

«Por favor, no emplee dinamita. La caja no está cerrada. Basta con hacer girar el picaporte».

Y, en el momento en que hizo girar el picaporte, cayó sobre él un pesado saco de arena, se encendieron las luces de la habitación, y la alarma despertó a todo el vecindario .

Cuando el Maestro visitó en la cárcel al ladrón, éste no podía ocultar su resentimiento:

«¿Cómo voy a poder confiar de nuevo en ningún ser humano?»

Anthony de Mello

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