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El esfuerzo sereno

Incluso en la aplicación del esfuerzo hay que ser equilibrado

Los extremos son las trampas. Huye de las emboscadas que representan. Hay un camino de sabiduría y sosiego entre los extremos. Si te extremas, te desequilibras; si te desequilibras, te desarmonizas; si te desarmonizas, enfermas.

Están…

Los que no hacen ningún esfuerzo y se dejan ganar por la apatía, la indecisión, la duda escéptica o sistemática, la falta de confianza, la indolencia y la dejadez.

Quienes despliegan un esfuerzo excesivo y se consumen, queman sus energías, se embrutecen.

Los que de repente hacen grandes esfuerzos esporádicos, guiados por infantiles expectativas, entusiasmados al principio, para enseguida caer en el desencanto y abandonar el esfuerzo.

Aquéllos que súbitamente emprenden períodos de gran esfuerzo y otros en los que no se esfuerzan nada en absoluto, o sea, que sus esfuerzos son esporádicos.

El esfuerzo sereno

Pero están los que son como la nieve, que posándose momento tras momento sobre la rama de un árbol terminan por quebrarla. Es el esfuerzo correcto, asiduo, mantenido, pero no excesivo. Es el esfuerzo no compulsivo, sino sereno.

Ése es también el esfuerzo que exige el hatha-yoga en la ejecución de los asanas o posturas corporales: un esfuerzo sabiamente aplicado, mantenido, pero no excesivo.

Este tipo de esfuerzo racional y consistente nos permitirá cultivar el desapego, la visión correcta, la ecuanimidad inquebrantable, la compasión, la óptima relación con nosotros y con los demás, el establecimiento de la atención consciente, la autovigilancia, el control del ego y el autoconocimiento.

Cooperará en el dominio del pensamiento y la purificación del discernimiento, el comportamiento noble, la palabra correcta, la superación y transformación de emociones insanas.

Mediante un esfuerzo tal trataremos de imponernos a la mente, porque «la mente, en verdad, es el mundo; debemos purificarla enérgicamente. Asumimos la forma de lo que hay en nuestra mente: éste es el eterno secreto».

Ramiro Calle

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Placer y dolor

Hay una saludable disciplina para la mente. Yo la llamo «yoga», pero se la puede llamar como se quiera. Es un método para esclarecer los enfoques y empezar a ver las cosas como son y tener la capacidad de transformadas dentro de nosotros.

Lo que para unos es una tragedia, para otros es un problema de escasa importancia. No es ni mucho menos insensibilidad sino comprensión y madurez. Todo fluye y nada permanece. Los maestros denominan esta característica de la existencia como «transitoriedad», «impermanencia» o «inestabilidad».

Si queremos detener el río, estamos perdidos; si queremos empujarlo, también. El río de la vida sigue su curso. Los acontecimientos se suceden. A veces, hasta cierto punto, controlamos (o al menos lo parece) las circunstancias, pero otras muchas nos controlan.

¿Conoces la historia del mosquito sobre el elefante?

El mosquito piensa en ir hacia la derecha y en ese momento el elefante gira casualmente a la derecha y el animalillo piensa: «Soy fabuloso. ¡Cómo domino al elefante!». Unos segundos después el elefante estornuda, y ya imaginas lo que sucede con el mosquito.

Pues la vida tiene vicisitudes y las circunstancias muchas veces nos controlan. Se abre el abismo. Resulta que todo parecía estar muy bien y de repente todo se desbarata. El abismo de lo imprevisto, lo inescrutable, el lado desconocido e incontrolable de la vida.

Todo parece discurrir con mucha fortuna. Llega el infortunio, del mismo modo que una estación sigue a la otra, y el ocaso al amanecer. El que comprende, permanece tranquilo. El que no comprende, se alarma, se desgarra, añade sufrimiento al sufrimiento, se lamenta y llora. No puede controlar las circunstancias.

¿Qué puede hacer?

Puede cambiar su punto de vista ante las mismas, su enfoque o actitud. No puede resolver nada fuera, pero sí puede hallar una solución dentro de sí mismo.

Incluso la adversidad puede instrumentalizarse para el autodesarrollo. Si uno sabe no añadir sufrimiento al sufrimiento, todo puede ser para bien. Espera, sé paciente, no te debatas contra las circunstancias inevitables. Ahorra tu fuerza. No desperdicies tus energías enfrentándote al muro y golpeándote contra él. Fuera de ti está el muro, pero no dentro de ti. Si esperas, también el muro exterior desaparecerá.

A veces nos toma la nube del desaliento, porque somos humanos. Hay una meditación muy humana: la del llanto. Llorar conscientemente. El desaliento tampoco es permanente, se irá.

Esto pasa…

No siempre hay soluciones en el exterior; la demanda excesiva de seguridad es una neurosis, porque reclamamos lo que no es posible y, como dijera Tennyson, «la única seguridad yace sobre la inseguridad». No es fácil convivir con ésta, sentirse amenazado por el cambio, aprender a mantener el punto de quietud cuando llegan los «tornados» existenciales. Apela a tu actitud y mantén la mente atenta y serena. Piensa: «Esto pasa».

Estate tranquilo. ¿De qué sirve tensarse si no es para impedir que aflore la energía? Incluso tal vez logres un día dar un paso más allá y decir: «Está bien, está bien».

Conocí a un maestro que decía: «Ni en el gusto ni en el disgusto estoy yo». Quizá por eso parecía una gacela, sutil, elegante en sus movimientos, fluido y sin crispación. Carecía de un ego que estuviera en el gusto o en el disgusto.

Placer y dolor

No se puede dividir la vida en dos, placer y dolor, y quedarse sólo con el placer. Le dijeron en una ocasión a un maestro: «Pero, señor, hablas mucho del sufrimiento». Repuso: «No es que no haya placer, queridos míos, pero también existe el dolor. Enseño la causa de éste y el modo de superarlo».

Hay un antiguo adagio que nos instruye así: «El problema comienza cuando empezamos a hacer distinción entre el placer y el dolor».

Placer, a un lado; sufrimiento, a otro; como el péndulo que oscila entre ambos lados, si desarrollamos la conciencia y la ecuanimidad, podemos situamos mentalmente en la parte alta del péndulo y ver los extremos manteniendo una actitud de quietud y equilibrio.

Ramiro Calle

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