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Diciendo adios a tu cuerpo

Diciendo adiós a tu cuerpo

Imagina ahora que te has despedido de todo el mundo antes de tu muerte y que te quedan una o dos horas de vida.

Has reservado estos momentos para ti y para Dios…

Comienza, pues, hablando contigo mismo. Habla con cada uno de los miembros de tu cuerpo: con tus manos, con tus pies. con tu corazón, con tu cerebro con los pulmones… Da a cada uno de ellos el adiós definitivo… Quizá los adviertes ahora por primera vez en tu vida, justamente cuando vas a morir.

Ama cada uno de tus miembros

Toma tu mano derecha, por ejemplo… Dile lo útil que es para ti… todo lo que la aprecias… Agradécele todos los servicios que te ha prestado… Dale todo tu amor y agradecimiento ahora que se aproxima el momento de volver al polvo…

Repite este comportamiento con cada uno de los miembros de tu cuerpo y con sus órganos; despídete después de tu cuerpo como un todo, con su forma y apariencia especial, con su color, altura y rasgos.

Imagina ahora que ves a Jesús que se encuentra a tu lado. Escucha cómo agradece él a cada uno de tus miembros el servicio que te han prestado durante tu vida… Siente cómo inunda todo tu cuerpo con su amor y con su agradecimiento…

Escucha cómo habla ahora contigo…

Este ejercicio es de suma utilidad para alcanzar un amor saludable a sí mismo y para aceptarse, condiciones ambas totalmente necesarias para abrir plenamente nuestros corazones a Dios y a los demás.

Anthony de Mello

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Tu escultura

Tu escultura

Voy a presentar a continuación otra fantasía simbólica

Se ha encargado a un escultor que haga una escultura tuya.

La estatua está lista y tú pasas por el taller del escultor para echarla un vistazo antes de que aparezca en público. El escultor te da la llave del lugar donde se encuentra la estatua. Puedes, de esta manera, contemplarla sin que nadie te moleste y examinarla durante todo el tiempo que te apetezca.

Abres la puerta… El taller está oscuro… Allí, en medio, se levanta tu escultura, cubierta con una sábana… Te acercas hasta ella y retiras la sábana…

Te retiras unos pasos y la contemplas. ¿Cuál es tu primera impresión?… ¿Te sientes satisfecho o descontento?… Observa – todos los detalles de tu estatua… Su tamaño… los materiales con los que ha sido hecha… Da vueltas alrededor de ella… mírala desde diferentes ángulos…

Obsérvala desde lejos, acércate y mira los detalles… Toca la estatua… observa si es suave o tosca,… fría o caliente al tacto…

¿Cuál es la parte de la estatua que más te gusta?… ¿Cuál te desagrada…?

Di algo a la estatua… ¿Qué te responde?… ¿Qué le dices tú a continuación?… Continúa hablando mientras la estatua o tú tengáis algo que decir…

Ahora conviértete en estatua… ¿Te apetece ser tu estatua?.. ¿Qué tipo de existencia llevas como estatua?…

Imagina ahora que, mientras eres tu estatua, entra Jesús en el taller…

¿Qué ve en ti?.. ¿Qué sientes mientras él te mira?… ¿Qué te dice?… ¿Qué le respondes tú?.. Continúa el diálogo mientras Jesús o tú tengáis algo que decir… Después de un rato Jesús se marcha…

Ahora, vuelve a tu ser y mira de nuevo la estatua… ¿Se ha producido algún cambio en la estatua?.. ¿Ha cambiado algo en ti o en tus sentimientos…?

Ahora despídete de la estatua… un minuto y después abre los ojos.

Las fantasías o imaginaciones, al igual que los sueños, son instrumentos útiles para aprender sobre ti mismo ya que en ellas proyectas tu verdadero ser. Por esta razón, cuando compartes tus fantasías con alguien o con un grupo estás, probablemente, revelando algo más íntimo sobre ti mismo que si manifestases secretos profundos que guardas celosamente para ti solo.

Las fantasías no se limitan a proyectar lo que piensas de ti mismo. ¡De alguna manera misteriosa logran cambiarte! A veces sales de una fantasía dándote cuenta de que has cambiado… no sabes exactamente cómo ni por qué, pero el cambio se ha producido…

Es posible que en las fantasías que te he propuesto notes que ha cambiado tu relación con Dios, que se ha profundizado, aunque seas incapaz de explicar cómo o por qué.

No te des por satisfecho con vivir estas fantasías solamente una vez. Si quieres extraer toda la utilidad que encierran, debes repetidas con mucha frecuencia.

Por consiguiente, da alas a tu instinto creativo e inventa tus propias fantasías simbólicas.

Anthony de Mello

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El símbolo de Dios

El símbolo de Dios

Escoge un símbolo de Dios: algo que para ti simbolice a Dios del mejor modo posible: el rostro de un niño, una estrella, una flor, un lago tranquilo… ¿Qué símbolo has escogido?… Toma tiempo para hacer la elección…

Cuando hayas escogido el símbolo, colócate de pie, reverentemente, ante él…

¿Qué sientes cuando miras fijamente este símbolo?

Dile algo…

Ahora imagina que te responde…

¿Que es lo que dice?…

Conviértete ahora en el símbolo…

y, una vez te has convertido en él, mírate a ti, que sigues de pie, reverentemente… ¿Qué sientes cuando te ves desde el punto de vista y actitud de este símbolo?…

Vuelve ahora a ti mismo, de pie junto o frente al símbolo…

Permanece durante algunos momentos en contemplación silenciosa… Después despídete de tu símbolo… Emplea un minuto o dos en la despedida, abre los ojos y pon fin al ejercicio.

Generalmente, cuando finaliza este ejercicio, suelo invitar a los miembros del grupo a compartir con los demás lo que han experimentado durante la fantasía. Con frecuencia realizan descubrimientos sorprendentes acerca de sí mismos, de Dios, de su relación con él.

Anthony de Mello

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Buscando a Dios en la gran ciudad

Buscando a Dios en la gran ciudad

Imagina que te encuentras en la cima de una montaña desde la que se divisa una gran ciudad. Es al anochecer. Se ha puesto el sol y ves que comienzan a encenderse las luces en la gran ciudad… Contemplas cómo aumenta su número hasta que la ciudad entera parece un lago de luz… Tú estás sentado aquí solo, gozando del maravilloso espectáculo… ¿Qué sientes en estos momentos…?

Cuando ha pasado un rato oyes unos pasos detrás de ti; sabes que son los de un hombre piadoso que vive por aquellos parajes, de un eremita. Se acerca hasta ti y se coloca a tu lado. Te mira lentamente y te dice únicamente una frase: «Si desciendes a la ciudad esta noche encontrarás a Dios». Después da media vuelta y se aleja. No hay explicaciones. Ni tiempo para hacer preguntas…

Tú tienes el convencimiento de que esta persona sabe lo que dice. ¿Qué sientes en estos momentos? ¿Te sientes inclinado a aceptar lo que te ha dicho y bajar a la ciudad? ¿O preferirías permanecer donde estás?

No importa cuál pueda ser tu inclinación; baja ahora mismo a la ciudad para buscar a Dios…

¿Qué sientes cuando desciendes por la pendiente…?

Has llegado a los arrabales de la ciudad y es el momento de decidir adónde vas a ir a buscar a Dios y encontrado…

¿Adónde decides ir? Por favor, sigue los dictados de tu corazón a la hora de decidirte por un lugar al que ir. No te dejes llevar por lo que piensas que deberías hacer ni vayas adonde crees que deberías ir. Vete adonde tu corazón te dice que vayas…

¿Qué te sucede cuando llegas a ese lugar?… ¿Qué encuentras allí?… ¿Qué haces allí?… ¿Qué te sucede?… ¿Encuentras a Dios?… ¿De qué manera?… ¿O te sientes decepcionado?… ¿Qué haces entonces?… ¿Decides ir a alguna otra parte?… ¿Adónde? O ¿decides permanecer allí donde te encuentras…?

Anthony de Mello

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La silla vacía

La silla vacía

Puse en práctica este ejercicio después de escuchar la historia de un sacerdote que fue a visitar a un enfermo a su casa. Advirtió la presencia de una silla vacía junto a la cama y preguntó por su finalidad. El enfermo le respondió: «He colocado a Jesús en esa silla y estaba hablando con él hasta que llegó usted… Durante años me resultó muy difícil hacer oración hasta que un amigo me explicó que orar es hablar con Jesús. Al mismo tiempo me aconsejó que colocase una silla vacía junto a mí. que imaginara a Jesús sentado en ella e intentase hablar con él, escuchar lo que él me contestaba. Desde aquel momento no he tenido dificultades para orar».

Algunos días más tarde, continúa la historia, vino la hija del enfermo a la casa parroquial para informar al sacerdote de que su padre había fallecido. Dijo: «Lo dejé solo durante un par de horas. ¡Parecía tan lleno de Paz! Cuando volví de nuevo a la habitación lo encontré muerto. Pero noté algo raro: su cabeza no reposaba sobre la almohada de su cama, sino sobre una silla colocada junto a la cama”.

Te aconsejo que pongas en práctica inmediatamente este ejercicio aunque te parezca infantil:

Imagina que ves a Jesús sentado muy cerca de ti… Al hacer esto estás poniendo tu imaginación al servicio de la fe: es cierto que Jesús no está aquí, ahora, tal como tú lo imaginas en este momento, pero es cierto que está aquí, y tu imaginación te ayuda a hacerte consciente de ello.

Habla con Jesús… Si no hay nadie cerca de ti, exprésate con voz tierna…

Presta atención a lo que Jesús te responde… o a lo que te imaginas que dice…

Si no sabes qué decirle a Jesús, cuéntale las cosas que hiciste ayer y coméntalas con él. Aquí radica la diferencia entre pensar y orar. Cuando pensamos, generalmente hablamos con nosotros mismos. Cuando oramos, hablamos con Dios. No te ocupes en imaginar los detalles de su rostro ni su vestido. etc. Esto te llevaría, quizás, a distracciones. Santa Teresa de Ávila, que empleaba esta forma de oración, decía que jamás pudo imaginar el rostro del Señor… Se limitaba a sentir su proximidad como tú sientes la proximidad de alguien a quien no puedes ver en una habitación oscura, pero cuya presencia es indudable para ti.

Este método de oración es uno de los medios más sencillos para experimentar la presencia de Cristo.

Imagina que Jesús está a tu lado durante cada uno de los momentos del día. Habla frecuentemente con él en medio de tus ocupaciones. En algunos momentos tu voluntad no podrá más que echarle una mirada, comunicarse con él sin palabras… Santa Teresa, defensora a ultranza de esta forma de oración, decía que no pasará mucho tiempo hasta que quien emplea esta forma de oración llegue a experimentar la unión intensa con el Señor. Algunas personas me preguntan a veces cómo pueden encontrar la presencia del Señor Resucitado en sus vidas. Siempre les sugiero este camino que acabo de mencionar.

Anthony de Mello

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Un lugar para orar

Un lugar para orar

Una de las mayores ayudas para la oración es encontrar un lugar que invite a la oración. En páginas anteriores he hablado de lugares que encierran “vibraciones” buenas. Quizás hayas tenido también la suerte de experimentar la calma que ha producido en ti una bella puesta de sol o la influencia benéfica que una aurora poética ha tenido en tu oración. O el parpadeo de las estrellas en la noche cuando se destacan luminosas sobre el firmamento oscuro. O la luz de la luna asomándose entre las ramas de los árboles.

La proximidad de la naturaleza ayuda notablemente a muchas personas en la oración

Sin duda que cada uno tiene sus preferencias: unos prefieren una playa con el sonido de las olas que golpean la arena; otros aman el río que discurre lentamente o el silencio y la belleza de los alrededores un lago o la paz de la cima de una montaña… ¿No te ha llamado nunca la atención que Jesús, maestro en el arte de orar, se tomase la molestia de subir a la cumbre de una montaña para orar? Al igual que todos los grandes contemplativos, era consciente de que el lugar en el que oramos influye en la calidad de nuestra oración.

Por desgracia, la mayoría de nosotros vivimos en lugares que nos impiden el contacto con la naturaleza y los sitios que nos vemos obligados a escoger para la oración no nos estimulan a levantar nuestro espíritu a Dios. Razón de más para permanecer durante largo tiempo y con amor en aquellos lugares, dondequiera que se encuentren, que nos ayudan a orar.

Saca tiempo para mirar y respirar en la noche de luna o tachonada de estrellas, en la playa o en el alto de la montaña, en cualquier otro lugar. Puedes grabar estos parajes en tu corazón y cuando te encuentres geográfica mente alejado de ellos, los tendrás vivamente presentes en tu memoria y podrás volver a ellos con la imaginación.

Intenta hacerlo ahora mismo

Después de dedicar algún tiempo a alcanzar la quietud, viaja con la imaginación a algún lugar que estimule tu oración: una playa, la orilla de un río, la cima de una montaña, una iglesia silenciosa, la terraza desde la que puede contemplarse el firmamento estrellado, un jardín regado por la luz de la luna… Ve el lugar con la mayor viveza posible… Todos los colores… Escucha todos los sonidos (las olas, el viento en los árboles, los insectos en la noche…).

Ahora levanta tu corazón a Dios y dile algo.

Los que estáis familiarizados con los ejercicios de san Ignacio de Loyola recordaréis lo que se llama «composición de lugar». Ignacio recomienda que reconstruyamos el lugar en el que se desarrolló la escena que queremos contemplar. Pero en el texto original español no aparece la expresión «composición de lugar», sino «composición, viendo el lugar». En otras palabras, no se trata del lugar que compones, sino de ti mismo cuando ves por medio de la fantasía. Si has tenido buenos resultados en el ejercicio anterior, entenderás lo que quiere decir Ignacio cuando habla de esto.

Y tendrás un centro de paz en tu corazón. Podrás retirarte a él cuando sientas necesidad de reposo y de soledad, aunque físicamente te encuentres en la plaza del mercado o en un tren abarrotado de gente.

Anthony de Mello

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Beneficios personales que derivan de la consciencia

Beneficios personales que derivan de la consciencia

Cuando te inicias en el tipo de contemplación propuesto en los ejercicios precedentes, es posible que desconfíes del valor que encierran. Parecen no encajar en la meditación ni en la oración tal como se las entiende tradicionalmente.

Si concebimos la oración como hablar con Dios, aquí se habla muy poco o nada.

Si meditación significa reflexión, luces, propósitos, se ve que estos ejercicios tienen muy poco que ver con la finalidad que persigue la meditación.

De estos ejercicios sales sin nada concreto que mostrar en compensación de todos los esfuerzos que has realizado. Nada digno de ser recogido en tu diario espiritual, al menos cuando comienzas a realizados… Después de haber dedicado un tiempo a ellos, tendrás la desagradable sensación de no haber hecho nada, de no haber logrado nada

Esta forma de oración resulta particularmente penosa a los jóvenes y a las personas que valoran las cosas por los resultados.

Personas para las que el esfuerzo es más importante que el hecho de ser.

Recuerdo a un joven que parecía no obtener resultado alguno de estos ejercicios. Le parecía tremendamente aburrido tener que permanecer sentado, inmóvil, y tener que enfrentarse al vacío aunque reconocía que le era totalmente imposible ocupar su mente en cualquier otra cosa mientras hacía oración. Según él, empleaba la mayor parte del tiempo en luchar contra las distracciones -por lo general sin éxito- y quería que yo le ofreciera algo que le hiciera parecer más valioso el tiempo y el esfuerzo que empleaba mientras hacía oración.

Por fortuna para él, perseveró en estos ejercicios, aparentemente ineficaces, y, pasados unos seis meses, vino a contarme que conseguía en ellos unos resultados inmensos, incomparablemente mayores que los anteriormente logrados en su oración y meditación.

¿Qué había sucedido?

Encontraba, sin duda, en estos ejercicios mayor paz. Sus distracciones no habían desaparecido. Seguía pensando que los ejercicios que realizaba eran tan aburridos como antes. Nada había cambiado en ellos. Pero había cambiado su vida.

El esfuerzo constante, doloroso, realizado día tras día para exponerse a lo que parecía ser nada y vacío, la lucha por acallar su mente y lograr un cierto silencio concentrándose en las sensaciones corporales, en la respiración o en los sonidos estaba reportándole un poder nuevo en su vida diaria, poder que jamás había tenido anteriormente, poder tan grande que se percibía palpablemente en su vida.

Este es uno de los mayores beneficios de esta forma de oración: el cambio en uno mismo, logrado, aparentemente, sin esfuerzo.

Todas las virtudes que anteriormente intentaste conseguir ejercitando tu fuerza de voluntad parecen llegarte ahora sin esfuerzo alguno: sinceridad, sencillez, cordialidad, paciencia… Los vicios parecen desvanecerse sin que uno se lo proponga o se esfuerce: vicios tales como el fumar, excesivo uso del alcohol, la fanfarronería, dependencia excesiva de otras personas.

Cuando te ocurra todo esto, te darás cuenta de que no ha sido en vano el tiempo que has dedicado a estos ejercicios; que están produciendo dividendos.

Anthony de Mello

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Hacerse consciente de los demás

Hacerse consciente de los demás

Hasta el presente, todos los ejercicios que has realizado se basaban en la consciencia del yo y de Dios a través del yo. Esto se debe a que tú eres para ti la realidad más cercana a Dios. No podrás experimentar nada que se encuentre más próximo a Dios que tú mismo. San Agustín insistiría con acierto en que tenemos que devolver el hombre a sí mismo para que éste haga de sí una pasarela hacia Dios. Dios es el fundamento verdadero de mi ser, el Yo de mi yo, y no puedo profundizar dentro de mí sin entrar en contacto con él.

Conscienciarse a uno mismo es también un medio para desarrollar la consciencia de los demás. En la medida en que sintonice con mis propias sensaciones seré capaz de percibir los sentimientos de los demás. Sólo en la medida en que tenga en cuenta mis reacciones frente a los demás seré capaz de salir a su encuentro con amor, sin causarles daño alguno. Cuando tomo en cuenta mis propias sensaciones desarrollo la capacidad de tener en cuenta a mi hermano. Si tengo dificultades para percibir lo que es más cercano, a mí mismo.

¿Cómo podré evitar tener dificultades para conscienciar a Dios y a mi hermano?

El ejercicio de conscienciar al otro que voy a proponerte no parte, como quizás piensas, del prójimo. Voy a fijarme en algo que es mucho más sencillo: conscienciar el resto de la creación. Partiendo de ahí, podrás llegar gradualmente al hombre. En este ejercicio pretendo que desarrolles una actitud de reverencia y de respeto hacia toda la creación inanimada: hacia todos los objetos que te rodean. Algunos grandes místicos nos dicen que, cuando alcanzaron el estadio de iluminación, se sintieron misteriosamente llenos de un sentido de reverencia profunda.

Reverencia ante Dios, ante la vida en todas sus formas, reverencia ante la creación inmensa también… Y se sintieron empujados a personalizar toda la creación. En adelante dejaron de tratar a las personas como cosas. Y a las cosas como cosas: era como si incluso las cosas se hubiesen convertido en personas. Como consecuencia, creció en ellos el respeto y amor que tenían a las personas.

Francisco de Asís fue uno de estos místicos. El veía en el sol, en la luna, en las estrellas, en los árboles, en los pájaros, en los animales, hermanos y hermanas suyos. Formaban parte de su familia y les hablaba amorosamente. ¡San Antonio de Padua llegó a predicar a los peces! ¡Una locura!, pensaremos nosotros. Actitud profundamente sabia, personalizadora y santificadora desde un punto de vista místico.

Desearía que experimentases por ti mismo algo de esto en lugar de conformarte con leerlo

De ahí que te proponga este ejercicio. Es necesario que dejes a un lado tus prejuicios de adulto y te hagas como un niño que habla con su juguete con la misma seriedad con que Francisco de Asís hablaba con el sol, la luna, los animales. Si te haces como un niño, al menos por unos momentos, podrás descubrir el reino de los cielos y aprenderás secretos que Dios oculta, de ordinario, a los sabios y a los prudentes.

Elige uno de los objetos que utilizas frecuentemente: la pluma, una copa… Debería ser un objeto que puedas mantener fácilmente en tus manos…

Mantén ese objeto en las palmas de tus manos extendidas. Ahora cierra los ojos y trata de sentirlo en tus manos… Percíbelo con la mayor agudeza posible. En primer lugar, su peso… después, la sensación que produce en las palmas de tus manos…

Ahora explóralo con los dedos o con ambas manos. Es importante que lo hagas despacio y con reverencia: explora su aspereza o tersura, su dureza o blandura, su calor o su frío… Ahora haz que toque otras partes de tu cuerpo y observa si produce sensaciones diferentes. Acércalo a tus labios… a tu pecho… a tu frente… al reverso de tu mano…

Te has informado sobre el objeto por medio del sentido del tacto… Infórmate ahora percibiéndolo por medio de la vista. Abre los ojos y contémplalo desde diferentes ángulos… Observa todos los detalles: su color, su forma, sus partes diversas…

Huélelo, degústalo, si es posible… escúchalo colocándolo muy próximo a tu oído…

Ahora, lentamente, coloca el objeto frente a ti, o en tu regazo, y habla con él… Comienza haciéndole preguntas referentes a él, a su vida, a sus orígenes, a su futuro… Escúchale con atención mientras desvela para ti el secreto de su ser y de su destino… Escúchale mientras te explica lo que significa para él existir…

Tu objeto esconde un conocimiento sobre ti que quiere revelarte… Pregúntale de qué se trata y escucha lo que tiene que decirte… Hay algo que puedes dar a este objeto. ¿Qué es? ¿Qué quiere de ti?..

Ahora coloca este objeto y a ti mismo en presencia de en quien y para quien todo ha sido creado. Escucha lo que tiene que decirte a ti y al objeto… ¿Qué le responderéis ambos?…

Mira de nuevo a tu objeto… ¿Has cambiado tu actitud respecto de él?… ¿Se ha producido algún cambio en tu actitud respecto de los demás objetos que te rodean?…

Anthony de Mello

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Encontrar a Dios en todas las cosas

Encontrar a Dios en todas las cosas

Esto es una recapitulación de la mayoría de los ejercicios precedentes.

Realiza algunos de los ejercicios de toma de conciencia expuestos en las páginas anteriores.

Fija, por ejemplo, la sensación de tu cuerpo como punto de atención… Observa no sólo las sensaciones que se ofrecen espontáneamente a tu conciencia, las más intensas, sino también las más sutiles… Si es posible, abstente de dar nombre a las sensaciones (ardor, entumecimiento, pinchazo, comezón, frío…). Trata de sentirlas sin darles nombre…

Actúa de igual manera con los sonidos… Trata de captar el mayor número de ellos… No busques identificar su fuente… Escucha los sonidos sin darles nombre…

A medida que avances en este ejercicio notarás que te invade una gran calma, un silencio profundo… Ahora percibe, por un instante, esta quietud y silencio…

Experimenta qué bien se está aquí ahora. No tener nada que hacer. Simplemente ser.

Ser

Para los que se sienten más inclinados a lo devoto:

Realiza el ejercicio precedente hasta que sientas la quietud que trae consigo…

Percibe, durante un momento, la quietud y el silencio… A continuación, comunícate con Dios sin emplear palabras. Imagina que eres mudo y que puedes comunicarte tan sólo con los ojos y con la respiración. Dile al Señor sin Palabras: «¡Señor! ¡Qué bien se está aquí contigo!”.

O no te comuniques con el Señor. Confórmate con permanecer en su presencia.

También para los que se sienten inclinados a lo devoto: un ejercicio rudimentario de encontrar a Dios en todas las cosas.

Retorna al mundo de los sentidos. Percibe con la mayor agudeza posible el aire que respiras… los sonidos que te rodean… las sensaciones que experimentas en tu cuerpo…

Siente a Dios en el aire, en los sonidos, en las sensaciones… Permanece en el mundo de los sentidos… Permanece en Dios… Entrégate al mundo de los sentidos (sonidos, sensaciones del tacto, colores…) Entrégate a Dios…

Anthony de Mello

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El toque de Dios

El toque de Dios

Esta es una variante de los ejercicios sobre sensaciones corporales. Te será útil si tienes ciertos reparos en llamar a estos últimos verdadera oración o contemplación.

Repite uno de los ejercicios sobre las sensaciones del cuerpo… Tómate algún tiempo para experimentar el mayor número de las sensaciones más sutiles en las diversas partes de tu cuerpo…

Ahora reflexiona: ninguna de las sensaciones que he percibido, por más tenue que sea el resultado de la reacción química, se daría si no existiese la omnipotencia de Dios… Siente la actuación del poder de Dios en la producción de cada una de las sensaciones…

Siente

Siéntele tocándote en cada una de esas sensaciones que él produce… Siente el tacto de Dios en diferentes partes de tu cuerpo: áspero, suave, placentero, doloroso…

Personas deseosas de experimentar a Dios y conscientes de que aún no lo han logrado, me preguntan con ansia cómo pueden llegar a tener esta experiencia de él. La experiencia de Dios no tiene por qué ser algo sensacional o fuera de lo corriente. Existe, sin duda, una experiencia de Dios que difiere del curso ordinario de las experiencias a las que estamos habituados: se trata del silencio profundo del que he hablado anteriormente, la oscuridad resplandeciente, el vacío que trae plenitud. Se producen destellos, repentinos, inenarrables, de eternidad o de infinitud que nos vienen cuando menos los esperamos, en medio del juego o del trabajo.

Cuando nos hallamos ante la presencia de la belleza o del amor… tenemos la sensación de salir fuera de nosotros…

Rara vez juzgamos esas experiencias como extraordinarias o fuera de lo corriente. Apenas les prestamos atención. No las apreciamos en todo su valor y continuamos buscando la gran experiencia de Dios que transformará nuestras vidas.

En realidad, se requiere muy poco para experimentar a Dios. Basta con que nos tranquilicemos, con que alcancemos el silencio y tomemos en cuenta la sensación de nuestra mano. Ser conscientes de las sensaciones que se dan en nuestra mano… Ahí está Dios, viviendo y actuando en ti, tocándote, intensamente próximo a ti… Siéntelo… Experiméntalo…

Muchas personas consideran estas experiencias como algo carente de significación. Sin duda que sentir a Dios es algo más que la simple constatación de las sensaciones de nuestra mano derecha. Hay personas que, como los judíos, clavan sus ojos en el futuro esperando la venida de un Mesías glorioso, sensacional, mientras que el Mesías auténtico se encontraba entre ellos, en la forma de un hombre llamado Jesús de Nazaret.

Olvidamos con demasiada facilidad que una de las lecciones más grandiosas de la encarnación es que Dios se encuentra en las cosas ordinarias.

¿Deseas ver a Dios? Mira el rostro de la persona que se encuentra junto a ti. ¿Quieres escuchado? Presta atención al llanto de un niño, al tumulto de una fiesta, al viento que susurra en los árboles. ¿Quieres sentido? Extiende tu mano y siente su caricia. O toca la silla en la que estás sentado o el libro que lees. O haz la calma dentro de ti y percibe las sensaciones de tu cuerpo, siente actuar en ti todo su poder sin límite y experimenta cuán próximo está de ti. Emmanuel. Dios con nosotros.

Anthony de Mello

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Oración del cuerpo

Oración del cuerpo

Ante todo, tranquilízate por medio de la percepción de sensaciones en las diversas partes de tu cuerpo… Agudiza esta toma de conciencia recogiendo incluso las sensaciones más sutiles, no sólo las más crasas y evidentes…

Ahora, muy suavemente, mueve tus manos y dedos de manera que lleguen a descansar sobre tu regazo, las palmas hacia arriba, los dedos juntos…

El movimiento debe ser muy, muy lento… imitando la apertura de los pétalos de la flor…

Y mientras realizas este movimiento, hazte consciente de cada una de sus partes…

Una vez que tus manos reposen en tu regazo, las palmas hacia arriba, percibe las sensaciones de las palmas… A continuación toma conciencia del gesto: es un gesto de orar a Dios, común a la mayoría de las culturas y religiones. ¿Qué significado tiene este gesto para ti? ¿Qué quieres decir a Dios por medio de él? Exprésalo sin palabras, únicamente identificándote con él…

Esta forma de comunicación no verbal que acabas de hacer se puede practicar en grupo y no requiere cambio alguno importante en la postura. Quizás te conceda saborear, en alguna medida, el tipo de oración que puedes practicar con tu cuerpo.

Presento a continuación algunos ejercicios que puedes realizar en la intimidad de tu habitación, donde puedes expresarte a tus anchas con tu cuerpo sin las dificultades de ser visto por otros.

Colócate de pie, erguido, con las manos colgando, relajadas, a los lados de tu cuerpo. Toma conciencia de que te hallas en la presencia de Dios…

A continuación, trata de encontrar alguna manera de expresarle, por medio de gestos, los sentimientos siguientes: « ¡Dios mío, me ofrezco enteramente a ti!»… Realiza este gesto muy lentamente (recuerda los pétalos de una flor que se abre), consciente plenamente de tus movimientos y asegurándote de que expresen tus sentimientos…

He aquí una manera de expresar la actitud de entrega:

Levanta las manos muy lentamente hasta que las tengas estiradas perfectamente delante de ti, los brazos paralelos al pavimento… Ahora gira lentamente tus manos de forma que las palmas miren hacia el techo, los dedos juntos y estirados… A continuación, eleva lentamente la cabeza hasta que te encuentres mirando al cielo… Si tienes los ojos cerrados, ábrelos con idéntica lentitud… Mira fijamente a Dios…

Mantén esta postura durante un minuto… A continuación, deja caer lentamente las manos hasta que recobren su posición inicial, flexiona la cabeza hacia adelante hasta que mire al horizonte. Cesa por un momento en la oración de ofrecimiento que has realizado sin palabras… y comienza de nuevo el rito… Realízalo tres o cuatro veces… o tantas cuantas te inspire la devoción…

Una alternativa al gesto que te he sugerido para expresar entrega:

Levanta tus manos como te he sugerido anteriormente, vuelve las palmas hacia arriba, los dedos juntos y estirados… A continuación junta las palmas de la mano formando un cáliz o copa… Acerca lentamente esa copa hacia tu pecho… Levanta lentamente tu cabeza hacia el cielo como he indicado antes… Mantén esta postura durante un minuto.

Otro modelo, éste para expresar deseo de Dios, saludo a él o a toda la creación:

Levanta las manos y los brazos hasta estirados totalmente delante de ti, paralelos al pavimento… Ahora ábrelos semejando un abrazo… Mira amorosamente hacia el horizonte…

Mantén esta postura durante un minuto; después vuelve a recobrar la posición inicial; descansa por un momento de hacer la oración que has realizado. Después repite el gesto tantas veces como quieras o tenga sentido para ti…

Los gestos que te he sugerido en el ejercicio son simples modelos. Trata de inventar tus propios gestos para expresar amor… alabanza… adoración…

O expresa algo que desees decir a Dios… Hazlo despacio y con la mayor gracia posible, de manera que se convierta en un movimiento lento de danza ritual…

Si te sientes desamparado e incapaz de hacer oración. si te encuentras sin recursos, expresa todo esto despojándote de tus ropas, postrándote en el suelo y extendiendo tus brazos en forma de cruz… esperando que Dios derrame sus gracias sobre tu forma postrada…

Cuando oras con el cuerpo das poder y cuerpo a tu oración.

Esto es particularmente necesario cuando te sientes incapaz de hacer oración, cuando tu mente se distrae, tu corazón se vuelve de piedra y tu espíritu parece muerto. Trata entonces de permanecer delante de Dios en posición muy devota, con las manos juntas delante de tu pecho, los ojos vueltos hacia él en mirada suplicante…

Algo de la devoción que expresas por medio de tu cuerpo se filtrará en tu espíritu y, probablemente, después de unos momentos te resultará más sencillo hacer oración.

Algunas personas encuentran, a veces, dificultades en la oración porque no aciertan a implicar a su cuerpo en ella; no saben introducir sus cuerpos en el templo santo de Dios. Dices estar de pie o sentado ante la presencia del Señor Resucitado pero en realidad estás derrengado en tu asiento o permaneces de pie en posición desaliñada… A todas luces, no estás aún poseído por la presencia amorosa del Señor. Si estuvieses plenamente pendiente de él lo notaríamos en tu cuerpo.

Quiero terminar con otro ejercicio que puedes practicar en grupo, al igual que el ejercicio relacionado con las palmas de tus manos:

Cierra los ojos. Logra la calma por medio de uno de los ejercicios de conscienciación…

Ahora levanta lentamente tu rostro hacia Dios… Mantén los ojos cerrados… ¿Qué estás expresando a Dios a través de tu rostro vuelto hacia él? Permanece con ese sentimiento o comunicación durante algunos momentos… Después percibe con la mayor agudeza posible, la posición de tu rostro… la sensación de tu rostro…

Pasados unos momentos pregúntate a ti mismo qué estás expresando a Dios por medio de tu rostro levantado y permanece así algunos instantes…

Anthony de Mello

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Consciencia y contemplación IV

Consciencia y contemplación IV

Observa que los dos medios sugeridos por mí, la imagen del Salvador y la repetición de una jaculatoria, son religiosos por naturaleza. Recuerda, no obstante, que nuestra primera intención en este ejercicio no apunta al tipo de actividad en el que la mente se ocupa; nos interesa abrir y desarrollar el Corazón.

Si se logra la finalidad, ¿importa realmente que la espina empleada para sacar las restantes sea de naturaleza religiosa o no lo sea? Si pretendes que se haga la luz en medio de tu oscuridad, ¿importa realmente que el cirio que esparce la luz en tu oscuridad sea sagrado o no? ¿Tiene alguna importancia que te concentres en una imagen del Salvador, en un libro, en una hoja o en una mancha del suelo.

“Uno-dos-tres-cuatro”

Un amigo jesuita interesado en todas estas cosas (y que sospecho examina todas las teorías religiosas con una sana mezcla de escepticismo) me aseguraba que, diciendo constantemente “uno-dos-tres-cuatro” rítmicamente, alcanzaba resultados místicos idénticos a los que sus compañeros más religiosos afirmaban alcanzar mediante la devota y rítmica recitación de alguna jaculatoria.

Y le creo. Existe, indudablemente, un valor sacramental en el empleo de la espina religiosa, pero, por lo que atañe a nuestra finalidad, tan buena es una espina como otra.

De este modo hemos llegado a la conclusión, aparentemente desconcertante, de que la concentración sobre la respiración o sobre las sensaciones del cuerpo es una contemplación óptima en el más estricto sentido de la palabra.

Un retiro de treinta días

Esta teoría mía fue confirmada por unos jesuitas que hicieron un retiro de treinta días bajo mi dirección y que accedieron a dedicar, además de las cinco horas destinadas a lo que llamamos ejercicios ignacianos, cuatro o cinco horas diarias a este sencillo ejercicio de hacerse conscientes de su respiración y de las sensaciones de su cuerpo.

No me sorprendí cuando me dijeron que durante estos ejercicios (una vez que desarrollaron cierta familiaridad con ellos) sus experiencias eran idénticas a las que tenían cuando practicaban lo que en terminología católica se conoce como oración de fe u oración de quietud. La mayoría de ellos llegaron, incluso, a decirme que estos ejercicios llevan a una profundización de las experiencias de oración que ellos habían tenido con anterioridad, dándolas -por hablar de alguna forma- mayor consistencia y agudeza.

A partir del próximo ejercicio propondré prácticas que son, manifiestamente, más religiosas en cuanto al tono.

Quiero salir con ello al encuentro de los que temen estar perdiendo lamentablemente su tiempo de oración dedicándolo a ejercicios de consciencia. Los mencionados ejercicios, manifiestamente más religiosos, ofrecerán los frutos que pueden obtenerse por medio de los primeros. Contendrán reducidas dosis de reflexión que no tienen aquéllos. Con todo, la dosis es tan reducida que resulta casi despreciable. Así que, si te sientes más a gusto, no dudes en recurrir a ellos en vez de a los ejercicios de conscienciación.

Anthony de Mello

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Consciencia y contemplación I

Consciencia y contemplación I

Quizás sea ahora el momento adecuado para enfrentamos con la objeción, escuchada con frecuencia en mis grupos de contemplación, de que estos ejercicios de «hacerse conscientes” son válidos para relajarse pero nada tienen que ver con la contemplación entendida en sentido cristiano y con la oración.

Trataré ahora de poner de manifiesto que estos sencillos ejercicios pueden ser considerados como contemplación en sentido cristiano estricto. Si la explicación que voy a proponer no te satisface o te crea problemas, te sugiero que no la tomes en cuenta y que practiques estos ejercicios de conscienciación como simples medios para disponerte a la oración y a la contemplación. O, si lo prefieres, ignora, completamente estos ejercicios y pasa a los restantes que sean más de tu agrado.

Permíteme que explique lo que entiendo por oración y por contemplación.

Empleo la palabra oración para designar la comunicación con Dios cuando ésta se establece principalmente por medio de palabras, imágenes y pensamientos. En otro lugar presentaré muchos ejercicios a los que encasillo en el apartado de oración. Entiendo la contemplación con Dios en la que se emplea el menor número posible de palabras, imágenes y conceptos o se prescinde totalmente de ellos. De esta forma de oración habla san Juan de la Cruz en su «Noche oscura de los sentidos” y el autor de “Cloud of unknowing” en su admirable libro (…).

Vayamos al núcleo del problema:

Cuando practico el ejercicio de tomar conciencia de las sensaciones de mi cuerpo o de mi respiración, ¿puedo decir que me comunico con Dios? La respuesta es afirmativa. Permítaseme que explique la naturaleza de la comunicación con Dios que se establece en los ejercicios de conscienciación.

Muchos místicos afirman que -además de la mente y del corazón, con los que nos comunicamos con Dios.- todos nosotros estamos dotados de una mente y de un corazón místicos. Se trata de una facultad que nos permite conocer a Dios directamente, comprenderle e intuirle en su ser auténtico, aunque de manera oscura, sin necesidad de usar palabras, imágenes o conceptos.

De ordinario, nuestro contacto con Dios es indirecto, a través de imágenes o conceptos que, necesariamente, distorsionan su realidad. La capacidad de captarlo sin necesidad de imágenes o de ideas es el privilegio de esta facultad a la que, en el curso de esta explicación, llamaré Corazón (término entrañable para el autor de «Cloud of Unknowing”), aunque nada tiene que ver con nuestro corazón físico o con nuestra afectividad.

En la mayoría de nosotros este Corazón se encuentra dormido y subdesarrollado.

Si lo despertásemos tendería constantemente hacia Dios y, si le diéramos oportunidad, empujaría la totalidad de nuestro ser hacia él. Pero para ello es necesario que se desarrolle, que se libere de las escorias que lo envuelven y pueda ser atraído por el Imán Eterno.

La escoria es el amplio número de pensamientos, palabras e imágenes que interponemos entre Dios y nosotros cuando entramos en comunicación con él. En muchas ocasiones, las palabras, en lugar de ayudar, impiden la comunicación e intimidad. El silencio de pensamientos y de palabras- puede, a veces, ser la forma más idónea de comunicación y de unión cuando los corazones están inundados de amor. Nuestra comunicación con Dios no es, sin embargo, un tema sencillo. Yo puedo mirar con amor a los ojos de un amigo íntimo y comunicarme con él sin necesidad de palabras.

Pero, ¿dónde fijaré mi mirada cuando, desde el silencio, miro intensamente a Dios? ¡Una realidad sin imagen, sin forma! ¡El vacío!

Esto es lo que se pide a algunas personas que desean entrar en comunicación profunda con el Infinito, con Dios: mirar fijamente durante horas al vacío. Algunos místicos recomiendan que miremos este vacío amorosamente. En verdad, requiere una buena dosis de fe mirar intensamente, con amor y anhelo, lo que parece nada cuando entramos por primera vez en contacto con ello.

Normalmente, jamás lograrás ni siquiera aproximarte al vacío, aunque desees intensamente pasar horas sin fin mirándolo fijamente, si no has hecho el silencio en tu mente. Mientras la máquina de tu mente continúe tejiendo millones de pensamientos y de palabras, tu mente mística o Corazón permanecerá subdesarrollado.

Piensa en la enorme agudeza de oído y de tacto que poseen los ciegos. Han perdido la facultad de ver y esto les fuerza a desarrollar las restantes facultades de percepción. En el mundo místico ocurre algo similar. Si, por decirlo de alguna manera, pudiésemos convertirnos en mentalmente ciegos, si pudiésemos colocar una venda en nuestra mente mientras nos comunicamos con Dios, nos veríamos obligados a desarrollar alguna otra facultad para comunicarnos con él -aquella facultad que, según numerosos místicos, tiende a ir hacia él si le concedemos la oportunidad de desarrollarse: el Corazón.

Anthony de Mello

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Sensaciones del cuerpo. Control del pensamiento

Sensaciones del cuerpo. Control del pensamiento

Este ejercicio es una profundización del anterior. Quizás te haya parecido un ejercicio muy sencillo hasta el punto de desilusionarte. Tengo que recordarte que la contemplación es algo muy sencillo. Para avanzar en ella no es preciso emplear técnicas cada vez más complicadas, sino perseverar en la simplicidad, algo que a la mayoría de las personas resulta muy duro. Libérate del tedio. Resiste a la tentación de buscar lo novedoso y, por el contrario, busca la profundidad.

Si deseas obtener los beneficios de este ejercicio y del anterior, deberás practicados durante un largo período de tiempo.

En cierta ocasión formé parte de un retiro budista en el que dedicamos nada menos que catorce horas diarias a concentramos en nuestra respiración, en el aire que entraba y salía por nuestras fosas nasales. ¡Ninguna variedad, ninguna excitación, ningún contenido de pensamiento con que mantener entretenida nuestra mente! Recuerdo con viveza el día en que dedicamos doce horas o más a conscienciar todas las sensaciones en la reducida área existente entre las fosas nasales y el labio superior. Muchos de nosotros vivimos en el vacío durante horas sin fin, pero la paciencia, el esfuerzo perseverante de concentración y toma de consciencia hicieron que esta área obstinada comenzara a producir sus sensaciones.

Quizás preguntes: ¿para qué sirve todo esto desde el punto de vista de la oración?

Por el momento voy a limitarme a responderte: No hagas preguntas. Haz lo que se te dice y encontrarás la respuesta por ti mismo. La verdad se encuentra no tanto en las palabras y explicaciones cuanto en la acción y en la experimentación. Así, pues, manos a la obra, con fe y perseverancia (¡necesitarás una buena dosis de ambas!) Y en un corto espacio de tiempo experimentarás la respuesta a tus preguntas.

Experimentarás también repugnancia a responder las preguntas, incluso aquellas de apariencia práctica, que otras personas planteen sobre estos temas. La única respuesta válida para ellos será: «Abre los ojos y ve por ti mismo. Preferiría que caminases conmigo hasta la cima de la montaña y que experimentaras la salida del sol en lugar de aventurarme en narraciones brillantes sobre los efectos que produce en ti el sol naciente cuando lo contemplas desde la cima de la montaña. “Venid y ved”, respondió Jesús a dos de sus discípulos que le preguntaban. ¡Sabia respuesta!

Toda la brillantez de la salida del sol vista desde la montaña, y muchísimo más, se encierra en un ejercicio tan monótono como es tener en cuenta durante horas y días sin fin las sensaciones de tu cuerpo. ¡Ven y ve por ti mismo!  Probablemente no dispondrás de horas y de días completos para dedicarlos a este menester.

Te sugiero que comiences cada rato de oración con este ejercicio.

Mantente en él hasta que encuentres paz y sosiego y después pasa a tu oración, sea cual fuere el tipo de oración que practicas ordinariamente. Puedes realizar también este ejercicio en otros momentos del día, en ratos libres, cuando esperas el autobús o el tren, cuando te sientes cansado, tenso, y deseas relajarte, cuando dispones de algunos minutos y no sabes qué hacer.

Espero que llegará un momento en que experimentes el gran deleite y placer de esta percepción y no desees pasar a otra forma de oración. Quizás debas permanecer entonces en ella y descubrir la profunda y genuina contemplación que se esconde en las entrañas de este humilde ejercicio. Más adelante hablaré de este tipo de contemplación.

Pasemos ahora al tercer ejercicio.

Podemos describirlo en unas pocas frases. Pero es necesario repetirlo y practicarlo con frecuencia. En nuestros grupos de contemplación jamás omito comenzar dedicando, al menos, unos pocos minutos a estos ejercicios cada vez que nos juntamos. Además, recomiendo a los componentes del grupo que los practiquen durante algunos minutos a la mañana, al mediodía y a la noche.

Cierra los ojos. Repite el ejercicio anterior pasando de una parte de tu cuerpo a otra y teniendo en cuenta todas las sensaciones que puedas recoger en cada parte. Dedica a esta tarea de cinco a diez minutos.

Ahora céntrate en un área pequeña de tu rostro: tu frente, por ejemplo, una mejilla o el mentón. Intenta recoger el mayor número de sensaciones dentro de ese área.

Quizás al principio parezca totalmente desprovista de sensaciones. Si te sucede esto, pasa por unos momentos al ejercicio anterior. Después retorna de nuevo a esta área. Continúa en esta alternancia hasta que comiences a sentir algo, por tenue que sea. Cuando comiences a percibir alguna sensación, permanece en ella. Quizás desaparezca. Quizás se transforme en otra sensación. En torno a ella pueden germinar otras sensaciones.

Ten en cuenta el tipo de sensaciones que emergen; comezón, pinchazos, ardor, tirones, vibraciones, palpitaciones, entumecimiento…

Si tu mente divaga, trata pacientemente de hacerla retornar al ejercicio tan pronto como te des cuenta de que anda errante.

Quisiera terminar este capítulo sugiriendo un ejercicio paralelo para utilizarlo fuera de los tiempos de oración.

Cuando camines, hazte consciente durante algunos momentos del movimiento de tus piernas.

Puedes realizar este ejercicio en cualquier parte, incluso en una calle abarrotada de gente. Pero no se trata de saber que tus piernas están moviéndose, sino de lograr la sensación de movimiento.

Este ejercicio te producirá un efecto sedante, tranquilizador. Puedes, además, hacer un ejercicio de concentración; para ello tendrás que buscar un lugar tranquilo en el que no puedas ser visto por personas que, al contemplar lo que haces, piensen que te ocurre algo serio. He aquí el ejercicio:

Mientras paseas de un lado a otro de una habitación o de un pasillo ralentiza tus movimientos hasta el punto de caer en la cuenta plenamente de cada uno de los movimientos de tus piernas. Percibe lo siguiente: el levantar de tu pie izquierdo… el movimiento hacia delante de tu pie izquierdo… el pie izquierdo cuando toca el pavimento… el peso de tu cuerpo cuando descansa sobre tu pierna izquierda…

Ahora el levantar de tu pie derecho… su movimiento hacia delante… cuando comienza a posarse sobre el suelo delante de ti… y así sucesivamente.

Como ayuda para concentrarte puedes repetirte mentalmente cuando levantas tu pie: «Sube… sube… sube…». Cuando lo mueves hacia delante: «Muévete… muévete… muévete…» Y cuando lo posas sobre el suelo: «Posando… posando… posando…».

Debo insistir en que este ejercicio no es recomendable cuando tienes prisa. Bastará con que lo realices una sola vez para comprender por qué no te recomendaría que lo hicieses en un lugar en el que pudieras ser visto aunque fuera por el más tolerante de los hombres.

Anthony de Mello

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El poder de la oración

Terapia por la oración

Se la llama también: plegaria, oración o súplica curativa, terapéutica mental, tratamiento mental o plegaria científica. Es la interacción de la mente consciente y subconsciente; esto es: la acción sincronizada, armoniosa e inteligente de los niveles mentales, conscientes y subconscientes, dirigidos específicamente hacia un propósito concreto y definido.

Repito: La plegaria científica es una acción mental conjunta definida y dirigida hacia un propósito específico. Pero tenlo bien presente: este método exige que sepas lo que estás haciendo, por qué lo estás haciendo y qué consecuencias tiene si lo haces.

Confía

Confía, ten fé en el poder curativo. Escoge conscientemente una verdad, una imagen o un plan deseado; visualízalo; reprodúcelo mentalmente hasta la saciedad; formúlalo en positivo, en los términos adecuados, y luego traspásalo a tu subconsciente convencido de la realidad del fin perseguido.

Cuando tu actitud mental ha sido convincente, llena de fe, tu plegaria tendrá éxito y llegará la respuesta. Mientras haces la plegaria, según el procedimiento ya mencionado, debes descartar totalmente cualquier idea negativa sin dudar un solo instante y de este modo obtendrás el objetivo perseguido. Esta actitud facilitará la unión de los niveles, consciente y subconsciente, liberando el poder curativo con armonía.

Haz una imagen mental

Supongamos que decides eliminar ciertas dificultades, por medio de la terapia mental, conociendo de antemano cuál es la dificultad o malestar que te agobia. Haz una imagen mental de ella, de esta dificultad, eliminando las circunstancias y pensamientos negativos que la producen; formula tu petición, recordando que dentro de ti se halla la inteligencia e Infinito poder capacitado para curar a tu subconsciente, que movilizará el poder curativo.

Si crees en los resultados, tus temores desaparecerán, y una vez hayas reunido estas convicciones destruirás cualquier creencia errónea mal formada por ti mismo.

Da gracias

Da gracias por la mejoría que va a llegar y no pienses en la dificultad hasta que te sientas guiado; después de un intervalo, ora otra vez. Mientras estés rezando rehúsa formalmente prestar atención a las condiciones negativas, y no admitas ni por un instante que la curación no llegará. Esta actitud trae una unión armoniosa de las mentes consciente y subconsciente que libera el poder de curación.

Cualquier método que produzca en el paciente una honesta convicción, producirá la eliminación del temor y preocupaciones, convirtiéndolas en fe y esperanza condicionando la curación.

La fe conocida generalmente como fe curativa implica el conocimiento de la interacción de las mentes consciente y subconsciente. El curador por fe, es aquel que cura sin tener una comprensión absoluta o conocimiento científico real y exacto de las facultades y fuerzas comprometidas. Proclaman poseer un don curativo especial y la persona enferma cree ciegamente en que él o sus poderes, la curarán.

J. Murphy

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