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El secreto de la serenidad

I.-

«¿ Cuál es el secreto de tu serenidad ?», preguntó el discípulo.

«Cooperar incondicionalmente con lo inevitable», respondió el Maestro.

II.-

A un discípulo al que, literalmente, le aterraba la mera posibilidad de cometer errores le dijo el Maestro:

«Los que no cometen errores cometen el mayor error de todos: el de no intentar nada nuevo».

III.-

«Contéstame a una cosa», dijo el ateo: «¿existe realmente un Dios?»

Y le respondió el Maestro: «Si quieres que te sea sincero, no tengo respuesta». Más tarde, los discípulos quisieron saber por qué no había respondido.

«Porque la pregunta no tenía respuesta», dijo el Maestro.

«¿De modo que eres ateo…?»

«Por supuesto que no. El ateo comete el error de negar algo de lo que no puede decirse nada».

Y, después de una pausa, añadió: «y el teísta comete el error de afirmarlo».

Anthony de Mello

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Serenidad también es aceptar

Serenidad

Cuántas veces ponemos el énfasis justo en lo que queremos evitar; cuánto sufrimos por no querer sufrir; cuánta felicidad perdemos por nuestro afán desmedido de felicidad; hasta qué punto tenemos una recalcitrante inclinación a ver en las aguas pantanosas sólo la suciedad y no apreciar la espléndida flor de loto. Hay un adagio muy sutil: «Cuanto más lo busco, menos lo encuentro».

¿Sabes una cosa?

Si persigues tu sombra, nunca la atrapas; si te empeñas en ver tus ojos nunca lo consigues, del mismo modo que el sable no puede combatir consigo mismo; si te obsesionas porque no quieres escuchar un ruido, lo oyes más; si te dejas arrastrar por la antipatía hacia una persona, intensificas la antipatía que te produce.

El arte de fluir, abrirse, ser permeable y flexible, absorber sin inútiles resistencias, es de una gran ayuda para la vida.

Enseña el maestro: «La mejor manera de conquistar a un enemigo es ganarle sin enfrentarse a él». Es la llamada virtud de la no-lucha. También el arte de la no-oposición.

También la senda de no-fortalecer-al-enemigo, sino amistar con él para debilitarlo.

Además, la belleza está en los ojos del que mira. Una nariz fea para unos es hermosa para otros e indiferente para muchos. Nosotros, que tanto distamos de la perfección física, mental, moral y emocional, ¡cuánta perfección exigimos en los demás!

Un místico dijo en una ocasión: «Como no hay nadie en el que no haya algo bueno, nunca logro ver lo malo en él».

La serenidad también consiste en saber aceptar una nariz que no es suficientemente agraciada, o a un amigo que resulta un poco pesado o la cabeza que en el cine nos oculta parte de la pantalla.

Ramiro Calle

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