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Diciendo adios a tu cuerpo

Diciendo adiós a tu cuerpo

Imagina ahora que te has despedido de todo el mundo antes de tu muerte y que te quedan una o dos horas de vida.

Has reservado estos momentos para ti y para Dios…

Comienza, pues, hablando contigo mismo. Habla con cada uno de los miembros de tu cuerpo: con tus manos, con tus pies. con tu corazón, con tu cerebro con los pulmones… Da a cada uno de ellos el adiós definitivo… Quizá los adviertes ahora por primera vez en tu vida, justamente cuando vas a morir.

Ama cada uno de tus miembros

Toma tu mano derecha, por ejemplo… Dile lo útil que es para ti… todo lo que la aprecias… Agradécele todos los servicios que te ha prestado… Dale todo tu amor y agradecimiento ahora que se aproxima el momento de volver al polvo…

Repite este comportamiento con cada uno de los miembros de tu cuerpo y con sus órganos; despídete después de tu cuerpo como un todo, con su forma y apariencia especial, con su color, altura y rasgos.

Imagina ahora que ves a Jesús que se encuentra a tu lado. Escucha cómo agradece él a cada uno de tus miembros el servicio que te han prestado durante tu vida… Siente cómo inunda todo tu cuerpo con su amor y con su agradecimiento…

Escucha cómo habla ahora contigo…

Este ejercicio es de suma utilidad para alcanzar un amor saludable a sí mismo y para aceptarse, condiciones ambas totalmente necesarias para abrir plenamente nuestros corazones a Dios y a los demás.

Anthony de Mello

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Valor especial de la consciencia del cuerpo

Valor especial de la consciencia del cuerpo

He sugerido frecuentemente que, para la contemplación, percibieras tu respiración, los sonidos o las sensaciones corporales. ¿Tienen todas ellas igual valor? En mi opinión, la percepción de las sensaciones corporales tiene una ventaja sobre las de los sonidos o la respiración. Además de los beneficios espirituales que aporta, la persona que practica este tipo de «conscienciación» recibe otros muchos beneficios psicológicos. Llega, incluso, un momento en que todas las partes del cuerpo ofrecen sensaciones a esa actividad.

Existe una conexión muy estrecha entre el cuerpo y la psique y cualquier daño infligido a uno de ellos parece afectar al otro.

Lo mismo que cualquier aumento en la salud de uno parece ejercer efectos beneficiosos en el otro. Cuando la percepción de tu cuerpo se agudiza de tal manera que cada una de sus partes se hace viva con multitud de sensaciones, tiene lugar una descarga de tensiones, físicas y emocionales.

He conocido personas que se han liberado de enfermedades psicosomáticas, tales como asma y jaquecas y de trastornos emocionales, tales como resentimiento y temores neuróticos, mediante la práctica constante de la percepción de las sensaciones de su cuerpo.

A veces este ejercicio puede desembocar en un destape del subconsciente y hacer que una persona se vea inundada de fuertes sentimientos y fantasías relacionadas con materiales reprimidos, por lo general sentimientos y fantasías relacionadas con el sexo y la ira. En todo esto no existe peligro si continúas con tus ejercicios y no das importancia a los sentimientos y fantasías. Cuida, como dije anteriormente, de no permanecer muchas horas seguidas conscienciando la respiración a no ser que tengas a mano un guía competente.

Si deseas acometer seria y sistemáticamente la práctica de estos ejercicios, te recomiendo que comiences por tener en cuenta la respiración y los sonidos.

Dedica a esto unos pocos minutos, al comienzo de cada ejercicio, pasa después a las sensaciones de tu cuerpo, dando a estas últimas la mayor importancia posible y pasando por cada una de las partes del cuerpo hasta que todo él se convierta en un hervidero de sensaciones.

Entonces quédate percibiendo tu cuerpo como un todo hasta que comiences a notar que te distraes y que necesitas de nuevo pasar de una parte a otra. Esto te reportará el beneficio espiritual de abrir tu Corazón a lo divino. Recibirás, además, los beneficios de alma y cuerpo que este ejercicio trae consigo.

Por último, una palabra de ánimo

La paz y el gozo que te he prometido como premio a la práctica fiel y constante de estos ejercicios son sentimientos a los que, probablemente, no estás acostumbrado; algo que al principio es tan sutil que a duras penas puedes reconocer en ello un sentimiento o una emoción. Si no tienes esto en cuenta, puedes desanimarte demasiado fácilmente.

El deleite y gozo de esta paz es un paladar adquirido. Cuando decimos a un niño que la cerveza sabe bien, él aproxima la jarra a sus labios con su experiencia personal de lo que sabe bien y se sorprende y disgusta porque la cerveza no posee la dulzura de las bebidas que él ha tomado hasta entonces. Se le dijo que la cerveza sabía bien y, para él, saber bien era sinónimo de dulce.

Acércate a realizar estos ejercicios sin llevar ideas o nociones preconcebidas. Acércate con la disponibilidad necesaria para descubrir nuevas experiencias (que quizás al principio no te parezcan «experiencias”) y para adquirir nuevos paladares.

Anthony de Mello

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Oración del cuerpo

Oración del cuerpo

Ante todo, tranquilízate por medio de la percepción de sensaciones en las diversas partes de tu cuerpo… Agudiza esta toma de conciencia recogiendo incluso las sensaciones más sutiles, no sólo las más crasas y evidentes…

Ahora, muy suavemente, mueve tus manos y dedos de manera que lleguen a descansar sobre tu regazo, las palmas hacia arriba, los dedos juntos…

El movimiento debe ser muy, muy lento… imitando la apertura de los pétalos de la flor…

Y mientras realizas este movimiento, hazte consciente de cada una de sus partes…

Una vez que tus manos reposen en tu regazo, las palmas hacia arriba, percibe las sensaciones de las palmas… A continuación toma conciencia del gesto: es un gesto de orar a Dios, común a la mayoría de las culturas y religiones. ¿Qué significado tiene este gesto para ti? ¿Qué quieres decir a Dios por medio de él? Exprésalo sin palabras, únicamente identificándote con él…

Esta forma de comunicación no verbal que acabas de hacer se puede practicar en grupo y no requiere cambio alguno importante en la postura. Quizás te conceda saborear, en alguna medida, el tipo de oración que puedes practicar con tu cuerpo.

Presento a continuación algunos ejercicios que puedes realizar en la intimidad de tu habitación, donde puedes expresarte a tus anchas con tu cuerpo sin las dificultades de ser visto por otros.

Colócate de pie, erguido, con las manos colgando, relajadas, a los lados de tu cuerpo. Toma conciencia de que te hallas en la presencia de Dios…

A continuación, trata de encontrar alguna manera de expresarle, por medio de gestos, los sentimientos siguientes: « ¡Dios mío, me ofrezco enteramente a ti!»… Realiza este gesto muy lentamente (recuerda los pétalos de una flor que se abre), consciente plenamente de tus movimientos y asegurándote de que expresen tus sentimientos…

He aquí una manera de expresar la actitud de entrega:

Levanta las manos muy lentamente hasta que las tengas estiradas perfectamente delante de ti, los brazos paralelos al pavimento… Ahora gira lentamente tus manos de forma que las palmas miren hacia el techo, los dedos juntos y estirados… A continuación, eleva lentamente la cabeza hasta que te encuentres mirando al cielo… Si tienes los ojos cerrados, ábrelos con idéntica lentitud… Mira fijamente a Dios…

Mantén esta postura durante un minuto… A continuación, deja caer lentamente las manos hasta que recobren su posición inicial, flexiona la cabeza hacia adelante hasta que mire al horizonte. Cesa por un momento en la oración de ofrecimiento que has realizado sin palabras… y comienza de nuevo el rito… Realízalo tres o cuatro veces… o tantas cuantas te inspire la devoción…

Una alternativa al gesto que te he sugerido para expresar entrega:

Levanta tus manos como te he sugerido anteriormente, vuelve las palmas hacia arriba, los dedos juntos y estirados… A continuación junta las palmas de la mano formando un cáliz o copa… Acerca lentamente esa copa hacia tu pecho… Levanta lentamente tu cabeza hacia el cielo como he indicado antes… Mantén esta postura durante un minuto.

Otro modelo, éste para expresar deseo de Dios, saludo a él o a toda la creación:

Levanta las manos y los brazos hasta estirados totalmente delante de ti, paralelos al pavimento… Ahora ábrelos semejando un abrazo… Mira amorosamente hacia el horizonte…

Mantén esta postura durante un minuto; después vuelve a recobrar la posición inicial; descansa por un momento de hacer la oración que has realizado. Después repite el gesto tantas veces como quieras o tenga sentido para ti…

Los gestos que te he sugerido en el ejercicio son simples modelos. Trata de inventar tus propios gestos para expresar amor… alabanza… adoración…

O expresa algo que desees decir a Dios… Hazlo despacio y con la mayor gracia posible, de manera que se convierta en un movimiento lento de danza ritual…

Si te sientes desamparado e incapaz de hacer oración. si te encuentras sin recursos, expresa todo esto despojándote de tus ropas, postrándote en el suelo y extendiendo tus brazos en forma de cruz… esperando que Dios derrame sus gracias sobre tu forma postrada…

Cuando oras con el cuerpo das poder y cuerpo a tu oración.

Esto es particularmente necesario cuando te sientes incapaz de hacer oración, cuando tu mente se distrae, tu corazón se vuelve de piedra y tu espíritu parece muerto. Trata entonces de permanecer delante de Dios en posición muy devota, con las manos juntas delante de tu pecho, los ojos vueltos hacia él en mirada suplicante…

Algo de la devoción que expresas por medio de tu cuerpo se filtrará en tu espíritu y, probablemente, después de unos momentos te resultará más sencillo hacer oración.

Algunas personas encuentran, a veces, dificultades en la oración porque no aciertan a implicar a su cuerpo en ella; no saben introducir sus cuerpos en el templo santo de Dios. Dices estar de pie o sentado ante la presencia del Señor Resucitado pero en realidad estás derrengado en tu asiento o permaneces de pie en posición desaliñada… A todas luces, no estás aún poseído por la presencia amorosa del Señor. Si estuvieses plenamente pendiente de él lo notaríamos en tu cuerpo.

Quiero terminar con otro ejercicio que puedes practicar en grupo, al igual que el ejercicio relacionado con las palmas de tus manos:

Cierra los ojos. Logra la calma por medio de uno de los ejercicios de conscienciación…

Ahora levanta lentamente tu rostro hacia Dios… Mantén los ojos cerrados… ¿Qué estás expresando a Dios a través de tu rostro vuelto hacia él? Permanece con ese sentimiento o comunicación durante algunos momentos… Después percibe con la mayor agudeza posible, la posición de tu rostro… la sensación de tu rostro…

Pasados unos momentos pregúntate a ti mismo qué estás expresando a Dios por medio de tu rostro levantado y permanece así algunos instantes…

Anthony de Mello

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Quietud

Quietud

Éste es un ejercicio para lograr la quietud (…). El hombre moderno es, por desgracia, presa de una tensión nerviosa que le impide permanecer tranquilo. Si desea aprender a orar, tendrá que esforzarse previamente por estar tranquilo, por acallar sus tensiones. De hecho, la quietud verdadera y el silencio se convierten frecuentemente en oración cuando Dios se manifiesta en el ropaje del silencio.

Repite el ejercicio de hacerte consciente de las sensaciones de tu cuerpo.

Sólo por una vez recorre todo tu cuerpo, comenzando por la coronilla hasta las puntas de los dedos de los pies, sin omitir parte alguna de tu cuerpo…

Consciencia todas las sensaciones que se producen en cada una de las partes… Quizás adviertas que alguna de las partes de tu cuerpo carece por completo de sensaciones… Detente en ella durante algunos segundos… Si no emerge sensación alguna, pasa a otra parte…

Cuando adquieras práctica en este ejercicio, agudizarás de tal manera tu percepción, que no existirá parte alguna de tu cuerpo en la que no experimentes muchas sensaciones… Por el momento tendrás que conformarte con permanecer en el vacío y pasar a otras partes en las que percibas más sensaciones… Pasa lentamente de la cabeza a los pies… y de nuevo de la cabeza a los pies… y así durante unos quince minutos…

A medida que se agudice tu percepción, experimentarás sensaciones que anteriormente no habías advertido… captarás también sensaciones extremamente sutiles, tan sutiles que pueden ser percibidas únicamente por una persona dotada de concentración y paz profundas.

Experimenta tu cuerpo como un todo…

Siente la totalidad de tu cuerpo como una masa dotada de diversos tipos de sensaciones… Permanece en este ejercicio durante unos momentos y vuelve después a tener en cuenta cada una de las partes, desde la cabeza hasta los pies… A continuación, vuelve de nuevo a percibir tu cuerpo como un todo…

Advierte ahora la quietud profunda que te ha invadido. Observa la calma perfecta de tu cuerpo… Cuida, sin embargo, de no recrearte en la calma hasta el punto de que no percibas tu cuerpo…

Si adviertes que te acosa la distracción, imponte la tarea de pasar de nuevo desde la cabeza hasta los pies teniendo en cuenta las sensaciones de cada una de las partes de tu cuerpo… Acto seguido presta atención a la quietud que reina en todo tu cuerpo… Si realizas este ejercicio en grupo, presta atención al silencio que reina en la sala…

Es de suma importancia que no muevas parte alguna de tu cuerpo mientras realizas este ejercicio. Al principio te costará trabajo conseguido, pero cada vez que te sientas impulsado a moverte, a rascarte, a agitarte, experimenta este impulso… No cedas a la tentación; limítate a percibirlo con la mayor nitidez posible…

Desaparecerá gradualmente y recobrarás de nuevo la calma…

A muchas personas les resulta extremadamente penoso permanecer tranquilos

Les resulta incluso físicamente penoso. Cuando te sientas tenso, dedica todo el tiempo que sea preciso a hacerte consciente de la tensión nerviosa dónde la sientes, qué características presenta… y mantente ahí hasta que desaparezca la tensión.

Quizás llegues a sentir dolor físico. Por más cómoda que sea la postura que adoptes para este ejercicio, tu cuerpo protestará, probablemente, contra la inmovilidad, desarrollando dolores físicos intensos y fatiga en diversas partes. Cuando suceda esto, resiste a la tentación de mover tus miembros o de cambiar de postura para mitigar la fatiga. Limítate a percibir la fatiga.

Durante un retiro budista se nos pidió que permaneciésemos por una hora entera sin cambiar de postura ni movemos…

Me senté con las piernas cruzadas y el dolor en mis rodillas y espalda se hizo tan intenso que resultaba inaguantable. No recuerdo haber padecido un dolor físico tan intenso en ningún otro momento de mi vida.

Se suponía que durante esa hora percibiríamos las sensaciones de nuestro cuerpo, pasando de una parte del cuerpo a otra. Mi atención quedó absorbida totalmente por el dolor agudo que sentía en las rodillas. Sudaba. Pensé desfallecer a causa del dolor, hasta que decidí no luchar contra él, no escapar de él, no desear aliviado, sino concienciado, identificarme con él.

Traté de descomponer los ingredientes del dolor y descubrí, para sorpresa mía, que estaba compuesto de muchas sensaciones, no sólo de una: ardores intensos, tirones, una sensación de descargas intensas que aparecía y se iba, para emerger de nuevo… y un punto que se desplazaba de un lugar a otro. Identifiqué este punto como dolor.

Cuando me decidí a mantener este ejercicio me sorprendí de que podía aguantar bastante bien el dolor; incluso fui capaz de conscienciar otras sensaciones que se producían en diversas partes de mi cuerpo. Por primera vez en mi vida experimenté dolor sin sufrir.

Si no haces este ejercicio con las piernas cruzadas es probable que sientas menos dolor que el experimentado por mí. De cualquier manera, al principio sentirás inevitablemente alguna molestia hasta que tu cuerpo se acostumbre a permanecer en calma perfecta. Combate el dolor haciéndote consciente de él. Y cuando, por fin, tu cuerpo consiga la quietud, sentirás una rica recompensa en el arrobamiento que te traerá esa quietud.

La tentación de rascarse es muy frecuente en los principiantes

Eso proviene de que, a medida que se hace más aguda la percepción de las sensaciones del cuerpo, comienzan a percatarse de la picazón y de sensaciones punzantes, presentes siempre en el cuerpo pero ocultas a la consciencia a causa del endurecimiento psico-físico al que la mayoría de nosotros sometemos a nuestro cuerpo y debido a la crasitud de nuestra sensibilidad. Mientras atraviesas este estadio de picazón, deberás permanecer en perfecta calma, conscienciar cada una de las sensaciones de picazón y permanecer en esta toma de conciencia hasta que desaparezca, resistiendo a la tentación de combatirla rascándote.

Anthony de Mello

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Escuchar el cuerpo

“Practicar” la escucha

La palabra «práctica» significa generalmente «hábito». Debemos «practicar» únicamente en el sentido de llegar a conocer mejor el cuerpo y la mente.

Debemos ver que el cuerpo es el campo en el que aparece el temor, la ansiedad, la defensa y la agresión.

No obstante, el énfasis no debe ponerse en el cuerpo, sino en la presencia, en la escucha. Lo importante es llegar a estar familiarizado con este campo de tensiones y ver que la constante interferencia de la imagen del yo no está separada del citado campo, sino que, por el contrario, pertenece a él.

Cuando esto se percibe con claridad, la tensión no encuentra ningún cómplice, la percepción queda libre y las energías se integran en su totalidad.

El planteamiento tradicional consiste en escuchar el cuerpo, no en tratar de dominarlo. Dominar el cuerpo es hacerle violencia. Pero se puede barrer el suelo o fregar los platos y estar a la escucha. No hay diferencia.

Relajación

La exploración del cuerpo me llevó a una más profunda relajación y la relajación trajo consigo la cesación de esquemas repetitivos en el cuerpo y en la mente.

Aceptación

La aceptación del cuerpo me llevó a un mayor conocimiento de la sensación de «soltar»; así, de esta forma, el yoga intervino en el presentimiento de la realidad. Pero eso sólo me condujo a un estado en el que ya no ponía el énfasis en el objeto, en el cuerpo, sino en el sujeto último.

Yoga, cuerpo y mente

El yoga proporciona atención y tranquilidad, y un cuerpo tranquilo refleja una mente tranquila.

Pero, desde luego, puedes llegar a una plenitud de paz en el cuerpo y en la mente sin el yoga.

Jean Klein

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La sensacion corporal

La sensación corporal me parece un medio excelente (…). Trate usted de descubrir su cuerpo, de dejarle vivir por sí mismo y no gobernado por un yo sometido a la continua alternancia repulsión/atracción, agresión/defensa.

Comprender

Primero, usted ha de comprender que no podemos perseguir una idea y, al mismo tiempo, dejar vivir una sensación corporal, no podemos aprender varias percepciones o conceptos simultáneamente.

Cuando dirigimos nuestra atención hacia nuestro cuerpo en el cual se alojan todas las agresiones, defensas, reacciones, dejemos que se imponga a nosotros esta sensación sin visualizarla en su forma, dejemos que emerja, que se abra.

Podemos hacer constataciones muy variadas, por ejemplo, una falta de uniformidad, pienso en ciertas partes del cuerpo que son pesadas, en otras que son huecas, vacías, calientes o frías, comprimidas; todo esto es un residuo de las reacciones del yo.

Simultaneidad

Se puede ver cuán difícil es captar la simultaneidad de los componentes del cuerpo: sentiremos sea la frente, sea el rostro, sea la espalda, sea la parte trasera de la cabeza, los riñones, las extremidades inferiores o superiores, una tras otra, pero, para obtener una sensación global, no debemos dirigir la atención.

Si experimenta algunas dificultades para lograr esta simultaneidad, deje su cuerpo hablar, tiene todavía en usted mismo una tensión por detectar, una tensión que debe eliminarse por sí misma. Para lograrlo, haga que su cuerpo abandone sus límites hasta que se dilate totalmente en el espacio. Cuando tenga conciencia de su corporalidad, extiéndase para poder disolverse sistemáticamente en su entorno. Notará cómo las distintas capas ceden, se abren.

Resistencia

Algunas partes van a oponer resistencia y lo notará usted. Si dividimos nuestro cuerpo en pensamiento, sentimiento y voluntad, se puede hablar efectivamente de tres pisos: la cabeza que es el elemento pensador, si así podemos hablar (claro está, pensamos con todo nuestro cuerpo, pero el pensamiento se aloja de modo predominante en la cabeza), mientras el sentimiento está en el tronco y la voluntad en las extremidades inferiores y superiores.

Estas extremidades que son los elementos acción, voluntad, a las cuales pertenece también la mandíbula, están acostumbradas a coger, asir y por una observación muy aguda podemos darnos cuenta de ello y permitirlas que suelten. Para que todas estas partes vuelvan a encontrar su vida propia como cuerpo tiene usted que amar mucho a su cuerpo.

Vacuidad

Cuando usted consigue esta sensación de vacío y se siente perfectamente extendido en la vacuidad que le rodea, esto es todavía un objeto de su atención que se ha «cultivado», es un soltar.

Ocurre que esta vacuidad se elimina también, que la atención dirigida hacia los objetos se traslada hacia la observación y que sólo permanece en una posición atenta. No estamos atentos a algo sino a nuestra atención. Entonces no queda nadie, ya no hay volumen, ni duración

Esta presencia a sí mismo es una vivencia y el «estar en ninguna parte» se le presentará durante el día, en sus diferentes actividades.

Jean Klein

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Sabiduría natural

Observa la sabiduría que se manifiesta en las palomas, en las flores, en los árboles y en toda la naturaleza. Es la misma sabiduría que hace por nosotros lo que nuestro cerebro es incapaz de hacer: que circule nuestra sangre, que funcione nuestro aparato digestivo, que lata nuestro corazón, que se dilaten nuestros pulmones, que se inmunice nuestro organismo y que curen nuestras heridas, mientras nuestra mente consciente se ocupa de otros asuntos. Esta especie de sabiduría natural es algo que apenas estamos empezando a descubrir en los llamados “pueblos primitivos”, tan sencillos y sabios como las palomas.

Nosotros, en cambio, que nos consideramos más avanzados, hemos desarrollado otra clase de sabiduría, la astucia del cerebro, porque hemos constatado que podemos perfeccionar la naturaleza y procurarnos una seguridad, una protección, una duración de la vida, una velocidad y un bienestar insospechados para los pueblos primitivos. Todo ello, gracias a un cerebro plenamente desarrollado. El desafío que se nos presenta consiste, pues, en recobrar la sencillez y la sabiduría de la paloma sin perder la astucia de nuestro cerebro serpentino.

¿Cómo podemos lograrlo?

Comprendiendo algo sumamente importante, a saber, que siempre que nos esforzamos por perfeccionar la naturaleza yendo contra ella, estamos dañándonos a nosotros mismos, porque la naturaleza es nuestro mismo ser.

Es como si tu mano derecha luchara contra tu mano izquierda, o tu pie derecho pisara a tu pie izquierdo: ambas manos o ambos pies saldrían perdiendo y, en lugar de ser creativo y activo y eficaz, te verías encerrado en un permanente conflicto. Así es como está la mayoría de las personas en el mundo. Échales un vistazo: están como muertas, carentes de creatividad, bloqueadas, porque se hallan en conflicto con la naturaleza, tratando de perfeccionarse a base de ir contra las exigencias de la misma.

En cualquier conflicto entre la naturaleza y tu cerebro, trata de apoyar a aquélla; si la combates, acabará destruyéndote. El secreto, por lo tanto, consiste en perfeccionar la naturaleza en armonía con ella. Pero, ¿cómo puedes alcanzar dicha armonía?

Piensa en algún cambio en tu vida o tu personalidad

En primer lugar, piensa en algún cambio que deseas realizar en tu vida o en tu personalidad. ¿Estás tratando de forzar ese cambio en tu naturaleza a base de esfuerzo y de desear ser algo que tu ego ha proyectado? He ahí la serpiente en pugna con la paloma. ¿O te contentas, por el contrario, con observar, comprender y ser consciente de tu situación y tus problemas actuales, sin forzar las cosas que tu ego desea, dejando que la realidad efectúe los cambios de acuerdo con los planes de la naturaleza y no con tus propios planes?

Si es así, entonces posees el perfecto equilibrio entre la serpiente y la paloma. Echa, pues, un vistazo a algunos de esos problemas tuyos y de esos cambios que deseas que se produzcan en ti, y observa cuál es tu proceder al respecto. Mira cómo tratas de provocar el cambio -tanto en ti como en los demás- a base de emplear el castigo y la recompensa, la disciplina y el control, la reprensión y la culpa, la codicia y el orgullo, la ambición y la vanidad… en lugar de hacerlo mediante la aceptación amorosa y la paciencia, la comprensión laboriosa y la conciencia vigilante.

Piensa en tu cuerpo

En segundo lugar, piensa en tu cuerpo y compáralo con el de un animal en su hábitat natural. El animal nunca tiene exceso de peso, y sólo está en tensión antes de luchar o de volar. Jamás come ni bebe lo que no es bueno para él. Se ejercita y descansa cuanto necesita. No se expone más ni menos de lo debido a los elementos naturales (el viento, el sol y la lluvia, el frío y el calor).

Y ello se debe a que el animal escucha a su propio cuerpo y se deja guiar por la sabiduría del mismo. Compáralo con tu estúpida “astucia”. Si tu cuerpo pudiera hablar, ¿qué diría? Observa la codicia, la ambición, la vanidad y el deseo de aparentar y de agradar a los demás que te hacen ignorar la voz de tu propio cuerpo, mientras corres tras los objetivos que te propone tu ego. Verdaderamente, has perdido la sencillez de la paloma.

Piensa en el contacto que tienes con la naturaleza

En tercer lugar, pregúntate cuál es el contacto que tienes con la naturaleza, con los árboles, la tierra, la hierba, el cielo, el viento, la lluvia, el sol, las flores, las aves y demás animales… ¿Cuál es tu grado de exposición a la naturaleza? ¿Hasta qué punto comulgas con ella, la observas, la contemplas con asombro, te identificas con ella…? Cuando tu cuerpo está demasiado alejado de los elementos, se marchita, se vuelve fofo y frágil, porque ha quedado aislado de su fuerza vital.

Cuando estás demasiado alejado de la naturaleza, tu espíritu se seca y muere, porque ha sido violentamente separado de sus raíces.

Antony de Mello

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