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Buscando a Dios en la gran ciudad

Buscando a Dios en la gran ciudad

Imagina que te encuentras en la cima de una montaña desde la que se divisa una gran ciudad. Es al anochecer. Se ha puesto el sol y ves que comienzan a encenderse las luces en la gran ciudad… Contemplas cómo aumenta su número hasta que la ciudad entera parece un lago de luz… Tú estás sentado aquí solo, gozando del maravilloso espectáculo… ¿Qué sientes en estos momentos…?

Cuando ha pasado un rato oyes unos pasos detrás de ti; sabes que son los de un hombre piadoso que vive por aquellos parajes, de un eremita. Se acerca hasta ti y se coloca a tu lado. Te mira lentamente y te dice únicamente una frase: «Si desciendes a la ciudad esta noche encontrarás a Dios». Después da media vuelta y se aleja. No hay explicaciones. Ni tiempo para hacer preguntas…

Tú tienes el convencimiento de que esta persona sabe lo que dice. ¿Qué sientes en estos momentos? ¿Te sientes inclinado a aceptar lo que te ha dicho y bajar a la ciudad? ¿O preferirías permanecer donde estás?

No importa cuál pueda ser tu inclinación; baja ahora mismo a la ciudad para buscar a Dios…

¿Qué sientes cuando desciendes por la pendiente…?

Has llegado a los arrabales de la ciudad y es el momento de decidir adónde vas a ir a buscar a Dios y encontrado…

¿Adónde decides ir? Por favor, sigue los dictados de tu corazón a la hora de decidirte por un lugar al que ir. No te dejes llevar por lo que piensas que deberías hacer ni vayas adonde crees que deberías ir. Vete adonde tu corazón te dice que vayas…

¿Qué te sucede cuando llegas a ese lugar?… ¿Qué encuentras allí?… ¿Qué haces allí?… ¿Qué te sucede?… ¿Encuentras a Dios?… ¿De qué manera?… ¿O te sientes decepcionado?… ¿Qué haces entonces?… ¿Decides ir a alguna otra parte?… ¿Adónde? O ¿decides permanecer allí donde te encuentras…?

Anthony de Mello

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La silla vacía

La silla vacía

Puse en práctica este ejercicio después de escuchar la historia de un sacerdote que fue a visitar a un enfermo a su casa. Advirtió la presencia de una silla vacía junto a la cama y preguntó por su finalidad. El enfermo le respondió: «He colocado a Jesús en esa silla y estaba hablando con él hasta que llegó usted… Durante años me resultó muy difícil hacer oración hasta que un amigo me explicó que orar es hablar con Jesús. Al mismo tiempo me aconsejó que colocase una silla vacía junto a mí. que imaginara a Jesús sentado en ella e intentase hablar con él, escuchar lo que él me contestaba. Desde aquel momento no he tenido dificultades para orar».

Algunos días más tarde, continúa la historia, vino la hija del enfermo a la casa parroquial para informar al sacerdote de que su padre había fallecido. Dijo: «Lo dejé solo durante un par de horas. ¡Parecía tan lleno de Paz! Cuando volví de nuevo a la habitación lo encontré muerto. Pero noté algo raro: su cabeza no reposaba sobre la almohada de su cama, sino sobre una silla colocada junto a la cama”.

Te aconsejo que pongas en práctica inmediatamente este ejercicio aunque te parezca infantil:

Imagina que ves a Jesús sentado muy cerca de ti… Al hacer esto estás poniendo tu imaginación al servicio de la fe: es cierto que Jesús no está aquí, ahora, tal como tú lo imaginas en este momento, pero es cierto que está aquí, y tu imaginación te ayuda a hacerte consciente de ello.

Habla con Jesús… Si no hay nadie cerca de ti, exprésate con voz tierna…

Presta atención a lo que Jesús te responde… o a lo que te imaginas que dice…

Si no sabes qué decirle a Jesús, cuéntale las cosas que hiciste ayer y coméntalas con él. Aquí radica la diferencia entre pensar y orar. Cuando pensamos, generalmente hablamos con nosotros mismos. Cuando oramos, hablamos con Dios. No te ocupes en imaginar los detalles de su rostro ni su vestido. etc. Esto te llevaría, quizás, a distracciones. Santa Teresa de Ávila, que empleaba esta forma de oración, decía que jamás pudo imaginar el rostro del Señor… Se limitaba a sentir su proximidad como tú sientes la proximidad de alguien a quien no puedes ver en una habitación oscura, pero cuya presencia es indudable para ti.

Este método de oración es uno de los medios más sencillos para experimentar la presencia de Cristo.

Imagina que Jesús está a tu lado durante cada uno de los momentos del día. Habla frecuentemente con él en medio de tus ocupaciones. En algunos momentos tu voluntad no podrá más que echarle una mirada, comunicarse con él sin palabras… Santa Teresa, defensora a ultranza de esta forma de oración, decía que no pasará mucho tiempo hasta que quien emplea esta forma de oración llegue a experimentar la unión intensa con el Señor. Algunas personas me preguntan a veces cómo pueden encontrar la presencia del Señor Resucitado en sus vidas. Siempre les sugiero este camino que acabo de mencionar.

Anthony de Mello

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Fantasía y crecimiento interior

Fantasía y crecimiento interior

Cada uno de nosotros lleva en su corazón un álbum de fotografías queridas del pasado. Memorias de acontecimientos que nos produjeron alegría.

Abre ahora ese álbum y revive el mayor número posible de acontecimientos…

Si anteriormente jamás has realizado este ejercicio, no es muy probable que la primera vez que lo intentes vayas a encontrar muchos acontecimientos de ese tipo. Pero gradualmente irás descubriendo más y más enterrados en tu pasado disfrutarás desenterrándolos y reviviéndolos en la presencia del Señor.

Más aún, cuando nuevos acontecimientos te visiten con nuevas alegrías acariciarás su recuerdo y no permitirás que se pierda tan fácilmente; llevarás contigo un inmenso tesoro del que podrás elegir siempre que quieras dar nueva alegría y vigor a tu vida.

Trasládate a alguna escena en la que te hayas sentido profundamente amado…

¿Cómo te fue demostrado ese amor? ¿Con palabras? ¿En miradas? ¿En gestos? ¿Un acto de servicio? ¿Una carta?.. Prolonga la escena hasta que experimentes algo del gozo que sentiste cuando tuvo lugar aquel acontecimiento.

Vuelve a alguna escena en la que sentiste gozo…

¿Qué causa hizo que sintieras aquel gozo? ¿Buenas noticias?… ¿El cumplimiento de alguno de tus deseos?.. ¿Una escena natural?.. Trata de recrear la escena original y los sentimientos que la acompañaron… Vive esos sentimientos durante el mayor tiempo posible…

Este acto de volver a escenas pasadas en las que sentiste amor y gozo es uno de los ejercicios más exquisitos que conozco para edificar tu bienestar psicológico.

Muchos de nosotros pasamos de largo por lo que un psicólogo llama “experiencias-cumbre”. Lo peor es que cuando tiene lugar la experiencia muy pocas personas tienen la habilidad de entregarse a ella. En consecuencia, no les sirve de nada o de muy poco. Urge que retornen con la imaginación a esas experiencias y que gradualmente capten al máximo su contenido.

Si pones esto en práctica descubrirás que aun cuando vuelvas con mucha frecuencia a esas experiencias, siempre hallarás en ellas alimento abundante. Su contenido parece no agotarse jamás. Son un gozo para siempre.

Ten mucho cuidado, sin embargo, de que, cuando hagas, no actúes como si las contemplases desde fuera.

Es preciso revivirlas, no observarlas o miradas desde fuera. Por consiguiente, métete dentro de esas escenas, participa en ellas. Haz que tu fantasía sea tan viva que la experiencia parezca suceder ahora por primera vez.

Antes de que pase mucho tiempo experimentarás el valor psicológico de este ejercicio y adquirirás un nuevo respeto por la imaginación como fuente de vida y de energía.

La fantasía es una herramienta valiosísima para la terapia y para el crecimiento interior

Cuando se fundamenta en la realidad (cuando imaginas acontecimientos o escenas que han sucedido de hecho) tiene el mismo efecto (placer o dolor) que la realidad misma. Si en la tenue luz del atardecer veo venir hacia mí a un amigo e imagino que es un enemigo, todas mis reacciones, psicológicas y fisiológicas, serán idénticas a las que tendría si mi enemigo estuviese allí realmente.

Cuando una persona sedienta en medio del desierto imagina ver agua, el efecto producido sobre él será idéntico al que habría sufrido si hubiese visto realmente agua. Cuando revivas escenas en las que sentiste amor y gozo, disfrutarás de todos los efectos que se derivan de estar realmente expuestos al amor y al gozo… y los beneficios son inmensos.

¿Qué significación espiritual tiene un ejercicio como éste?

En primer lugar, rompe la resistencia que muchas personas oponen en la experiencia del amor y el gozo. Aumenta su capacidad de aceptar el amor y dar la bienvenida al gozo cuando llaman a la puerta de sus vidas. Como consecuencia, aumenta su capacidad de experimentar a Dios, de abrir los corazones a su amor y a las alegrías que la experiencia de Dios produce.

Quien no permite sentirse amado por el hermano al que ve, ¿cómo permitirá sentirse amado por Dios a quien no ve? En segundo lugar, este ejercicio ayuda a superar el sentido inherente de futilidad, de nulidad. de culpa, uno de los principales obstáculos que colocamos en nuestro camino hacia Dios. De hecho, el primer efecto de la gracia de Dios, cuando entra en nuestros corazones, es hacemos sentir intensamente amados y amables.

Ejercicios como éste preparan el terreno para la gracia. En efecto, nos inclinan a aceptar el hecho de que somos personas a las que se puede amar.

He aquí otra forma de sacar provecho espiritual de este ejercicio:

Re-vive una de aquellas escenas en las que te sentiste profundamente amado o inundado de gozo… Busca y encuentra la presencia del Señor en esa escena… ¿En qué forma está él presente?

Esta es una de las maneras de aprender a encontrar a Dios en cada uno de los acontecimientos de tu vida, pasada y presente.

Anthony de Mello

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El retorno a Dios

El retorno a Dios

Cuando dos personas que se aman han peleado y quieren juntarse de nuevo, es de gran utilidad recordar los momentos felices que vivieron juntos en el pasado.

En momentos de crisis espiritual vuelve con tu imaginación a alguna escena en la que experimentaste la bondad de Dios y el amor que te tiene… del modo que sea… Permanece con él y acepta de nuevo el amor de Dios… Ahora vuelve al presente y habla con Dios.

O retorna a aquel acontecimiento en el que te sentiste muy cerca de Dios… o en que sentiste profundo gozo y consuelo espiritual…

Es importante que re-vivas el acontecimiento en tu imaginación y no te limites simplemente a recordarlo… Tómate todo el tiempo que sea preciso… Esta re-vivencia despertará de nuevo los sentimientos que tuviste entonces: gozo, intimidad, amor… Asegúrate entonces de que no quieres escapar de aquellos sentimientos; por el contrario, trata de mantenerlos todo el tiempo que puedas… Quédate con ellos hasta que percibas una sensación de paz y de contento. Entonces vuelve al presente…

Habla con el Señor durante algunos minutos y pon fin al ejercicio

La observación de pararse en esos sentimientos placenteros es importante porque, aunque parezca extraño, la mayoría de las personas toleran muy poco los sentimientos positivos. Tienen un sentido profundamente enraizado de inutilidad que les hace huir instintivamente de todo lo que sea, sensaciones placenteras incluso momentáneas, o les crean complejo de culpa, o piensan que no merece la pena, o lo que sea…

Vigila esta tendencia y asegúrate de mantener estos sentimientos dentro de ti, sentimientos que reviven los momentos deliciosos que pasaste en la compañía del Señor.

Algunos santos solían escribir una nota sobre las experiencias místicas que vivían. Guardaban así una especie de diario de su trato con el Señor. No te recomiendo que escribas largos relatos de tus experiencias espirituales. Pero, si la experiencia ha sido muy intensa, una nota breve puede ayudarte más tarde para volver a Galilea…

Una de las tragedias que padecen nuestras relaciones amorosas con Dios, con nuestros amigos y con otras personas queridas es nuestra enorme facilidad de olvido.

Anthony de Mello

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Un lugar para orar

Un lugar para orar

Una de las mayores ayudas para la oración es encontrar un lugar que invite a la oración. En páginas anteriores he hablado de lugares que encierran “vibraciones” buenas. Quizás hayas tenido también la suerte de experimentar la calma que ha producido en ti una bella puesta de sol o la influencia benéfica que una aurora poética ha tenido en tu oración. O el parpadeo de las estrellas en la noche cuando se destacan luminosas sobre el firmamento oscuro. O la luz de la luna asomándose entre las ramas de los árboles.

La proximidad de la naturaleza ayuda notablemente a muchas personas en la oración

Sin duda que cada uno tiene sus preferencias: unos prefieren una playa con el sonido de las olas que golpean la arena; otros aman el río que discurre lentamente o el silencio y la belleza de los alrededores un lago o la paz de la cima de una montaña… ¿No te ha llamado nunca la atención que Jesús, maestro en el arte de orar, se tomase la molestia de subir a la cumbre de una montaña para orar? Al igual que todos los grandes contemplativos, era consciente de que el lugar en el que oramos influye en la calidad de nuestra oración.

Por desgracia, la mayoría de nosotros vivimos en lugares que nos impiden el contacto con la naturaleza y los sitios que nos vemos obligados a escoger para la oración no nos estimulan a levantar nuestro espíritu a Dios. Razón de más para permanecer durante largo tiempo y con amor en aquellos lugares, dondequiera que se encuentren, que nos ayudan a orar.

Saca tiempo para mirar y respirar en la noche de luna o tachonada de estrellas, en la playa o en el alto de la montaña, en cualquier otro lugar. Puedes grabar estos parajes en tu corazón y cuando te encuentres geográfica mente alejado de ellos, los tendrás vivamente presentes en tu memoria y podrás volver a ellos con la imaginación.

Intenta hacerlo ahora mismo

Después de dedicar algún tiempo a alcanzar la quietud, viaja con la imaginación a algún lugar que estimule tu oración: una playa, la orilla de un río, la cima de una montaña, una iglesia silenciosa, la terraza desde la que puede contemplarse el firmamento estrellado, un jardín regado por la luz de la luna… Ve el lugar con la mayor viveza posible… Todos los colores… Escucha todos los sonidos (las olas, el viento en los árboles, los insectos en la noche…).

Ahora levanta tu corazón a Dios y dile algo.

Los que estáis familiarizados con los ejercicios de san Ignacio de Loyola recordaréis lo que se llama «composición de lugar». Ignacio recomienda que reconstruyamos el lugar en el que se desarrolló la escena que queremos contemplar. Pero en el texto original español no aparece la expresión «composición de lugar», sino «composición, viendo el lugar». En otras palabras, no se trata del lugar que compones, sino de ti mismo cuando ves por medio de la fantasía. Si has tenido buenos resultados en el ejercicio anterior, entenderás lo que quiere decir Ignacio cuando habla de esto.

Y tendrás un centro de paz en tu corazón. Podrás retirarte a él cuando sientas necesidad de reposo y de soledad, aunque físicamente te encuentres en la plaza del mercado o en un tren abarrotado de gente.

Anthony de Mello

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El poder de la imaginación. Aquí y allá

Imaginación… Aquí y allá

En nuestra imaginación se esconde una fuente, insospechada y desaprovechada, de vida y de Poder. Antes de comenzar a enseñarte a utilizarla en la contemplación, quiero descubrirte esta realidad proponiéndote una experiencia.

Cierra los ojos. Adopta una posición descansada. Durante unos momentos trata de calmarte practicando uno de los ejercicios de conscienciación. Para que tu fantasía pueda trabajar es importante que tu mente esté en calma, reposada y en paz…

Ahora trasládate con la imaginación a algún lugar en el que te hayas sentido feliz en el pasado… Una vez elegido el lugar, dedica unos minutos a captar todos los detalles del lugar… Para ello, pon en juego cada uno de tus sentidos imaginativos: ve cada uno de los objetos que hay en el lugar, los colores, escucha de nuevo cada uno de los sonidos, toca, degusta y huele, si es posible, hasta que el lugar adquiera la mayor viveza posible…

¿Qué haces?… ¿Qué sientes?…

Cuando hayas permanecido en este lugar unos cinco minutos, retorna al presente, a tu existencia en esta habitación en la que nos encontramos ahora… Observa el mayor número posible de detalles en la situación actual… Capta, principalmente, lo que sientes aquí… Dedica a esta tarea unos diez minutos…

Ahora vuelve de nuevo al lugar al que viajaste con tu imaginación… ¿Qué sientes ahora?… ¿Se ha producido algún cambio en el lugar o en tus sentimientos?…

Vuelve a esta habitación… y viaja constantemente de un lugar al otro, del lugar del pasado a la habitación en que te encuentras en este momento; hazte consciente, en cada momento, de lo que sientes y de cualquier cambio que pueda producirse en tus sensaciones…

Cuando hayan pasado algunos minutos, te pediré que abras los ojos y pongas fin a la experiencia; te invitaré también a compartir con nosotros tu experiencia si lo deseas.

En la comunicación que se produce después de este ejercicio, muchas personas dicen que se sienten renovadas y fortalecidas.

Con la imaginación viajan a algún lugar en el que experimentaron amor, gozo, paz profunda y silencio en algún momento de su vida pasada… Cuando reviven la escena en su fantasía son capaces también de revivir las emociones que sintieron cuando la escena tuvo lugar por primera vez.

El retorno a la habitación en la que se encuentran actualmente suele ir acompañado frecuentemente de un cierto malestar…

Pero, si cambian constantemente del lugar vivido con la imaginación a la habitación en la que se encuentran y viceversa, traen consigo del lugar imaginado una buena dosis de emociones positivas que han experimentado allí. Vuelven renovados y fortalecidos.

Y, por extraño que pueda parecer, su percepción de la realidad presente se agudiza.

Lejos de ser una huída de la realidad, como- muchas personas piensan cuando escapan al mundo de su fantasía, este repliegue les ayuda a zambullirse con mayor profundidad en la realidad presente, a captada mejor y abordada con vigor renovado.

La próxima vez que te sientas cansado y abatido intenta esta experiencia y comprobarás los resultados que te regala…

Quizás pertenezcas al grupo de personas que han empleado con escasa frecuencia el poder de su fantasía Y que al principio encuentran muchas dificultades para imaginar con viveza cualquier cosa. En tal caso, te será necesaria una cierta práctica hasta que llegues a percibir los beneficios de este ejercicio vigorizador. Si perseveras, te sonreirá el éxito.

Cuando intentes realizar este experimento, asegúrate de que tu imaginación trabaja de verdad; de que no te limitas a recordar la escena o el acontecimiento. La fantasía se diferencia de la memoria en que en la fantasía revivo el acontecimiento que recuerdo. No me doy cuenta de mi entorno actual. En mi mente y mi consciencia, me encuentro presente en el lugar revivido por la imaginación.

Así, cuando mi fantasía recrea una escena en la playa, imagino que oigo el rumor de las olas, siento de nuevo que el sol quema mi espalda desnuda, siento el contacto de la arena caliente… y, como consecuencia, experimento, otra vez, las sensaciones que tuve cuando sucedió la escena por primera vez.

En otros tiempos quizás hubiera aceptado las quejas de los ejercitantes que me decían: “no puedo orar con la imaginación… Tengo muy poca fantasía”. Tal vez les habría aconsejado emplear otra forma de oración. En la actualidad estoy plenamente convencido de que, con un poco de práctica, cualquier persona puede desarrollar su poder de imaginar y, de esta forma, adquirir riquezas emocionales y espirituales insospechadas.

Si piensas que eres totalmente incapaz de usar tu imaginación, intenta esto

Mira fijamente un objeto que tengas delante de ti. Cierra después los ojos y trata de visualizar mentalmente el objeto. Capta todo el número de detalles que puedas. A continuación abre los ojos y mira de nuevo el objeto; observa los detalles que no ha recogido tu imagen mental. Cierra los ojos de nuevo y trata de ver cuántos detalles de tu objeto puedes captar ahora, con qué agudeza los percibes…

Puedes intentar algo semejante con el sentido imaginativo del oído: escucha algunos compases de música en el magnetófono… cáptalos mentalmente… pon de nuevo la cinta y nota los que no has retenido… De esta manera, desarrollarás gradualmente tu poder de imaginar.

Vamos ahora a espiritualizar el experimento que te he presentado al comienzo del ejercicio. De esta manera conseguirás sacar algún provecho espiritual.

Cierra los ojos y permanece en calma durante algunos momentos…

Ahora viaja con tu imaginación a un lugar en el que hayas experimentado a Dios en el pasado…

Pon en práctica el procedimiento que sugerí para el ejercicio anterior… cambia de un lugar a otro… Mira si puedes recordar algo de la experiencia espiritual que viviste en el pasado y revive en el momento presente algo del poder espiritual que te dio aquella experiencia.

Para emplear tu fantasía con provecho y sacar el máximo beneficio de estos ejercicios, debes encontrarte en un estado de soledad interior profunda. Entonces serán vivas tus imágenes. Podrían llegar a ser tan vivas como la realidad del mundo sensible.

No temas que estos ejercicios te conviertan en un escapista o te hagan soñar despierto.

Esto último es peligroso cuando el soñador es incapaz de distinguir entre la realidad sensible y la realidad imaginada o carece de poder para dominar sus sueños a voluntad. Si tienes ese poder, puedes realizar estos ejercicios sin miedo alguno.

Anthony de Mello

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Valor especial de la consciencia del cuerpo

Valor especial de la consciencia del cuerpo

He sugerido frecuentemente que, para la contemplación, percibieras tu respiración, los sonidos o las sensaciones corporales. ¿Tienen todas ellas igual valor? En mi opinión, la percepción de las sensaciones corporales tiene una ventaja sobre las de los sonidos o la respiración. Además de los beneficios espirituales que aporta, la persona que practica este tipo de «conscienciación» recibe otros muchos beneficios psicológicos. Llega, incluso, un momento en que todas las partes del cuerpo ofrecen sensaciones a esa actividad.

Existe una conexión muy estrecha entre el cuerpo y la psique y cualquier daño infligido a uno de ellos parece afectar al otro.

Lo mismo que cualquier aumento en la salud de uno parece ejercer efectos beneficiosos en el otro. Cuando la percepción de tu cuerpo se agudiza de tal manera que cada una de sus partes se hace viva con multitud de sensaciones, tiene lugar una descarga de tensiones, físicas y emocionales.

He conocido personas que se han liberado de enfermedades psicosomáticas, tales como asma y jaquecas y de trastornos emocionales, tales como resentimiento y temores neuróticos, mediante la práctica constante de la percepción de las sensaciones de su cuerpo.

A veces este ejercicio puede desembocar en un destape del subconsciente y hacer que una persona se vea inundada de fuertes sentimientos y fantasías relacionadas con materiales reprimidos, por lo general sentimientos y fantasías relacionadas con el sexo y la ira. En todo esto no existe peligro si continúas con tus ejercicios y no das importancia a los sentimientos y fantasías. Cuida, como dije anteriormente, de no permanecer muchas horas seguidas conscienciando la respiración a no ser que tengas a mano un guía competente.

Si deseas acometer seria y sistemáticamente la práctica de estos ejercicios, te recomiendo que comiences por tener en cuenta la respiración y los sonidos.

Dedica a esto unos pocos minutos, al comienzo de cada ejercicio, pasa después a las sensaciones de tu cuerpo, dando a estas últimas la mayor importancia posible y pasando por cada una de las partes del cuerpo hasta que todo él se convierta en un hervidero de sensaciones.

Entonces quédate percibiendo tu cuerpo como un todo hasta que comiences a notar que te distraes y que necesitas de nuevo pasar de una parte a otra. Esto te reportará el beneficio espiritual de abrir tu Corazón a lo divino. Recibirás, además, los beneficios de alma y cuerpo que este ejercicio trae consigo.

Por último, una palabra de ánimo

La paz y el gozo que te he prometido como premio a la práctica fiel y constante de estos ejercicios son sentimientos a los que, probablemente, no estás acostumbrado; algo que al principio es tan sutil que a duras penas puedes reconocer en ello un sentimiento o una emoción. Si no tienes esto en cuenta, puedes desanimarte demasiado fácilmente.

El deleite y gozo de esta paz es un paladar adquirido. Cuando decimos a un niño que la cerveza sabe bien, él aproxima la jarra a sus labios con su experiencia personal de lo que sabe bien y se sorprende y disgusta porque la cerveza no posee la dulzura de las bebidas que él ha tomado hasta entonces. Se le dijo que la cerveza sabía bien y, para él, saber bien era sinónimo de dulce.

Acércate a realizar estos ejercicios sin llevar ideas o nociones preconcebidas. Acércate con la disponibilidad necesaria para descubrir nuevas experiencias (que quizás al principio no te parezcan «experiencias”) y para adquirir nuevos paladares.

Anthony de Mello

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La contemplación en grupo

La contemplación resulta más fácil en grupo

Probablemente te será más fácil concentrarte y realizar con provecho estos ejercicios si los practicas en un grupo de personas que quieren también lo mismo.

Es importante que todos los miembros del grupo se esfuercen seriamente en practicar esta forma de contemplación. La pereza o cansancio mental de una persona arrastrará a los demás, así como los esfuerzos de algunos “contemplativos” dentro del grupo servirán de gran ayuda a los otros.

En muchas ocasiones me han confesado algunos ejercitantes que notaban gran diferencia entre hacer la contemplación en grupo o solos en su habitación. Naturalmente, no se trata de una norma universal, pero me llamó la atención el que, en unos ejercicios budistas a los que asistí, cuando alguno de los participantes encontraba muchas dificultades para concentrarse, el director de los ejercicios le invitase a sentarse junto a él y esto parecía ser un remedio eficaz.

¿Se produce una especie de comunicación inconsciente, contagiosa, cuando unas personas logran un silencio profundo en la proximidad física de otras?

O ¿existen «vibraciones”, generadas por medio de este ejercicio, con efectos beneficiosos sobre aquellos que se encuentran en una proximidad suficiente para quedar expuestos a las mismas?

Nuestro maestro budista mantenía esta teoría. Y recomendaba también muy en serio otra práctica que yo he encontrado muy beneficiosa: en la medida de lo posible, hacer la contemplación siempre en el mismo lugar, en la misma esquina; esquina o habitación reservada únicamente a esta finalidad.

O hacerla en un lugar utilizado por otros para orar o contemplar. Razón: según él, las vibraciones buenas, generadas por medio de la oración y de la contemplación, persisten una vez que ha terminado la contemplación.

No sé si las razones son válidas o no, pero, por experiencia personal y ajena, sé que ayuda a orar en lugares «sagrados» que han sido santificados por la práctica frecuente de la contemplación.

Anthony de Mello

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Beneficios personales que derivan de la consciencia

Beneficios personales que derivan de la consciencia

Cuando te inicias en el tipo de contemplación propuesto en los ejercicios precedentes, es posible que desconfíes del valor que encierran. Parecen no encajar en la meditación ni en la oración tal como se las entiende tradicionalmente.

Si concebimos la oración como hablar con Dios, aquí se habla muy poco o nada.

Si meditación significa reflexión, luces, propósitos, se ve que estos ejercicios tienen muy poco que ver con la finalidad que persigue la meditación.

De estos ejercicios sales sin nada concreto que mostrar en compensación de todos los esfuerzos que has realizado. Nada digno de ser recogido en tu diario espiritual, al menos cuando comienzas a realizados… Después de haber dedicado un tiempo a ellos, tendrás la desagradable sensación de no haber hecho nada, de no haber logrado nada

Esta forma de oración resulta particularmente penosa a los jóvenes y a las personas que valoran las cosas por los resultados.

Personas para las que el esfuerzo es más importante que el hecho de ser.

Recuerdo a un joven que parecía no obtener resultado alguno de estos ejercicios. Le parecía tremendamente aburrido tener que permanecer sentado, inmóvil, y tener que enfrentarse al vacío aunque reconocía que le era totalmente imposible ocupar su mente en cualquier otra cosa mientras hacía oración. Según él, empleaba la mayor parte del tiempo en luchar contra las distracciones -por lo general sin éxito- y quería que yo le ofreciera algo que le hiciera parecer más valioso el tiempo y el esfuerzo que empleaba mientras hacía oración.

Por fortuna para él, perseveró en estos ejercicios, aparentemente ineficaces, y, pasados unos seis meses, vino a contarme que conseguía en ellos unos resultados inmensos, incomparablemente mayores que los anteriormente logrados en su oración y meditación.

¿Qué había sucedido?

Encontraba, sin duda, en estos ejercicios mayor paz. Sus distracciones no habían desaparecido. Seguía pensando que los ejercicios que realizaba eran tan aburridos como antes. Nada había cambiado en ellos. Pero había cambiado su vida.

El esfuerzo constante, doloroso, realizado día tras día para exponerse a lo que parecía ser nada y vacío, la lucha por acallar su mente y lograr un cierto silencio concentrándose en las sensaciones corporales, en la respiración o en los sonidos estaba reportándole un poder nuevo en su vida diaria, poder que jamás había tenido anteriormente, poder tan grande que se percibía palpablemente en su vida.

Este es uno de los mayores beneficios de esta forma de oración: el cambio en uno mismo, logrado, aparentemente, sin esfuerzo.

Todas las virtudes que anteriormente intentaste conseguir ejercitando tu fuerza de voluntad parecen llegarte ahora sin esfuerzo alguno: sinceridad, sencillez, cordialidad, paciencia… Los vicios parecen desvanecerse sin que uno se lo proponga o se esfuerce: vicios tales como el fumar, excesivo uso del alcohol, la fanfarronería, dependencia excesiva de otras personas.

Cuando te ocurra todo esto, te darás cuenta de que no ha sido en vano el tiempo que has dedicado a estos ejercicios; que están produciendo dividendos.

Anthony de Mello

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Hacerse consciente de los demás

Hacerse consciente de los demás

Hasta el presente, todos los ejercicios que has realizado se basaban en la consciencia del yo y de Dios a través del yo. Esto se debe a que tú eres para ti la realidad más cercana a Dios. No podrás experimentar nada que se encuentre más próximo a Dios que tú mismo. San Agustín insistiría con acierto en que tenemos que devolver el hombre a sí mismo para que éste haga de sí una pasarela hacia Dios. Dios es el fundamento verdadero de mi ser, el Yo de mi yo, y no puedo profundizar dentro de mí sin entrar en contacto con él.

Conscienciarse a uno mismo es también un medio para desarrollar la consciencia de los demás. En la medida en que sintonice con mis propias sensaciones seré capaz de percibir los sentimientos de los demás. Sólo en la medida en que tenga en cuenta mis reacciones frente a los demás seré capaz de salir a su encuentro con amor, sin causarles daño alguno. Cuando tomo en cuenta mis propias sensaciones desarrollo la capacidad de tener en cuenta a mi hermano. Si tengo dificultades para percibir lo que es más cercano, a mí mismo.

¿Cómo podré evitar tener dificultades para conscienciar a Dios y a mi hermano?

El ejercicio de conscienciar al otro que voy a proponerte no parte, como quizás piensas, del prójimo. Voy a fijarme en algo que es mucho más sencillo: conscienciar el resto de la creación. Partiendo de ahí, podrás llegar gradualmente al hombre. En este ejercicio pretendo que desarrolles una actitud de reverencia y de respeto hacia toda la creación inanimada: hacia todos los objetos que te rodean. Algunos grandes místicos nos dicen que, cuando alcanzaron el estadio de iluminación, se sintieron misteriosamente llenos de un sentido de reverencia profunda.

Reverencia ante Dios, ante la vida en todas sus formas, reverencia ante la creación inmensa también… Y se sintieron empujados a personalizar toda la creación. En adelante dejaron de tratar a las personas como cosas. Y a las cosas como cosas: era como si incluso las cosas se hubiesen convertido en personas. Como consecuencia, creció en ellos el respeto y amor que tenían a las personas.

Francisco de Asís fue uno de estos místicos. El veía en el sol, en la luna, en las estrellas, en los árboles, en los pájaros, en los animales, hermanos y hermanas suyos. Formaban parte de su familia y les hablaba amorosamente. ¡San Antonio de Padua llegó a predicar a los peces! ¡Una locura!, pensaremos nosotros. Actitud profundamente sabia, personalizadora y santificadora desde un punto de vista místico.

Desearía que experimentases por ti mismo algo de esto en lugar de conformarte con leerlo

De ahí que te proponga este ejercicio. Es necesario que dejes a un lado tus prejuicios de adulto y te hagas como un niño que habla con su juguete con la misma seriedad con que Francisco de Asís hablaba con el sol, la luna, los animales. Si te haces como un niño, al menos por unos momentos, podrás descubrir el reino de los cielos y aprenderás secretos que Dios oculta, de ordinario, a los sabios y a los prudentes.

Elige uno de los objetos que utilizas frecuentemente: la pluma, una copa… Debería ser un objeto que puedas mantener fácilmente en tus manos…

Mantén ese objeto en las palmas de tus manos extendidas. Ahora cierra los ojos y trata de sentirlo en tus manos… Percíbelo con la mayor agudeza posible. En primer lugar, su peso… después, la sensación que produce en las palmas de tus manos…

Ahora explóralo con los dedos o con ambas manos. Es importante que lo hagas despacio y con reverencia: explora su aspereza o tersura, su dureza o blandura, su calor o su frío… Ahora haz que toque otras partes de tu cuerpo y observa si produce sensaciones diferentes. Acércalo a tus labios… a tu pecho… a tu frente… al reverso de tu mano…

Te has informado sobre el objeto por medio del sentido del tacto… Infórmate ahora percibiéndolo por medio de la vista. Abre los ojos y contémplalo desde diferentes ángulos… Observa todos los detalles: su color, su forma, sus partes diversas…

Huélelo, degústalo, si es posible… escúchalo colocándolo muy próximo a tu oído…

Ahora, lentamente, coloca el objeto frente a ti, o en tu regazo, y habla con él… Comienza haciéndole preguntas referentes a él, a su vida, a sus orígenes, a su futuro… Escúchale con atención mientras desvela para ti el secreto de su ser y de su destino… Escúchale mientras te explica lo que significa para él existir…

Tu objeto esconde un conocimiento sobre ti que quiere revelarte… Pregúntale de qué se trata y escucha lo que tiene que decirte… Hay algo que puedes dar a este objeto. ¿Qué es? ¿Qué quiere de ti?..

Ahora coloca este objeto y a ti mismo en presencia de en quien y para quien todo ha sido creado. Escucha lo que tiene que decirte a ti y al objeto… ¿Qué le responderéis ambos?…

Mira de nuevo a tu objeto… ¿Has cambiado tu actitud respecto de él?… ¿Se ha producido algún cambio en tu actitud respecto de los demás objetos que te rodean?…

Anthony de Mello

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Encontrar a Dios en todas las cosas

Encontrar a Dios en todas las cosas

Esto es una recapitulación de la mayoría de los ejercicios precedentes.

Realiza algunos de los ejercicios de toma de conciencia expuestos en las páginas anteriores.

Fija, por ejemplo, la sensación de tu cuerpo como punto de atención… Observa no sólo las sensaciones que se ofrecen espontáneamente a tu conciencia, las más intensas, sino también las más sutiles… Si es posible, abstente de dar nombre a las sensaciones (ardor, entumecimiento, pinchazo, comezón, frío…). Trata de sentirlas sin darles nombre…

Actúa de igual manera con los sonidos… Trata de captar el mayor número de ellos… No busques identificar su fuente… Escucha los sonidos sin darles nombre…

A medida que avances en este ejercicio notarás que te invade una gran calma, un silencio profundo… Ahora percibe, por un instante, esta quietud y silencio…

Experimenta qué bien se está aquí ahora. No tener nada que hacer. Simplemente ser.

Ser

Para los que se sienten más inclinados a lo devoto:

Realiza el ejercicio precedente hasta que sientas la quietud que trae consigo…

Percibe, durante un momento, la quietud y el silencio… A continuación, comunícate con Dios sin emplear palabras. Imagina que eres mudo y que puedes comunicarte tan sólo con los ojos y con la respiración. Dile al Señor sin Palabras: «¡Señor! ¡Qué bien se está aquí contigo!”.

O no te comuniques con el Señor. Confórmate con permanecer en su presencia.

También para los que se sienten inclinados a lo devoto: un ejercicio rudimentario de encontrar a Dios en todas las cosas.

Retorna al mundo de los sentidos. Percibe con la mayor agudeza posible el aire que respiras… los sonidos que te rodean… las sensaciones que experimentas en tu cuerpo…

Siente a Dios en el aire, en los sonidos, en las sensaciones… Permanece en el mundo de los sentidos… Permanece en Dios… Entrégate al mundo de los sentidos (sonidos, sensaciones del tacto, colores…) Entrégate a Dios…

Anthony de Mello

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Concentración

Concentración

Este es un ejercicio de pura toma de conciencia:

Elige un objeto sensible como centro básico de atención: te sugiero que elijas o bien las sensaciones de una parte del cuerpo o la respiración o los sonidos que te rodean.

Centra tu atención en ese objeto pero hazlo de manera que, si ésta se desvía a cualquier otro objeto, te des cuenta inmediatamente de esa desviación.

Supongamos que has escogido como objeto básico de atención tu respiración ¡Bien! ¡Concéntrate en tu respiración!…

Es probable que, después de algunos minutos, tu atención se desplace a cualquier otro objeto, un pensamiento, un sonido, un sentimiento… Si tienes en cuenta este desplazamiento, no debes considerado como una distracción. Es importante, sin embargo, que lo conciencies cuando está produciéndose o inmediatamente después de haber tenido lugar. Lo considerarás como distracción sólo en el caso de que te des cuenta de él bastante después de haberse producido.

Supongamos que tomas como objeto de atención tu respiración. En tal caso, tu ejercicio podría recorrer los pasos siguientes (voy a describir el proceso de toma de conciencia): Estoy respirando… Estoy respirando… Ahora estoy pensando… pensando… pensando… Ahora estoy escuchando un sonido… escuchando… escuchando… Ahora estoy irritado… irritado… irritado… Ahora me siento cansado… cansado… cansado…

Cuando realizamos este ejercicio no hay que pensar que la dispersión de la mente sea una distracción, a no ser que no te des cuenta de que tu mente divaga, que tu atención se desplaza de un objeto a otro…

Una vez que hayas tomado en cuenta este desplazamiento, permanece centrado en el nuevo objeto (pensar, escuchar, sentir…) durante unos momentos; después retorna al objeto básico de tu atención (respiración)…

Tu pericia en la auto-conscienciación puede desarrollarse de tal manera que te hagas capaz de percibir no sólo el desplazamiento de tu atención a otro objeto, sino incluso del deseo de cambiar, del impulso a pasar a cualquier otro objeto. Igual que cuando deseas mover tu mano, hacerte consciente de que consientes en él, de la puesta en práctica del deseo, del primer movimiento ligero de tu mano…

Todas las actividades que componen este proceso se realizan en una fracción infinitesimal de segundo. De ahí que nos resulte imposible distinguir cada una de ellas hasta que no hayamos logrado que reinen dentro de nosotros el silencio y la calma y que nuestra toma de conciencia haya adquirido la agudeza del filo de una navaja.

¿Auto-consciencia es egoísmo?

A veces consideramos la auto-consciencia como una forma de egoísmo y exhortamos a las personas a que se olviden de sí mismas y piensen en los demás. Para entender hasta qué punto puede ser nocivo este consejo, basta con oír alguna entrevista grabada de un consejero bien intencionado, comunicativo pero inexperto, con su cliente. Si aquél no tiene en cuenta lo que ocurre en su interior, de seguro que no será consciente de lo que suceda en la interioridad de su cliente y de lo que acaezca en el intercambio que se establece entre los dos. En tal caso, será muy escasa la ayuda que pueda prestarle; incluso estará en peligro de dañarle.

Tenerse en cuenta a sí mismo es un medio eficacísimo para crecer en el amor a Dios y al prójimo. La auto-consciencia incrementa el amor. El amor, cuando es auténtico, profundiza la auto-consciencia.

No busques medios recónditos para desarrollarla. Comienza por cosas sencillas, como es percibir las sensaciones de tu cuerpo o las cosas que te rodean y pasa después a ejercicios como el que te recomiendo. Al cabo de poco tiempo notarás los frutos de quietud y de amor que la auto-consciencia ejercitada te dará.

Anthony de Mello

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Sonidos

Sonidos

Si no pongo mucho cuidado en escoger un lugar tranquilo para los grupos de contemplación, algunos miembros del grupo se quejan invariablemente de los ruidos que les rodean. El tráfico de las calles, el sonido estridente de la radio. Una puerta que chirría. El teléfono que suena. Todos estos ruidos estorban su quietud y tranquilidad y les sumergen en distracciones.

Algunos sonidos favorecen el silencio y la oración. Escuchar el sonido lejano de la campana de una iglesia, por ejemplo, o el gorjeo de los pájaros al amanecer o escuchar las melodías del órgano en una iglesia grandiosa no producen molestia alguna. Y con todo, ningún sonido, a no ser algún ruido tan fuerte que te estropee los tímpanos, tiene por qué perturbar tu silencio, quietud y tranquilidad.

Contemplar los sonidos

Si aprendes a llevar a la contemplación todos los sonidos que te rodean (suponiendo que interfieran en tu acto de consciencia cuando estás en contemplación), descubrirás que existe un silencio profundo en el corazón de los ruidos. Me gusta, por este motivo, tener las sesiones de oración en grupo en lugares que no estén en silencio total. Una sala situada al lado de una calle de intenso tráfico se acomoda admirablemente a mis preferencias.

A continuación, presento un ejercicio que te ayudará notablemente a lograr la contemplación en medio de los sonidos que te rodean:

Cierra los ojos. Tapona tus oídos con los pulgares. Cubre los ojos con las palmas de tus manos.

Ahora no escuchas sonido alguno de los que te rodean.

Escucha el sonido de tu respiración.

Después de respirar diez veces profundamente, lleva tus manos muy despacio sobre tu regazo. Que tus ojos permanezcan cerrados. Presta atención a todos los sonidos que te rodean, el mayor número posible de ellos, los sonidos intensos, los tenues; los que se oyen cerca, los que suenan más alejados… Durante un rato escucha estos sonidos sin tratar de identificarlos (ruido de pasos, tic tac del reloj, ruido del tráfico…) Escucha todo el mundo de sonidos que te rodean considerándolos como un todo…

Los sonidos distraen cuando luchas por escapar de ellos, cuando intentas expulsarlos fuera de tu conciencia, cuando protestas que no tienen derecho a estar allí. En esta ultima eventualidad, además de molestar, irritan. Si, por el contrario, los aceptas y los conciencias se convertirán para ti no en fuente de distracción o de irritación sino en un medio para lograr el silencio. Aprenderás por experiencia cuán relajante resulta este ejercicio.

Pero no solamente eso. Es también una buena contemplación. Podrías aplicar aquí la teoría sobre el desarrollo del Corazón dentro de ti para captar a Dios. En vez de ocupar tu mente en las sensaciones de tu cuerpo, podrías ocuparla haciéndote consciente de los sonidos que te rodean mientras tu Corazón se despliega gradualmente y comienza a tender hacia Dios.

Otro ejercicio

Pero si esta teoría no te agrada, te presento otro medio para lograr que la contemplación, en este ejercicio, sea más explícita:

Escucha todos los sonidos que te rodean, como hemos indicado en el ejercicio anterior…

Asegúrate de que puedes escuchar hasta los sonidos más leves. Con frecuencia, un sonido se compone de otros muchos… tiene diferencias de nivel e intensidad… Averigua cuántos de estos matices puedes captar…

Toma en cuenta ahora no tanto los sonidos que te rodean, sino tu acto de oír…

¿Qué sientes cuando percibes que posees la facultad de oír? ¿Agradecimiento… alabanza… gozo… amor…?

Vuelve de nuevo al mundo de los sonidos y alterna entre la toma de conciencia de los sonidos y tu actividad auditiva… Piensa ahora que cada uno de los sonidos es producido y sostenido por la omnipotencia de Dios… Dios está sonando a tu alrededor… Descansa en este mundo de los sonidos… Descansa en Dios (…).

OM

 

Un añadido agradable al ejercicio puede consistir en que el grupo o quien lo dirige reciten una antífona con voz suave. Recitar la palabra sánscrita OM, puede ser de gran ayuda. En cualquier caso, se trata de recitar una línea o una palabra, permanecer después en silencio durante unos instantes y volver a recitada de nuevo. Puedes intentado tú mismo si haces la contemplación en solitario.

Lo importante no es escuchar únicamente el sonido, sino también el silencio que se produce después de cada línea o palabra que recitas.

Suelo introducir con frecuencia un recitado en determinados momentos en que el grupo contempla en silencio. Esto contribuye a profundizar el silencio si el grupo sabe escuchado convenientemente. Efecto similar puede obtenerse golpeando rítmicamente un gong. Golpear el gong, escuchar la resonancia, percibir cómo muere el sonido, escuchar el silencio que se produce a continuación.

Anthony de Mello

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El toque de Dios

El toque de Dios

Esta es una variante de los ejercicios sobre sensaciones corporales. Te será útil si tienes ciertos reparos en llamar a estos últimos verdadera oración o contemplación.

Repite uno de los ejercicios sobre las sensaciones del cuerpo… Tómate algún tiempo para experimentar el mayor número de las sensaciones más sutiles en las diversas partes de tu cuerpo…

Ahora reflexiona: ninguna de las sensaciones que he percibido, por más tenue que sea el resultado de la reacción química, se daría si no existiese la omnipotencia de Dios… Siente la actuación del poder de Dios en la producción de cada una de las sensaciones…

Siente

Siéntele tocándote en cada una de esas sensaciones que él produce… Siente el tacto de Dios en diferentes partes de tu cuerpo: áspero, suave, placentero, doloroso…

Personas deseosas de experimentar a Dios y conscientes de que aún no lo han logrado, me preguntan con ansia cómo pueden llegar a tener esta experiencia de él. La experiencia de Dios no tiene por qué ser algo sensacional o fuera de lo corriente. Existe, sin duda, una experiencia de Dios que difiere del curso ordinario de las experiencias a las que estamos habituados: se trata del silencio profundo del que he hablado anteriormente, la oscuridad resplandeciente, el vacío que trae plenitud. Se producen destellos, repentinos, inenarrables, de eternidad o de infinitud que nos vienen cuando menos los esperamos, en medio del juego o del trabajo.

Cuando nos hallamos ante la presencia de la belleza o del amor… tenemos la sensación de salir fuera de nosotros…

Rara vez juzgamos esas experiencias como extraordinarias o fuera de lo corriente. Apenas les prestamos atención. No las apreciamos en todo su valor y continuamos buscando la gran experiencia de Dios que transformará nuestras vidas.

En realidad, se requiere muy poco para experimentar a Dios. Basta con que nos tranquilicemos, con que alcancemos el silencio y tomemos en cuenta la sensación de nuestra mano. Ser conscientes de las sensaciones que se dan en nuestra mano… Ahí está Dios, viviendo y actuando en ti, tocándote, intensamente próximo a ti… Siéntelo… Experiméntalo…

Muchas personas consideran estas experiencias como algo carente de significación. Sin duda que sentir a Dios es algo más que la simple constatación de las sensaciones de nuestra mano derecha. Hay personas que, como los judíos, clavan sus ojos en el futuro esperando la venida de un Mesías glorioso, sensacional, mientras que el Mesías auténtico se encontraba entre ellos, en la forma de un hombre llamado Jesús de Nazaret.

Olvidamos con demasiada facilidad que una de las lecciones más grandiosas de la encarnación es que Dios se encuentra en las cosas ordinarias.

¿Deseas ver a Dios? Mira el rostro de la persona que se encuentra junto a ti. ¿Quieres escuchado? Presta atención al llanto de un niño, al tumulto de una fiesta, al viento que susurra en los árboles. ¿Quieres sentido? Extiende tu mano y siente su caricia. O toca la silla en la que estás sentado o el libro que lees. O haz la calma dentro de ti y percibe las sensaciones de tu cuerpo, siente actuar en ti todo su poder sin límite y experimenta cuán próximo está de ti. Emmanuel. Dios con nosotros.

Anthony de Mello

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Oración del cuerpo

Oración del cuerpo

Ante todo, tranquilízate por medio de la percepción de sensaciones en las diversas partes de tu cuerpo… Agudiza esta toma de conciencia recogiendo incluso las sensaciones más sutiles, no sólo las más crasas y evidentes…

Ahora, muy suavemente, mueve tus manos y dedos de manera que lleguen a descansar sobre tu regazo, las palmas hacia arriba, los dedos juntos…

El movimiento debe ser muy, muy lento… imitando la apertura de los pétalos de la flor…

Y mientras realizas este movimiento, hazte consciente de cada una de sus partes…

Una vez que tus manos reposen en tu regazo, las palmas hacia arriba, percibe las sensaciones de las palmas… A continuación toma conciencia del gesto: es un gesto de orar a Dios, común a la mayoría de las culturas y religiones. ¿Qué significado tiene este gesto para ti? ¿Qué quieres decir a Dios por medio de él? Exprésalo sin palabras, únicamente identificándote con él…

Esta forma de comunicación no verbal que acabas de hacer se puede practicar en grupo y no requiere cambio alguno importante en la postura. Quizás te conceda saborear, en alguna medida, el tipo de oración que puedes practicar con tu cuerpo.

Presento a continuación algunos ejercicios que puedes realizar en la intimidad de tu habitación, donde puedes expresarte a tus anchas con tu cuerpo sin las dificultades de ser visto por otros.

Colócate de pie, erguido, con las manos colgando, relajadas, a los lados de tu cuerpo. Toma conciencia de que te hallas en la presencia de Dios…

A continuación, trata de encontrar alguna manera de expresarle, por medio de gestos, los sentimientos siguientes: « ¡Dios mío, me ofrezco enteramente a ti!»… Realiza este gesto muy lentamente (recuerda los pétalos de una flor que se abre), consciente plenamente de tus movimientos y asegurándote de que expresen tus sentimientos…

He aquí una manera de expresar la actitud de entrega:

Levanta las manos muy lentamente hasta que las tengas estiradas perfectamente delante de ti, los brazos paralelos al pavimento… Ahora gira lentamente tus manos de forma que las palmas miren hacia el techo, los dedos juntos y estirados… A continuación, eleva lentamente la cabeza hasta que te encuentres mirando al cielo… Si tienes los ojos cerrados, ábrelos con idéntica lentitud… Mira fijamente a Dios…

Mantén esta postura durante un minuto… A continuación, deja caer lentamente las manos hasta que recobren su posición inicial, flexiona la cabeza hacia adelante hasta que mire al horizonte. Cesa por un momento en la oración de ofrecimiento que has realizado sin palabras… y comienza de nuevo el rito… Realízalo tres o cuatro veces… o tantas cuantas te inspire la devoción…

Una alternativa al gesto que te he sugerido para expresar entrega:

Levanta tus manos como te he sugerido anteriormente, vuelve las palmas hacia arriba, los dedos juntos y estirados… A continuación junta las palmas de la mano formando un cáliz o copa… Acerca lentamente esa copa hacia tu pecho… Levanta lentamente tu cabeza hacia el cielo como he indicado antes… Mantén esta postura durante un minuto.

Otro modelo, éste para expresar deseo de Dios, saludo a él o a toda la creación:

Levanta las manos y los brazos hasta estirados totalmente delante de ti, paralelos al pavimento… Ahora ábrelos semejando un abrazo… Mira amorosamente hacia el horizonte…

Mantén esta postura durante un minuto; después vuelve a recobrar la posición inicial; descansa por un momento de hacer la oración que has realizado. Después repite el gesto tantas veces como quieras o tenga sentido para ti…

Los gestos que te he sugerido en el ejercicio son simples modelos. Trata de inventar tus propios gestos para expresar amor… alabanza… adoración…

O expresa algo que desees decir a Dios… Hazlo despacio y con la mayor gracia posible, de manera que se convierta en un movimiento lento de danza ritual…

Si te sientes desamparado e incapaz de hacer oración. si te encuentras sin recursos, expresa todo esto despojándote de tus ropas, postrándote en el suelo y extendiendo tus brazos en forma de cruz… esperando que Dios derrame sus gracias sobre tu forma postrada…

Cuando oras con el cuerpo das poder y cuerpo a tu oración.

Esto es particularmente necesario cuando te sientes incapaz de hacer oración, cuando tu mente se distrae, tu corazón se vuelve de piedra y tu espíritu parece muerto. Trata entonces de permanecer delante de Dios en posición muy devota, con las manos juntas delante de tu pecho, los ojos vueltos hacia él en mirada suplicante…

Algo de la devoción que expresas por medio de tu cuerpo se filtrará en tu espíritu y, probablemente, después de unos momentos te resultará más sencillo hacer oración.

Algunas personas encuentran, a veces, dificultades en la oración porque no aciertan a implicar a su cuerpo en ella; no saben introducir sus cuerpos en el templo santo de Dios. Dices estar de pie o sentado ante la presencia del Señor Resucitado pero en realidad estás derrengado en tu asiento o permaneces de pie en posición desaliñada… A todas luces, no estás aún poseído por la presencia amorosa del Señor. Si estuvieses plenamente pendiente de él lo notaríamos en tu cuerpo.

Quiero terminar con otro ejercicio que puedes practicar en grupo, al igual que el ejercicio relacionado con las palmas de tus manos:

Cierra los ojos. Logra la calma por medio de uno de los ejercicios de conscienciación…

Ahora levanta lentamente tu rostro hacia Dios… Mantén los ojos cerrados… ¿Qué estás expresando a Dios a través de tu rostro vuelto hacia él? Permanece con ese sentimiento o comunicación durante algunos momentos… Después percibe con la mayor agudeza posible, la posición de tu rostro… la sensación de tu rostro…

Pasados unos momentos pregúntate a ti mismo qué estás expresando a Dios por medio de tu rostro levantado y permanece así algunos instantes…

Anthony de Mello

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