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Imitación

Imitación

Imitación

La mayoría de las personas se vuelven «copistas», imitadores, con lo que pierden su propia identidad y siguen los modelos y patrones de otros que, muchas veces, aprovechan esa debilidad humana para apuntalar su ego y explotar a los demás.

En la imitación nunca puede haber ni belleza ni frescura, ni creatividad ni espontaneidad, en suma, ninguna potenciación de los propios recursos vitales.

La imitación convierte al ser humano en autómata, deficitario psíquico, siervo.

En una sociedad donde priman los intereses económicos y donde se trata de producir deseos ficticios, no resulta en absoluto fácil escapar de la sugestión colectiva y las tendencias miméticas, que han sido perversamente delineadas.

Cuando la persona imita continua e inconscientemente modelos, mutila sus más preciadas energías y deviene adicta a esos modelos y esquemas, que son los que le procuran una artificial «coherencia» sin la cual se encuentra como sobre arenas movedizas; es decir, no sabe cómo pensar, hablar y proceder por sí misma y tiene que hacerla por los fáciles y automáticos cauces que se le marcan.

La visión de la persona está muy enturbiada por los modelos que imita en ocasiones con apasionado fervor y que la inducen incluso a identificarse con toda suerte de «valores» y proyectos totalmente ajenos a ella, pero que llega a sentir como si fueran propios.

Este proceso de mimetismo se convierte en una irreparable calamidad para la psique de la persona, que le impide manifestar sus mejores energías y que convierte al sujeto en un número más en uniformada suma de individuos cuya orientación no tratan de hallar en sí mismos, sino en los cánones y modelos imperantes.

La vida entonces no constituye un arte y mucho menos un aprendizaje…

… Sino una simple e incluso grotesca caricatura de lo que en sí misma debe ser. El que imita de manera sistemática (casi siempre desde la inconsciencia, llegando a creer que la iniciativa parte de él), permanece emocional y psicológicamente larvado, viviendo la vida de acuerdo con códigos que no son los suyos e incapaz de complementar la ley externa con su propia ley interior.

Entonces el juicio, el raciocinio y la inteligencia primordial de la persona están inoperantes y ésta, en lugar de afirmar su ser, vive para obedecer, sin investigar ni cuestionarse, a los modelos que se le ofrecen como idóneos y que raramente lo son.

Ramiro Calle

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Perder la inocencia

La inocencia de un niño

Cuando mira uno los ojos de un niño, lo primero que llama la atención es su inocencia: su deliciosa incapacidad para mentir, para refugiarse tras una máscara o para aparentar ser lo que no es.

En este sentido, el niño es exactamente igual que el resto de la naturaleza. Un perro es un perro; una rosa, una rosa; una estrella, una estrella. Todas las cosas son, simple y llanamente, lo que son. Sólo el ser humano adulto es capaz de ser una cosa y fingir ser otra diferente.

Cuando una persona mayor castiga a un niño por decir la verdad, por revelar lo que piensa y siente, el niño aprende a disimular y comienza a perder su inocencia. Y no tardará en engrosar las filas de las innumerables personas que reconocen perplejas no saber quiénes son, porque, habiendo ocultado durante tanto tiempo a los demás la verdad sobre sí mismas, acaban ocultándosela a sí mismas.

¿Cuánto de la inocencia de tu infancia conservas todavía?

¿Existe alguien hoy en cuya presencia puedas ser simple y totalmente tu mismo, tan indefensamente sincero e inocente como un niño?

El deseo de ser alguien

Pero hay otra manera más sutil de perder la inocencia de la infancia: cuando el niño se contagia del deseo de ser alguien.

Contempla la multitud increíble de personas que se afanan con toda su alma, no por llegar a ser lo que la naturaleza quiere que sean -músicos, cocineros, mecánicos, carpinteros, jardineros, inventores sino por llegar a ser “alguien”; por llegar a ser personas felices, famosas, poderosas…; por llegar a ser algo que les suponga, no mera y pacífica autorrealización, sino glorificación y agigantamiento de su propia imagen.

Nos hallamos, en este caso, ante personas que han perdido su inocencia porque han escogido no ser ellas mismas, sino destacar y darse importancia, aunque no sea más que a sus propios ojos.

Fíjate en tu vida diaria. ¿Hay en ella un solo pensamiento, palabra o acción que no estén corrompidos por el deseo de ser alguien, aun cuando sólo pretendas ser un santo desconocido para todos, menos para ti mismo?

El niño, como el animal inocente, deja en manos de su propia naturaleza el ser simple y llanamente lo que es. Y, al igual que el niño, también aquellos adultos que han preservado su inocencia se abandonan al impulso de la naturaleza o al destino, sin pensar siquiera en “ser alguien” o en impresionar a los demás; pero, a diferencia del niño, se fían, no del instinto, sino de la continua conciencia de todo cuanto sucede en ellos y en su entorno; una conciencia que les protege del mal y produce el crecimiento deseado para ellos por la naturaleza, no el ideado por sus respectivos y ambiciosos egos.

¿Recuerdas cuando te enseñaron a imitar?

Existe además otro modo de corromper la inocencia de la infancia por parte de los adultos, y consiste en enseñar al niño a imitar a alguien. En el momento en que hagas del niño una copia exacta de alguien, en ese mismo momento extingues la chispa de originalidad con que el niño ha venido al mundo.

En el momento en que optas por ser como otra persona, por muy grande o santa que sea, en ese mismo momento prostituyes tu propio ser. No deja de ser triste pensar en la chispa divina de singularidad que hay en tu interior y que ha quedado sepultada por capas y más capas de miedo.

Miedo a ser ridiculizado o rechazado si en algún momento te atreves a ser tú mismo y te niegas a adaptar mecánicamente a la de los demás tu forma de vestir, de obrar, de pensar…

Observa lo que haces

Y observa cómo es precisamente eso lo que haces: adaptarte, no sólo por lo que se refiere a tus acciones y pensamientos, sino incluso en lo que respecta a tus reacciones, emociones, actitudes, valores…

De hecho, no te atreves a evadirte de esa “prostitución” y recuperar tu inocencia original. Ése es el precio que tienes que pagar para conseguir el pasaporte de la aceptación por parte de tu sociedad o de la organización en la que te mueves. Y así es como entras irremediablemente en el mundo de la insinceridad y del control y te ves exiliado del Reino, propio de la inocencia de la infancia.

Comparar y competir

Y una última y sutilísima forma de destruir tu inocencia consiste en competir y compararte con los demás, con lo cual canjeas tu ingenua sencillez por la ambición de ser tan bueno o incluso mejor que otra persona determinada.

Fíjate bien: la razón por la que el niño es capaz de preservar su inocencia y vivir, como el resto de la creación, en la felicidad del Reino, es porque no ha sido absorbido por lo que llamamos el “mundo”, esa región de oscuridad habitada por adultos que emplean sus vidas, no en vivir, sino en buscar el aplauso y la admiración: no en ser pacíficamente ellos mismos, sino en compararse y competir neuróticamente, afanándose por conseguir algo tan vacío como el éxito y la fama, aun cuando esto sólo pueda obtenerse a costa de derrotar, humillar y destruir al prójimo.

Si te permitieras sentir realmente el dolor de este verdadero infierno en la tierra, tal vez te sublevarías interiormente y experimentarías una repugnancia tan intensa que haría que se rompieran las cadenas de dependencia y de engaño que se han formado en torno a tu alma, y podrías escapar al reino de la inocencia, donde habitan los místicos y los niños.

Anthony de Mello

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El amor y nuestra fantasía más profunda

El ego posee su propia lógica: Dice que “tú” eres importante, que “tú” eres el hombre, la mujer más importante del mundo… y que tienes que demostrarlo. Todos estamos tratando de hacerlo así de una u otra forma: unos poseyendo más dinero; otros poseyendo una hermosa mujer; otros poseyendo prestigio; otros convirtiéndose en presidentes o primeros ministros; otros siendo artistas, poetas; otros convirtiéndose en grandes santos. Pero todos intentamos, de una u otra forma, autentificar nuestra fantasía más profunda: somos la persona más importante del mundo.

Y entonces no puedes amar

La ambición es un veneno para el amor. Aquél que ama no tiene ninguna necesidad de demostrarlo. En realidad, sabe que es amado y eso es suficiente.

Analicémoslo en detalle. Cuando no eres amado y no amas, de inmediato surge una gran necesidad de hacer algo, de conseguir algo, de demostrar al mundo que eres importante, que eres necesario. Hay una gran necesidad de ser necesitado. Te sientes impotente, inútil, superfluo, como si no fueras necesario. En sí misma la necesidad no es mala; ser necesitado es un requisito del amor.

Si una mujer te ama, si un hombre te ama, te sientes colmado: alguien te necesita, eres importante; entonces te olvidas de todas las demás. No vas al mercado y gritas: “¡Soy importante!”. Entonces no eres ambicioso, no acumulas dinero obsesivamente. Si alguien te ama, con ese amor resultas dignificado, con ese amor te conviertes en soberano.

Con el amor, el ego no existe

El amor te convierte en un emperador, en un soberano. Te satisface tan profundamente y en tal medida que no te es necesario hacer ni conseguir nada. Con el amor, el ego sencillamente no existe. Pero si esa necesidad no es satisfecha, entonces, por todos los medios, tratas de satisfacerla: entonces te gustaría convertirte en una persona muy famosa de manera que mucha gente te necesitara.

Pero recuerda que ser amado por uno y necesitado por millones no es lo mismo. Con el amor de una sola persona es suficiente. En cambio puedes tener a tu alrededor a millones de personas contemplándote, pero eso no te satisfará. Eso es política, eso es lo que el político está tratando de hacer.

Osho

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Pensar en la vida, no es vivir

Pensar en la vida, no es vivir

Puedes escribir libros sobre meditación y no descubrir nunca el espacio que supone meditar. Puedes volverte altamente eficiente verbalizando, puedes ser muy ducho en abstracciones, en argumentaciones intelectuales y puedes olvidarte completamente de que todo el tiempo en que has estado envuelto en esas actividades intelectuales ha sido puro desperdicio.

Le pregunté al viejo:

-¿Durante cuánto tiempo has estado interesado en la meditación?

Él me contesto:

-Durante toda mi vida.

Tenía casi setenta años. Me dijo:

-Cuando tenía veinte años tomé sannyas, me convertí en un monje y durante esos cincuenta años siguientes he estado leyendo, leyendo y pensando en el meditar.

Cincuenta años de leer y pensar y escribir sobre meditación, incluso introduciendo a la gente en la meditación ¡y ni una sola vez había probado la meditación!

Se necesita valor

Pero ése es el caso de millones de personas. Hablan del amor, conocen toda la poesía que existe sobre el amor, pero nunca han amado. O incluso aunque piensen que estuvieron alguna vez enamorados, nunca se enamoraron. Eso también fue algo “cerebral”, no fue del corazón. La gente vive y sigue perdiéndose la vida. Se necesita valor. Se necesita valor para ser realista, se necesita coraje para ir con la vida dondequiera que te lleve porque los caminos no están cartografiados, porque no existen mapas. Uno ha de penetrar en lo desconocido.

La vida solamente puede ser entendida si estás dispuesto a penetrar en lo desconocido. Si te apegas a lo que conoces, te aferras a la mente, porque la vida es total. Tu totalidad ha de estar plenamente implicada; no puedes únicamente pensar sobre ello. Pensar en la vida, no es vivir. Cuidado con eso.

Osho

Podemos ayudarte

¿Deseas enfrentarte y vencer las resistencias que te están impidiendo colocar el amor en el centro de tu Vida? ¿Quieres poner todo tu Ser a trabajar a favor de tí y de tus sueños? Podemos ayudarte. Hoy es un día perfecto para empezar. Te acompañamos en ese camino apasionante.

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