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Matar el tiempo

Tiempo…

Un hombre estaba sujetando en sus brazos una cabra para que ésta comiera de un arbusto. Pasó por allí otro hombre y le preguntó:

– Pero ¿se puede saber qué haces sujetando esa cabra para que coma, si ella puede hacerlo sin que la sostengas? ¡Vaya pérdida de tiempo, amigo!

– Sí, pero a la cabra no le importa.

Matar el tiempo

La mente es impaciente y se achicharra en sus inútiles urgencias, ansiedades y precipitaciones. No es precisamente el mejor enfoque o actitud para desarrollar sosiego ni ecuanimidad, y tampoco para amar, porque para amar se necesita entregar tiempo y sensibilidad.

Con demasiada frecuencia la mente se vuelve una máquina utilitarista, empeñada en evaluar, calcular, invertir, sacar rentabilidad de todo, incluso del tiempo. La gran paradoja: decimos «estoy matando el tiempo», cuando es el tiempo el que nos mata.

Incluso las personas que gozan de paciencia, aplomo y serenidad exasperan a las que son inquietas e impacientes, que llegan a criticar su actitud de equilibrio y sosiego.

En una sociedad basada en la productividad y donde todo está orquestado para no poder parar, no se comprende o incluso se menosprecia a aquellos que sabiamente se toman su tiempo, se relajan, no se tensan y no tienen una mente de contabilidad y sumandos.

El tiempo no es sólo un fenómeno exterior, sino interior

El tiempo del sosegado, el paciente, el que disfruta con cualquier actividad por sencilla que sea, el que hace de cada momento un instante supremo y de cada actividad un glorioso acontecimiento, nada tiene que ver con el tiempo del que está ansioso, siempre quiere llegar a ninguna parte, se extravía en actividades de todo tipo y no valora la situación presente.

Ramiro Calle

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Hacer sin hacer

Nadie puede dejar de actuar, porque la vida es movimiento y acción.

Los hay que actúan compulsiva y vehementemente; los hay que hacen sin-hacer y entonces hacen mucho mejor, más acertadamente y con mayor precisión. Está la acción agitada y ofuscada; está la acción clara y lúcida.

No-hacer significa no implicarse egocéntricamente

Los acontecimientos también siguen su curso. ¿Acaso no se refleja la luna en las aguas del lago por la noche y no van y vienen las olas lamiendo la playa?

Hacer sin lucidez, sin sosiego y sin equilibrio es muy peligroso, y ya constatamos lo que está haciendo el ser humano con las otras criaturas y con el ecosistema. No hay armonía en la mente y entonces no se respeta la armonía exterior.

«Cuando los deseos humanos son moderados, se produce la paz, y el mundo se armoniza por su propio acuerdo». Pero trasladamos nuestro desequilibrio interior al exterior y lo contaminamos con desasosiego e inarmonía.

No-hacer no es no hacer nada

… Sino hacer sin aferrarse a la acción ni a los resultados de ésta; es la acción más libre, inegoísta, consciente, natural, oportuna, con renuncia a los frutos de la acción, porque si tienen que llegar lo harán por añadidura.

Una acción tal no aliena, no condiciona, no limita, no esclaviza, no neurotiza, no revierte en feo y atroz egoísmo.

Haz lo mejor que puedas en toda circunstancia y situación, libre de los resultados de la acción.

No se puede empujar el río. Al día sigue apaciblemente la noche. No actúes de manera compulsiva. La acción más lenta y sosegada, más atenta y precisa, es hermosa y fecunda; la acción precipitada, urgente y agresiva, es fea e indigna.

Todos tenemos que actuar

Pues incluso un eremita en su cueva ha de limpiarla, meditar, ordeñar a la cabra para tomar su leche o encender un fuego para protegerse de las inclemencias del invierno. Pero la acción puede encadenamos y los resultados obsesionamos y esclavizamos, o por el contrario podemos acometerla sin ataduras.

Además, el proceso es tan o más importante que la meta. Cada paso en la larga marcha tiene su peso específico y cuenta. Más importante que adónde voy, es que voy. El cementerio está lleno de personas que tuvieron mucha prisa y lo único que hicieron fue volver un poco antes al polvo del que emergieron. El no-hacer es también hacer sin avidez ni odio, con equilibrio de ánimo.

La acción nunca puede ser superior al que actúa

Aunque el hombre de esta época parece olvidar este valioso principio y se aliena fácilmente con un elevado coeficiente de actividades desasosegadoras.

La acción más inegoísta no se basa nunca en explotar, someter o vencer. Es cooperante y amable. No admite competencia ni desamor. La mente permanece pura y ni se aferra ni genera aversión. Del fracaso se aprende. No hay lugar para el desfallecimiento. La acción en sí misma es entonces liberatoria.

Da igual que se haga

Barrer es tan importante o más que las decisiones de un ministro; lavar los utensilios de la cocina es tan decisivo como la labor que lleva a cabo un abogado o un médico. Se hace lo que se tiene que hacer; se toma la dirección que se debe tomar.

Al hacer sin hacer no hay vacilaciones. Eres jardinero. Cultiva lo mejor que puedas el jardín. No depende de ti si luego llega un huracán y lo destruye. Tú haz lo mejor que puedas al abonar, podar, regar y remover la tierra. Ésa es ya en sí misma la recompensa, y no si llegas a tener el jardín más admirado del mundo.

Ramiro Calle

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Sabiduría

La erudición no es sabiduría; el saber libresco no es conocimiento que transforma y libera. La erudición es acumulación de datos e información, pero no procura una experiencia interior de paz profunda y autoconocimiento.

Todos nos podemos pasar los unos a los otros estos datos. Tú me pasas tu información y yo te paso la mía. Pero tú no me puedes pasar tu sabiduría ni yo te puedo pasar la mía, porque la sabiduría es personal e intransferible.

El mundo está lleno de personas con grandes conocimientos que son irritables, o están atormentadas, o generan relaciones destructivas y conflictivas, o no pueden liberarse de sus emociones venenosas.

La erudición y la cultura se adquieren, vienen de afuera, pero la sabiduría hay que desarrollada y actualizada dentro de uno mismo. Es una lámpara para iluminar la senda de la vida.

La sabiduría aporta…

La sabiduría aporta equilibrio y armonía; nos permite saber cuándo injerir en el curso de los acontecimientos o cuándo abstenernos de hacerlo.

Procura confianza en uno mismo pero desde la humildad y no desde la arrogancia.

Nos previene para que no nos precipitemos en la exaltación desmedida o el insuperable abatimiento (estabilizando el ánimo).

Ayuda a encontrar nuestro propio eje y a evitar el tedio, los auto engaños y justificaciones;.

Nos hace conscientes de nuestras limitaciones como seres humanos, sin atolondrarnos con falaces expectativas;

Mejora la relación con los demás y considera como lo más bello e importante la bondad y la amistad.

Nos enseña a navegar en el océano de la vida cotidiana y en el de nuestro universo interior.

Invita a una vida sencilla, sin artificios, natural y placentera, sin desear lo inalcanzable y gozando de lo que es posible alcanzar, sin preocuparse de si nos elogian o insultan, libre siempre de envidia y celos, sin afán de acumular más de lo necesario, valorando cada minuto de la vida para no despilfarrar innecesariamente el tiempo.

Y mucho más…

Coopera para poder discernir entre lo esencial y lo superfluo, lo real y lo banal.

Abre el corazón y deja que fluya libremente el néctar de la compasión, pudiendo identificarnos con el sufrimiento de otras criaturas y tratando de colaborar en su bienestar.

Nos ayuda a estar más autovigilantes y ocupamos mejor de nosotros mismos y de los demás.

Es la luz del noble arte de vivir y nos otorga un saludable dominio sobre la mente, la palabra y los actos.

Resuelve conflictos y discordias; previene contra el agobio y la desesperación; convierte la soledad en fecunda y valora el autoconocimiento.

Enseña a estar bien en soledad y en multitud.

Nos hace más veraces y próximos a los otros seres sintientes.

Proporciona sagacidad, renovado entusiasmo, sentido del humor, ánimo apaciguado.

Presta vitalidad; ayuda a vivir y a morir.

Sabiduría y sosiego

La sabiduría es sosiego; el sosiego conlleva sabiduría. La sabiduría nos ayuda a percibir y conocer lo que no puede ser percibido ni conocido por la erudición.

Ramiro Calle

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Mente, sosiego y desasosiego

Mente

La mente es un gran misterio. Es, asimismo, un pozo sin fondo y nadie puede definir sus fronteras. Pero la mente es nuestra eterna y más cercana compañera. En ella se celebra, en última instancia, el juego de la vida.

No importa dónde estemos o con quién nos hallemos, la mente está con nosotros. Dispone de una preciosa energía potencial de evolución e incluso de un gran poder curativo, pero a menudo se toma el peor enemigo del ser humano y las otras criaturas. Hay una vertiente perturbada y perturbadora en la mente; otra es apacible y creativa.

La mente es una herramienta de doble filo: puede procurar equilibrio y desequilibrio, unión y desunión, armonía y locura. Toda persona encuentra el primer problema en su mente y ella misma, si carece de problemas reales, busca problemas imaginarios.

Los mecanismos de la mente son insondables. Acarrea todo tipo de códigos evolutivos y de condicionamientos psicológicos. Se obsesiona, se intranquiliza, se enreda con sus propias creaciones, como la araña que queda presa en la tela que ha tejido.

Sosiego y desasosiego

La mente pasa por estados de sosiego y desasosiego. Si estás atento y la buscas, ¿dónde está la mente? Cuando permanecemos muy atentos, el griterío mental se disuelve. La atención es el antídoto del pensamiento descontrolado y, por tanto, de muchos problemas imaginarios.

Hay varios ejercicios de meditación, muy antiguos, para ir descubriendo la naturaleza de la mente y aprendiendo a ser los propietarios reales, y no las víctimas, de la propia mente.

Si estás vigilante, ésta es menos operativa y más perceptiva; la mente inútilmente pensante da paso a la mente perceptivamente actuante. En la fuente del pensamiento donde reside la poderosa energía del observador, hay sosiego y equilibrio; en la masa de pensamientos ciegos y mecánicos, hay incertidumbre y desconcierto.

Una joya de valor incomparable

Pero no podemos odiar, ni detestar, ni subestimar la mente. Es una joya de valor incomparable y conviene ejercitarse para que sea amiga y aliada y no enemiga. Hay una clave esencial que debemos recordar para ir ganando quietud o paz interior: ante cualquier circunstancia, grata o ingrata, favorable o desfavorable, hagamos un esfuerzo sabiamente aplicado para mantener la atención y la serenidad.

Si se empeña en estar más atenta y serena ante las situaciones agradables o desagradables, cualquier persona alcanzará un estado muy beneficioso de equilibrio.

Aprender a observar

Es necesario aprender a observar, sin implicarse, los estados muy cambiantes de la mente, pero con la actitud de calma profunda que puede tener aquel que contempla desde una colina los acontecimientos que se celebran en el valle, o de la persona que apaciblemente se sienta en la orilla de la playa a mirar cómo las olas se levantan y caen, se levantan y caen…

Ya Santideva ofreció un’ valioso consejo para cuidar la mente: «Preservad la atención y la conciencia incluso a costa de vuestra propia vida».

Uno tiene que prepararse con esmero para que pueda visitarnos esa maravillosa invitada que es la serenidad, Dispónlo todo oportunamente dentro de ti a fin de que ella esté deseosa de hacerte una visita, Vendrá; se marchará; volverá a venir.

Ramiro Calle

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El culto al ego

El culto al ego

El culto al ego

El culto al ego y el desenfrenado narcisismo prevalecen en una sociedad como la de los países tecnificados (…). Todas las pautas de referencia o consignas conllevan la afirmación del ego. Por eso no hay afecto ni real cooperación, porque el ego excesivo desasosiega y crea continuo desamor.

Es preciso que el ego mengüe para que brote la compasión, que se traduce en quietud interior; ésta desencadena la compasión. La mayoría de las relaciones son una farsa vergonzante. La amistad es cada vez una orquídea más rara y difícil de encontrar: muy pocos la valoran y aprecian su aroma.

Ego esclerórico…

Al no hallar sosiego y lucidez, las personas se aferran a las ideas y opiniones y hacen de ellas su esclerótico ego. Creencias y dogmas dividen, y generan todo tipo de desórdenes y conductas malévolas. A menudo llevamos una vida interior miserable, y quizá no nos damos cuenta. ¿Tenemos la suficiente valentía y coraje para ser conscientes de ello?

Hay cosas que nunca van a cambiar: la enfermedad, la vejez, la muerte y otras muchas; pero es preciso enfocar la vida con otra actitud. Algunos lo intentan y, como diría Jesús, son «la sal de la tierra». Aunque la acción sin lucidez, sosiego y virtud a menudo es nociva o destructiva, siempre se hallan racionalizaciones y pretextos para ella.

Los políticos son los grandes expertos en el tema. La mente confusa y agitada no investiga ni se moviliza lo suficiente para emerger de su ofuscación, prefiere poner su salvación en manos de otros, someterse a los autoritarios, seguir creando una jerarquía de corruptos.

Se abstiene de asumir su responsabilidad, su soledad humana y su necesidad de ir más allá de la imitación y de los modelos prefabricados, en fin, de recuperar su paz y cordura. La hermosa simplicidad y la sencillez se sustituyen por una saturación de artificios, pues devenimos utilitaristas, voraces y dependientes.

En una mente así no hay cabida para la dulce caricia del sosiego, sino sólo para la sombra de la inquietud y el desaliento.

Ramiro Calle

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