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Para!

Para!

Para!

Es esencial quedarse sentado en silencio.
No pierdas el tiempo no haciéndolo.
H. W. L. Poonja

Para. Por favor, para

Para de hablar, para de objetar. Deja que haya silencio, aunque solo sea por un momento.

Date cuenta de que tú no puedes hacerlo, de que no puedes lograr que eso ocurra. Date cuenta de que las objeciones y los juicios y las resistencias seguirán brotando en tanto que sigan brotando.

Déjalo estar. Deja ser al silencio, a la quietud.

Date cuenta de que casi cada pensamiento que tienes es un pensamiento «yo» o un pensamiento «mí». Casi todos tus pensamientos tienen que ver con «yo» o se refieren a «mí» o a lo «mío». «Lo que yo siento…, lo que me parece…, lo que es para mí…, según mi experiencia…, de donde yo vengo…», y así sucesivamente.

Y aun en las ocasiones en que no empleas tales palabras, pensar sigue siendo importante para ti, porque tú piensas que es tu pensamiento. Tu opinión. Lo que tú sientes sobre ti mismo o sobre tu «realidad». Abandónalo ya.

No busques la verdad; simplemente, deja de atesorar opiniones…

Si quieres conocer la verdad, entonces no sostengas opiniones ni a favor ni en contra de nada. Establecer lo que te gusta frente a lo que no te gusta es la enfermedad de la mente.

Cuando se te da la inefable gracia, el increíble e inmerecido don de ver, de percibir que lo que piensas es solo una opinión, o que pensar es algo mediante lo cual te identificas a ti mismo; cuando tienes ese don de ser capaz de escucharte, entonces para.
Honra ese don parándote. Y suéltala. La opinión. Suéltala.

El pedacito de identidad contenido en cada afirmación acerca de ti mismo, cada pregunta que proviene de ti, cada comentario que te concierne; suéltalos.

Deja que te detenga la gracia que en un momento dado te permite pillarte teniendo una opinión y hablando como un «yo»; deja que esa gracia te pare.

¿Quieres saber cómo vivir la vida? Aquiétate. Aquietarse significa no pensar. ¿Lo ves? ¡Es muy simple!
RAMESH

«Aquietarse» no significa dejar de mover el cuerpo. «Aquietarse» no significa tratar de impedir que aparezcan pensamientos o sentimientos. Siempre seguirán apareciendo pensamientos y sentimientos. «Aquietarse» significa soltar el nivel secundario del pensamiento: las opiniones, los juicios, los comentarios. Eso es lo que significa pararse.

Ningún pensamiento que hayas tenido jamás es verdad. Ninguna opinión que hayas mantenido nunca es correcta. Suéltalos.

Ninguna idea que tengas o hayas tenido acerca de ti, o acerca de quién o qué eres, se ha correspondido jamás con la realidad. Y jamás lo hará. Suéltalas todas.

Comparar, tamizar, aprender, batallar, imaginar, sentir, pensar…, todo eso es como tratar de asir una sombra o perseguir el viento. En cambio, está el impresionante y desbordante don de parar, de permitir el desprendimiento.

Debes tener la clara comprensión de que todo es solamente una manifestación de la mente. Todo, cualquier cosa de este mundo, no es más que una compleja manifestación de la propia actividad mental.

Deja que todo eso pare. Permite que se desprenda. Deja de tomártelo en serio. Deja por completo de sostenerlo. Déjalo estar. Aquiétate. Simplemente, para. Deja que la gracia te pare.

David Carse

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Quietud

Quietud

Éste es un ejercicio para lograr la quietud (…). El hombre moderno es, por desgracia, presa de una tensión nerviosa que le impide permanecer tranquilo. Si desea aprender a orar, tendrá que esforzarse previamente por estar tranquilo, por acallar sus tensiones. De hecho, la quietud verdadera y el silencio se convierten frecuentemente en oración cuando Dios se manifiesta en el ropaje del silencio.

Repite el ejercicio de hacerte consciente de las sensaciones de tu cuerpo.

Sólo por una vez recorre todo tu cuerpo, comenzando por la coronilla hasta las puntas de los dedos de los pies, sin omitir parte alguna de tu cuerpo…

Consciencia todas las sensaciones que se producen en cada una de las partes… Quizás adviertas que alguna de las partes de tu cuerpo carece por completo de sensaciones… Detente en ella durante algunos segundos… Si no emerge sensación alguna, pasa a otra parte…

Cuando adquieras práctica en este ejercicio, agudizarás de tal manera tu percepción, que no existirá parte alguna de tu cuerpo en la que no experimentes muchas sensaciones… Por el momento tendrás que conformarte con permanecer en el vacío y pasar a otras partes en las que percibas más sensaciones… Pasa lentamente de la cabeza a los pies… y de nuevo de la cabeza a los pies… y así durante unos quince minutos…

A medida que se agudice tu percepción, experimentarás sensaciones que anteriormente no habías advertido… captarás también sensaciones extremamente sutiles, tan sutiles que pueden ser percibidas únicamente por una persona dotada de concentración y paz profundas.

Experimenta tu cuerpo como un todo…

Siente la totalidad de tu cuerpo como una masa dotada de diversos tipos de sensaciones… Permanece en este ejercicio durante unos momentos y vuelve después a tener en cuenta cada una de las partes, desde la cabeza hasta los pies… A continuación, vuelve de nuevo a percibir tu cuerpo como un todo…

Advierte ahora la quietud profunda que te ha invadido. Observa la calma perfecta de tu cuerpo… Cuida, sin embargo, de no recrearte en la calma hasta el punto de que no percibas tu cuerpo…

Si adviertes que te acosa la distracción, imponte la tarea de pasar de nuevo desde la cabeza hasta los pies teniendo en cuenta las sensaciones de cada una de las partes de tu cuerpo… Acto seguido presta atención a la quietud que reina en todo tu cuerpo… Si realizas este ejercicio en grupo, presta atención al silencio que reina en la sala…

Es de suma importancia que no muevas parte alguna de tu cuerpo mientras realizas este ejercicio. Al principio te costará trabajo conseguido, pero cada vez que te sientas impulsado a moverte, a rascarte, a agitarte, experimenta este impulso… No cedas a la tentación; limítate a percibirlo con la mayor nitidez posible…

Desaparecerá gradualmente y recobrarás de nuevo la calma…

A muchas personas les resulta extremadamente penoso permanecer tranquilos

Les resulta incluso físicamente penoso. Cuando te sientas tenso, dedica todo el tiempo que sea preciso a hacerte consciente de la tensión nerviosa dónde la sientes, qué características presenta… y mantente ahí hasta que desaparezca la tensión.

Quizás llegues a sentir dolor físico. Por más cómoda que sea la postura que adoptes para este ejercicio, tu cuerpo protestará, probablemente, contra la inmovilidad, desarrollando dolores físicos intensos y fatiga en diversas partes. Cuando suceda esto, resiste a la tentación de mover tus miembros o de cambiar de postura para mitigar la fatiga. Limítate a percibir la fatiga.

Durante un retiro budista se nos pidió que permaneciésemos por una hora entera sin cambiar de postura ni movemos…

Me senté con las piernas cruzadas y el dolor en mis rodillas y espalda se hizo tan intenso que resultaba inaguantable. No recuerdo haber padecido un dolor físico tan intenso en ningún otro momento de mi vida.

Se suponía que durante esa hora percibiríamos las sensaciones de nuestro cuerpo, pasando de una parte del cuerpo a otra. Mi atención quedó absorbida totalmente por el dolor agudo que sentía en las rodillas. Sudaba. Pensé desfallecer a causa del dolor, hasta que decidí no luchar contra él, no escapar de él, no desear aliviado, sino concienciado, identificarme con él.

Traté de descomponer los ingredientes del dolor y descubrí, para sorpresa mía, que estaba compuesto de muchas sensaciones, no sólo de una: ardores intensos, tirones, una sensación de descargas intensas que aparecía y se iba, para emerger de nuevo… y un punto que se desplazaba de un lugar a otro. Identifiqué este punto como dolor.

Cuando me decidí a mantener este ejercicio me sorprendí de que podía aguantar bastante bien el dolor; incluso fui capaz de conscienciar otras sensaciones que se producían en diversas partes de mi cuerpo. Por primera vez en mi vida experimenté dolor sin sufrir.

Si no haces este ejercicio con las piernas cruzadas es probable que sientas menos dolor que el experimentado por mí. De cualquier manera, al principio sentirás inevitablemente alguna molestia hasta que tu cuerpo se acostumbre a permanecer en calma perfecta. Combate el dolor haciéndote consciente de él. Y cuando, por fin, tu cuerpo consiga la quietud, sentirás una rica recompensa en el arrobamiento que te traerá esa quietud.

La tentación de rascarse es muy frecuente en los principiantes

Eso proviene de que, a medida que se hace más aguda la percepción de las sensaciones del cuerpo, comienzan a percatarse de la picazón y de sensaciones punzantes, presentes siempre en el cuerpo pero ocultas a la consciencia a causa del endurecimiento psico-físico al que la mayoría de nosotros sometemos a nuestro cuerpo y debido a la crasitud de nuestra sensibilidad. Mientras atraviesas este estadio de picazón, deberás permanecer en perfecta calma, conscienciar cada una de las sensaciones de picazón y permanecer en esta toma de conciencia hasta que desaparezca, resistiendo a la tentación de combatirla rascándote.

Anthony de Mello

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Más allá de la mente

Los maestros insisten en la necesidad de dar el salto. ¿Hacia dónde? Más allá de la mente ordinaria y, por tanto, de la percepción y comprensión ordinarias.

La racionalidad es una función de la mente, pero hay otra que no es irracional, sino «arracional». La primera función es la del pensamiento, la lógica, el análisis intelectivo. Es muy útil e imprescindible para la vida ordinaria, pero en la búsqueda del verdadero bienestar interior y el sosiego, debe dar paso a otro tipo de mente que representa la lógica paradójica, el nopensamiento, la perceptividad de orden superior.

Conocí a un maestro de yoga que, cuando le pregunté por la función del intelecto en la senda hacia el ser interior, me dijo que era necesario que el propio intelecto comprendiera que debe sacrificarse en un momento dado para que pueda proseguir a niveles más despiertos la aventura del espíritu.

El pensamiento ordinario es insuficiente

Cuando la comprensión intelectual no llega a más, surge otro tipo de comprensión. Unos lo denominan «intuición»; otros, conocimiento «supraconsciente» o «supramundano»; otros, «golpe de luz» o «eureka». No importa el nombre: se trata de una experiencia transformadora que nada tiene que ver con la función racional corriente y que representa un giro instantáneo y espontáneo de la mente que permite ver lo que no se veía.

(…) Los psicoanalistas saben muy bien cómo operan las racionalizaciones, que a menudo son el abono para el cultivo de autoengaños de todo tipo. Y cuanto más inteligente intelectualmente es la persona, más fácil lo tendrá para autoengañarse, porque con habilidad encontrará variados subterfugios.

Los maestros de todas las épocas y latitudes han puesto su empeño en intencionadamente «bloquear» la mente conceptual del discípulo para que se desencadene otro tipo de visión no limitada por conceptos y pensamientos. A menudo, entre el que ve y lo visto hay una nube de juicios y prejuicios que impiden la visión clara.

Un discípulo acudió al maestro y le dijo: «Cuando me miro, sólo veo lo que los demás quieren o esperan de mí». Al menos él había dado un paso importante, porque se había percatado de ello.

Permanece quieto

Aunque no seamos creyentes, podemos aprender una enseñanza de los Salmos cuando dicen: «Permanece quieto y sabe que yo soy Dios». La quietud tiene su propio lenguaje revelador. La vibración más pura y curativa es la de la quietud. Pero la verdadera quietud exige el ayuno de la mente, es decir, el silencio interior. No hay huéspedes más molestos y enojosos que los que conforman nuestro particular charloteo mental. Sea bienvenida toda técnica o método para desalojarlos del hogar mental y poder escuchamos interiormente.

Ramiro Calle

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Lo que no eres

Todo lo que no eres es un reflejo de lo que eres. Todo lo que no eres es una extensión, una expresión en el espacio-tiempo de lo que realmente eres. Cuando ves el reflejo de la luna en el agua, sabes que si miras hacia arriba verás la luna.

Lo esencial es llegar a familiarizarte con tu naturaleza íntima, tus sensaciones, tensiones corporales, sentimientos y deseos, sin formular ningún juicio. En la observación inocente estamos completamente fuera de lo que observamos. En otras palabras, tomamos nota y este acto de tomar nota tiene su propio sabor. Si te preguntara qué tienes en tu boca, podrías responder: «nada»; pero, realmente, hay un sabor en tu boca. Del mismo modo, cuando digo que tomar nota tiene su propio sabor, lo que quiero decir es que este acto es en sí mismo una actitud interior. Al asumir esta actitud te encuentras a ti mismo observando de manera espontánea.

¿Eso que observa tiene algún pensamiento o forma?

Tú eres tú mismo al observar. El pensamiento o la forma surgen cuando te alejas desde tu ser real hacia la periferia. Eres conciencia primordial. La vida es únicamente conciencia primordial. Entre dos pensamientos o dos percepciones estás tú. Conocemos momentos en tu vida en los que un pensamiento desaparece completamente en el silencio, pero tú permaneces.

¿Qué nos lleva a alejarnos de esa quietud?

Podría decir que es un reflejo porque ahora te conoces sólo en la percepción de acontecimientos y sentimientos y en la relación con ellos. En tanto no conoces realmente lo que es el silencio, te sientes inseguro en silencio porque ahí no hay lugar para un ego. El ego sólo puede existir en relación a las situaciones y por eso intenta siempre buscar algo a lo que agarrarse. Pero si sabes dejarlo ir, si dejas de producir y te limitas a dejar que las cosas vengan a ti, llegarás a estar completamente libre. Naturalmente, ya no hay entonces un «tú», sino sólo la libertad en sí misma.

Jean Klein

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