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El retorno a Dios

El retorno a Dios

Cuando dos personas que se aman han peleado y quieren juntarse de nuevo, es de gran utilidad recordar los momentos felices que vivieron juntos en el pasado.

En momentos de crisis espiritual vuelve con tu imaginación a alguna escena en la que experimentaste la bondad de Dios y el amor que te tiene… del modo que sea… Permanece con él y acepta de nuevo el amor de Dios… Ahora vuelve al presente y habla con Dios.

O retorna a aquel acontecimiento en el que te sentiste muy cerca de Dios… o en que sentiste profundo gozo y consuelo espiritual…

Es importante que re-vivas el acontecimiento en tu imaginación y no te limites simplemente a recordarlo… Tómate todo el tiempo que sea preciso… Esta re-vivencia despertará de nuevo los sentimientos que tuviste entonces: gozo, intimidad, amor… Asegúrate entonces de que no quieres escapar de aquellos sentimientos; por el contrario, trata de mantenerlos todo el tiempo que puedas… Quédate con ellos hasta que percibas una sensación de paz y de contento. Entonces vuelve al presente…

Habla con el Señor durante algunos minutos y pon fin al ejercicio

La observación de pararse en esos sentimientos placenteros es importante porque, aunque parezca extraño, la mayoría de las personas toleran muy poco los sentimientos positivos. Tienen un sentido profundamente enraizado de inutilidad que les hace huir instintivamente de todo lo que sea, sensaciones placenteras incluso momentáneas, o les crean complejo de culpa, o piensan que no merece la pena, o lo que sea…

Vigila esta tendencia y asegúrate de mantener estos sentimientos dentro de ti, sentimientos que reviven los momentos deliciosos que pasaste en la compañía del Señor.

Algunos santos solían escribir una nota sobre las experiencias místicas que vivían. Guardaban así una especie de diario de su trato con el Señor. No te recomiendo que escribas largos relatos de tus experiencias espirituales. Pero, si la experiencia ha sido muy intensa, una nota breve puede ayudarte más tarde para volver a Galilea…

Una de las tragedias que padecen nuestras relaciones amorosas con Dios, con nuestros amigos y con otras personas queridas es nuestra enorme facilidad de olvido.

Anthony de Mello

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Un lugar para orar

Un lugar para orar

Una de las mayores ayudas para la oración es encontrar un lugar que invite a la oración. En páginas anteriores he hablado de lugares que encierran “vibraciones” buenas. Quizás hayas tenido también la suerte de experimentar la calma que ha producido en ti una bella puesta de sol o la influencia benéfica que una aurora poética ha tenido en tu oración. O el parpadeo de las estrellas en la noche cuando se destacan luminosas sobre el firmamento oscuro. O la luz de la luna asomándose entre las ramas de los árboles.

La proximidad de la naturaleza ayuda notablemente a muchas personas en la oración

Sin duda que cada uno tiene sus preferencias: unos prefieren una playa con el sonido de las olas que golpean la arena; otros aman el río que discurre lentamente o el silencio y la belleza de los alrededores un lago o la paz de la cima de una montaña… ¿No te ha llamado nunca la atención que Jesús, maestro en el arte de orar, se tomase la molestia de subir a la cumbre de una montaña para orar? Al igual que todos los grandes contemplativos, era consciente de que el lugar en el que oramos influye en la calidad de nuestra oración.

Por desgracia, la mayoría de nosotros vivimos en lugares que nos impiden el contacto con la naturaleza y los sitios que nos vemos obligados a escoger para la oración no nos estimulan a levantar nuestro espíritu a Dios. Razón de más para permanecer durante largo tiempo y con amor en aquellos lugares, dondequiera que se encuentren, que nos ayudan a orar.

Saca tiempo para mirar y respirar en la noche de luna o tachonada de estrellas, en la playa o en el alto de la montaña, en cualquier otro lugar. Puedes grabar estos parajes en tu corazón y cuando te encuentres geográfica mente alejado de ellos, los tendrás vivamente presentes en tu memoria y podrás volver a ellos con la imaginación.

Intenta hacerlo ahora mismo

Después de dedicar algún tiempo a alcanzar la quietud, viaja con la imaginación a algún lugar que estimule tu oración: una playa, la orilla de un río, la cima de una montaña, una iglesia silenciosa, la terraza desde la que puede contemplarse el firmamento estrellado, un jardín regado por la luz de la luna… Ve el lugar con la mayor viveza posible… Todos los colores… Escucha todos los sonidos (las olas, el viento en los árboles, los insectos en la noche…).

Ahora levanta tu corazón a Dios y dile algo.

Los que estáis familiarizados con los ejercicios de san Ignacio de Loyola recordaréis lo que se llama «composición de lugar». Ignacio recomienda que reconstruyamos el lugar en el que se desarrolló la escena que queremos contemplar. Pero en el texto original español no aparece la expresión «composición de lugar», sino «composición, viendo el lugar». En otras palabras, no se trata del lugar que compones, sino de ti mismo cuando ves por medio de la fantasía. Si has tenido buenos resultados en el ejercicio anterior, entenderás lo que quiere decir Ignacio cuando habla de esto.

Y tendrás un centro de paz en tu corazón. Podrás retirarte a él cuando sientas necesidad de reposo y de soledad, aunque físicamente te encuentres en la plaza del mercado o en un tren abarrotado de gente.

Anthony de Mello

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Valor especial de la consciencia del cuerpo

Valor especial de la consciencia del cuerpo

He sugerido frecuentemente que, para la contemplación, percibieras tu respiración, los sonidos o las sensaciones corporales. ¿Tienen todas ellas igual valor? En mi opinión, la percepción de las sensaciones corporales tiene una ventaja sobre las de los sonidos o la respiración. Además de los beneficios espirituales que aporta, la persona que practica este tipo de «conscienciación» recibe otros muchos beneficios psicológicos. Llega, incluso, un momento en que todas las partes del cuerpo ofrecen sensaciones a esa actividad.

Existe una conexión muy estrecha entre el cuerpo y la psique y cualquier daño infligido a uno de ellos parece afectar al otro.

Lo mismo que cualquier aumento en la salud de uno parece ejercer efectos beneficiosos en el otro. Cuando la percepción de tu cuerpo se agudiza de tal manera que cada una de sus partes se hace viva con multitud de sensaciones, tiene lugar una descarga de tensiones, físicas y emocionales.

He conocido personas que se han liberado de enfermedades psicosomáticas, tales como asma y jaquecas y de trastornos emocionales, tales como resentimiento y temores neuróticos, mediante la práctica constante de la percepción de las sensaciones de su cuerpo.

A veces este ejercicio puede desembocar en un destape del subconsciente y hacer que una persona se vea inundada de fuertes sentimientos y fantasías relacionadas con materiales reprimidos, por lo general sentimientos y fantasías relacionadas con el sexo y la ira. En todo esto no existe peligro si continúas con tus ejercicios y no das importancia a los sentimientos y fantasías. Cuida, como dije anteriormente, de no permanecer muchas horas seguidas conscienciando la respiración a no ser que tengas a mano un guía competente.

Si deseas acometer seria y sistemáticamente la práctica de estos ejercicios, te recomiendo que comiences por tener en cuenta la respiración y los sonidos.

Dedica a esto unos pocos minutos, al comienzo de cada ejercicio, pasa después a las sensaciones de tu cuerpo, dando a estas últimas la mayor importancia posible y pasando por cada una de las partes del cuerpo hasta que todo él se convierta en un hervidero de sensaciones.

Entonces quédate percibiendo tu cuerpo como un todo hasta que comiences a notar que te distraes y que necesitas de nuevo pasar de una parte a otra. Esto te reportará el beneficio espiritual de abrir tu Corazón a lo divino. Recibirás, además, los beneficios de alma y cuerpo que este ejercicio trae consigo.

Por último, una palabra de ánimo

La paz y el gozo que te he prometido como premio a la práctica fiel y constante de estos ejercicios son sentimientos a los que, probablemente, no estás acostumbrado; algo que al principio es tan sutil que a duras penas puedes reconocer en ello un sentimiento o una emoción. Si no tienes esto en cuenta, puedes desanimarte demasiado fácilmente.

El deleite y gozo de esta paz es un paladar adquirido. Cuando decimos a un niño que la cerveza sabe bien, él aproxima la jarra a sus labios con su experiencia personal de lo que sabe bien y se sorprende y disgusta porque la cerveza no posee la dulzura de las bebidas que él ha tomado hasta entonces. Se le dijo que la cerveza sabía bien y, para él, saber bien era sinónimo de dulce.

Acércate a realizar estos ejercicios sin llevar ideas o nociones preconcebidas. Acércate con la disponibilidad necesaria para descubrir nuevas experiencias (que quizás al principio no te parezcan «experiencias”) y para adquirir nuevos paladares.

Anthony de Mello

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La contemplación en grupo

La contemplación resulta más fácil en grupo

Probablemente te será más fácil concentrarte y realizar con provecho estos ejercicios si los practicas en un grupo de personas que quieren también lo mismo.

Es importante que todos los miembros del grupo se esfuercen seriamente en practicar esta forma de contemplación. La pereza o cansancio mental de una persona arrastrará a los demás, así como los esfuerzos de algunos “contemplativos” dentro del grupo servirán de gran ayuda a los otros.

En muchas ocasiones me han confesado algunos ejercitantes que notaban gran diferencia entre hacer la contemplación en grupo o solos en su habitación. Naturalmente, no se trata de una norma universal, pero me llamó la atención el que, en unos ejercicios budistas a los que asistí, cuando alguno de los participantes encontraba muchas dificultades para concentrarse, el director de los ejercicios le invitase a sentarse junto a él y esto parecía ser un remedio eficaz.

¿Se produce una especie de comunicación inconsciente, contagiosa, cuando unas personas logran un silencio profundo en la proximidad física de otras?

O ¿existen «vibraciones”, generadas por medio de este ejercicio, con efectos beneficiosos sobre aquellos que se encuentran en una proximidad suficiente para quedar expuestos a las mismas?

Nuestro maestro budista mantenía esta teoría. Y recomendaba también muy en serio otra práctica que yo he encontrado muy beneficiosa: en la medida de lo posible, hacer la contemplación siempre en el mismo lugar, en la misma esquina; esquina o habitación reservada únicamente a esta finalidad.

O hacerla en un lugar utilizado por otros para orar o contemplar. Razón: según él, las vibraciones buenas, generadas por medio de la oración y de la contemplación, persisten una vez que ha terminado la contemplación.

No sé si las razones son válidas o no, pero, por experiencia personal y ajena, sé que ayuda a orar en lugares «sagrados» que han sido santificados por la práctica frecuente de la contemplación.

Anthony de Mello

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Sonidos

Sonidos

Si no pongo mucho cuidado en escoger un lugar tranquilo para los grupos de contemplación, algunos miembros del grupo se quejan invariablemente de los ruidos que les rodean. El tráfico de las calles, el sonido estridente de la radio. Una puerta que chirría. El teléfono que suena. Todos estos ruidos estorban su quietud y tranquilidad y les sumergen en distracciones.

Algunos sonidos favorecen el silencio y la oración. Escuchar el sonido lejano de la campana de una iglesia, por ejemplo, o el gorjeo de los pájaros al amanecer o escuchar las melodías del órgano en una iglesia grandiosa no producen molestia alguna. Y con todo, ningún sonido, a no ser algún ruido tan fuerte que te estropee los tímpanos, tiene por qué perturbar tu silencio, quietud y tranquilidad.

Contemplar los sonidos

Si aprendes a llevar a la contemplación todos los sonidos que te rodean (suponiendo que interfieran en tu acto de consciencia cuando estás en contemplación), descubrirás que existe un silencio profundo en el corazón de los ruidos. Me gusta, por este motivo, tener las sesiones de oración en grupo en lugares que no estén en silencio total. Una sala situada al lado de una calle de intenso tráfico se acomoda admirablemente a mis preferencias.

A continuación, presento un ejercicio que te ayudará notablemente a lograr la contemplación en medio de los sonidos que te rodean:

Cierra los ojos. Tapona tus oídos con los pulgares. Cubre los ojos con las palmas de tus manos.

Ahora no escuchas sonido alguno de los que te rodean.

Escucha el sonido de tu respiración.

Después de respirar diez veces profundamente, lleva tus manos muy despacio sobre tu regazo. Que tus ojos permanezcan cerrados. Presta atención a todos los sonidos que te rodean, el mayor número posible de ellos, los sonidos intensos, los tenues; los que se oyen cerca, los que suenan más alejados… Durante un rato escucha estos sonidos sin tratar de identificarlos (ruido de pasos, tic tac del reloj, ruido del tráfico…) Escucha todo el mundo de sonidos que te rodean considerándolos como un todo…

Los sonidos distraen cuando luchas por escapar de ellos, cuando intentas expulsarlos fuera de tu conciencia, cuando protestas que no tienen derecho a estar allí. En esta ultima eventualidad, además de molestar, irritan. Si, por el contrario, los aceptas y los conciencias se convertirán para ti no en fuente de distracción o de irritación sino en un medio para lograr el silencio. Aprenderás por experiencia cuán relajante resulta este ejercicio.

Pero no solamente eso. Es también una buena contemplación. Podrías aplicar aquí la teoría sobre el desarrollo del Corazón dentro de ti para captar a Dios. En vez de ocupar tu mente en las sensaciones de tu cuerpo, podrías ocuparla haciéndote consciente de los sonidos que te rodean mientras tu Corazón se despliega gradualmente y comienza a tender hacia Dios.

Otro ejercicio

Pero si esta teoría no te agrada, te presento otro medio para lograr que la contemplación, en este ejercicio, sea más explícita:

Escucha todos los sonidos que te rodean, como hemos indicado en el ejercicio anterior…

Asegúrate de que puedes escuchar hasta los sonidos más leves. Con frecuencia, un sonido se compone de otros muchos… tiene diferencias de nivel e intensidad… Averigua cuántos de estos matices puedes captar…

Toma en cuenta ahora no tanto los sonidos que te rodean, sino tu acto de oír…

¿Qué sientes cuando percibes que posees la facultad de oír? ¿Agradecimiento… alabanza… gozo… amor…?

Vuelve de nuevo al mundo de los sonidos y alterna entre la toma de conciencia de los sonidos y tu actividad auditiva… Piensa ahora que cada uno de los sonidos es producido y sostenido por la omnipotencia de Dios… Dios está sonando a tu alrededor… Descansa en este mundo de los sonidos… Descansa en Dios (…).

OM

 

Un añadido agradable al ejercicio puede consistir en que el grupo o quien lo dirige reciten una antífona con voz suave. Recitar la palabra sánscrita OM, puede ser de gran ayuda. En cualquier caso, se trata de recitar una línea o una palabra, permanecer después en silencio durante unos instantes y volver a recitada de nuevo. Puedes intentado tú mismo si haces la contemplación en solitario.

Lo importante no es escuchar únicamente el sonido, sino también el silencio que se produce después de cada línea o palabra que recitas.

Suelo introducir con frecuencia un recitado en determinados momentos en que el grupo contempla en silencio. Esto contribuye a profundizar el silencio si el grupo sabe escuchado convenientemente. Efecto similar puede obtenerse golpeando rítmicamente un gong. Golpear el gong, escuchar la resonancia, percibir cómo muere el sonido, escuchar el silencio que se produce a continuación.

Anthony de Mello

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Dios en mi respiración

Dios en mi respiración

Cierra los ojos y practica los ejercicios de hacerte consciente de las sensaciones de tu cuerpo durante algunos minutos…

Pasa después a caer en la cuenta de tu respiración tal como lo hemos descrito en el ejercicio precedente y mantente ahí durante algunos minutos…

Piensa ahora que el aire que respiras está cargado del poder y de la presencia de Dios…

Concibe el aire como un océano inmenso que te rodea… un océano divinamente coloreado por la presencia y por el ser de Dios… Cuando introduces el aire en tus pulmones estás metiendo a Dios en ellos. Ten en cuenta que cada vez que respiras estás sostenido por el poder y por la presencia de Dios…

Permanece ahí el tiempo que puedas…

Toma nota de lo que sientes cuando te das cuenta que introduces a Dios dentro de ti cada vez que aspiras…

Existe una variante de este ejercicio.

Arranca de la mentalidad de los hebreos tal como la encontramos reflejada en la Biblia. Para ellos, la respiración de la persona es su vida. Cuando una persona ha muerto, Dios le ha retirado su aliento. Esto ha sido la causa de su muerte. Si una persona vive es porque Dios mantiene su aliento, su «espíritu”, en ella. La presencia de este Espíritu de Dios mantiene viva a la persona.

Cuando aspiras, hazte consciente de que te invade el Espíritu de Dios… Llena tus pulmones de la energía divina que trae consigo…

Cuando expiras, piensa que expulsas todas las impurezas que anidan dentro de ti… tus temores… tus sentimientos negativos…

Imagina que ves cómo tu cuerpo entero se torna, radiante y lleno de vida por medio de este proceso de respirar al Espíritu de Dios, dador de vida; que expiras todas las impurezas que se esconden dentro de ti…

Mantente en este ejercicio todo el tiempo que puedas permanecer libre de distracciones…

Anthony de Mello

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Consciencia y contemplación V

Consciencia y contemplación V

Tiempo de oración

En el párrafo anterior he empleado deliberadamente la expresión «tiempo de oración”. No quiero pedirte que abandones toda tu oración (comunicación con Dios que implica el empleo de palabras, de imágenes y de conceptos) en favor de la contemplación pura. Hay tiempo para la meditación y oración y tiempo para la contemplación, al igual que hay tiempo para la acción y tiempo para la contemplación.

Con todo, mientras estés ocupado en lo que he llamado contemplación, cuida de no caer en la tentación de pensar, por más santo que pueda ser el pensamiento que quiera robar tu atención. Así como en el tiempo de oración rechazarías pensamientos santos relacionados con tu trabajo, y que serían óptimos en su momento adecuado pero no en tiempo de oración, de igual manera debes rechazar vigorosamente durante tu tiempo de contemplación todo pensamiento de cualquier tipo que sea. Deberás considerarlo como destructor de esta forma particular de comunicación con Dios.

Es el momento de exponerte, en silencio, al sol divino, no de reflexionar sobre las propiedades y virtudes de los rayos del sol.

Ahora es el momento de clavar la mirada amorosamente en los ojos de tu amante divino y de no romper esta intimidad especial con palabras o reflexiones sobre él. La comunicación por medio de palabras debe quedar relegada a otro momento. Ahora es el tiempo de la comunicación sin palabras.

Un director espiritual

Hay un punto importante sobre el que, desgraciadamente, no puedo ofrecerte ayuda. Para ello necesitarás la guía de un maestro experimentado que conozca tus necesidades espirituales. Se trata de lo siguiente: del tiempo que dedicas diariamente a comunicarte con Dios. ¿Cuánto deberías dedicar a la oración y cuánto a la contemplación? Sobre este punto puedes decidir con tu director espiritual.

Con su ayuda tendrás que decidir también si debes continuar buscando este tipo de contemplación del que hablo o no. Quizás perteneces al grupo de personas afortunadas del que he hablado antes; personas que mantienen el pleno ejercicio de sus manos y de sus oídos sin haber tenido necesidad de vendar sus ojos; cuyo Corazón místico mantiene la comunicación más profunda posible con Dios mientras su mente comunica con él a través de palabras y de pensamientos; que no necesitan guardar silencio para establecer con su Amado el tipo de intimidad que muchas otras personas alcanzan únicamente por medio del silencio.

Pide a Dios que te guíe

Si eres incapaz de encontrar un director espiritual, pide a Dios que te guíe y comienza dedicando algunos minutos diarios a la contemplación ya sea en la forma de ejercicios de «conscienciación” o siguiendo alguno de los ejercicios más sencillos que vienen a continuación. Incluso en tu tiempo de oración trata de reducir poco a poco la actividad pensante y ora más con el corazón. Santa Teresa de Ávila solía repetir: “Lo importante no es pensar mucho, sino amar mucho”. Por consiguiente, ama mucho durante tu tiempo de oración. Y Dios te guiará aunque sea por medio de un período de prueba y de error.

Anthony de Mello

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Consciencia y contemplación IV

Consciencia y contemplación IV

Observa que los dos medios sugeridos por mí, la imagen del Salvador y la repetición de una jaculatoria, son religiosos por naturaleza. Recuerda, no obstante, que nuestra primera intención en este ejercicio no apunta al tipo de actividad en el que la mente se ocupa; nos interesa abrir y desarrollar el Corazón.

Si se logra la finalidad, ¿importa realmente que la espina empleada para sacar las restantes sea de naturaleza religiosa o no lo sea? Si pretendes que se haga la luz en medio de tu oscuridad, ¿importa realmente que el cirio que esparce la luz en tu oscuridad sea sagrado o no? ¿Tiene alguna importancia que te concentres en una imagen del Salvador, en un libro, en una hoja o en una mancha del suelo.

“Uno-dos-tres-cuatro”

Un amigo jesuita interesado en todas estas cosas (y que sospecho examina todas las teorías religiosas con una sana mezcla de escepticismo) me aseguraba que, diciendo constantemente “uno-dos-tres-cuatro” rítmicamente, alcanzaba resultados místicos idénticos a los que sus compañeros más religiosos afirmaban alcanzar mediante la devota y rítmica recitación de alguna jaculatoria.

Y le creo. Existe, indudablemente, un valor sacramental en el empleo de la espina religiosa, pero, por lo que atañe a nuestra finalidad, tan buena es una espina como otra.

De este modo hemos llegado a la conclusión, aparentemente desconcertante, de que la concentración sobre la respiración o sobre las sensaciones del cuerpo es una contemplación óptima en el más estricto sentido de la palabra.

Un retiro de treinta días

Esta teoría mía fue confirmada por unos jesuitas que hicieron un retiro de treinta días bajo mi dirección y que accedieron a dedicar, además de las cinco horas destinadas a lo que llamamos ejercicios ignacianos, cuatro o cinco horas diarias a este sencillo ejercicio de hacerse conscientes de su respiración y de las sensaciones de su cuerpo.

No me sorprendí cuando me dijeron que durante estos ejercicios (una vez que desarrollaron cierta familiaridad con ellos) sus experiencias eran idénticas a las que tenían cuando practicaban lo que en terminología católica se conoce como oración de fe u oración de quietud. La mayoría de ellos llegaron, incluso, a decirme que estos ejercicios llevan a una profundización de las experiencias de oración que ellos habían tenido con anterioridad, dándolas -por hablar de alguna forma- mayor consistencia y agudeza.

A partir del próximo ejercicio propondré prácticas que son, manifiestamente, más religiosas en cuanto al tono.

Quiero salir con ello al encuentro de los que temen estar perdiendo lamentablemente su tiempo de oración dedicándolo a ejercicios de consciencia. Los mencionados ejercicios, manifiestamente más religiosos, ofrecerán los frutos que pueden obtenerse por medio de los primeros. Contendrán reducidas dosis de reflexión que no tienen aquéllos. Con todo, la dosis es tan reducida que resulta casi despreciable. Así que, si te sientes más a gusto, no dudes en recurrir a ellos en vez de a los ejercicios de conscienciación.

Anthony de Mello

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Consciencia y contemplación III

Consciencia y contemplación III

Existen algunas personas afortunadas (es muy importante que sepas esto, de lo contrario caerías en el error de pensar que toda persona que quiera progresar en la contemplación tiene que pasar necesariamente por este proceso de confrontación con la oscuridad) que alcanzan espontáneamente ese estado sin tener necesidad de imponer el silencio a su mente discursiva ni bozal a sus palabras y pensamientos.

Se asemejan a aquellas personas que poseen toda la sensibilidad que los ciegos concentran en sus manos y oídos y continúan disfrutando del ejercicio pleno de la visión. Saborean con fruición la oración vocal, aprovechan intensamente su imaginación durante la oración, dan rienda suelta a sus pensamientos cuando tratan con Dios y en medio de toda esta actividad su Corazón intuye directamente lo Divino.

Si perteneces a los que no se cuentan entre estas personas afortunadas, tendrás que hacer algo para desarrollar este Corazón.

Directamente no puedes hacer nada. Lo único que está en tu mano es silenciar tu mente discursiva, abstenerte de todo pensamiento y palabra mientras estás en oración y permitir que el Corazón se desarrolle por sí mismo.

Imponer silencio a la mente es tarea extraordinariamente difícil. Qué duro resulta lograr que la mente se abstenga de pensar y pensar, de producir constantemente pensamientos en sucesión interminable. Los maestros hindúes de la India tienen un refrán: una espina se saca con otra. Con ello quieren dar a entender que lo sabio es emplear un pensamiento para librarte de los restantes pensamientos que se amontonan en tu mente. Un pensamiento, una imagen, una frase, sentencia o palabra que sea capaz de atraer la atención de tu mente.

Pretender conscientemente que la mente permanezca sin pensar, en el vacío, es pretender lo imposible.

La mente debe encontrarse siempre ocupada en algo. Si esto es así, dale algo en lo que pueda estar ocupada, pero dale solamente una cosa. Una imagen del Salvador a la que miras amorosamente y a la que te vuelves cada vez que te distraes; una jaculatoria repetida incesantemente para evitar que la mente vague por doquier. Llegará un momento en que la imagen desaparezca del campo de lo consciente, en que tu boca deje de pronunciar palabras, tu mente discursiva guarde silencio perfecto y tu Corazón se sienta del todo libre para mirar fijamente, sin impedimento alguno, a la Oscuridad.

Es claro que no has alcanzado aún el estadio en el que la imagen desaparece y las palabras guardan silencio para que funcione tu Corazón. Pero el que tu mente discursiva haya reducido su actividad drásticamente es ya una ayuda inmensa para que el Corazón se desarrolle y funcione. De esta manera, aun cuando jamás alcances el estado en el que la imaginación y las palabras guardan silencio. -tal como tú quisieras- irán creciendo en la contemplación.

Anthony de Mello

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Consciencia y contemplación II

Consciencia y contemplación II

Cuando nuestro Corazón logra el primer atisbo directo y oscuro de Dios, desea vislumbrar el vacío. Las personas que alcanzan este estadio se lamentan con frecuencia de que no hacen oración, de que malgastan el tiempo, de que están ociosos, de que se encuentran sumergidos en la oscuridad total. Para escapar de esta situación desagradable, recurren, de nuevo para desgracia suya, a su facultad de pensar, quitan la venda de su mente y comienzan a pensar y a hablar con Dios; hacen justamente lo contrario de lo que deberían hacer.

Si Dios es benévolo con ellos -y lo es con frecuencia- impedirá que empleen su mente en la oración. Cualquier tipo de pensamiento les resultará desagradable; la oración vocal les parecerá insoportable porque las palabras se les antojarán carentes de sentido. Se sentirán totalmente secos siempre que intenten comunicarse con Dios por cualquier camino que no sea el del silencio.

Al principio, incluso este silencio resultará penoso y seco.

Quizás entonces caigan en el peor de todos los males: abandonar de plano la oración porque se sienten forzados a elegir entre la frustración de ser incapaces de utilizar su mente y la sensación hueca de desperdiciar el tiempo y de no hacer nada, en medio de la oscuridad que les envuelve, cuando hacen el silencio en la misma.

Si no caen en esa tentación y perseveran en el ejercicio de la oración y se entregan con fe ciega al vacío, a la oscuridad, a la inactividad, a la nada, descubrirán gradualmente -al principio en breves destellos y más tarde de forma más permanente- que en medio de la oscuridad se esconde un resplandor, que el vacío llena misteriosamente su corazón, que la ociosidad está llena de la actividad de Dios, que en la nada su ser es recreado y configurado de nuevo… y todo esto de una manera que no pueden describir.

Algo misterioso

Después de cada una de estas sesiones de oración o de contemplación -llámesela como se quiera- perciben que algo misterioso ha estado trabajando dentro de ellos, regalándoles frescura, alimento y bienestar.

Comprobarán que tienen un hambre voraz de volver a esa oscura contemplación que parece carente de sentido y, sin embargo, les llena de vida hasta el punto de alcanzar un embeleso que difícilmente pueden percibir con su mente ni sentir con sus emociones pero que está inequívocamente presente, es tan real y satisfactoria que no la cambiarían por todos los embelesas que pueden ofrecer los deleites del mundo de los sentidos, de las emociones y de la mente. Es curioso que al comienzo pareciese tan seco, oscuro e insípido.

Si quieres alcanzar este estadio, sumergirte en esta oscuridad mística y comenzar a comunicarte con Dios a través de este Corazón del que hablan los místicos, el primer paso a dar será encontrar un medio para hacer silencio en tu mente.

Anthony de Mello

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Consciencia y contemplación I

Consciencia y contemplación I

Quizás sea ahora el momento adecuado para enfrentamos con la objeción, escuchada con frecuencia en mis grupos de contemplación, de que estos ejercicios de «hacerse conscientes” son válidos para relajarse pero nada tienen que ver con la contemplación entendida en sentido cristiano y con la oración.

Trataré ahora de poner de manifiesto que estos sencillos ejercicios pueden ser considerados como contemplación en sentido cristiano estricto. Si la explicación que voy a proponer no te satisface o te crea problemas, te sugiero que no la tomes en cuenta y que practiques estos ejercicios de conscienciación como simples medios para disponerte a la oración y a la contemplación. O, si lo prefieres, ignora, completamente estos ejercicios y pasa a los restantes que sean más de tu agrado.

Permíteme que explique lo que entiendo por oración y por contemplación.

Empleo la palabra oración para designar la comunicación con Dios cuando ésta se establece principalmente por medio de palabras, imágenes y pensamientos. En otro lugar presentaré muchos ejercicios a los que encasillo en el apartado de oración. Entiendo la contemplación con Dios en la que se emplea el menor número posible de palabras, imágenes y conceptos o se prescinde totalmente de ellos. De esta forma de oración habla san Juan de la Cruz en su «Noche oscura de los sentidos” y el autor de “Cloud of unknowing” en su admirable libro (…).

Vayamos al núcleo del problema:

Cuando practico el ejercicio de tomar conciencia de las sensaciones de mi cuerpo o de mi respiración, ¿puedo decir que me comunico con Dios? La respuesta es afirmativa. Permítaseme que explique la naturaleza de la comunicación con Dios que se establece en los ejercicios de conscienciación.

Muchos místicos afirman que -además de la mente y del corazón, con los que nos comunicamos con Dios.- todos nosotros estamos dotados de una mente y de un corazón místicos. Se trata de una facultad que nos permite conocer a Dios directamente, comprenderle e intuirle en su ser auténtico, aunque de manera oscura, sin necesidad de usar palabras, imágenes o conceptos.

De ordinario, nuestro contacto con Dios es indirecto, a través de imágenes o conceptos que, necesariamente, distorsionan su realidad. La capacidad de captarlo sin necesidad de imágenes o de ideas es el privilegio de esta facultad a la que, en el curso de esta explicación, llamaré Corazón (término entrañable para el autor de «Cloud of Unknowing”), aunque nada tiene que ver con nuestro corazón físico o con nuestra afectividad.

En la mayoría de nosotros este Corazón se encuentra dormido y subdesarrollado.

Si lo despertásemos tendería constantemente hacia Dios y, si le diéramos oportunidad, empujaría la totalidad de nuestro ser hacia él. Pero para ello es necesario que se desarrolle, que se libere de las escorias que lo envuelven y pueda ser atraído por el Imán Eterno.

La escoria es el amplio número de pensamientos, palabras e imágenes que interponemos entre Dios y nosotros cuando entramos en comunicación con él. En muchas ocasiones, las palabras, en lugar de ayudar, impiden la comunicación e intimidad. El silencio de pensamientos y de palabras- puede, a veces, ser la forma más idónea de comunicación y de unión cuando los corazones están inundados de amor. Nuestra comunicación con Dios no es, sin embargo, un tema sencillo. Yo puedo mirar con amor a los ojos de un amigo íntimo y comunicarme con él sin necesidad de palabras.

Pero, ¿dónde fijaré mi mirada cuando, desde el silencio, miro intensamente a Dios? ¡Una realidad sin imagen, sin forma! ¡El vacío!

Esto es lo que se pide a algunas personas que desean entrar en comunicación profunda con el Infinito, con Dios: mirar fijamente durante horas al vacío. Algunos místicos recomiendan que miremos este vacío amorosamente. En verdad, requiere una buena dosis de fe mirar intensamente, con amor y anhelo, lo que parece nada cuando entramos por primera vez en contacto con ello.

Normalmente, jamás lograrás ni siquiera aproximarte al vacío, aunque desees intensamente pasar horas sin fin mirándolo fijamente, si no has hecho el silencio en tu mente. Mientras la máquina de tu mente continúe tejiendo millones de pensamientos y de palabras, tu mente mística o Corazón permanecerá subdesarrollado.

Piensa en la enorme agudeza de oído y de tacto que poseen los ciegos. Han perdido la facultad de ver y esto les fuerza a desarrollar las restantes facultades de percepción. En el mundo místico ocurre algo similar. Si, por decirlo de alguna manera, pudiésemos convertirnos en mentalmente ciegos, si pudiésemos colocar una venda en nuestra mente mientras nos comunicamos con Dios, nos veríamos obligados a desarrollar alguna otra facultad para comunicarnos con él -aquella facultad que, según numerosos místicos, tiende a ir hacia él si le concedemos la oportunidad de desarrollarse: el Corazón.

Anthony de Mello

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Sensaciones del cuerpo. Control del pensamiento

Sensaciones del cuerpo. Control del pensamiento

Este ejercicio es una profundización del anterior. Quizás te haya parecido un ejercicio muy sencillo hasta el punto de desilusionarte. Tengo que recordarte que la contemplación es algo muy sencillo. Para avanzar en ella no es preciso emplear técnicas cada vez más complicadas, sino perseverar en la simplicidad, algo que a la mayoría de las personas resulta muy duro. Libérate del tedio. Resiste a la tentación de buscar lo novedoso y, por el contrario, busca la profundidad.

Si deseas obtener los beneficios de este ejercicio y del anterior, deberás practicados durante un largo período de tiempo.

En cierta ocasión formé parte de un retiro budista en el que dedicamos nada menos que catorce horas diarias a concentramos en nuestra respiración, en el aire que entraba y salía por nuestras fosas nasales. ¡Ninguna variedad, ninguna excitación, ningún contenido de pensamiento con que mantener entretenida nuestra mente! Recuerdo con viveza el día en que dedicamos doce horas o más a conscienciar todas las sensaciones en la reducida área existente entre las fosas nasales y el labio superior. Muchos de nosotros vivimos en el vacío durante horas sin fin, pero la paciencia, el esfuerzo perseverante de concentración y toma de consciencia hicieron que esta área obstinada comenzara a producir sus sensaciones.

Quizás preguntes: ¿para qué sirve todo esto desde el punto de vista de la oración?

Por el momento voy a limitarme a responderte: No hagas preguntas. Haz lo que se te dice y encontrarás la respuesta por ti mismo. La verdad se encuentra no tanto en las palabras y explicaciones cuanto en la acción y en la experimentación. Así, pues, manos a la obra, con fe y perseverancia (¡necesitarás una buena dosis de ambas!) Y en un corto espacio de tiempo experimentarás la respuesta a tus preguntas.

Experimentarás también repugnancia a responder las preguntas, incluso aquellas de apariencia práctica, que otras personas planteen sobre estos temas. La única respuesta válida para ellos será: «Abre los ojos y ve por ti mismo. Preferiría que caminases conmigo hasta la cima de la montaña y que experimentaras la salida del sol en lugar de aventurarme en narraciones brillantes sobre los efectos que produce en ti el sol naciente cuando lo contemplas desde la cima de la montaña. “Venid y ved”, respondió Jesús a dos de sus discípulos que le preguntaban. ¡Sabia respuesta!

Toda la brillantez de la salida del sol vista desde la montaña, y muchísimo más, se encierra en un ejercicio tan monótono como es tener en cuenta durante horas y días sin fin las sensaciones de tu cuerpo. ¡Ven y ve por ti mismo!  Probablemente no dispondrás de horas y de días completos para dedicarlos a este menester.

Te sugiero que comiences cada rato de oración con este ejercicio.

Mantente en él hasta que encuentres paz y sosiego y después pasa a tu oración, sea cual fuere el tipo de oración que practicas ordinariamente. Puedes realizar también este ejercicio en otros momentos del día, en ratos libres, cuando esperas el autobús o el tren, cuando te sientes cansado, tenso, y deseas relajarte, cuando dispones de algunos minutos y no sabes qué hacer.

Espero que llegará un momento en que experimentes el gran deleite y placer de esta percepción y no desees pasar a otra forma de oración. Quizás debas permanecer entonces en ella y descubrir la profunda y genuina contemplación que se esconde en las entrañas de este humilde ejercicio. Más adelante hablaré de este tipo de contemplación.

Pasemos ahora al tercer ejercicio.

Podemos describirlo en unas pocas frases. Pero es necesario repetirlo y practicarlo con frecuencia. En nuestros grupos de contemplación jamás omito comenzar dedicando, al menos, unos pocos minutos a estos ejercicios cada vez que nos juntamos. Además, recomiendo a los componentes del grupo que los practiquen durante algunos minutos a la mañana, al mediodía y a la noche.

Cierra los ojos. Repite el ejercicio anterior pasando de una parte de tu cuerpo a otra y teniendo en cuenta todas las sensaciones que puedas recoger en cada parte. Dedica a esta tarea de cinco a diez minutos.

Ahora céntrate en un área pequeña de tu rostro: tu frente, por ejemplo, una mejilla o el mentón. Intenta recoger el mayor número de sensaciones dentro de ese área.

Quizás al principio parezca totalmente desprovista de sensaciones. Si te sucede esto, pasa por unos momentos al ejercicio anterior. Después retorna de nuevo a esta área. Continúa en esta alternancia hasta que comiences a sentir algo, por tenue que sea. Cuando comiences a percibir alguna sensación, permanece en ella. Quizás desaparezca. Quizás se transforme en otra sensación. En torno a ella pueden germinar otras sensaciones.

Ten en cuenta el tipo de sensaciones que emergen; comezón, pinchazos, ardor, tirones, vibraciones, palpitaciones, entumecimiento…

Si tu mente divaga, trata pacientemente de hacerla retornar al ejercicio tan pronto como te des cuenta de que anda errante.

Quisiera terminar este capítulo sugiriendo un ejercicio paralelo para utilizarlo fuera de los tiempos de oración.

Cuando camines, hazte consciente durante algunos momentos del movimiento de tus piernas.

Puedes realizar este ejercicio en cualquier parte, incluso en una calle abarrotada de gente. Pero no se trata de saber que tus piernas están moviéndose, sino de lograr la sensación de movimiento.

Este ejercicio te producirá un efecto sedante, tranquilizador. Puedes, además, hacer un ejercicio de concentración; para ello tendrás que buscar un lugar tranquilo en el que no puedas ser visto por personas que, al contemplar lo que haces, piensen que te ocurre algo serio. He aquí el ejercicio:

Mientras paseas de un lado a otro de una habitación o de un pasillo ralentiza tus movimientos hasta el punto de caer en la cuenta plenamente de cada uno de los movimientos de tus piernas. Percibe lo siguiente: el levantar de tu pie izquierdo… el movimiento hacia delante de tu pie izquierdo… el pie izquierdo cuando toca el pavimento… el peso de tu cuerpo cuando descansa sobre tu pierna izquierda…

Ahora el levantar de tu pie derecho… su movimiento hacia delante… cuando comienza a posarse sobre el suelo delante de ti… y así sucesivamente.

Como ayuda para concentrarte puedes repetirte mentalmente cuando levantas tu pie: «Sube… sube… sube…». Cuando lo mueves hacia delante: «Muévete… muévete… muévete…» Y cuando lo posas sobre el suelo: «Posando… posando… posando…».

Debo insistir en que este ejercicio no es recomendable cuando tienes prisa. Bastará con que lo realices una sola vez para comprender por qué no te recomendaría que lo hicieses en un lugar en el que pudieras ser visto aunque fuera por el más tolerante de los hombres.

Anthony de Mello

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