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I.-

El Maestro afirmaba que carecía de todo sentido definirse como indio, chino, africano, americano, hindú, cristiano o musulmán, porque ésas son meras etiquetas.

Y a un discípulo que afirmaba ser judío por encima de todo, le dijo con enorme delicadeza:

«Lo que es judío es tu condicionamiento, no tu identidad».

«¿Y cuál es mi identidad?»

«Nada…», dijo el Maestro.

«¿Quieres decir que soy puro vacío?», preguntó incrédulo el discípulo.

«Nada. . . que pueda ser etiquetado», concluyó el Maestro.

Anthony de Mello

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Una mujer frente al espejo

Una mujer frente al espejo

UNA MUJER FRENTE AL ESPEJO

Mujer: ¡Buen día! ¿Cómo me ves hoy?

El espejo: Depende…

Mujer: ¿Depende de que?

El espejo: De lo que quieres que yo vea.

Mujer: No entiendo…

El espejo: ¡¡¡Ese es el problema!!!

No quieres entender lo que realmente ves.

¿Quieres que diga lo que yo veo? ¿O lo que tú ves?

Mujer: ¿Puedes describir ambas imágenes?

El espejo: Si.

Mujer: ¿Qué veo yo?

El espejo: Tú ves cada mañana a una mujer que debe pasar largas horas frente al espejo buscando una aprobación.

Que se viste y arregla para satisfacer a los demás.

Que visualiza cada arruga como una amenaza para estar fuera de mercado y una cana como un atentado a la belleza eterna…

Una mujer que lucha contra cada gramo de su cuerpo como si ellos fueran su peor enemigo, alguien que ve defectos donde no existen y que no es capaz de ver su perfección…

Mujer: ¿Qué ves tú?

El espejo: Un ser humano maravilloso, con el brillo de la madurez en sus ojos, y glamour al caminar.

Ese brillo y glamour que solo se le otorga a quien tiene el privilegio de acumular experiencia con los años.

Con seguridad en sus palabras. Esa seguridad que todos anhelan y que ella no valora…

Una mujer luchadora que ha sido capaz de levantar a una familia. Un corazón lleno de bondad en cada gesto o expresión, una mujer persistente e incansable hasta lograr los objetivos…

¡¡¡Una mujer Hermosa!!!

Que se ha empeñado en no reconocer que es única e irrepetible.

Una mujer que ve cada año como una desventaja, y que no ha entendido que la belleza de la mujer no es una ecuación matemática entre los kilos y la edad, y que por lo tanto, no existe ni la edad perfecta ni el peso perfecto para ser hermosa…

Una valiosa mujer que necesita a un pobre espejo inerte y colgado en una pared, para que refleje la imagen que todos ven, menos ella …

Comienza a ver tu vida y tu imagen con los ojos del corazón, agradeciendo a la vida por los años que tienes.

Deja de buscar la aprobación a través del espejo de la sociedad, y ese día, descubrirás lo hermosa que eres sin importar los años, las canas o tus arrugas…

Dedicado a todas las mujeres

¡¡¡Porque todas son hermosas y valiosas!!!

¿Y adónde va ahora tu vida?

I.-

«¿Por qué acudiste al Maestro?».

«Porque mi vida no iba a ninguna parte ni me daba nada».

«¿Y adónde va ahora tu vida?».

«A ninguna parte».

«¿Y qué te da ahora?».

«Nada».

«Entonces, ¿cuál es la diferencia?»

«Ahora no voy a ninguna parte, porque no hay ninguna parte adonde ir; y no obtengo nada, porque no hay nada que desear».

Anthony de Mello

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Amor, religión, ley

Amor, religión, ley

I.-

A un hombre que había empleado años en estudiar las leyes de su religión le dijo el Maestro:

«La clave de una vida santa y buena está en el amor, no en la religión ni en la ley».

Y le contó el caso de dos muchachos que acudían un día a la catequesis dominical, pero estaban tan hartos de doctrina que uno de ellos propuso «hacer novillos».

«¿Hacer novillos? ¡No sabes lo que dices! Nuestros padres nos echarían mano y nos molerían a palos. . .».

«¡Pues les devolvemos los golpes!».

«¡Cómo! ¿Pegar a tu padre…? ¡Debes de estar loco! ¿Has olvidado que Dios nos manda honrar padre y madre?».

«Es verdad. . . ¡Hagamos una cosa: tú pegas a mi padre, y yo al tuyo!».

Anthony de Mello

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¿Puede la acción conducir a la Iluminación?

I.-

«¿Puede la acción conducir a la Iluminación?», le preguntaron al Maestro.

«Sólo la acción conduce a la Iluminación», fue su respuesta, «pero ha de ser una acción desinteresada, hecha por sí misma como tal».

Y explicó cómo un día, presenciando un partido de entrenamiento de un equipo de fútbol junto al hijo pequeño de uno de los jugadores, cada vez que éste conseguía un gol, todo el mundo aplaudía, mientras el pequeño permanecía impávido y se limitaba a mirar, aparentemente aburrido.

«¿Qué te ocurre?», le dijo el Maestro; «¿no ves cómo marca goles tu padre?».

«Sí; hoy sí los marca. Pero hoy es martes, y el partido de competición será el viernes. . . Ya veremos si entonces los sigue marcando. . . »

Y el Maestro concluyó: «Desgraciadamente, valoramos las acciones si nos ayudan a ‘marcar goles’, pero no en sí mismas».

Anthony de Mello

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Calumnias y malentendidos

I.-

Una asistenta social le exponía sus penas al Maestro y le refería cuánto habría podido hacer ella por los pobres si no hubiera tenido que emplear tanto tiempo y tantas energías en protegerse a sí misma y su propio trabajo de calumnias y malentendidos.

El Maestro, tras escucharla con atención, se limitó a decirle:

«Nadie arroja piedras a un árbol sin frutos».

Anthony de Mello

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I.-

A unos padres preocupados por la educación de sus hijos, les citó el Maestro un dicho rabínico:

«No reduzcas a tus hijos a lo que tú hayas aprendido, porque ellos han nacido en otra época».

II.-

«La principal razón por la que las personas no son felices es porque se complacen insanamente en sus sufrimientos», dijo el Maestro.

Y contó cómo, viajando él cierta noche en la litera superior de un vagón de ferrocarril, le era imposible conciliar el sueño, porque en la litera inferior había una mujer que no dejaba de gemir:

«¡ Qué sed tengo, Dios mío, qué sed tengo. . . !»

Una y otra vez se oía aquella lastimera voz, hasta que, finalmente, el Maestro descendió sigilosamente por la escalerilla, salió del departamento, recorrió todo el pasillo del vagón hasta llegar a los servicios, llenó de agua dos grandes vasos de papel, regresó con ellos y se los dio a la atormentada mujer:

« ¡Aquí tiene, señora: agua!»

«Muchas gracias, señor. Dios le bendiga. . . »

El Maestro volvió a su litera, se acomodó en ella. . . y a punto estaba de conciliar el sueño cuando, de pronto, oyó de nuevo la lastimera voz:

«¡Qué sed tenía, Dios mío, qué sed tenía. . . !».

Anthony de Mello

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Acción desinteresada

Acción desinteresada

I.-

Alguien preguntó al Maestro qué significaba «acción desinteresada». Y él respondió: «La acción que es querida y realizada por sí misma, no por el reconocimiento, la utilidad o la ganancia que pueda reportar».

Y contó el caso de un individuo que fue contratado por un investigador, el cual le condujo a un patio, le dio un hacha y le dijo:

«¿Ve usted ese tronco? Pues bien, quiero estudiar en usted todos los movimientos que se ejecutan para cortarlo. . . Sólo que deberá usted emplear el lado romo del hacha, no el filo. Le daré cien dólares por hora».

El hombre creyó que aquel tipo estaba loco, pero la paga parecía excelente, de manera que puso manos a la obra. Sin embargo, dos horas más tarde le dijo: «Lo siento, señor, pero abandono. . . ».

«¿Qué pasa? ¿No está usted conforme con la paga estipulada? ¡Le daré el doble!».

«No es eso», dijo el otro. «La paga está bien. Lo único es que, cuando corto leña, estoy acostumbrado a ver volar las astillas».

Anthony de Mello

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Un juego de Dios

Un juego de Dios

I.- 

En cierta ocasión, hablaba el Maestro de la idea hindú de que toda la creación es un juego de Dios, y de que el universo es su patio de recreo.

Y decía también que el fin de la espiritualidad es convertir toda la vida en juego.

Aquello le pareció demasiado frívolo a un puritano visitante, que preguntó:«Entonces, ¿no hay lugar para el trabajo?».

«¡Por supuesto que lo hay! Pero el trabajo sólo se hace espiritual cuando se transforma en juego», respondió el Maestro.

Anthony de Mello

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¿Qué es una persona feliz?

I.-

«¿Qué es una persona feliz?», preguntó el discípulo.

«La que no tiene recursos ni esperanzas. . . ni desea tenerlos», respondió el Maestro.

II.-

El Maestro no permitía que ninguna afirmación sobre Dios quedara sin discutir, porque, aunque todas ellas eran expresiones poéticas o simbólicas de lo Incognoscible, sin embargo, la gente cometía el absurdo de considerarlas como descripciones literales de lo divino.

Cuando el predicador dijo: «Todo lo que sé de Dios es que es sabio y bueno», el Maestro le interpeló: «Entonces, ¿por qué permanece inactivo frente al mal?».

Y respondió el predicador: «¿ y yo qué sé? ¿Te has creído que soy un místico?». Más tarde, el Maestro contaría a sus discípulos esta parábola judía:

Dos hombres bebían té en silencio. Al cabo de un rato, uno de ellos dijo: «La vida es como una taza de sopa templada».

«¿Como una taza de sopa templada…?», preguntó el otro. «¿Y por qué?».

«¿Y yo qué sé? ¿Te has creído que soy un filósofo?».

Anthony de Mello

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Muy rico, pero muy desdichado

I.-

Soy un hombre muy rico, pero muy desdichado. . . ¿Puedes decirme por qué?».

«Porque empleas demasiado tiempo en hacer dinero, y demasiado poco en practicar el amor», le respondió el Maestro.

II.-

Preguntó un filósofo: «¿Cuál es la finalidad de la creación?».

«Hacer el amor», respondió el Maestro. Y, más tarde, les diría a sus discípulos:

«Antes de la creación, el amor era; después de la creación, el amor se hace. Cuando el amor se haya consumado, la creación dejará de ser, y el amor será para siempre».

III.-

En sus años jóvenes, el Maestro había viajado por todo el mundo. Hallándose una vez en el puerto de Shangai, oyó un griterío cerca de su barco. Al mirar hacia allá, vio cómo un hombre, inclinado sobre la borda de un junco cercano, sujetaba por la coleta a otro hombre que se debatía frenéticamente en el agua.

El del junco sumergía al otro de vez cuando en el agua y lo volvía a sacar.

Luego discutían ambos durante un minuto, o algo así, hasta la siguiente zambullida.

El Maestro llamó entonces al grumete y le preguntó de qué discutían. El muchacho sonrió y dijo: «No discuten, señor. El del junco le pide al otro sesenta yuans por no ahogarle, y éste sólo ofrece cuarenta».

Tras las lógicas risas de los discípulos, el Maestro dijo: «¿Hay uno solo de vosotros que no ande regateando con la única Vida que hay?» y todos guardaron silencio.

Anthony de Mello

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¿Qué es lo que hace un Maestro?

I.-

«¿Qué es lo que hace un Maestro?», preguntó un visitante de solemne aspecto.

«Enseñar a la gente a reír», le respondió el Maestro con toda seriedad.

Y en otra ocasión, dijo:

«Cuando seáis capaces de reíros de la vida en su propia cara, seréis soberanos del mundo. . . , exactamente igual que la persona dispuesta a morir».

II.-

«¿Cómo se reconoce a la persona iluminada?»

«Porque, habiendo visto el mal como mal, la persona iluminada no puede hacerlo», dijo el Maestro. Y añadió: «Tampoco puede ser tentada. Si lo es, se trata de un impostor».

Y contó la historia de un contrabandista que, huyendo de la policía, pidió a un monje con fama de santo que le escondiera la mercancía, porque, dada su reputación, nadie sospecharía de él.

El monje se irguió indignado y ordenó al tipo que abandonara el monasterio al instante.

«¡Te daré cien mil dólares por el favor!», le dijo el contrabandista. El monje dudó ligeramente antes de negarse.

«¡Doscientos mil. . .!»

Pero el monje volvió a rechazar la oferta.

«¡Quinientos mil!»

¡Entonces el monje esgrimió amenazante un grueso bastón y le gritó:

«Marcha de aquí ahora mismo: estás acercándote demasiado a mi precio!».

Anthony de Mello

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Golpes de pecho, ofensas y porqués

Golpes de pecho, ofensas y porqués

I.-

Al Maestro le divertía sobremanera esa falsa autoestima que intenta pasar por humildad. Ésta es la parábola que en cierta ocasión contó a sus discípulos:

Dos hombres, un sacerdote y un sacristán, acudieron a una iglesia a orar. El sacerdote, dándose golpes de pecho, exclamaba fuera de sí:

«¡ Señor, soy el más vil de los hombres y el más indigno de tu gracia! ¡Soy un desastre y una nulidad! ¡Ten compasión de mí!».

No lejos del sacerdote, el sacristán también se daba golpes de pecho y gritaba lleno de fervor: «Ten compasión de mí, Señor, que soy un pecador y un miserable!».

El sacerdote, al oírlo, se volvió arrogante hacia él y dijo: «Lo que faltaba: mira quién se atreve a decir que es un miserable. . . !».

II.-

«Cítame un solo efecto práctico, realista, de la espiritualidad», le dijo al Maestro un escéptico con ganas de discutir.

«Aquí lo tienes», dijo el Maestro: «cuando alguien te ofende, puedes elevar tu espíritu a lo alto, donde no puede llegar la ofensa».

III.-

«¿Por qué… por qué… por qué…?». Preguntó el discípulo cuando, para su sorpresa, el Maestro le insistió en que abandonara el monasterio en el acto, apenas veinticuatro horas después de haber ingresado en el mismo.

«Porque no necesitas un Maestro. Yo puedo mostrarte el camino, pero sólo tú puedes recorrerlo. Yo puedo indicar dónde está el agua, pero sólo tú puedes beberla. ¿Por qué malgastas aquí tu tiempo mirándome bobaliconamente? Ya conoces el camino. ¡Camina! Ya sabes dónde está el agua. ¡Bebe!».

Anthony de Mello

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La llave, el viaje y el Silencio

I.-

Un visitante del monasterio se sintió especialmente impresionado por lo que él mismo denominó el «resplandor» del Maestro. Un día en que se encontró con un viejo amigo del Maestro, le preguntó si conocía él la explicación de dicho fenómeno.

Y el otro le respondió: «Te lo diré de este modo: la Vida es un Misterio, y la Muerte es la llave que permite resolverlo. En el momento en que giras la llave, desapareces para siempre en el Misterio».

«¿Tenemos, pues, que esperar a la muerte para hacer girar la llave?», preguntó el visitante.

«¡No! Puedes hacerlo ahora, mediante el Silencio, y disolverte en el Misterio. Entonces también tú resplandecerás. . . como el Maestro».

II.-

Alguien preguntó al Maestro cuál era el significado de una frase que había escuchado casualmente:

«La persona que ha alcanzado la iluminación viaja sin necesidad de moverse».

Y el Maestro le dijo:

«Siéntate ante tu ventana cada día y observa cómo cambia constantemente el decorado de tu patio trasero a medida que acompañas a la tierra en su viaje anual alrededor del sol».

III.-

Cautivado por la melodiosa voz con que el Maestro cantaba versos en sánscrito, un experto en este idioma dijo:

«Siempre he sabido que no hay en la tierra otro idioma como el sánscrito para expresar las realidades divinas».

«No seas estúpido», le dijo el Maestro; «el idioma de la divinidad no es el sánscrito, sino el Silencio».

Anthony de Mello

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Medicinas, inconsciente y esfuerzos

Medicinas, inconsciente y esfuerzos

I.-

Un discípulo que solía padecer prolongados períodos de depresión le dijo al Maestro: «El médico no deja de insistir en que tome las medicinas que me ha recetado para mantener a raya la depresión».

«¿Y por qué no lo haces?», le dijo el Maestro.

«Porque pueden dañarme el hígado y acortar mi vida».

«¿Y prefieres tener un hígado sano antes que vivir tranquilo y dichoso? Un año de vida vale mucho más que veinte años de invernación».

Más tarde diría a sus discípulos:

«Con la vida ocurre lo que con los chistes: lo importante no es lo que duren, sino lo que hagan reír».

II.-

Dijo un día el Maestro: «Las buenas acciones realizadas por el inconsciente son superiores a las que se realizan de manera voluntaria».

Aquello dio lugar a un montón de preguntas que el Maestro supo esquivar hábilmente, como hacía siempre que, según él, no había llegado el momento de responder.

Un día en que acudieron todos al concierto de una gran pianista, el Maestro susurró al oído de su vecino de localidad: «El movimiento de los dedos de esa mujer sobre el teclado es algo que no puede ser pretendido. Un trabajo de esa calidad tiene que ser cosa del inconsciente».

III.-

¿No te ha producido alegría alguna vez ver los frutos de tus esfuerzos?».

«¿Qué alegría le produce a un instrumento ver lo que ha hecho la mano?».

Anthony de Mello

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