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Una Revolución silenciosa

Una Revolución silenciosa

En la superficie de la tierra, justo ahora, hay guerra y violencia y todo parece negro. Pero al mismo tiempo, algo silencioso, tranquilo y oculto está sucediendo y algunas personas están siendo llamadas por una luz más alta.

Una Revolución silenciosa se está instalando desde adentro hacia fuera. De abajo hacia arriba

Es una operación global.
Una conspiración espiritual.
Hay células de esa operación en cada nación del planeta.
No nos verán en la tele.
Ni leer sobre nosotros en los periódicos.
Ni escuchar nuestras palabras en las radios.
No buscamos la gloria, no usamos uniformes.

Hemos llegado en diversas formas y tamaños diferentes, tenemos costumbres y colores diferentes.
La mayoría trabaja anónimamente.
En silencio, trabajamos fuera de escena.
En cada cultura del mundo.
En las grandes y pequeñas ciudades, en sus montañas y valles, en las granjas, pueblos, tribus e islas remotas.

Tal vez te cruces con nosotros en las calles, y no te das cuenta…
Seguimos disfrazados.
Estamos detrás de la escena.
Y no nos importa quién gana el mérito del resultado, sino que se realice el trabajo.

De vez en cuando nos encontramos por las calles.
Intercambiamos miradas de reconocimiento y seguimos nuestro camino.
Durante el día, muchos se disfrazan en sus trabajos normales, pero por la noche, detrás de nuestras apariencias, el verdadero trabajo se inicia.

Algunos nos llaman el ejército de la consciencia. Lentamente, estamos construyendo un nuevo mundo

Con el poder de nuestros corazones y mentes, seguimos con alegría y pasión.
Nuestras órdenes nos llegan de la inteligencia espiritual y central.
Estamos jugando bombas suaves de amor sin que nadie note: poemas – abrazos – canciones – fotos – películas – palabras cariñosas – meditaciones y oraciones – bailes – activismo social – sitios – blogs – actos de bondad…

Nos expresamos de una forma única y personal con nuestros talentos y dones. Es el cambio que queremos ver en el mundo.
Esa es la fuerza que mueve nuestros corazones. Sabemos que es la única forma de lograr la transformación. Sabemos que en el silencio y la humildad tenemos el poder de todos los océanos juntos.
Nuestro trabajo es lento y meticuloso.
Como en la formación de las montañas.

El amor será la religión del siglo 21

Sin requisitos previos de educación.
Sin pedir un conocimiento excepcional para su comprensión.
Porque nace de la inteligencia del corazón, escondida por la eternidad, en la muñeca evolutiva de todo ser humano.

Sea el cambio que quiere ver en el mundo.
Nadie puede hacer ese trabajo por ti.
Estamos reclutando.
Tal vez usted se une a nosotros, o tal vez ya se ha unido.

Todos son bienvenidos!
La puerta está abierta ‘ ⁀⋱‿☆

(autor desconocido). Publicado por Quety Román en el grupo de WhatsApp EVOLUCION.CENTER

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El amor no es ciego

El amor no es ciego

Siempre odiamos aquello que tememos. Siempre queremos librarnos de lo que tememos, destruir y evitar lo que tememos. Cuando usted teme a alguien, a usted no le gusta esa persona. Usted detesta a esa persona, tanto cuanto la teme. Y usted tampoco ve a esa persona porque las emociones interfieren. Bien, eso también es cierto cuando alguien le resulta atractivo.

Cuando llega el verdadero amor, ya no le gustan o le disgustan las personas en el sentido ordinario de la palabra. Usted las ve con claridad y responde con precisión.

Pero en ese nivel humano, sus gustos y sus antipatías y sus preferencias y sus atracciones, etc., siguen interfiriendo.

De manera que debe ser consciente de sus prejuicios, sus gustos, sus antipatías, sus atracciones. Todos ellos están presentes, provienen de su condicionamiento.

¿Por qué a usted le gustan cosas que a mí me disgustan? Porque su cultura es diferente a la mía. Si yo le diera a usted algunas de las cosas de comer que a mí me gustan, usted se apartaría con asco.

En algunas partes de la India, a la gente le gusta la carne de perro. Pero otras personas, si les dijeran que les están dando filete de perro, enfermarían. ¿Por qué? Condicionamientos diferentes, programaciones diferentes.

Los Hindúes enfermarían si supieran que habían comido carne de res, pero a los americanos les encanta. Ustedes preguntan: “Pero ¿por qué no comen carne de res?” Por las mismas razones por las cuales ustedes no se comerían a su perro. La misma razón. Para el campesino hindú la vaca es lo que para usted es un perro. No se la quiere comer. Hay un prejuicio cultural que salva a ese animal que se necesita para la agricultura, etc.

Entonces, realmente, ¿por qué me enamoro de una persona? ¿Por qué me enamoro de una clase de persona y no de otra?

Porque estoy condicionado. Subconscientemente, tengo la imagen de que esa clase particular de persona me gusta, me atrae. De modo que cuando me encuentro con esa persona, me enamoro totalmente. ¿Pero la he visto? ¡No! La veré después de casarme con ella; es entonces cuando llega el despertar. Y es entonces cuando puede empezar el amor.

Pero enamorarse no tiene nada que ver con el amor. No es amor; es deseo, ardiente deseo. Usted quiere, con todo su corazón que esta criatura adorable le diga que usted la atrae. Eso le da una gran sensación. Mientras tanto, todo el mundo dirá: ¿Qué diablos será lo que le ve? Pero es su condicionamiento – usted no ve.

Dicen que el amor es ciego. Créanme, no hay nada que tenga una visión tan clara como el verdadero amor, nada.

Es lo que puede ver más claramente el mundo. Las adicciones son ciegas, los apegos son ciegos. El aferramiento, el anhelo y el deseo son ciegos. Pero no el verdadero amor.

Pero, por supuesto, la palabra ha sido degradada en la mayoría de las lenguas modernas.

La gente habla de hacer el amor y enamorarse. Como el niño que le dice a la niña:

– ¿Alguna vez has sentido amor? Y ella le contesta;
– No, pero he sentido gusto.

Entonces, ¿de qué habla la gente cuando se enamora? Lo primero que necesitamos es claridad de percepción.

Una de las razones por las cuales no percibimos claramente a la gente es evidente: nuestras emociones interfieren, nuestros condicionamientos interfieren, nuestros gustos y nuestras aversiones interfieren. Tenemos que enfrentar este hecho. Pero tenemos que enfrentar algo mucho mas fundamental: nuestras ideas, nuestras conclusiones, nuestros conceptos.

Creámoslo o no, todo concepto diseñado para ayudarnos a ponernos en contacto con la realidad acaba interfiriendo ese contacto con la realidad, porque, tarde o temprano, nos olvidamos de que las palabras no son la cosa.

El concepto no es lo mismo que la realidad. Son diferentes. Por eso les dije antes que la última barrera para encontrar a Dios es la palabra “DIOS” y el concepto de Dios. Ello interfiere si no se tiene cuidado. Debiera ser una ayuda; puede ser una ayuda pero también puede ser un obstáculo.

Anthony de Mello

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El Miedo y el Amor

El Miedo y el Amor

Algunos dicen que solamente hay dos cosas en el mundo: Dios y el miedo; el amor y el miedo son las únicas dos cosas. Solamente hay un mal en el mundo: el miedo. Solamente hay un bien en el mundo: el amor. A veces le dan otros nombres. A veces lo denominan felicidad o libertad o paz o gozo o Dios o lo que sea. Pero el rótulo realmente no importa. Y no hay un solo mal en el mundo que no se origine en el miedo. Ni uno solo.

La ignorancia y el miedo, la ignorancia causada por el miedo, de ahí viene todo el mal, de ahí viene la violencia

La persona que realmente no es violenta, la que es incapaz de la violencia, es la persona que no tiene miedo. Usted se enoja solamente cuando tiene miedo. Piense en la última vez que se enojó y busque el miedo subyacente. ¿Qué temía perder? ¿Qué temía que le quitaran? De ahí viene la ira. Piense en una persona furiosa, tal vez en alguien a quien usted teme. ¿Puede ver todo el miedo de esa persona? Tiene mucho miedo, realmente lo tiene. Está muy asustada o no estaría furiosa. En el último análisis solamente hay dos cosas, el amor y el miedo.

Yo trato diferentes temas, pero todos son sobre lo mismo. Llámelo consciencia, llámelo amor, llámelo espiritualidad o libertad o despertar o cualquier cosa. Realmente es lo mismo.

Anthony de Mello

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Las tres cosas más difíciles para un ser humano

 

Alguien dijo: “Las tres cosas más difíciles para un ser humano no son las hazañas físicas ni los logros intelectuales, son, en primer lugar, retornar amor por odio; en segundo lugar, incluir a los excluidos; en tercer lugar, admitir que está equivocado”.

Pero éstas son las cosas más fáciles del mundo si usted no se ha identificado con el “mi”. Usted es capaz de decir cosas como: “¡Me equivoqué!

La primera vez que vislumbré este nuevo mundo, fue aterrador

Comprendí lo que significa estar solo, sin un lugar donde apoyar la cabeza, dejar que todos sean libres y ser libre, no ser especial para nadie y amarlos a todos – porque el amor hace eso. Brilla sobre los buenos y los malos por igual; hace que llueva sobre los santos y los pecadores por igual.

¿Es posible que la rosa diga: “Les daré mi perfume a los buenos que quieran olerme, pero no a los malos?

¿O es posible que la lámpara diga: “Iluminaré a los buenos que están en esta sala, pero no iluminaré a los malos”?

¿O puede el árbol decir: “les daré mi sombra a los buenos que descansen junto a mí, pero no a los malos”? Estas son imágenes de lo que es el amor.

Siempre ha estado allí, directamente frente a nosotros en las escrituras, aunque nunca quisimos verlo porque estábamos sumergidos en lo que nuestra cultura llama el amor, con sus canciones y sus poemas de amor; eso no es amor en absoluto, eso es lo opuesto al amor. Eso es deseo y control y posesión. Eso es manipulación, y temor, y ansiedad; eso no es amor.

Nos dijeron que la felicidad es una piel suave, un lugar de vacaciones

No son esas cosas, pero tenemos maneras sutiles de hacer que nuestra felicidad dependa de esas cosas, tanto dentro como fuera de nosotros. Decimos: “Me niego a ser feliz hasta que desaparezca mi neurosis”.

Le tengo buenas noticias: puede ser feliz ahora mismo, con la neurosis.

¿Quiere noticias todavía mejores? Hay una sola razón por la cual usted no está experimentando lo que en la India llamamos anand: felicidad, felicidad. Hay una sola razón por la cual usted no es feliz en este momento: porque está pensando o concentrándose en lo que no tiene. De otra manera, sería feliz. Usted se está concentrando en lo que no tiene. Pero ahora mismo usted tiene todo lo que necesita para ser feliz.

Pero ¿quién escucha? A nadie le interesa; la gente prefiere estar dormida.

Anthony de Mello

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Sobre la dependencia

Dependencia

¿Es concebible vivir una vida en la que usted esté tan totalmente solo que no dependa emocionalmente de nadie?

Todos dependemos unos de otros para todo tipo de cosas, ¿no es verdad? Dependemos del carnicero, del panadero, del fabricante de velas. Interdependencia. ¡Eso está bien! Organizamos una sociedad de esta manera, y les asignamos funciones diferentes a personas diferentes para el bienestar de todos, de manera que funcionemos mejor y vivamos con mayor eficacia – al menos así lo esperamos.

Pero depender psicológicamente de otra persona – ¿qué implica eso? – significa depender de otro ser humano para mi felicidad.

Piense en eso. Porque si lo hace, la próxima cosa que usted va a hacer – tenga consciencia de ello o no, – es exigir que los demás contribuyan a su felicidad. Entonces habrá otro paso: temor, temor a perder, temor a estar alienado, temor a ser rechazado, un control mutuo.

El amor perfecto expulsa el temor

En donde hay amor no hay exigencias, no hay expectativas, no hay dependencia. Yo no exijo que usted me haga feliz; mi felicidad no está en usted. Si usted me dejara, no me condolería de mí mismo; yo disfruto enormemente de su compañía, pero no me aferro.

Yo disfruto sin aferrarme. Lo que realmente disfruto no es usted; es algo más grande que usted y yo. Es algo que descubrí, una especie de sinfonía, una especie de orquesta que interpreta una melodía en su presencia, pero cuando usted se va, la orquesta no se detiene. Cuando me encuentro con otra persona, la orquesta interpreta otra melodía, la cual también es agradable. Y cuando estoy solo, continúa tocando. Tiene un gran repertorio y nunca deja de tocar.

De eso se trata el despertar

También por eso estamos hipnotizados, nos lavan el cerebro, estamos dormidos. Parece terrible preguntar, pero ¿puede decirse que usted me ama si se aferra y no me deja ir? ¿Si no me permite ser? ¿Puede decirse que me ama si me necesita psicológica o emocionalmente para su felicidad?

Esto contradice la enseñanza universal de todas las escrituras, todas las religiones, todos los místicos. “¿Cómo pudimos pasarlo por alto durante tantos años?” Repetidamente me digo a mí mismo: ¿Cómo fue posible que no lo viera? Cuando uno lee estas cosas radicales en las escrituras, se pregunta: ¿Este hombre está loco? Pero después de un tiempo empieza a pensar que todos los demás están locos.

“Si no renuncias a todo lo que posees, no puedes ser mi discípulo”. Hay que dejarlo todo. No se trata de un renunciamiento físico, comprendan; eso es fácil. Cuando sus ilusiones se acaban, por fin uno esta en contacto con la realidad, y créanme, nunca volverá a sentirse solo, nunca más.

La soledad no se cura con la compañía humana

La soledad se cura con el contacto con la realidad. Tengo muchísimo que decir sobre eso. El contacto con la realidad, la desaparición de nuestras ilusiones, el contacto con lo real. Sea lo que sea, no tiene nombre. Solamente podemos conocerlo abandonando lo que es irreal. Usted puede saber lo que es la soledad cuando deja de aferrarse, cuando renuncia a su dependencia. Pero el primer paso para lograrlo es que lo vea como deseable. Si no lo ve como deseable, ¿cómo puede llegar a acercarse?

Piense en su soledad. ¿Desaparecería por la compañía humana? Ésta sólo servirá de distracción. Adentro hay un vacío ¿no es así? Y cuando el vacío sale a la superficie, ¿qué hace usted? Huye, enciende el televisor, enciende el radio, lee un libro, busca compañía humana, busca entretenimiento, busca distracción. Todo el mundo hace eso. Actualmente esto es un gran negocio, una industria organizada para distraernos o entretenernos.

Anthony de Mello

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Sobre el deseo de felicidad

Sobre el deseo de felicidad

Estaba diciendo que no queremos ser felices. Queremos otras cosas. O más exactamente: No queremos ser incondicionalmente felices. Estoy dispuesto a ser feliz siempre y cuando tenga esto y lo otro. Pero esto realmente es decirle a nuestro amigo o a nuestro Dios o a cualquiera:

“Tu eres mi felicidad. Si no te tengo, me niego a ser feliz”.

Es muy importante comprender eso. No podemos imaginarnos la felicidad sin esas condiciones. Es muy cierto. No podemos imaginarnos la felicidad sin ellas. Nos han enseñado a cifrar en ellas nuestra felicidad.

De manera que eso es lo primero que debemos hacéis si queremos despertar, que es lo mismo que decir: Si queremos amar, si queremos ser libres, si queremos la alegría y la paz y la espiritualidad.

En ese sentido, la espiritualidad es lo más práctico que hay en el mundo.

Desafío a cualquiera a pensar en algo más práctico que la espiritualidad como la he definido. No como piedad, no como devoción, no como religión, no como adoración sino como espiritualidad –

¡Despertar!, ¡despertar! Veamos la angustia que hay en todas partes, veamos la soledad, veamos el temor, la confusión, el conflicto en el corazón de la gente, el conflicto interno, el conflicto externo.

Imagínense ustedes que alguien les muestra la manera de librarse de todo eso. Imagínense ustedes que alguien les muestra la manera de detener ese tremendo gasto de energía, de salud, de emoción que es el resultado de esos conflictos y de esa confusión.

¿Les gustaría?

Imaginemos que alguien nos muestra la manera de amarnos los unos a los otros, y de vivir en paz y con amor. ¿Pueden ustedes imaginarse algo más práctico que eso?

Pero, en cambio, hay personas que piensan que los grandes negocios son más prácticos, que la política es más práctica, que la ciencia es más práctica. ¿De qué nos sirve llevar un hombre a la luna si no podemos vivir en la tierra?

Lo repito: Ustedes quieren despertar, ustedes están representando un gran papel, y ni siquiera lo saben. Piensan que aman. ¡Ja! ¿A quién aman? Hasta la abnegación los hace sentir bien, ¿verdad? “¡Me estoy sacrificando! Estoy viviendo de acuerdo con mi ideal”. Pero ustedes obtienen algún beneficio de eso, ¿no es así? Siempre obtienen algo de todo lo que hacen, hasta que despierten.

De modo que aquí está el primer paso: Dese cuenta de que no quiere despertar. Es bastante difícil que despierte si lo hipnotizaron para que crea que un pedazo de papel periódico viejo es un cheque por un millón de dólares

¡Qué difícil es separarse de ese pedazo de periódico viejo!

Anthony de Mello

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Sobre el egoísmo legítimo

Sobre el egoísmo legítimo

Lo primero que quiero que ustedes comprendan, si realmente quieren despertar, es que ustedes no quieren despertar. El primer paso para despertar es que tengan suficiente honestidad como para admitir que no les gusta.

No quieren ser felices. ¿Quieren una prueba? Ensayemos. Tardará exactamente un minuto:

Podrían cerrar los ojos o mantenerlos abiertos, realmente no importa. Piensen en alguien a quienes ustedes quieren mucho, alguien cercano a ustedes, alguien que para ustedes es muy valioso y díganle mentalmente a esa persona: “Preferiría ser feliz a tenerte”, vea lo que sucede, “Preferiría ser feliz a tenerte. Si yo pudiera elegir, sin duda elegiría la felicidad”.

¿Cuantos de ustedes se sintieron egoístas cuando dijeron eso?

Parece que muchos. ¿Ven cómo nos han lavado el cerebro? ¿Ven como nos han lavado el cerebro para que pensemos: “¿Cómo puedo ser tan egoísta?”.

Pero miren quién es egoísta. Imaginen que alguien les dice a ustedes: “¿Cómo puedes ser tan egoísta como para elegir la felicidad en lugar de elegirme a mí?” ¿No les gustaría responder esto?: “Excúsame, pero cómo puedes ser tan egoísta como para exigir que yo te elija a ti por encima de mi felicidad?”

Cierta vez una mujer me contó…

Cuando ella era niña su primo jesuita organizó un retiro espiritual en la iglesia jesuita de Milwaukee. Él empezaba cada conferencia con estas palabras: “La prueba del amor es el sacrificio, y la medida del amor es el desinterés”.

¡Que maravilla! Le pregunté a ella: “¿Usted quisiera que yo la amara a costa de mi felicidad?

“Sí”, me contestó. ¿No sería maravilloso?

Ella me amaría a costa de su felicidad, y yo la amaría a costa de mi felicidad, así tendríamos dos personas desgraciadas, ¡pero que viva el amor!

Anthony de Mello

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El amor a sí mismo

El amor a sí mismo

El amor a sí mismo
 
Es creencia común que amar a los demás es una virtud, y amarse a sí mismo un pecado. Se supone que en la medida en que me amo a mí mismo, no amo a los demás, que amor a sí mismo es lo mismo que egoísmo. Tal punto de vista se remonta a los comienzos del pensamiento occidental. Calvino califica de «peste» el amor a sí mismo.
¿Es esto cierto? ¿Hay una contradicción básica entre el amor a sí mismo y el amor a los demás?
 
¿Es el amor a sí mismo un fenómeno similar al egoísmo, o son opuestos?
 
Y ¿es el egoísmo del hombre moderno realmente una preocupación por sí mismo como individuo, con todas sus potencialidades intelectuales, emocionales y sensuales?
 
¿No se ha convertido «él» en un apéndice de su papel económico-social? ¿Es su egoísmo idéntico al amor a sí mismo, o es la causa de la falta de este último?

El amor a otros y el amor a uno mismo no son excluyentes

El amor a los demás y el amor a uno mismo no se excluyen recíprocamente. Si es una virtud amar al prójimo como a uno mismo, debe serlo también -y no un vicio- que me ame a mí mismo, puesto que también yo soy un ser humano.
 
No hay ningún concepto del hombre en el que yo no esté incluido. Una doctrina que proclama tal exclusión demuestra ser intrínsecamente contradictoria. La idea expresada en el bíblico «Ama a tu prójimo como a ti mismo», implica que el respeto por la propia integridad y unicidad, el amor y la comprensión del propio sí mismo, no pueden separarse del respeto, el amor y la comprensión del otro individuo. El amor a sí mismo está inseparablemente ligado al amor a cualquier otro ser.

Nosotros también somos “objeto” de nuestros sentimientos y actitudes

No sólo los demás, sino nosotros mismos, somos «objeto» de nuestros sentimientos y actitudes; las actitudes para con los demás y para con nosotros mismos, lejos de ser contradictorias, son básicamente conjuntivas. El amor a los demás y el amor a nosotros mismos no son alternativas. Por el contrario, en todo individuo capaz de amar a los demás se encontrará una actitud de amor a sí mismo.
 
El amor genuino entraña cuidado, respeto, responsabilidad y conocimiento. No es un «afecto» en el sentido de que alguien nos afecte, sino un esforzarse activo arraigado en la propia capacidad de amar y que tiende al crecimiento y la felicidad de la persona amada.
 
Amar a alguien es la realización y concentración del poder de amar. La afirmación básica contenida en el amor se dirige hacia la persona amada como una encarnación de las cualidades esencialmente humanas. Amar a una persona implica amar al hombre/mujer como tal.
 
De ello se deduce que mi propia persona debe ser un objeto de mi amor al igual que lo es otra persona.
 
La afirmación de la vida, felicidad, crecimiento y libertad propios, está arraigada en la propia capacidad de amar, esto es, en el cuidado, el respeto, la responsabilidad y el conocimiento. Si un individuo es capaz de amar, también se ama a sí mismo; si sólo ama a los demás, no puede amar en absoluto.

El egoísmo

Dando por establecido que el amor a sí mismo y a los demás no es excluyente, ¿cómo explicamos el egoísmo, que excluye evidentemente toda genuina preocupación por los demás?
 
La persona egoísta sólo se interesa por sí misma, desea todo para sí misma, no siente placer en dar, sino únicamente en tomar. Considera el mundo exterior sólo desde el punto de vista de lo que puede obtener de él; carece de interés en las necesidades ajenas y de respeto por la dignidad e integridad de los demás. No ve más que a sí misma; juzga a todos según su utilidad; es básicamente incapaz de amar.
 
¿No prueba eso que la preocupación por los demás y por uno mismo son alternativas inevitables? Sería así si el egoísmo y el autoamor fueran idénticos. Pero tal suposición es precisamente la falacia que ha llevado a tantas conclusiones erróneas con respecto a nuestros problemas.

El egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser idénticos, son realmente opuestos

El individuo egoísta no se ama demasiado, sino muy poco; en realidad, se odia. Tal falta de cariño y cuidado por sí mismo, lo deja vacío y frustrado. Se siente necesariamente infeliz y ansiosamente preocupado por arrancar a la vida las satisfacciones que él se impide obtener. Parece preocuparse demasiado por sí mismo, pero, en realidad, sólo realiza un fracasado intento de disimular y compensar su incapacidad de cuidar de su verdadero ser. Las personas egoístas son incapaces de amar a los demás, pero tampoco pueden amarse a sí mismas.

Sobreprotección

Es más fácil comprender el egoísmo comparándolo con la ávida preocupación por los demás, como la que encontramos, por ejemplo, en una madre sobreprotectora.
 
Si bien ella cree conscientemente que es en extremo cariñosa con su hijo, en realidad tiene una hostilidad hondamente reprimida contra el objeto de sus preocupaciones. Sus cuidados exagerados no obedecen a un amor excesivo al niño, sino a que debe compensar su total incapacidad de amarlo.

La «generosidad» neurótica

La «generosidad» neurótica, es un síntoma observado en no pocas personas que habitualmente están perturbadas por otros síntomas como depresión, fatiga, incapacidad de trabajar, fracaso en las relaciones amorosas, etc.
 
No sólo ocurre que no consideran esa generosidad como un «síntoma»; frecuentemente es el único rasgo caracterológico redentor del que esas personas se enorgullecen.
 
La persona «generosa» «no quiere nada para sí misma»; «sólo vive para los demás», está orgullosa de no considerarse importante.
 
Le intriga descubrir que, a pesar de su generosidad, no es feliz, y que sus relaciones con los más íntimos allegados son insatisfactorias.
 
La labor analítica demuestra que esa generosidad no es algo aparte de los otros síntomas, sino uno de ellos -de hecho, muchas veces es el más importante-; que la capacidad de amar o de disfrutar de esa persona está paralizada; que está llena de hostilidad hacia la vida y que, detrás de la fachada de generosidad, se oculta un intenso egocentrismo, sutil, pero no por ello menos intenso.
 
Esa persona sólo puede curarse si también su generosidad se interpreta como un síntoma junto con los demás.

La madre «generosa»

La naturaleza de esa generosidad se torna particularmente evidente en su efecto sobre los demás y, con mucha frecuencia en nuestra cultura, en el efecto que la madre «generosa» ejerce sobre sus hijos.
 
Ella cree que, a través de su generosidad, sus hijos experimentarán lo que significa ser amado y aprenderán, a su vez, a amar. Sin embargo, el efecto de su generosidad no corresponde en absoluto a sus expectativas.
 
Los niños no demuestran la felicidad de personas convencidas de que se los ama; están angustiados, tensos, temerosos de la desaprobación de la madre y ansiosos de responder a sus expectativas.
 
Habitualmente, se sienten afectados por la oculta hostilidad de la madre contra la vida, que sienten, pero sin percibirla con claridad, y, eventualmente, se empapan de ella. En conjunto, el efecto producido por la madre «generosa» no es demasiado diferente del que ejerce la madre egoísta, y aun puede resultar más nefasto, puesto que la generosidad de la madre impide que los niños la critiquen. Se los coloca bajo la obligación de no desilusionarla; se les enseña, bajo la máscara de la virtud, a no gustar de la vida.
 
Si se tiene la oportunidad de estudiar el efecto producido por una madre con genuino amor a sí misma, se ve que no hay nada que lleve más a un niño a la experiencia de lo que son la felicidad, el amor y la alegría, que el amor de una madre que se ama a sí misma.

Meister Eckhart ha sintetizado magníficamente estas ideas

«Si te amas a ti mismo, amas a todos los demás como a ti mismo. Mientras ames a otra persona menos que a ti mismo, no lograrás realmente amarte, pero si amas a todos por igual, incluyéndote a ti, los amarás como una sola persona y esa persona es a la vez Dios y el hombre. Así, pues, es una persona grande y virtuosa la que amándose a sí misma, ama igualmente a todos los demás»
 
Erich Fromm
El amor erótico

El amor erótico

El Amor erótico

El amor fraterno es amor entre hermanos; el amor materno es amor por el desvalido. Diferentes como son entre sí, tienen en común el hecho de que, por su misma naturaleza, no están restringidos a una sola persona. Si amo a mi hermano, amo a todos mis hermanos; si amo a mi hijo, amo a todos mis hijos; no, más aún, amo a todos los niños, a todos los que necesitan mi ayuda.

En contraste con ambos tipos de amor está el amor erótico: el anhelo de fusión completa, de unión con una única otra persona. Por su propia naturaleza, es exclusivo y no universal; es también, quizá, la forma de amor más engañosa que existe.

La experiencia explosiva de «enamorarse»

En primer lugar, se lo confunde fácilmente con la experiencia explosiva de «enamorarse», el súbito derrumbe de las barreras que existían hasta ese momento entre dos desconocidos. Pero tal experiencia de repentina intimidad es, por su misma naturaleza, de corta duración. Cuando el desconocido se ha convertido en una persona íntimamente conocida, ya no hay más barreras que superar, ningún súbito acercamiento que lograr. Se llega a conocer a la persona «amada» tan bien como a uno mismo. O, quizá, sería mejor decir tan poco.

Si la experiencia de la otra persona fuera más profunda, si se pudiera experimentar la infinitud de su personalidad, nunca nos resultaría tan familiar -y el milagro de salvar las barreras podría renovarse a diario-. Pero para la mayoría de la gente, su propia persona, tanto como las otras, resulta rápidamente explorada y agotada. Para ellos, la intimidad se establece principalmente a través del contacto sexual. Puesto  que  experimentan la separatidad de la otra persona fundamentalmente como separatidad física, la unión física significa superar la separatidad.

Superar la separatidad

Existen, además, otros factores que para mucha gente significan una superación de la separatidad. Hablar de la propia vida, de las esperanzas y angustias, mostrar los propios aspectos infantiles, establecer un interés común frente al mundo se consideran formas de salvar la separatidad.

Aun la exhibición de enojo, odio, de la absoluta falta de inhibición, se consideran pruebas de intimidad, y ello puede explicar la atracción pervertida que sienten los integrantes de muchos matrimonios que sólo parecen íntimos cuando están en la cama o cuando dan rienda suelta a su odio y a su rabia recíprocos.

Pero la intimidad de este tipo tiende a disminuir cada vez más a medida que transcurre el tiempo. El resultado es que se trata de encontrar amor en la relación con otra persona, con un nuevo desconocido. Este se transforma nuevamente en una persona «íntima», la experiencia de enamorarse vuelve a ser estimulante e intensa, para tornarse otra vez menos y menos intensa, y concluye en el deseo de una nueva conquista, un nuevo amor -siempre con la ilusión de que el nuevo amor será distinto de los anteriores-. El carácter engañoso del deseo sexual contribuye al mantenimiento de tales ilusiones.

El deseo sexual

El deseo sexual tiende a la fusión. Pero el deseo sexual puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el deseo de conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir y aun de destruir, tanto como por el amor. Parecería que cualquier emoción intensa, el amor entre otras, puede estimular y fundirse con el deseo sexual. Como la mayoría de la gente une el deseo sexual a la idea del amor, con facilidad incurre en el error de creer que se ama cuando se desea físicamente.

El amor puede inspirar el deseo de la unión sexual; en tal caso, la relación física hállase libre de avidez, del deseo de conquistar o ser conquistado, pero está fundido con la ternura. Si el deseo de unión física no está estimulado por el amor, si el amor erótico no es a la vez fraterno, jamás conduce a la unión salvo en un sentido transitorio. La atracción sexual crea, por un momento, la ilusión de la unión, pero, sin amor, tal «unión» deja a los desconocidos tan separados como antes -a veces los hace avergonzarse el uno del otro, o aun odiarse recíprocamente, porque, cuando la ilusión se desvanece, sienten su separación más agudamente que antes-.

La ternura no es en modo alguno,  como creía Freud, una sublimación del instinto sexual; es el producto  directo del amor fraterno, y existe tanto en las formas físicas del  amor, como en las no físicas.

Exclusividad no es lo mismo que una relación posesiva

En el amor erótico hay una exclusividad que falta en el amor fraterno  y en el materno. Ese carácter exclusivo requiere un análisis más amplio. La exclusividad del amor erótico suele interpretarse erróneamente como una relación posesiva.

Es frecuente encontrar dos personas «enamoradas» la una de la otra que no sienten amor por nadie más. Su amor es, en realidad, un egotismo á deux; son dos seres que se identifican el uno con el otro, y que resuelven el problema de la separatidad convirtiendo al individuo aislado en dos. Tienen la vivencia de superar la separatidad, pero, puesto que están separados del resto de la humanidad, siguen estándolo entre sí y enajenados de sí mismos; su experiencia de unión no es más que ilusión.

El amor erótico es exclusivo, pero ama en la otra persona a toda la humanidad, a todo lo que vive. Es exclusivo sólo en el sentido de que puedo fundirme plena e intensamente con una sola persona. El amor erótico excluye el amor por los demás sólo en el sentido de  la fusión erótica, de un compromiso total en todos los aspectos de la vida -pero no en el sentido de un amor fraterno profundo-.

Amar desde la esencia del ser

El amor erótico, si es amor, tiene una premisa. Amar desde la  esencia del ser -y vivenciar a la otra persona en la esencia de su ser-. En esencia, todos los seres humanos son idénticos. Somos todos parte de Uno; somos Uno. Siendo así, no debería importar a quién amamos. El amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad, de decisión de dedicar toda nuestra vida a la de la otra persona.

Ese es, sin duda, el razonamiento que sustenta la idea de la indisolubilidad  del matrimonio, así como las muchas formas de matrimonio tradicional, en las que ninguna de las partes elige a la otra, sino que alguien las elige por ellas, a pesar de lo cual se espera que se amen mutuamente.

En la cultura occidental contemporánea, tal idea parece totalmente falsa. Supónese que el amor es el resultado de una reacción espontánea y emocional, de la súbita aparición de un sentimiento irresistible. De acuerdo con ese criterio, sólo se consideran las peculiaridades de los dos individuos implicados –y no el hecho de que todos los hombres son parte de Adán y todas las mujeres parte de Eva-. Se pasa así por alto un importante factor del amor erótico, el de la voluntad.

Amor erótico, voluntad y atracción

Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso -es una decisión, es un juicio, es una promesa-. Si el amor no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar que durará eternamente, si mi acto no implica juicio y decisión?

Tomando en cuenta esos puntos de vista, cabe llegar a la conclusión de que el amor es exclusivamente un acto de la voluntad y un compromiso, y de que, por lo tanto, en esencia no importa demasiado quiénes son las dos personas. Sea que el matrimonio haya sido decidido por terceros, o el resultado de una elección individual, una vez celebrada la boda el acto de la voluntad debe garantizar la continuación del amor.

Tal posición parece no considerar el carácter paradójico de la naturaleza humana y del amor erótico. Todos somos Uno; no obstante, cada uno de nosotros es una entidad única e irrepetible. Idéntica paradoja se repite en nuestras relaciones con los otros. En la medida en que todos somos uno, podemos amar a todos de la misma manera, en el sentido del amor fraternal. Pero en la medida en que todos también somos diferentes, el amor erótico requiere ciertos elementos específicos y altamente individuales que existen entre algunos seres, pero no entre todos.

La verdad no es ni lo uno ni lo otro

Ambos puntos de vista, entonces, el del amor erótico como una atracción completamente individual, única entre dos personas específicas, y el de que el amor erótico no es otra cosa que un acto de la voluntad, son verdaderos -o, como sería quizá más exacto, la verdad no es lo uno ni lo otro-. De ahí que la idea de una relación que puede disolverse fácilmente si no resulta exitosa es tan errónea como la idea de que tal relación no debe disolverse bajo ninguna circunstancia.

Erich Fromm

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El amor materno

El amor materno

El Amor materno

El amor materno es una afirmación incondicional de la vida del niño y sus necesidades. Pero debo hacer aquí una importante adición a tal descripción. La afirmación de la vida del niño presenta dos aspectos: uno es el cuidado y la responsabilidad absolutamente necesarios para la conservación de la vida del niño y su crecimiento. El otro aspecto va más allá de la mera conservación. Es la actitud que inculca en el niño el amor a la vida, que crea en él el sentimiento: ¡es bueno estar vivo, es bueno ser una criatura, es bueno estar sobre esta tierra!

Leche y miel

Esos dos aspectos del amor materno se expresan muy sucintamente en el relato bíblico de la creación. Dios crea el mundo y el hombre. Esto corresponde al simple cuidado y afirmación de la existencia. Pero Dios va más allá de ese requerimiento mínimo. Cada día posterior a la creación de la naturaleza -y del hombre- «Dios vio que era bueno».

El amor materno, en su segunda etapa, hace sentir al niño: es una suerte haber nacido; inculca en el niño el amor a la vida, y no sólo el deseo de conservarse vivo. La misma idea se expresa en otro simbolismo bíblico. La tierra prometida (la tierra es siempre un símbolo materno) se describe como «plena de leche y miel». La leche es el símbolo del primer aspecto del amor, el de cuidado y afirmación. La miel simboliza la dulzura de la vida, el amor por ella y la felicidad de estar vivo.

La mayoría de las madres son capaces de dar «leche», pero sólo unas pocas pueden dar «miel» también. Para estar en condiciones de dar miel, una madre debe ser no sólo una «buena madre», sino una persona feliz -y no son muchas las que logran alcanzar esa meta-.

No hay peligro de exagerar el efecto sobre el niño. El amor de la madre a la vida es tan contagioso como su ansiedad. Ambas actitudes ejercen un profundo efecto sobre la personalidad total del niño; indudablemente, es posible distinguir, entre los niños -y los adultos- los que sólo recibieron «leche» y los que recibieron «leche y miel».

La verdadera realización está en el amor por el niño que crece

En contraste con el amor fraternal y el erótico, que se dan entre iguales, la relación entre madre e hijo es, por su misma naturaleza, de desigualdad, en la que uno necesita toda la ayuda y la otra la proporciona. Y es precisamente por su carácter altruista y generoso que el amor materno ha sido considerado la forma más elevada de amor, y el más sagrado de todos los vínculos emocionales.

Parece, sin embargo, que la verdadera realización del amor materno no está en el amor de la madre al pequeño bebé, sino en su amor por el niño que crece. En realidad, la vasta mayoría de las madres ama a sus hijos mientras éstos son pequeños y dependen por completo de ellas.

La mayoría de las mujeres desea tener hijos, son felices con el recién nacido y vehementes en sus cuidados. Ello ocurre a pesar del hecho de que no «obtienen» nada del niño a cambio, excepto una sonrisa o una expresión de satisfacción en su rostro. Se supone que esa actitud de amor está parcialmente arraigada en un equipo instintivo que se encuentra tanto en los animales como en la mujer.

Narcisismo y dominación

Pero cualquiera sea la importancia de ese factor, también existen factores psicológicos específicamente humanos que determinan este tipo de amor maternal.

Cabe encontrar uno de ellos en el elemento narcisista del amor materno. En la medida en que sigue sintiendo al niño como una parte suya, el amor puede satisfacer su narcisismo. Otra motivación radica en el deseo de poder o de posesión de la madre. El niño, desvalido y sometido por entero a su voluntad, constituye un objeto natural de satisfacción para una mujer dominante y posesiva.

Trascender

Si bien aparecen con frecuencia, tales motivaciones no son probablemente tan importantes y universales como la que podemos llamar necesidad de trascendencia. Tal necesidad de trascendencia es una de las necesidades básicas del hombre, arraigada en el hecho de su autoconciencia, en el hecho de que no está satisfecho con el papel de la criatura, de que no puede aceptarse a sí mismo como un dado arrojado fuera del cubilete. Necesita sentirse creador, ser alguien que trasciende el papel pasivo de ser creado.

Hay muchas formas de alcanzar esa satisfacción en la creación; la más natural, y también la más fácil de lograr, es el amor y el cuidado de la madre por su creación. Ella se trasciende en el niño; su amor por él da sentido y significación a su vida. (En la incapacidad misma del varón para satisfacer su necesidad de trascendencia concibiendo hijos reside su impulso a trascenderse por medio de la creación de cosas hechas por el hombre y de ideas).

La separación

Pero el niño debe crecer. Debe emerger del vientre materno, del pecho de la madre; eventualmente, debe convertirse en un ser humano completamente separado. La esencia misma del amor materno es cuidar de que el niño crezca, y esto significa desear que el niño se separe de ella. Ahí radica la diferencia básica con respecto al amor erótico. En este último, dos seres que estaban separados se convierten en uno solo. En el amor materno, dos seres que estaban unidos se separan.

La madre debe no sólo tolerar, sino también desear y alentar la separación del niño. Sólo en esa etapa el amor materno se convierte en una tarea sumamente difícil, que requiere generosidad y capacidad de dar todo sin desear nada salvo la felicidad del ser amado. También es en esa etapa donde muchas madres fracasan en su tarea de amor materno. La mujer narcisista, dominadora y posesiva puede llegar a ser una madre «amante» mientras el niño es pequeño. Sólo la mujer que realmente ama, la mujer que es más feliz dando que tomando, que está firmemente arraigada en su propia existencia, puede ser una madre amante cuando el niño está en el proceso de la separación.

Amor y amor materno

El amor maternal por el niño que crece, amor que no desea nada para sí, es quizá la forma de amor más difícil de lograr, y la más engañosa, a causa de la facilidad con que una madre puede amar a su pequeño. Pero, precisamente debido a dicha dificultad, una mujer sólo puede ser una madre verdaderamente amante si puede amar; si puede amar a su esposo, a otros niños, a los extraños, a todos los seres humanos.

La mujer que no es capaz de amar en ese sentido, puede ser una madre afectuosa mientras su hijo es pequeño, pero no será una madre amante, y la prueba de ello es la voluntad de aceptar la separación -y aun después de la separación, seguir amando-.

Erich Fromm

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El Amor fraternal

El Amor fraternal

El Amor fraternal

La clase más fundamental de amor, básica en todos los tipos de amor, es el amor fraternal.

Por él se entiende el sentido de responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento con respecto a cualquier otro ser humano, el deseo de promover su vida. A esta clase de amor se refiere la Biblia cuando dice: ama a tu prójimo como a ti mismo.

El amor fraternal es el amor a todos los seres humanos; se caracteriza por su falta de exclusividad. Si he desarrollado la capacidad de amar, no puedo dejar de amar a mis hermanos.

En el amor fraternal se realiza la experiencia de unión con todos los hombres, de solidaridad humana, de reparación humana.

Unidad

El amor fraternal se basa en la experiencia de que todos somos uno.

Las diferencias en talento, inteligencia, conocimiento, son despreciables en comparación con la identidad de la esencia humana común a todos los hombres.

Para experimentar dicha identidad es necesario penetrar desde la periferia hacia el núcleo. Si percibo en otra persona nada más que lo superficial, percibo principalmente las diferencias, lo que nos separa. Si penetro hasta el núcleo, percibo nuestra identidad, el hecho de nuestra hermandad.

Esta relación de centro a centro -en lugar de la de periferia a periferia- es una «relación central». O, como lo expresó bellamente Simone Weil:

«Las mismas palabras (por ejemplo, un hombre dice a su mujer, `te amo’) pueden ser triviales o extraordinarias según la forma en que se digan. Y esa forma depende de la profundidad de la región en el ser de un hombre de donde procedan, sin que la voluntad pueda hacer nada. Y, por un maravilloso acuerdo, alcanzan la misma región en quien las escucha. De tal modo, el que escucha puede discernir, si tiene alguna capacidad de discernimiento, cuál es el valor de las palabras»

Amor entre iguales y necesidad de ayuda

El amor fraternal es amor entre iguales: pero, sin duda, aun como iguales no somos siempre «iguales»; en la medida en que somos humanos, todos necesitamos ayuda. Hoy yo, mañana tú. Esa necesidad de ayuda, empero, no significa que uno sea desvalido y el otro poderoso. La desvalidez es una condición transitoria; la capacidad de pararse y caminar sobre los propios pies es común y permanente.

Sin embargo, el amor al desvalido, al pobre y al desconocido, son el comienzo del amor fraternal. Amar a los de nuestra propia carne y sangre no es hazaña alguna. Los animales aman a sus vástagos y los protegen. El desvalido ama a su dueño, puesto que su vida depende de él; el niño ama a sus padres, pues los necesita.

Al tener compasión del desvalido el hombre comienza a desarrollar amor a su hermano; y al amarse a sí mismo, ama también al que necesita ayuda, al frágil e inseguro ser humano.

Compasión

La compasión implica el elemento de conocimiento e identificación. «Tú conoces el corazón del extranjero», dice el Antiguo Testamento, «puesto que fuiste extranjero en la tierra de Egipto… ¡por lo tanto, ama al extranjero»

Erich Fromm

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Los cuatro ingredientes del Amor

Los cuatro ingredientes del Amor

Además del elemento de dar, el amor implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas del amor. Esos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

Cuidado

Que el amor implica cuidado es especialmente evidente en el amor de una madre por su hijo. Ninguna declaración de amor por su parte nos parecería sincera si viéramos que descuida al niño, si deja de alimentarlo, de bañarlo, de proporcionarle bienestar físico; y creemos en su amor si vemos que cuida al niño. Lo mismo ocurre incluso con el amor a los animales y las flores. Si una mujer nos dijera que ama las flores, y viéramos que se olvida de regarlas, no creeríamos en su «amor» a las flores.

El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos.

Cuando falta tal preocupación activa, no hay amor.

Se ama aquello por lo que se trabaja, y se trabaja por lo que se ama.

Responsabilidad

El cuidado y la preocupación implican otro aspecto del amor: el de la responsabilidad. Hoy en día suele usarse ese término para denotar un deber, algo impuesto desde el exterior. Pero la responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto enteramente voluntario, constituye mi respuesta a las necesidades, expresadas o no, de otro ser humano.

Ser «responsable» significa estar listo y dispuesto a «responder». La persona que ama, responde. La vida de su hermano no es sólo asunto de su hermano, sino propio. Siéntese tan responsable por sus semejantes como por sí mismo. Tal responsabilidad, en el caso de la madre y su hijo, atañe principalmente al cuidado de las necesidades físicas. En el amor entre adultos, a las necesidades psíquicas de la otra persona.

Respeto

La responsabilidad podría degenerar fácilmente en dominación y posesividad, si no fuera por un tercer componente del amor, el respeto.

Respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz de la palabra (respicere = mirar), la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única.

Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. De ese modo, el respeto implica la ausencia de explotación. Quiero que la persona amada crezca y se desarrolle por sí misma, en la forma que les es propia, y no para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con ella tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso.

Es obvio que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar ni explotar a nadie. El respeto sólo existe sobre la base de la libertad: ” l’amour est l’enfant de la liberté», dice una vieja canción francesa; el amor es hijo de la libertad, nunca de la dominación.

Conocimiento

Respetar a una persona sin conocerla, no es posible; el cuidado y la responsabilidad serían ciegos si no los guiara el conocimiento. El conocimiento sería vacío si no lo motivara la preocupación.

Hay muchos niveles de conocimiento; el que constituye un aspecto del amor no se detiene en la periferia, sino que penetra hasta el meollo. Sólo es posible cuando puedo trascender la preocupación por mí mismo y ver a la otra persona en sus propios términos. Puedo saber, por ejemplo, que una persona está encolerizada, aunque no lo demuestre abiertamente; pero puedo llegar a conocerla más profundamente aún; sé entonces que está angustiada, e inquieta; que se siente sola, que se siente culpable. Sé entonces que su cólera no es más que la manifestación de algo más profundo, y la veo angustiada e inquieta, es decir, como una persona que sufre y no como una persona enojada.

El amor, un camino para conocer el «secreto del hombre».

Pero el conocimiento tiene otra relación, más fundamental, con el problema del amor. La necesidad básica de fundirse con otra persona se vincula, de modo íntimo, con otro deseo específicamente humano, el de conocer el «secreto del hombre».

Si bien la vida en sus aspectos meramente biológicos es un milagro y un secreto, el hombre, en sus aspectos humanos, es un impenetrable secreto para sí mismo -y para sus semejantes-.

Nos conocemos y, a pesar de todos los esfuerzos que podamos realizar, no nos conocemos. Conocemos a nuestros semejantes y, sin embargo, no los conocemos, porque no somos una cosa, y tampoco lo son nuestros semejantes. Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la meta del conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de sentir el deseo de penetrar en el secreto del alma humana, en el núcleo más profundo que es «él».

Un camino para conocer «el secreto» es el amor. El amor es la penetración activa en la otra persona, en la que la unión satisface mi deseo de conocer. En el acto de fusión, te conozco, me conozco a mí mismo, conozco a todos -y no «conozco» nada-. Conozco de la única manera en que el conocimiento de lo que está vivo le es posible al hombre -por la experiencia de la unión- no mediante algún conocimiento proporcionado por nuestro pensamiento. El amor es la única forma de conocimiento, que, en el acto de unión, satisface mi búsqueda.

En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre.

La única forma de alcanzar el conocimiento total consiste en el acto de amar: ese acto trasciende el pensamiento, trasciende las palabras. Es una zambullida temeraria en la experiencia de la unión.

Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes. Constituyen actitudes que se encuentran en el amor de la persona madura.

Erich Fromm

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El amor entre padres e hijos

El amor entre padres e hijos

Al nacer

Al nacer, el infante sentiría miedo de morir si un gracioso destino no lo protegiera de cualquier conciencia de la angustia implícita en la separación de la madre y de la existencia intrauterina.

Aun después de nacer, el infante es apenas diferente de lo que era antes del nacimiento; no puede reconocer objetos, no tiene aún conciencia de sí mismo, ni del mundo como algo exterior a él. Sólo siente la estimulación positiva del calor y el alimento, y todavía no los distingue de su fuente: la madre. La madre es calor, es alimento, la madre es el estado eufórico de satisfacción y seguridad.

La realidad exterior, las personas y las cosas, tienen sentido sólo en la medida en que satisfacen o frustran el estado interno del cuerpo. Sólo es real lo que está adentro; lo exterior sólo es real en función de mis necesidades -nunca en función de sus propias cualidades o necesidades-.

Cuando el niño crece

Cuando el niño crece y se desarrolla, se vuelve capaz de percibir las cosas como son; la satisfacción de ser alimentado se distingue del pezón, el pecho de la madre. Eventualmente, el niño experimenta su sed, la leche que le satisface, el pecho y la madre, como entidades diferentes. Aprende a percibir muchas otras cosas como diferentes, como poseedoras de una existencia propia: En ese momento empieza a darles nombres.

Al mismo tiempo aprende a manejarlas; aprende que el fuego es caliente y doloroso, que el cuerpo de la madre es tibio y placentero, que la mamadera es dura y pesada, que el papel es liviano y se puede rasgar.

Aprende a manejar a la gente; que la mamá sonríe cuando él come; que lo alza en sus brazos cuando llora; que lo alaba cuando mueve el vientre. Todas esas experiencias se cristalizan o integran en la experiencia: me aman.

Me aman porque soy el hijo de mi madre. Me aman porque estoy desvalido. Me aman porque soy hermoso, admirable. Me aman porque mi madre me necesita. Para utilizar una fórmula más general: me aman por lo que soy, o quizá más exactamente, me aman porque soy.

Tal experiencia de ser amado por la madre es pasiva. No tengo que hacer nada para que me quieran -el amor de la madre es incondicional-. Todo lo que necesito es ser -ser su hijo-.

El amor de la madre es incondicional

El amor de la madre significa dicha, paz, no hace falta conseguirlo, ni merecerlo. Pero la cualidad incondicional del amor materno tiene también un aspecto negativo. No sólo es necesario merecerlo, mas también es imposible conseguirlo, producirlo, controlarlo. Si existe, es como una bendición; si no existe, es como si toda la belleza hubiera desaparecido de la vida -y nada puedo hacer para crearla-.

Los niños entre los 8 y los 10 años

Para la mayoría de los niños entre los ocho y medio a los diez años el problema consiste casi exclusivamente en ser amado – en ser amado por lo que se es-. Antes de esa edad, el niño aún no ama; responde con gratitud y alegría al amor que se le brinda. A esa altura del desarrollo infantil, aparece en el cuadro un nuevo factor: un nuevo sentimiento de producir amor por medio de la propia actividad.

Por primera vez, el niño piensa en dar algo a sus padres, en producir algo -un poema, un dibujo, o lo que fuere-. Por primera vez en la vida del niño, la idea del amor se transforma de ser amado a amar, en crear amor. Muchos años transcurren desde ese primer comienzo hasta la madurez del amor.

Los adolescentes

Eventualmente, el niño, que puede ser ahora un adolescente, ha superado su egocentrismo; la otra persona ya no es primariamente un medio para satisfacer sus propias necesidades. Las necesidades de la otra persona son tan importantes como las propias; en realidad, se han vuelto más importantes. Dar es más satisfactorio, más dichoso que recibir; amar, aún más importante que ser amado.

Al amar, ha abandonado la prisión de soledad y aislamiento que representaba el estado de narcisismo y autocentrismo. Siente una nueva sensación de unión, de compartir, de unidad. Más aún, siente la potencia de producir amor -antes que la dependencia de recibir siendo amado- para lo cual debe ser pequeño, indefenso, enfermo -o «bueno»-.

El amor infantil sigue el principio: «Amo porque me aman.» El amor maduro obedece al principio: «Me aman porque amo.» El amor inmaduro dice: «Te amo porque te necesito.» El amor maduro dice: «Te necesito porque te amo.»

El paso de la madre al padre

En estrecha relación con el desarrollo de la capacidad de amar está la evolución del objeto amoroso. En los primeros meses y años de la vida, la relación más estrecha del niño es la que tiene con la madre. Esa relación comienza antes del nacimiento, cuando madre e hijo son aún uno, aunque sean dos.

El nacimiento modifica la situación en algunos aspectos, pero no tanto como parecería. El niño, si bien vive ahora fuera del vientre materno, todavía depende por completo de la madre. Pero día a día se hace más independiente: aprende a caminar, a hablar, a explorar el mundo por su cuenta; la relación con la madre pierde algo de su significación vital; en cambio, la relación con el padre se torna cada vez más importante.

Diferencias entre el amor materno y el amor paterno

Para comprender ese paso de la madre al padre, debemos considerar las esenciales diferencias cualitativas entre el amor materno y el paterno. Hemos hablado ya acerca del amor materno. Ese es, por su misma naturaleza, incondicional. La madre ama al recién nacido porque es su hijo, no porque el niño satisfaga alguna condición específica ni porque llene sus aspiraciones particulares.

El amor incondicional corresponde a uno de los anhelos más profundos, no sólo del niño, sino de todo ser humano; por otra parte, que nos amen por los propios méritos, porque uno se lo merece, siempre crea dudas; quizá no complací a la persona que quiero que me ame, quizás eso, quizás aquello -siempre existe el temor de que el amor desaparezca-. Además, el amor «merecido» siempre deja un amargo sentimiento de no ser amado por uno mismo, de que sólo se nos ama cuando somos complacientes, de que, en último análisis, no se nos ama, sino que se nos usa.

No es extraño, entonces, que todos nos aferremos al anhelo de amor materno, cuando niños y también cuando adultos. La mayoría de los niños tienen la suerte de recibir amor materno.

La relación con el padre

La relación con el padre es enteramente distinta. La madre es el hogar de donde venimos, la naturaleza, el suelo, el océano; el padre no representa un hogar natural de ese tipo. Tiene escasa relación con el niño durante los primeros años de su vida, y su importancia para éste no puede compararse a la de la madre en ese primer período. Pero, si bien el padre no representa el mundo natural, significa el otro polo de la existencia humana; el mundo del pensamiento, de las cosas hechas por el hombre, de la ley y el orden, de la disciplina, los viajes y la aventura. El padre es el que enseña al niño, el que le muestra el camino hacia el mundo.

En estrecha conexión con esa función, existe otra, vinculada al desarrollo económico-social. Cuando surgió la propiedad privada, y cuando uno de los hijos pudo heredar la propiedad privada, el padre comenzó a seleccionar al hijo a quien legaría su propiedad. Desde luego, elegía al que consideraba mejor dotado para convertirse en su sucesor, el hijo que más se le asemejaba y, en consecuencia, el que prefería. El amor paterno es condicional. Su principio es «te amo porque llenas mis aspiraciones, porque cumples con tu deber, porque eres como yo».

En el amor condicional del padre encontramos, como en el caso del amor incondicional de la madre, un aspecto negativo y uno positivo. El aspecto negativo consiste en el hecho mismo de que el amor paterno debe ganarse, de que puede perderse si uno no hace lo que de uno se espera. A la naturaleza del amor paterno débese el hecho de que la obediencia constituya la principal virtud, la desobediencia el principal pecado, cuyo castigo es la pérdida del amor del padre. El aspecto positivo es igualmente importante. Puesto que el amor de mi padre es condicional, es posible hacer algo por conseguirlo; su amor no está fuera de mi control, como ocurre con el de mi madre.

Amor incondicional y amor condicional

Las actitudes del padre y de la madre hacia el niño corresponden a las propias necesidades de ése. El infante necesita el amor incondicional y el cuidado de la madre, tanto fisiológica como psíquicamente. Después de los seis años, el niño comienza a necesitar el amor del padre, su autoridad y su guía. La función de la madre es darle seguridad en la vida; la del padre, enseñarle, guiarlo en la solución de los problemas que le plantea la sociedad particular en la que ha nacido.

En el caso ideal, el amor de la madre no trata de impedir que el niño crezca, no intenta hacer una virtud de la desvalidez. La madre debe tener fe en la vida, y, por ende, no ser exageradamente ansiosa y no contagiar al niño su ansiedad. Querer que el niño se torne independiente y llegue a separarse de ella debe ser parte de su vida.

El amor paterno debe regirse por principios y expectaciones; debe ser paciente y tolerante, no amenazador y autoritario. Debe darle al niño que crece un sentido cada vez mayor de la competencia, y oportunamente permitirle ser su propia autoridad y dejar de lado la del padre.

El amor maduro: conciencia marerna y conciencia paterna

Eventualmente, la persona madura llega a la etapa en que es su propio padre y su propia madre. Tiene, por así decirlo, una conciencia materna y paterna.

La conciencia materna dice: «No hay ningún delito, ningún crimen, que pueda privarte de mi amor, de mi deseo de que vivas y seas feliz.»

La conciencia paterna dice: «Obraste mal, no puedes dejar de aceptar las consecuencias de tu mala acción, y, especialmente, debes cambiar si quieres que te aprecie.»

La persona madura se ha liberado de las figuras exteriores de la madre y el padre, y las ha erigido en su interior. Sin embargo, y en contraste con el concepto freudiano del superyó, las ha construido en su interior sin incorporar al padre y a la madre, sino elaborando una conciencia materna sobre su propia capacidad de amar, y una conciencia paterna fundada en su razón y su discernimiento.

Además, la persona madura ama tanto con la conciencia materna como con la paterna, a pesar de que ambas parecen contradecirse mutuamente. Si un individuo conservara sólo la conciencia paterna, se tornaría áspero e inhumano. Si retuviera únicamente la conciencia materna, podría perder su criterio y obstaculizar su propio desarrollo o el de los demás.

Relaciones con los padres y salud mental

En esa evolución de la relación centrada en la madre a la centrada en el padre, y su eventual síntesis, se encuentra la base de la salud mental y el logro de la madurez. El fracaso de dicho desarrollo constituye la causa básica de la neurosis. Si bien está más allá de los propósitos de estas líneas examinar más profundamente este punto, algunas breves observaciones servirán para aclarar esa afirmación.

Una de las causas del desarrollo neurótico puede radicar en que el niño tiene una madre amante, pero demasiado indulgente o dominadora, y un padre débil e indiferente. En tal caso, puede permanecer fijado a una temprana relación con la madre, y convertirse en un individuo dependiente de la madre, que se siente desamparado, posee los impulsos característicos de la persona receptiva, es decir, de recibir, de ser protegido y cuidado, y que carece de las cualidades paternas -disciplina, independencia, habilidad de dominar la vida por sí mismo-.

Puede tratar de encontrar «madres» en todo el mundo, a veces en las mujeres y a veces en los hombres que ocupan una posición de autoridad y poder.

Si, por el contrario, la madre es fría, indiferente y dominadora, puede transferir la necesidad de protección materna al padre y a subsiguientes figuras paternas, en cuyo caso el resultado final es similar al caso anterior, o se convierte en una persona de orientación unilateralmente paterna, enteramente entregado a los principios de la ley, el orden y la autoridad, y carente de la capacidad de esperar o recibir amor incondicional.

Ese desarrollo se ve intensificado si el padre es autoritario y, al mismo tiempo, muy apegado al hijo. Lo característico de todos esos desarrollos neuróticos es el hecho de que un principio, el paterno o el materno, no alcanza a desarrollarse, o bien -como ocurre en muchas neurosis serias que los papeles de la madre y el padre se tornan confusos tanto en lo relativo a las personas exteriores como a dichos papeles dentro de la persona.

Un examen más profundo puede mostrar que ciertos tipos de neurosis, las obsesivas, por ejemplo, se desarrollan especialmente sobre la base de un apego unilateral al padre, mientras que otras, como la histeria, el alcoholismo, la incapacidad de autoafirmarse y de enfrentar la vida en forma realista, y las depresiones, son el resultado de una relación centrada en la madre.

Erich Fromm

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¿Qué es dar?

¿Qué es dar?

¿Qué es dar?

Por simple que parezca la respuesta, está en realidad plena de ambigüedades y complejidades.

Dar para el carácter receptivo

El malentendido más común consiste en suponer que dar significa «renunciar» a algo, privarse de algo, sacrificarse. La persona cuyo carácter no se ha desarrollado más allá de la etapa correspondiente a la orientación receptiva, experimenta de esa manera el acto de dar. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de recibir; para él, dar sin recibir significa una estafa.

La gente cuya orientación fundamental no es productiva, vive el dar como un empobrecimiento, por lo que se niega generalmente a hacerlo. Algunos hacen del dar una virtud, en el sentido de un sacrificio. Sienten que, puesto que es doloroso, se debe dar, y creen que la virtud de dar está en el acto mismo de aceptación del sacrificio. Para ellos, la norma de que es mejor dar que recibir significa que es mejor sufrir una privación que experimentar alegría.

Dar para el carácter productivo

Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.

Si aplicamos ese principio a diversos fenómenos específicos, advertiremos fácilmente su validez.

Dar en la esfera del sexo

Encontramos el ejemplo más elemental en la esfera del sexo. La culminación de la función sexual masculina radica en el acto de dar; el hombre se da a sí mismo, da su órgano sexual, a la mujer. En el momento del orgasmo, le da su semen. No puede dejar de darlo si es potente. Si no puede dar, es impotente.

El proceso no es diferente en la mujer, si bien algo más complejo. También ella se da; permite el acceso al núcleo de su feminidad; en el acto de recibir, ella da. Si es incapaz de ese dar, si sólo puede recibir, es frígida. En su caso, el acto de dar vuelve a producirse, no en su función de amante, sino como madre. Ella se da al niño que crece en su interior, le da su leche cuando nace, le da el calor de su cuerpo. No dar le resultaría doloroso.

Dar en la esfera de las cosas materiales

En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. El avaro que se preocupa angustiosamente por la posible pérdida de algo es, desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea. Quien es capaz de dar de sí es rico. Siéntese a sí mismo como alguien que puede entregar a los demás algo de sí. Sólo un individuo privado de todo lo que está más allá de las necesidades elementales para la subsistencia sería incapaz de gozar con el acto de dar cosas materiales.

La experiencia diaria demuestra, empero, que lo que cada persona considera necesidades mínimas depende tanto de su carácter como de sus posesiones reales. Es bien sabido que los pobres están más inclinados a dar que los ricos. No obstante, la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no sólo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.

Dar en la esfera de lo específicamente humano

Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él -da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio.

No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace a la vida se refleja a su vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da en cambio. Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambas comparten la alegría de lo que han creado. Algo nace en el acto de dar, y las dos personas involucradas se sienten agradecidas a la vida que nace para ambas.

Dar en la esfera del amor

En lo que toca específicamente al amor, eso significa: el amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir amor. Marx ha expresado bellamente este pensamiento:

«Supongamos -dice-, al hombre como hombre, y su relación con el mundo en su aspecto humano, y podremos intercambiar amor sólo por amor, confianza por confianza, etc. Si se quiere disfrutar del arte, se debe poseer una formación artística; si se desea tener influencia sobre otra gente, se debe ser capaz de ejercer una influencia estimulante y alentadora sobre la gente.

Cada una de nuestras relaciones con el hombre y con la naturaleza debe ser una expresión definida de nuestra vida real, individual, correspondiente al objeto de nuestra voluntad. Si amamos sin producir amor, es decir, si nuestro amor como tal no produce amor, si por medio de una expresión de vida como personas que amamos, no nos convertimos en personas amadas, entonces nuestro amor es impotente, es una desgracia».

Pero no sólo en lo que atañe al amor dar significa recibir. El maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula al actor, el paciente cura a su psicoanalista -siempre y cuando no se traten como objetos, sino que estén relacionados entre sí en forma genuina y productiva.

Apenas si es necesario destacar el hecho de que la capacidad de amar como acto de dar depende del desarrollo caracterológico de la persona. Presupone el logro de una orientación predominantemente productiva, en la que la persona ha superado la dependencia, la omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para confiar en su capacidad para alcanzar el logro de sus fines. En la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de darse, y, por tanto, de amar.

Erich Fromm

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Vida, Belleza, Amor

Vida, Belleza, Amor

La Vida nos lleva de un lugar a otro; el Destino nos traslada de un punto a otro. Y nosotros, conducidos en vilo por estos dos gemelos, escuchamos voces temerosas y sólo vemos lo que se interpone como obstáculo en nuestro camino.

La Belleza se nos revela sentada en trono de gloria; pero nosotros nos acercamos a ella en nombre de la Lujuria, la despojamos de su corona de pureza y manchamos su vestidura con nuestra perversidad.

El Amor pasa junto a nosotros con un manto de mansedumbre; pero nosotros huímos de él por temor, o nos escondemos en las tinieblas; o también lo seguimos para hacer el mal en su nombre.

Hasta el hombre más sabio se inclina ante el peso imponente del Amor; pero en verdad es tan liviano como la brisa juguetona del Líbano.

La Libertad nos invita a su mesa para que participemos de sus sabrosos manjares y de su generoso vino; pero, cuando nos sentamos a ella, comemos vorazmente y nos atragantamos.

La Naturaleza extiende hacia nosotros sus brazos acogedores y nos invita a gozar de su belleza; pero nosotros tenemos miedo a su silencio y nos abalanzamos a las ciudades populosas, para cobijarnos en ellas cual ovejas que huyen del lobo feroz.

La Verdad nos visita, atraída por la risa alborozada e inocente de un niño, o por el beso de un ser querido; pero casi todos nosotros le cerramos las puertas del afecto y la tratamos como si fuese un enemigo.

Alma, Corazón

El corazón humano implora ayuda; el alma humana nos suplica que la liberemos; pero nosotros no escuchamos sus ruegos, ni la oímos ni entendemos. En cambio, llamamos loco al que oye y entiende, y huimos de él.

Así pasan las noches y vivimos en la inconsciencia; y los días nos saludan y abrazan. Pero estamos en temor constante día y noche.

Nos apegamos a la tierra cuando tenemos abiertas de par en par las puertas del Corazón del Señor. Pisoteamos el Pan de Vida, mientras el hambre roe nuestros corazones. ¡Qué buena es la Vida del Hombre, pero qué alejado está el Hombre de la Vida!

Khalil Gibran

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