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Ejercitar la mente

«La mente es la precursora de todos los estados. Ella es su fundamento y todos ellos son creados por la mente. Si uno habla o actúa con una mente impura, entonces el sufrimiento le sigue del mismo modo que la rueda sigue a la pezuña del buey. Si uno habla o actúa con una mente pura, entonces la felicidad le sigue como una sombra que nunca le abandona».

De acuerdo con cómo se encuentra la mente, los acontecimientos resultan más gratos o ingratos y se pueden o no instrumentalizar para seguir aprendiendo y desarrollándose.

La mente siempre está con nosotros

Incluso en sueños siguen funcionando sus deseos y temores.

Es fuente de alegría y de tristeza, de fuerza y de debilidad, de amor y de odio.

Cuando en la mente hay ansiedad, zozobra y confusión, ni lo más deleitoso puede apreciarse; todo pierde su brillo, su energía, su vitalidad (…). La persona deprimida, víctima de una mente abatida y sin energía, no está capacitada para disfrutar de nada y en toda situación o lugar se siente mal.

Es esencial, por ello, cultivar, ordenar y ejercitar la mente

«La ejercitación de la mente consiste en poseer un espíritu alegre y tranquilo, suave, en cultivar el silencio, el dominio de uno mismo y la purificación de las pasiones».

El demonio de la mente, una vez despierto, causa sufrimiento. Para experimentar el infinito gozo, es preciso aquietarla enérgicamente.

Ramiro Calle

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Imitación

Imitación

Imitación

La mayoría de las personas se vuelven «copistas», imitadores, con lo que pierden su propia identidad y siguen los modelos y patrones de otros que, muchas veces, aprovechan esa debilidad humana para apuntalar su ego y explotar a los demás.

En la imitación nunca puede haber ni belleza ni frescura, ni creatividad ni espontaneidad, en suma, ninguna potenciación de los propios recursos vitales.

La imitación convierte al ser humano en autómata, deficitario psíquico, siervo.

En una sociedad donde priman los intereses económicos y donde se trata de producir deseos ficticios, no resulta en absoluto fácil escapar de la sugestión colectiva y las tendencias miméticas, que han sido perversamente delineadas.

Cuando la persona imita continua e inconscientemente modelos, mutila sus más preciadas energías y deviene adicta a esos modelos y esquemas, que son los que le procuran una artificial «coherencia» sin la cual se encuentra como sobre arenas movedizas; es decir, no sabe cómo pensar, hablar y proceder por sí misma y tiene que hacerla por los fáciles y automáticos cauces que se le marcan.

La visión de la persona está muy enturbiada por los modelos que imita en ocasiones con apasionado fervor y que la inducen incluso a identificarse con toda suerte de «valores» y proyectos totalmente ajenos a ella, pero que llega a sentir como si fueran propios.

Este proceso de mimetismo se convierte en una irreparable calamidad para la psique de la persona, que le impide manifestar sus mejores energías y que convierte al sujeto en un número más en uniformada suma de individuos cuya orientación no tratan de hallar en sí mismos, sino en los cánones y modelos imperantes.

La vida entonces no constituye un arte y mucho menos un aprendizaje…

… Sino una simple e incluso grotesca caricatura de lo que en sí misma debe ser. El que imita de manera sistemática (casi siempre desde la inconsciencia, llegando a creer que la iniciativa parte de él), permanece emocional y psicológicamente larvado, viviendo la vida de acuerdo con códigos que no son los suyos e incapaz de complementar la ley externa con su propia ley interior.

Entonces el juicio, el raciocinio y la inteligencia primordial de la persona están inoperantes y ésta, en lugar de afirmar su ser, vive para obedecer, sin investigar ni cuestionarse, a los modelos que se le ofrecen como idóneos y que raramente lo son.

Ramiro Calle

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La búsqueda

Búsqueda

Vemos de acuerdo con nuestro grado de entendimiento.

Comprendemos según la apertura de nuestra mente y nuestro corazón.

Se nos escapan las realidades más evidentes porque nuestros juicios y prejuicios, creencias y expectativas las velan.

La misma orilla

En la mayoría de los seres humanos se produce, además, un fenómeno que los sabios denominan de «superposición», en cuanto tendemos a superponer nuestras creencias y condicionamientos a lo que contemplamos, distorsionándolo, como la persona que tropieza con una cuerda y se espanta tomándola por una serpiente venenosa.

A menudo buscamos muy lejos lo que está muy cerca. Damos la vuelta alrededor del mundo para llegar a nosotros mismos…, si llegamos. Subimos y bajamos por la misma orilla y no cruzamos a la opuesta, o bien vivimos dando vueltas a la circunferencia y no acertamos a llegar a su punto central.

Es rara la persona que con clara comprensión sepa poner correctamente «los conectores» de su mente y, por tanto, «conectar» bien. Por efecto engañoso de la ilusión mental, tomamos lo relativo como absoluto, lo inesencial como esencial, lo insustancial como sustancial.

La mente vaga de un lado para otro y el intelecto no tiene la pureza necesaria para análisis certeros, sometido a todo tipo de tendencias, pasiones y emociones.

Las fuerzas psíquicas más poderosas se malogran porque las invertimos incorrectamente.

No se trata de dejar de ser activos, pero sí de comprender que la conciencia de ser puede ser desarrollada viajando muy lejos o sin salir nunca de la aldea que nos vio nacer.

Es una búsqueda hacia dentro, aunque a veces la motivemos o inspiremos con una búsqueda hacia fuera.

Ramiro Calle

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Las patrañas de la mente

La mente…

El monarca estaba cada día más triste. Aunque todo iba bien, algo le apenaba obsesivamente: era muy aficionado a la arquería y había adquirido una notable destreza en la misma, pero sus súbditos , y cortesanos eran muy deficitarios en este arte: el rey no tenía con quién competir. Eso le causaba pesadumbre y se sentía desgraciado. Entonces pensó que tal vez pudiera traerle algún consuelo un sabio que vivía retirado en el bosque. Le mandó llamar y le contó lo que le sucedía.

– Y cada día estoy más alicaído, porque es una lástima que ninguno de los que me rodean sea un buen tirador de arco y pueda medirme con él.

– Majestad -dijo el sabio -, deberías sentirte muy afortunado.

– ¿Por qué? – preguntó intrigado y un poco molesto el monarca.

– Porque si hubiera excelentes arqueros en el reino, entonces estarías muy preocupado intentando enfrentarte a ellos con éxito y obsesionado por saber si podrías superarlos o no. En lugar de triste, estarías agitado y atormentado. Ésa es la naturaleza de la mente, Majestad.

Comentario

A menudo la mente valora más lo que no tiene que lo que tiene. Vive más en la idea y la expectativa, que en lo que es. Hay algunas sugerencias que pueden ser útiles para lograr sosiego interior:

– Aprecia más lo que es, en lugar de lo que puede o no llegar a ser.

– Reconcíliate con tu mente, aunque tiene múltiples y particulares rarezas, pero puedes aprovechar su insatisfacción para trabajar sobre ti mismo y autodesarrollarte. «Lo que te ha estimulado a buscar la verdad y la paz es la agitación de tu mente, que nunca se ha conformado con una temporal quietud… Debes considerar que, en este sentido, la mente te ha hecho un gran favor. La agitación de tu mente es una valiosa cualidad, ya que ha alimentado tu interés por la meditación».

– Abandona el apego y el odio, para aprender en apertura a cada momento, con la mente más armónica.

Ramiro Calle

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Mente lúcida, corazón tierno

Mente, corazón

Hay una ley eterna: el odio nunca podrá acabar con el odio; el odio engendra más odio.

Hay otra ley eterna: la desgracia seguirá a los que destruyen como la sombra al cuerpo.

No logrará hacer la paz dentro de sí mismo: el que daña gratuitamente; hiere a cualquier criatura; ejerce malevolencia o crueldad; explota a los otros o los denigra; trafica con armas, sustancias tóxicas o personas; mata por diversión; roba sin necesidad y maltrata a los demás, es corrupto e innoble, y aprovecha las desgracias ajenas para sí mismo.

El virtuoso ya tiene mucho conquistado en la senda hacia el sosiego interior. No necesita someter a nadie ni jactarse de sus triunfos, ni apuntalar su ego humillando a los otros. «La virtud máxima no hace ostentación, ni tiene intereses personales que servir». «Conociendo lo equivocado como equivocado y lo acertado como acertado: esos seres, adoptando la visión correcta, alcanzan un estado de felicidad».

El ser humano debe aprender a trabajar sobre su mente y sobre su corazón.

Mente lúcida, corazón tierno

La claridad mental, cuando es tal, conduce al desarrollo de la compasión, es decir, la identificación con el sufrimiento de las otras criaturas y el ejercicio noble de tratar de aliviar dicho sufrimiento.

La vida se convierte en una ejercitación, donde los senderos de la mente y los del corazón coinciden y se complementan.

La emoción sin mente puede conducir a la sensiblería o la pusilanimidad; la mente sin emoción puede arrastrar al insensitivismo y la frialdad.

Mente y corazón son las dos alas de un ave que remonta el vuelo hacia el sosiego y la sabiduría

Ramiro Calle

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Hacer sin hacer

Nadie puede dejar de actuar, porque la vida es movimiento y acción.

Los hay que actúan compulsiva y vehementemente; los hay que hacen sin-hacer y entonces hacen mucho mejor, más acertadamente y con mayor precisión. Está la acción agitada y ofuscada; está la acción clara y lúcida.

No-hacer significa no implicarse egocéntricamente

Los acontecimientos también siguen su curso. ¿Acaso no se refleja la luna en las aguas del lago por la noche y no van y vienen las olas lamiendo la playa?

Hacer sin lucidez, sin sosiego y sin equilibrio es muy peligroso, y ya constatamos lo que está haciendo el ser humano con las otras criaturas y con el ecosistema. No hay armonía en la mente y entonces no se respeta la armonía exterior.

«Cuando los deseos humanos son moderados, se produce la paz, y el mundo se armoniza por su propio acuerdo». Pero trasladamos nuestro desequilibrio interior al exterior y lo contaminamos con desasosiego e inarmonía.

No-hacer no es no hacer nada

… Sino hacer sin aferrarse a la acción ni a los resultados de ésta; es la acción más libre, inegoísta, consciente, natural, oportuna, con renuncia a los frutos de la acción, porque si tienen que llegar lo harán por añadidura.

Una acción tal no aliena, no condiciona, no limita, no esclaviza, no neurotiza, no revierte en feo y atroz egoísmo.

Haz lo mejor que puedas en toda circunstancia y situación, libre de los resultados de la acción.

No se puede empujar el río. Al día sigue apaciblemente la noche. No actúes de manera compulsiva. La acción más lenta y sosegada, más atenta y precisa, es hermosa y fecunda; la acción precipitada, urgente y agresiva, es fea e indigna.

Todos tenemos que actuar

Pues incluso un eremita en su cueva ha de limpiarla, meditar, ordeñar a la cabra para tomar su leche o encender un fuego para protegerse de las inclemencias del invierno. Pero la acción puede encadenamos y los resultados obsesionamos y esclavizamos, o por el contrario podemos acometerla sin ataduras.

Además, el proceso es tan o más importante que la meta. Cada paso en la larga marcha tiene su peso específico y cuenta. Más importante que adónde voy, es que voy. El cementerio está lleno de personas que tuvieron mucha prisa y lo único que hicieron fue volver un poco antes al polvo del que emergieron. El no-hacer es también hacer sin avidez ni odio, con equilibrio de ánimo.

La acción nunca puede ser superior al que actúa

Aunque el hombre de esta época parece olvidar este valioso principio y se aliena fácilmente con un elevado coeficiente de actividades desasosegadoras.

La acción más inegoísta no se basa nunca en explotar, someter o vencer. Es cooperante y amable. No admite competencia ni desamor. La mente permanece pura y ni se aferra ni genera aversión. Del fracaso se aprende. No hay lugar para el desfallecimiento. La acción en sí misma es entonces liberatoria.

Da igual que se haga

Barrer es tan importante o más que las decisiones de un ministro; lavar los utensilios de la cocina es tan decisivo como la labor que lleva a cabo un abogado o un médico. Se hace lo que se tiene que hacer; se toma la dirección que se debe tomar.

Al hacer sin hacer no hay vacilaciones. Eres jardinero. Cultiva lo mejor que puedas el jardín. No depende de ti si luego llega un huracán y lo destruye. Tú haz lo mejor que puedas al abonar, podar, regar y remover la tierra. Ésa es ya en sí misma la recompensa, y no si llegas a tener el jardín más admirado del mundo.

Ramiro Calle

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Cabalgar sobre el deseo

El deseo

Nadie puede agotar el fuego suministrándole más leña en lugar de permitir que se consuma y cese por falta de combustible. El deseo compulsivo no tiene fin, porque entronca con el pensamiento y el ego, cuya voracidad es ilimitada.

El deseo es inherente a la vida. No se debe reprimir (porque lo que echas por la puerta te entra por la ventana, como reza un adagio), pero sí se puede aprender a suprimir conscientemente, transformar, derivar o controlar con lucidez. Se trata de una respuesta o reacción más o menos intensa hacia todo aquello que place o produce disfrute; es una inclinación a la sensación grata, del mismo modo que la aversión es una resistencia u odio a lo que displace, es decir, a la sensación desagradable.

El deseo es una energía muy poderosa, que cursa física, mental, emocional o espiritualmente

El problema no es en sí mismo el deseo natural, sino el apego y los deseos artificiales o imaginarios. El deseo crea un movimiento hacia lo que codificamos y sentimos como agradable, pero no nos basta con disfrutarlo, sino que queremos mantenerlo, intensificarlo, perpetuarlo, y, por medio del pensamiento, comenzamos a generar una adicción que nos hace depender y entrar en servidumbre con respecto al objeto del deseo, sea éste una situación, un objeto o una persona. Surgen el afán de posesividad y el aferramiento y, subsiguientemente, el miedo a perder el objeto del deseo.

No es cierto que el deseo se gaste como unos zapatos nuevos

Deseo mecánico, voraz, incontrolado, lleva a más deseo mecánico, voraz e incontrolado. La persona deja de desear para ser arrastrada por sus deseos.

El deseo compulsivo siempre crea ansiedad; el que ansía no tiene paz. La sociedad que sólo valora la producción material siempre está engendrando deseos artificiales en el individuo para despertar sus instintos de hacer y acumular, pero nunca su sabiduría de ser. Sobre el deseo los maestros orientales dijeron: «Es como un tigre. Hay que aprender a cabalgar sobre él, porque si te descabalga te engulle».

Cuando uno es víctima de muchos deseos compulsivos no puede aspirar a un estado de sosiego. La energía vital siempre está proyectada hacia los supuestos objetos del deseo. Si se obtienen, pueden resultar tediosos; si no se consiguen, despiertan mucha frustración.

Lucidez y control consciente

El apego se puede convertir en un veneno. La persona lúcida y entrenada sabrá cuándo satisfacer sus deseos y cuándo suprimirlos conscientemente o derivarlos hacia una causa más importante. Así no habrá menos, sino más disfrute, pero desde el desapego y la conciencia, sin obsesiones ni compulsiones. El deseo puede ser neuróticamente vehemente o saludablemente sosegado.

El control sobre los sentidos, incluida la mente, colabora en el dominio sobre el deseo, la disolución del apego y la trascendencia de la compulsividad. Este control nunca debe ser represivo, sino consciente, y consiste en estar más vigilante de nuestras propias energías de deseo y nuestras tendencias egocéntricas al aferramiento y la posesividad.

La represión no es la supresión consciente del deseo, sino que se le inhibe incluso a pesar de uno mismo –y muchas veces inconscientemente-, ya sea por códigos, filtros socioculturales, miedos, falsa moral o esquemas familiares o sociales.

Ejercitar la superación

La supresión consciente es hacer uso de la volición para contener un deseo cuando uno considera que su satisfacción puede resultar perjudicial para alguien. El deseo en sí mismo es una fuerza que se canaliza en uno u otro sentido según proceda, pero siempre que se haya desarrollado la suficiente sabiduría y el dominio para hacerlo.

La superación del deseo vehemente y compulsivo, que siempre genera aferramiento y apego, exige el desarrollo del sentimiento de la nobleza, el entendimiento vivencial de la transitoriedad, el recordatorio de nuestra finitud, la autoobservación acertada para saber si se trata de deseos naturales o artificiales, la ecuanimidad y firmeza de mente (para que no se deje obsesionar por apegos y aversiones) y la comprensión clara.

El apego puede llegar a convertirse en una verdadera enfermedad, y «sólo cuando nos cansamos de nuestra enfermedad, dejamos de estar enfermos».

Debemos reflexionar sobre la siguiente sentencia: «No identificarse con lo agradable ni identificarse con lo desagradable; no mirar a lo que es placentero ni a lo que es displacentero, porque en ambos lados hay dolor».

Para los sabios de Oriente, el conflicto y el sufrimiento innecesarios no tienen nunca lugar para el que no hace diferencia entre lo anhelado y lo no anhelado. Entonces la vida comienza a vivirse en toda su totalidad y es, de continuo, el libro más sabio en el que poder inspirarnos.

Ramiro Calle

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Trece pasos hacia la paz interior

Buscamos la felicidad fuera

Buscamos la felicidad fuera de nosotros; miramos tan lejos que no podemos divisar el horizonte; cerramos todas las puertas de acceso hacia nosotros mismos. Somos mendigos de todo lo ajeno; pordioseros de lo que habita fuera de nosotros mismos.

Reclamamos que los otros nos hagan sentimos bien, nos procuren dicha y diversión, nos afirmen y aprueben, nos produzcan gusto y sosiego. Pero la fuente de dicha y sosiego está dentro de nosotros, porque es ahí donde sentimos, experimentamos, vivenciamos y en última instancia vivimos.

En el mundo exterior podemos hallar confort, diversión, encuentro y desencuentro, placer y sufrimiento, pero el tesoro de la inconmovible paz interior está en nosotros mismos.

Nadie te puede procurar ese sosiego. No podemos desplazar nuestra responsabilidad y poner el sosiego y la dicha en la falsa idea de que los demás nos los tienen que proporcionar. Esa actitud es nociva e infantil; se basa en expectativas que antes o después se sentirán defraudadas.

Es como la persona ganada por el tedio que culpa a los demás de su propio aburrimiento. Pero uno mismo debe convertirse en su maestro y viajar hacia el tesoro interior, pues reclamamos de fuera lo que habita dentro. Hemos de emprender sin demora la senda hacia nuestra quietud interior (…).

Los trece pasos de la senda hacia la paz interior:

1 – Trabajar sobre la mente para liberada de ofuscación, avidez y odio, a fin de que pueda florecer el lado más luminoso, claro y constructivo de la misma.

2 – Desarrollar un saludable autocontrol, que nos permita refrenar la apatía, la pereza, la negligencia y la confusión mental.

3 – Desplegar el entendimiento correcto para poner la energía en esencial y no en lo inesencial.

4 – Vigilar los pensamientos, las palabras y los actos, haciéndolos más lúcidos e inegoístas.

5 – Desarrollar una conducta más virtuosa y menos egoísta y egocéntrica, pudiendo así evitar culpas y arrepentimientos.

6 – Evitar relacionamos sistemáticamente con personas innobles, confusas y malintencionadas; en lo posible asociamos con individuos sensibles, nobles, sabios y bienintencionados.

7 – Ser indiferentes al halago o al insulto, a la aprobación o a la desaprobación.

8 – Ejercitarse en el desasimiento y el desapego, mediante la atención vigilante, la ecuanimidad, el desenvolvimiento de la compasión, el sometimiento del ego y el saludable autodominio.

9 – Comprender las necesidades ajenas y evitar herir a las otras criaturas.

10 – Renunciar al aferrante sentido de posesividad, saber soltar y fluir.

11 – Valorar la amistad y tender vínculos de genuino amor y sana afectividad.

12 – Tratar de ser uno mismo y mantener la firmeza y equilibrio demente a pesar de las inevitables vicisitudes vitales.

13 – No cejar en el empeño de mejorar, porque «gradualmente, poco a poco, de uno a otro instante, el sabio elimina sus propias impurezas como el fundidor elimina la escoria de la plata».

Nuestra energía de ser

Ese místico y poeta excepcional llamado Kabir escribía, a propósito de ese gran tesoro interior que es nuestra energía de ser, lo siguiente: «He encontrado algo realmente excepcional; nadie puede calcular su valor… Yo moro en él y él mora en mí, formamos una unidad, como agua con agua mezclada. Aquel que lo conoce nunca morirá».

Ramiro Calle

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Resistencia a lo que es

Resistencia

Hay un raro mecanismo en la mente, entre otros no menos extraños, que es fuente de incertidumbre, desdicha innecesaria y tribulación. Es una misteriosa resistencia a lo que es y una compulsiva tendencia a que sea lo que no es. ¡Cuánta pesadumbre inútil! Pero hay un arte de vida que se llama «el arte de fluir», como el riachuelo que sabe encontrar el punto de menor resistencia para seguir gloriosamente fluyendo, con sus aguas límpidas y renovadas.

No aceptamos lo inevitable y añadimos tensión a la tensión y damos la espalda a cualquier oportunidad para la quietud interior. Cuando estás aquí, tu mente está allí; cuando estás con una persona deseas a otra, o cuando estás tomando una taza de té estás pensando en otra cosa bien distinta. Siempre, como dice el adagio, parece más verde y apetecible la hierba del jardín del vecino. No se valora lo que se posee, sino lo que se puede llegar a poseer. Al no saber absorber, creamos focos de inútil resistencia psíquica que fortalece aquello que queremos evitar.

Reflexiona sobre ello

Fortalecemos aquello que queremos evitar, del mismo modo que sufrimos por no querer sufrir o alejamos la felicidad por buscarla compulsivamente. Tal vez es la ley conocida como la del «esfuerzo invertido». La mente puede convertirse en una enfermedad o una verdadera pesadilla. Si está sola, quiere estar con alguien; si está con alguien, anhela hallarse en soledad. Tiene sus antojos, sus caprichos. En lugar de estar abierta, se cierra y enrarece su atmósfera con miedos y paranoias.

Aprender a moverse con las configuraciones y arabescos de la vida es una conquista importante y procura mucha paz interior.

Resistirse inútilmente, como aptitud mental neurótica, es fuente de dolor

Debemos trabajar la apertura. Es una noble ejercitación que llevar a cabo en la vida cotidiana. Es una terapia. La resistencia es un tipo de aversión. La aversión fortalece el objeto de la aversión. Sucumbimos irremisiblemente. Se quiere parcializar la vida.

Hay que saber moverse con lo que es y no con lo que no es. Un maestro dijo: «La vida para mí es una bendición, porque he aprendido a no descartar lo que no puede ser descartado».

En suma, si llega el verano, suda; si llega el invierno, tiembla…, pero mantén la mente atenta y serena.

Ramiro Calle

Estupidez de la mente

Estupidez

Dondequiera que vayamos, la mente estará con nosotros. Con quienquiera que estemos, la mente estará con nosotros.

En una ocasión le preguntaron al gran sabio indio Ramana Maharshi a qué había que renunciar, y repuso: «A lo único que hay que renunciar es a la estupidez de la mente y a la idea de posesión».

La gente corre hacia un guía espiritual para que libere su mente, sin darse cuenta de que sólo uno mismo puede liberarla, pues uno tiene que encender la propia lámpara interior. Por minoría de edad emocional, la gente persigue líderes de todo tipo, ídolos de barro, desaprensivos y burdos farsantes o mercenarios del espíritu. Todo con tal de no asumir la propia responsabilidad del cambio interior. Dando vueltas de aquí para allá, pero arrastrando los oscurecimientos de la mente.

Te vas a la India o a la isla de Pascua o al Machupicchu, pero arrastrando la misma mente, acarreando los mismos impedimentos mentales. Estos impedimentos mentales, también conocidos como oscurecimientos de la mente y que distorsionan el discernimiento y frustran el entendimiento correcto, son:

-El apego a las ideas, puntos de vista, interpretaciones y estrechas opiniones. No hay peor apego. Velan la visión mental y la oscurecen. Por el apego a las ideas se llega a matar.

-Los venenos emocionales o tóxicos mentales, como el odio, los celos, la envidia, la rabia, el resentimiento, la soberbia y tantos otros, que nacen de la ofuscación y conducen a la misma.

-Los condicionamientos del subconsciente, es decir, las heridas inconscientes que arrastramos, las frustraciones y los traumas, todas esas huellas subliminales que perturban el pensamiento, condicionan la visión e impiden la lucidez y el sosiego.

Poner orden

No hay ningún sitio adonde ir tan importante como la propia mente, para examinada y purificada, para poner un poco de orden en la misma y sanear su trasfondo. La verdad está aquí y ahora, y aquí y ahora debe comenzar el trabajo sobre uno mismo para hallar el equilibrio y el sosiego.

De la mente oscurecida sólo pueden brotar desdicha, insania y malestar propio y ajeno. El maestro, el líder, el guía, está dentro de uno mismo, aunque otra persona nos pueda procurar métodos y claves para hallarlo en nuestro interior.

Si la mente logra estar atenta y serena, la verdad se percibe en todo lugar y a cada momento.

Damos vueltas atolondradamente, porque la mente está aturdida; es lo que los yoguis denominan «lavar manchas de sangre con sangre».

Tenemos que ser cuidadosos para no convertir en escapes o subterfugios lo que imaginamos como medios de búsqueda o autodesarrollo.

Unos meditan para escapar; otros, para enfrentarse a sí mismos y realmente superarse. Unos hacen de la vida espiritual un placebo y otros, una búsqueda real e intrépida. No hay mayor renuncia que la renuncia a los modelos estereotipados de la mente y a las raíces insanas de la misma: la ofuscación, la avidez y el odio. Éstas pueden disolverse cultivando las raíces de lo saludable: la lucidez, la generosidad y el amor. En el escenario de la mente se celebra el juego de la libertad interior.

Ramiro Calle

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Libre del “Yo”

Libre del “Yo”

(…) Mi maestro me explicó que esta luz, que parecía venir de fuera, era en realidad la luz reflejada por el Sí. En mis meditaciones, fui visitado por esta luz y atraído por ella, lo que me proporcionó una gran claridad en el actuar, el pensar y el sentir.

Mi forma de escuchar se hizo incondicionada, libre del pasado y del futuro. Esta escucha incondicionada me condujo a una actitud receptiva y cuando me familiaricé con la atención, ésta quedó libre de toda expectativa, de toda volición. Me sentí instalado en la atención, en una apertura en plenitud a la conciencia.

Cambio

Posteriormente, una noche acaeció un cambio completo en el Paseo Marítimo de Bombay. Estaba observando el vuelo de los pájaros sin pensar ni interpretar, cuando fui completamente arrebatado por ellos y sentí que todo sucedía en mí mismo.

En aquel momento me conocí conscientemente. A la mañana siguiente, al enfrentarme con la multiplicidad de la vida diaria, supe que me había establecido en el ser comprensión.

Libertad

La imagen de mí mismo se había disuelto completamente y, libre del conflicto y de la interferencia de la imagen del yo, todo lo que ocurría pertenecía al ser consciente, a la totalidad.

La vida fluía sin la interposición del ego.

La memoria psicológica, placer y displacer, atracción y repulsión, se había desvanecido.

La presencia constante, lo que llamamos el Sí mismo, estaba libre de repetición, memoria, juicio, comparación y valoración.

El centro de mi ser había sido espontáneamente impulsado desde el tiempo y el espacio hacia una quietud intemporal. En este no-estado de ser, la separación entre «tú» y «yo» desapareció por completo. Nada aparecía fuera. Todas las cosas estaban en mí, pero yo ya no estaba en ellas. Sólo había unidad.

Me conocí en el acontecer presente, no como un concepto, sino como un ser sin localización en el tiempo y el espacio.

En este no estado había libertad, plenitud y alegría sin objeto.

Era pura gratuidad, agradecimiento sin objeto.

No se trataba de un sentimiento afectivo, sino de libertad respecto a toda afectividad, una frialdad cercana al ardor.

Mi maestro me había dado una explicación de todo esto, pero ahora se había convertido en una verdad resplandeciente e integral.

Jean Klein

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Limpia tu mente

Limpia tu mente

Y uno le preguntó:

-¿Cómo sabremos qué nos enseña el atardecer y cómo nos enseña la mañana y cómo nos trae conocimientos cualquier circunstancia?

Y él le dijo:

—Mira que cada cosa de fuera de ti es un espejo donde te contemplas. Si la nube de la angustia llena el horizonte de tu corazón, verás una nube de angustia en cada corazón. Si la calma viene a sentarse en medio de tu pecho, verás que cada uno también lleva sentada la calma en su pecho. Si tu cabeza es la guarida donde se esconden pensamientos de odio, de rencor o de envidia, cuando andes por las calles de la vida solo verás pasar por ellas al odio, y sentado en las terrazas verás al rencor, y parada en cada esquina a la envidia.

»Y dirás: «¡Desearía volar más allá de estas calles porque están contaminadas y querría ir más allá de los muros de esta casa para sentir el campo limpio de la pureza!».

»De verdad te digo: limpia tu mente, y todo se limpiará. Limpia tu corazón, y todo se limpiará. Limpia tu cuerpo, y todo estará limpio. Ignorante es aquel que, viendo lo de fuera sucio, no se da cuenta de su suciedad y dice: »Me adentraré en mi corazón para limpiar mi templo, porque su altar está sucio y su luz atenuada». Ignorantes son aquellos que desean limpiar su templo en el templo de los demás, y todos los días y todas las noches de su existencia piensan que el mal está fuera de ellos y no en su corazón.

»Mira los jilgueros, y mira los ruiseñores y mira el chamariz: ¿quién les diría: «Tu canto no es armónico?».

»Mira los almendros, los nogales y los chopos: ¿quién les diría: «Tu crecimiento no es armónico?». ¡Cómo, entonces, se diría esto del hombre!

»¿Cuánto aprendería un espíritu crítico si supiera que se está criticando en voz alta a sí mismo cuando critica a alguien?

»Cada cosa tiene su lugar y cada uno tiene su camino. Solo aquel que no lo conoce está siguiendo los caminos de otros hasta que encuentra el suyo.

»¡Bendito aquel día en que lo encuentra, porque ha nacido de nuevo! Solo a partir de ese día le dirán algo los atardeceres, le dirán algo las mañanas y le hablarán las flores. Empezará a andar con la naturaleza, y su lengua será como la de los pajarillos, y sus manos serán como los ríos, y sus ojos serán la vida que mira a la vida.

Autor: Cayetano Arroyo

Los niños

Los niños

Los Niños

Y una mujer que sostenía un niño contra su seno pidió: Háblanos de los niños.

Y él dijo:

Vuestros hijos no son hijos vuestros.

Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros.

Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen.

Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos.

Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños.

Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.

Porque la vida no retrocede ni se entretiene con el ayer. Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.

El Arquero ve el blanco en la senda del infinito y os doblega con Su poder para que Su flecha vaya veloz y lejana. Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os doblegue.

Porque así como él ama la flecha que vuela, así también el arco, que es estable.

Khalil Gibran

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Espiritualidad, Consciencia

Tarde o temprano brota en todo corazón humano el deseo de espiritualidad, de Dios, o como se quiera llamar. Oímos a los místicos hablar de una divinidad que les envuelve por todas partes, que está a nuestro alcance y que, si fuéramos capaces de descubrirla, podría hacer que nuestras vidas tuvieran sentido y fueran ricas y hermosas.

La gente tiene una vaga idea a este respecto, y por ello lee libros y consulta a los gurús, tratando de averiguar qué es lo que deben hacer para obtener esa cosa tan esquiva que llamamos “espiritualidad”. Para lo cual prueban toda clase de métodos, técnicas, ejercicios espirituales y fórmulas… y, al cabo de años de inútiles esfuerzos, acaban desanimados y confundidos y se preguntan en qué se habrán equivocado. Y, por lo general, se culpan a sí mismos: si hubieran practicado las técnicas con mayor regularidad, si hubieran sido más fervorosos o más generosos…, lo habrían logrado.

¿Lograr qué?

De hecho, no tienen muy claro en qué consiste esa espiritualidad que andan buscando, aunque sí saben, ciertamente, que sus vidas siguen siendo un fracaso y que ellos siguen siendo unos seres angustiados, inseguros, llenos de miedo, resentidos, despiadados, avaros, ambiciosos y manipuladores. Por eso vuelven a emprender, con renovado ímpetu, el esfuerzo y el trabajo que creen imprescindibles para alcanzar su objetivo.

Nunca se han parado a considerar algo tan simple como es el hecho de que sus esfuerzos no van a llevarles a ninguna parte. Lo único que van a conseguir con sus esfuerzos es empeorar las cosas, del mismo modo que empeoran las cosas cuando se intenta apagar un fuego con más fuego.

El esfuerzo no produce el crecimiento; sea cual sea la forma que adopte (la fuerza, la costumbre, una determinada técnica o un determinado ejercicio espiritual), el esfuerzo no origina el cambio. A lo más, conduce a la represión y a encubrir el verdadero mal.

El esfuerzo sí puede modificar la conducta, pero no cambia a la persona.

Piensa en la mentalidad que subyace a la pregunta “¿Qué debo hacer para alcanzar la espiritualidad?”. Es algo así como preguntar: “¿Cuánto dinero tengo que gastar para comprar tal cosa?, ¿qué sacrificio debo hacer?, ¿a qué disciplina tengo que someterme?, ¿qué clase de meditación debo practicar para obtenerlo?… “Imagínate a un hombre que deseara obtener el amor de una mujer y, para ello, tratara de mejorar su apariencia, reconstruir su cuerpo, cambiar su conducta y practicar técnicas de seducción…

De hecho, no vas a conseguir el amor de los demás a base de practicar técnicas, sino a base de ser una determinada clase de persona. Y esto no se logra con esfuerzos ni con técnicas de ningún tipo.

Lo mismo sucede con la espiritualidad y la santidad. No dependen de lo que hagas (no se trata de una mercancía que pueda comprarse ni de un premio que pueda ganarse); dependen de lo que seas.

La espiritualidad no es un logro, es una Gracia

Una Gracia llamada consciencia, visión, observación, comprensión…

Sólo con que encendieras la luz de la consciencia y te observaras a ti mismo y cuanto te rodea a lo largo del día; sólo con que te vieras reflejado en el espejo de la consciencia del mismo modo que ves tu rostro reflejado en un espejo de cristal, es decir, con fidelidad y claridad, tal como eres, sin la menor distorsión ni el menor añadido, y observaras dicho reflejo sin emitir juicio ni condena de ningún tipo, experimentarías los maravillosos cambios de toda clase que se producen en ti.

Lo que ocurre es que no puedes controlar dichos cambios, ni eres capaz de planificarlos de antemano ni de decidir cómo y cuándo tienen que producirse. Es esta clase de consciencia que no emite juicios la única capaz de sanarte, de cambiarte y de hacerte crecer. Pero lo hace a su manera y a su tiempo.

¿De qué debes ser consciente concretamente?

De tus reacciones y de tus relaciones. Cada vez que estás en presencia de una persona (la que sea y en la situación en que sea), tienes toda clase de reacciones, positivas y negativas. Estudia esas reacciones, observa cuáles son exactamente y de dónde provienen, sin reconvención o culpabilización de ningún tipo, incluso sin deseo alguno, y, sobre todo, sin tratar de cambiarlas. Eso es todo lo que hace falta para que brote la santidad.

Pero ¿no constituye la conciencia en sí misma un esfuerzo?

No, si la has percibido aunque no sea más que una vez. Porque entonces comprenderás que la consciencia es un placer: el placer de un niño que sale asombrado a descubrir el mundo; porque, incluso cuando la consciencia te hace descubrir en ti cosas que te desagradan, siempre ocasiona liberación y gozo. Y entonces sabrás que la vida inconsciente no merece ser vivida, porque está excesivamente llena de oscuridad y de dolor.

Si al principio sientes pereza en practicar la consciencia, no te violentes. Sería un esfuerzo más. Limítate a ser consciente de tu pereza, sin juzgar ni condenar. Comprenderás entonces que la consciencia requiere el mismo esfuerzo que el que tiene que realizar un enamorado para acudir junto a su amada, o un hambriento para comer, o un montañero para escalar la montaña de sus sueños; tal vez haya que emplear mucha energía, tal vez sea incluso penoso, pero no es cuestión de esfuerzo; ¡es hasta divertido! En otras palabras, la consciencia es una actividad fácil.

Pero ¿te va a proporcionar la consciencia la espiritualidad que tanto anhelas?

Sí y no. De hecho, nunca lo sabrás, porque la verdadera espiritualidad, la que no se obtiene a base de técnicas, de esfuerzos y de represión, es absolutamente espontánea. Jamás vas a tener la menor consciencia de que se da en ti.

Por lo demás, no debes preocuparte, porque la misma ambición de ser espiritual se desvanecerá en cuanto vivas, momento a momento, una vida plena, feliz y transparente gracias a la consciencia.

Te basta con estar vigilante y despierto (…). No te hace falta absolutamente nada más: ni la seguridad, ni el amor, ni el pertenecer a alguien, ni la belleza, ni el poder, ni la espiritualidad, ni ninguna otra cosa tendrán ya importancia.

Anthony de Mello

Todo el equipo de evolucion.center te deseamos que 2018 sea un año lleno de consciencia, ilusiones y sueños cumplidos!

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Tu programación

Si observas…

Si observas de qué modo estás hecho y cómo funcionas, descubrirás que hay en tu mente todo un “programa“, toda una serie de presupuestos acerca de cómo debe ser el mundo, cómo debes ser tú mismo y qué es lo debes desear.

¿Quién es el respnsable de tu programación?

¿Quién es el responsable de ese “programa” Tú no, desde luego. No eres realmente tú quien ha decidido cosas tan fundamentales como son tus deseos y exigencias, tus necesidades, tus valores, tus gustos, tus actitudes…

Han sido tus padres, tu sociedad, tu cultura, tu religión y tus experiencias pasadas las que han introducido en tu “ordenador” las normas de funcionamiento. Ahora bien, sea cual sea tu edad y vayas adonde vayas, tu “ordenador” va contigo y actúa y funciona en cada momento consciente del día, insistiendo imperiosamente en que sus exigencias deben ser satisfechas por la vida, por la gente y por ti mismo.

De hacerlo así, el “ordenador” te permitirá vivir pacífica y felizmente: de lo contrario, y aunque tú no tengas la culpa, generará unas emociones negativas que te harán sufrir.

¿Qué pasa si no sucede lo que tu ordenador espera?

Cuando, por ejemplo, otras personas no viven con arreglo a las expectativas de tu “ordenador”, éste te atormenta a base de frustración, de ira, de amargura… O cuando, por ejemplo, las cosas escapan a tu control, o el futuro es incierto, tu “ordenador” insiste en que experimentes ansiedad, tensión, preocupación… Entonces empleas un montón de energías en hacer frente a esas emociones negativas.

Y generalmente te las apañas para gastar aún más energías en intentar cambiar el mundo que te rodea, al objeto de satisfacer las exigencias de tu “ordenador”. Con lo cual obtienes una cierta dosis de una paz bastante precaria, porque en cualquier momento la menor nimiedad (un tren que se retrasa, una grabadora que no funciona, una carta que no llega…) no es conforme con el programa de tu “ordenador”, y éste se empeñará en que vuelvas a preocuparte de nuevo.

Por eso llevas una existencia patética, siempre a merced de las cosas y las personas, tratando desesperadamente de que se ajusten a las exigencias de tu “ordenador”, a fin de poder tú disfrutar de la única paz que conoces: una tregua temporal de tus emociones negativas, cortesía de tu “ordenador” y de tu “programa”.

¿Tiene esto solución?

¿Tiene esto solución? Por supuesto que sí. Naturalmente, no podrás cambiar tu “programa” de buenas a primeras, o quizá nunca. Pero ni siquiera lo necesitas.

Intenta lo siguiente:

Imagina que te encuentras en una situación o con una persona que te resulta desagradable y que ordinariamente tratas de evitar. Observa ahora cómo tu “ordenador” entra instintivamente en funcionamiento e insiste en que evites dicha situación o trates de modificarla.

Si consigues resistir y te niegas a modificar la situación, observa cómo el “ordenador” se empeña en que experimentes irritación, ansiedad, culpabilidad o cualquier otra emoción negativa.

Sigue considerando esa situación (o persona) desagradable hasta que caigas en la cuenta de que no es ella la que origina las emociones negativas (ella se limita a “estar ahí” y a desempeñar su función bien o mal, acertada o equivocadamente: es lo de menos). Es tu “ordenador” el que, gracias al “programa”, se empeña en que tú reacciones a base de emociones negativas.

Lo verás mejor si logras comprender que hay personas que, con un programa diferente, y frente a esa misma situación, persona o acontecimiento, reaccionan con absoluta calma y hasta con gusto y contento.

No cejes hasta haber captado esta realidad: la única razón por la que tú no reaccionas de ese modo es porque tu “ordenador” insiste obstinadamente en que es la realidad la que debe ser modificada para ajustarse a su “programa”. Observa todo esto desde fuera, por así decirlo, y comprueba el prodigioso cambio que se produce en ti.

Una vez que hayas comprendido…

Una vez que hayas comprendido esta verdad y, consiguientemente, haya dejado tu “ordenador” de generar emociones negativas, puedes emprender cualquier acción que creas conveniente. Puedes evitar la situación o a la persona en cuestión;  tratar de cambiarla; puedes insistir en que se respeten tus derechos o los derechos de los demás; incluso puedes recurrir al uso de la fuerza…

Pero sólo después de haber conseguido liberarte de tus trastornos emocionales, porque sólo entonces tu acción nacerá de la paz y del amor, no del deseo neurótico de satisfacer a tu “ordenador”, de ajustarte a su “programa” o de liberarte de las emociones negativas que genera.

Y sólo entonces comprenderás cuán profunda es la sabiduría de estas palabras: “Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y a quien te fuerce a caminar una milla, acompáñalo dos”. Porque te resultará evidente que la verdadera opresión proviene, no de las personas que pleitean contigo ni de quien te somete a un trabajo excesivo, sino de tu “ordenador, cuyo “programa” acaba con la paz de tu mente en el momento en que las circunstancias externas dejan de ajustarse a sus exigencias.

Se sabe de personas que han sido felices… ¡incluso en el opresivo clima de un campo de concentración! De lo que necesitas ser liberado es de la opresión de tu “programa”. Sólo así podrás experimentar la libertad interior que está en el origen de toda revolución social, porque esa intensísima emoción, esa pasión que brota en tu corazón a la vista de los males sociales y te impulsa a la acción, tendrá su origen en la realidad, no en tu “programa” ni en tu ego.

Anthony de Mello

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