Sonidos

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Si no pongo mucho cuidado en escoger un lugar tranquilo para los grupos de contemplación, algunos miembros del grupo se quejan invariablemente de los ruidos que les rodean. El tráfico de las calles, el sonido estridente de la radio. Una puerta que chirría. El teléfono que suena. Todos estos ruidos estorban su quietud y tranquilidad y les sumergen en distracciones.

Algunos sonidos favorecen el silencio y la oración. Escuchar el sonido lejano de la campana de una iglesia, por ejemplo, o el gorjeo de los pájaros al amanecer o escuchar las melodías del órgano en una iglesia grandiosa no producen molestia alguna. Y con todo, ningún sonido, a no ser algún ruido tan fuerte que te estropee los tímpanos, tiene por qué perturbar tu silencio, quietud y tranquilidad.

Contemplar los sonidos

Si aprendes a llevar a la contemplación todos los sonidos que te rodean (suponiendo que interfieran en tu acto de consciencia cuando estás en contemplación), descubrirás que existe un silencio profundo en el corazón de los ruidos. Me gusta, por este motivo, tener las sesiones de oración en grupo en lugares que no estén en silencio total. Una sala situada al lado de una calle de intenso tráfico se acomoda admirablemente a mis preferencias.

A continuación, presento un ejercicio que te ayudará notablemente a lograr la contemplación en medio de los sonidos que te rodean:

Cierra los ojos. Tapona tus oídos con los pulgares. Cubre los ojos con las palmas de tus manos.

Ahora no escuchas sonido alguno de los que te rodean.

Escucha el sonido de tu respiración.

Después de respirar diez veces profundamente, lleva tus manos muy despacio sobre tu regazo. Que tus ojos permanezcan cerrados. Presta atención a todos los sonidos que te rodean, el mayor número posible de ellos, los sonidos intensos, los tenues; los que se oyen cerca, los que suenan más alejados… Durante un rato escucha estos sonidos sin tratar de identificarlos (ruido de pasos, tic tac del reloj, ruido del tráfico…) Escucha todo el mundo de sonidos que te rodean considerándolos como un todo…

Los sonidos distraen cuando luchas por escapar de ellos, cuando intentas expulsarlos fuera de tu conciencia, cuando protestas que no tienen derecho a estar allí. En esta ultima eventualidad, además de molestar, irritan. Si, por el contrario, los aceptas y los conciencias se convertirán para ti no en fuente de distracción o de irritación sino en un medio para lograr el silencio. Aprenderás por experiencia cuán relajante resulta este ejercicio.

Pero no solamente eso. Es también una buena contemplación. Podrías aplicar aquí la teoría sobre el desarrollo del Corazón dentro de ti para captar a Dios. En vez de ocupar tu mente en las sensaciones de tu cuerpo, podrías ocuparla haciéndote consciente de los sonidos que te rodean mientras tu Corazón se despliega gradualmente y comienza a tender hacia Dios.

Otro ejercicio

Pero si esta teoría no te agrada, te presento otro medio para lograr que la contemplación, en este ejercicio, sea más explícita:

Escucha todos los sonidos que te rodean, como hemos indicado en el ejercicio anterior…

Asegúrate de que puedes escuchar hasta los sonidos más leves. Con frecuencia, un sonido se compone de otros muchos… tiene diferencias de nivel e intensidad… Averigua cuántos de estos matices puedes captar…

Toma en cuenta ahora no tanto los sonidos que te rodean, sino tu acto de oír…

¿Qué sientes cuando percibes que posees la facultad de oír? ¿Agradecimiento… alabanza… gozo… amor…?

Vuelve de nuevo al mundo de los sonidos y alterna entre la toma de conciencia de los sonidos y tu actividad auditiva… Piensa ahora que cada uno de los sonidos es producido y sostenido por la omnipotencia de Dios… Dios está sonando a tu alrededor… Descansa en este mundo de los sonidos… Descansa en Dios (…).

OM

 

Un añadido agradable al ejercicio puede consistir en que el grupo o quien lo dirige reciten una antífona con voz suave. Recitar la palabra sánscrita OM, puede ser de gran ayuda. En cualquier caso, se trata de recitar una línea o una palabra, permanecer después en silencio durante unos instantes y volver a recitada de nuevo. Puedes intentado tú mismo si haces la contemplación en solitario.

Lo importante no es escuchar únicamente el sonido, sino también el silencio que se produce después de cada línea o palabra que recitas.

Suelo introducir con frecuencia un recitado en determinados momentos en que el grupo contempla en silencio. Esto contribuye a profundizar el silencio si el grupo sabe escuchado convenientemente. Efecto similar puede obtenerse golpeando rítmicamente un gong. Golpear el gong, escuchar la resonancia, percibir cómo muere el sonido, escuchar el silencio que se produce a continuación.

Anthony de Mello

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